viernes, 18 de enero de 2008

Deportes extremos


Llega el fin de semana y después de haber hibernado durante infinitas horas en una oficina de medio pelo, el ciudadano medio solo piensa en una cosa, la escasa chicha que tiene su vida.

Sí, acostumbrados a ver esas películas de acción en las que los protagonistas sortean innumerables peligros y dificultades, y todo ello sin despeinarse, nada de lo que nos sucede parece realmente estar a la altura de lo aceptable. Decididamente, nuestras mediocres existencias no resisten la comparación.

Es muy triste, desde luego, que el mayor enemigo que nos acecha agazapado en la penumbra, no pase de ser ese repulsivo despertador mañanero del que ya estamos hasta la coronilla. No cabe duda por otra parte de que la reiteración es fatal en estos casos. Le resta mucha emoción al desenlace.

Afortunadamente, para aquellos a los que este vegetar de días planos y previsibles resulte altamente intoxicante se inventaron los deportes de riesgo o deportes extremos. Tenemos pues, entre otros, el montañismo. Ideal para los que deseen diñarla tiesos de frío y boqueando el escaso oxígeno de las cumbres nevadas (también para aquellos que se conformen con perder dedos y hasta extremidades enteras a manos de la gangrena), y en no menor medida el paracaidísmo, para que esos "lanzados" que nunca llevaron encima el anillo de casados aprendan realmente a valorarlo, y a apreciar más a su pareja, la anilla, con la que a fé mía trataran por todos los medios de llevarse bien.

Están también los safaris, con mucha más tradición y solera. ¿Quién no prefiere ser devorado por un león, el rey de la selva, en lugar de por una gastroenteritis vírica en un chiringuito de la playa? ¡Mil veces antes!

O el surf y el windsurfing, con todas sus variantes y mutaciones en la forma de monopatines, snowboard, skate boarding y unos tropecientos palabros más en spanglish, de los que preferiría no tener que hacer aquí inventario. Para romperse brazos y piernas no requieren de ninguna dedicación especial y basta simplemente con probar. Así de sencillo.
Y no, tampoco hacen falta habilidades especiales para desnucarse.

Y qué no decir finalmente del submarinismo, objeto de nuestra reflexión gráfica.
Estaba muy bien con lo de Cousteau, todos lo admirabamos, pero a veces tiene uno la sensación de que ahora ya son demasiados los que bajan a las profundidades oceánicas a tocarles las narices a los pobres pececitos, y que no está mal, que de vez en cuando, se les aparezca uno de esos que tienen dos filas de colmillos en cada mandíbula, para recordarles quien manda en el barrio.

Si al final no va a ser tan malo, ni tan perjudicial para la salud, eso de despatarrarse en un sillón y pagar el partido de liga de la jornada correspondiente. La descarga de adrenalina viene igualmente garantizada, y es mucho más aséptica.

Vuelve mejor, eso sí, uno a la oficina el lunes, con más paz interior, después de convencerse de que por ahí adelante no se nos ha perdido nada.