miércoles, 15 de julio de 2015

El león está pachucho


Algo pasa con el león.
Ha perdido el apetito, duerme mal, padece estreñimiento, consecuentemente y por añadidura, hemorroides… No está a lo que hay que estar.
Es obvio de que no atraviesa por su mejor momento. Y eso es algo que a la sabana no se le pasa inadvertido. Él, no es un cualquiera. Es el rey, el “Juancar”, el “Pelé”, el “Elvis” de las bestias.
Desde luego que para presas y demás depredadores en liza, esto supone un nada despreciable respiro. Pero como que la situación se prolonga ya un poco… Y, seamos sinceros, esto tampoco es lo que queremos.
Habíamos oído hablar de los tres tristes tigres… ¿Pero el león? El león, no. El león es otra cosa. Un león que se precie no puede caer en estas historias ratoneras.
Será una fiera implacable, un asesino despiadado, pero también es el mayor dinamizador social de la cadena trófica. Sin él en la cúspide, guardando y haciendo guardar el orden y la ley natural, quien sabe, quizás a las lombrices les pudiera dar por atreverse con las jirafas. Eso, u otras aberraciones similares.
Así que, por favor, ¡que se solucione lo del león ya! Que llamen a un psicólogo, a un cura, o que le paguen una ronda en el barrio chino. Lo que sea.
Insisto, la anarquía en la sabana es una insensatez supina.

No es broma. Nos sale muy caro, en metraje de documental sobre el reino salvaje, cada minuto de león agilipollado.

lunes, 22 de junio de 2015

Votellón



De pronto parece como si - ¡Oh milagro! - la juventud se hubiera interesado por fin por la política.
Y el resultado es que ahora la democracia se parece horrores al botellón. Todo es mezclar y saborear, probando como combinan estos licores con aquellos refrescos. ¡Que no falte dónde elegir! Y así hasta dar con el mejunje favorito que más nos coloque y menos resaca nos acarree.
De momento la cosa funciona, luego ya se verá.

Y mientras tanto, todos los fines de semana, jornada de reflexión.

domingo, 5 de abril de 2015

La suerte lo es todo



La suerte de unos es la desgracia de otros. Por ello es caprichosa, por ello es equidistante, por ello es esquiva y de carácter voluble. No quiere ni oír palabra de compromisos, y le aterran los vínculos demasiado estrechos, con cargas emocionales y afectivas, y criaturas de por medio.
Su gran pecado es que pretende agradar a todos, y con ello, a ninguno satisface.
En el fondo va a resultar que tiene buen corazón, que será por eso que todo el mundo la adora, y en su fuero interno todo vertebrado e invertebrado, todo bicho viviente, la anhela y ambiciona como compañera eterna e inseparable, sucumbiendo una y otra vez a sus guiños lastimeros.
Pero es mal negocio regalar dispensas y perdones a quien no se responsabiliza ante nada ni ante nadie.
Mal asunto encariñarse de su risa contagiosa, de su pasado turbulento, de su estilo de vida nómada e independiente, de su talento natural para la improvisación...
Mal asunto querer confiar en ella, que es entonces cuando más disfruta con sus desplantes, sus vaivenes y sus números fríos.
Ella es la estrella, y los demás somos su público entregado. Aún cuanto más nos esforcemos por no seguirle el juego.
Desengáñate. Tú seguirás durmiendo, con un ojo cerrado y el otro abierto, toda tu vida, pero ella lo hará siempre a pierna suelta.
Cuando la moneda vuela por el aire, no es de Dios, ni es del César. Caras y cruces de este mundo y el que espera, las pertenencias todas de quien fuere, en suspenso y de su mano.

No se le de más vueltas... Ella es quien reparte.


domingo, 8 de febrero de 2015

La fibra sensible


Sí, no me miréis así. De no ser por cosas como el balompié, las nuestras serían unas vidas completamente intrascendentes y carentes de emociones.
Para que luego digan que si los sueldos del delantero tal, o el centrocampista cual, son desorbitados…
Cierto es que no curan el cáncer, pero es que todo en esta vida se reduce a una cuestión de prioridades.
De hecho, que nadie dude de que si se pusieran a ello - si realmente de eso fuera el juego - lo conseguirían. Vamos, que si todo el dinero, recursos e investigación que se dedica a curar las lesiones deportivas, se destinase a la medicina de verdad, otro gallo cantaría.
Pero entonces el mundo sería mucho más soso y aburrido.
Seamos realistas, un científico nunca será capaz de poner en pie a todo un estadio, de provocar un estallido de felicidad global y transfronterizo, retransmitido a las cuatro esquinas del planeta vía satélite. Sus únicos espectadores son las propias ratas del laboratorio, y la verdad sea dicha, nunca acaban satisfechas con el espectáculo. Vive el cielo que no.
Francamente, si yo fuera una pobre rata en el trance de diñarla en uno de esos escalofriantes experimentos a los que las someten, y, repentinamente, me dieran la oportunidad de cambiar mi vida por la de un futbolista de primera división, podéis estar seguros de que no necesitaría disponer de un sofisticado sistema nervioso central, abundante en materia gris y circunvoluciones, para instantáneamente tomar la decisión acertada.

Pisaría con mi peluda patita la palanquita de OK, y a vivir, que son dos días.

domingo, 11 de enero de 2015

Je suis Charlie




Me recuerda un poco a una de aquellas pegatinas “Jesus saves” que circulan en los guardabarros de los coches por algunos de los estados más rednecks, más ultramontanos, de los EE.UU., pero en la práctica, nada que ver.
Este es ahora mismo el mayor símbolo mundial contra la intolerancia religiosa, la más cafre de las intolerancias, y por tanto debe ser enarbolado a los cuatro vientos.
A ver si así, esa chusma paranoica, traficante de dogmas huraños y sanguinarios, que anhela enfermizamente el hacer pasar a Europa por el aro de una segunda inquisición, se entera de una vez por todas de que no conseguirán aterrorizarnos nunca, y de que aquí, a los cerdos, nos los comemos con patatas.

Y aunque el humor que en este blog se gasta es plano e infantilizado, ni provocador, ni picante, ni políticamente deslenguado, que quede bien claro que ante la sinrazón Food and Drugs est aussi Charlie Hebdo.

sábado, 3 de enero de 2015

Roedores corredores


Llega Enero y una vez más, hay que cambiar el año viejo, a pesar de estar todavía en bastante buen estado, por uno nuevo.
Yo esto, para qué nos vamos a engañar, nunca lo he entendido muy bien.
Ya sé que se supone que lo que debería hacer es, como todo el mundo, ponerme a derrochar felicitaciones y buenos propósitos para con el ilusionante periodo que empieza, pero es que yo, qué le vamos a hacer, soy de naturaleza pesimista.
El otro día oí decir no sé donde, y a no sé quien, que la vida era una carrera de ratas, y, fijate tú, se me quedó grabado.
Por eso he estado pensando que ya desde niños deberían educarnos para ello, y de alguna manera concienciarnos para lo que nos espera.
De hecho he ideado una serie de dibujos animados, los “Roedores corredores”, que cumpliría perfectamente la función de a la vez entretener y educar en esa dirección.
La única pega es que probablemente no se emita en el 2015. Ni tampoco muy probablemente en el 2016.

Lo dicho, sale más a cuenta no hacerse demasiadas ilusiones, y salir corriendo a toda prisa tras el taquito de gruyere. Básicamente para no tener que conformarse con los agujeros.

martes, 11 de noviembre de 2014

Ataque de fuerza bruta


Esto ya lo intuyeron los grandes pensadores de todos los tiempos, no hay peor loco que el que cree estar completamente cuerdo.
Pero la locura, en realidad no es en sí perniciosa sino cuando los actos que de ella emanan lo son por sí mismos. Vamos, que un chiflado cualquiera, coge un pincel y es un genio, pero este mismo señor pasa automáticamente a la condición de psicópata, si lo que le da es por la motosierra.
Esta dualidad, locos iluminados-locos de pesadilla, alimenta la ya de por sí esquiva noción del término locura, y hace que cualquier desorden mental, por pequeño que sea, lleve implícita la posibilidad, y la propensión, a un desbarajuste mayor.

Porque toda pequeña chaladura, por sana y anecdótica que finja ser, lleva siempre en su seno el germen del caos y del fuego purificador, el deseo de autorrealización al más alto nivel. Nadie sabía mejor de esto que Nerón, el emperador romano que pasó de artista a pirómano, y que, no es cosa independiente, odiaba sin recato a los cristianos, verdaderos monopolizadores del concepto de locura llevado al extremo. Demasiado prestos siempre al martirio, predicando a todas horas la renuncia a los placeres mundanales. O demasiado locos o demasiado cuerdos. En cualquier caso, unos peligrosos agitadores de conciencias. Y, por otra parte, rivales muy duros para alguien que tenía la necesidad patológica de concentrar sobre su persona toda la atención del mundo.

Todas las religiones, ya que las hemos mencionado, son una oda a la irracionalidad. Esto es un hecho palmario, y es por eso que tantísima gente las considera el mayor y más perjudicial de los desatinos. Pero curiosamente, tomadas en pequeñas dosis, cumplen una valiosísima función homeopática, reforzando al organismo, a su sistema inmunitario, (ahora hablando no del sistema físico, glóbulos blancos y demás, sino del puramente psíquico; no del hardware, sino del software), contra sus males endógenos, los que se originan en su propia sala de máquinas, y que son comparativamente mucho más virulentos.

Así, las paranoias colectivas son la mejor protección que existe contra las individuales. Creencias y credos, política y más allá, son las mejores tomas de tierra que existen para los saltos de tensión en el suministro eléctrico de las sinapsis neuronales.
El gran problema se come al pequeño, y esto, en el caso que nos ocupa de las enfermedades mentales, se cumple a machamartillo.
Si uno teme al infierno, si teme a la cartilla de racionamiento o al paredón, difícilmente se puede dejar intimidar por una vulgar y corriente crisis de ansiedad.

Sí, así es, para librarse de las desagradables molestias de los pequeños problemas, la receta que funciona es la de someterse a la tiranía de una preocupación mayor. Una que produzca un canguelo mucho más asfixiante y desgarrador.

Uno capaz de ejercer en tu mente lo que en términos de ciencia computacional, y por analogía simple, se denominaría un “ataque de fuerza bruta”.
Pongamos el ejemplo de un programa informático que hemos descargado de la red en nuestro sistema, y que para que funcione correctamente, y poder empezar a trabajar con él, necesitamos una clave, una contraseña, que nos permita acceder al menú. Algunos aquí pensarán: La vida misma.
De hecho, esto no es otra cosa que una extrapolación al día a día del ser humano.
Un ser humano inmerso en su permanente lucha por descifrar las claves que regulan su entorno, las que le abren las puertas que desea o necesita franquear, para poder seguir adelante con su proyecto vital.
Pues bien. Si desconocemos esta clave, y nos es perentorio el obtenerla a toda costa, el único remedio es lanzar el referido ataque de fuerza bruta.
Mediante este procedimiento toda la potencia operacional del sistema, y con ella todos sus recursos, son dedicados a alcanzar este objetivo. No importa el volumen de tiempo y energía que se consuma en el proceso. No importa que el plan, con su simpleza, con su recurrencia en bucle, arruine todas las otras potencialidades de que se disponía en el momento en el que se decidió implementar.
Esta gran campaña militar del intelecto, no es locura creativa en absoluto, es locura de matar moscas a cañonazos, pero sana al individuo, o lo que es lo mismo, impide que enferme. Dicho de otro modo, lo vivifica, como vivifica una buena poda a un árbol que languidece bajo el peso de todas sus ramas marchitas.
Fuego purificador, o formatear de vez en cuando el disco duro, léase el de carne y hueso. Elegid la metáfora más de vuestro gusto, pero la clave que se busca, la tan anhelada contraseña que conduce al siguiente nivel, yace más allá de la comprensión de un ente inteligente y, por más que nos repugne la sola idea de condescender en ello, del mantenimiento de un enfoque racional.
Fuerza bruta, esa es la clave. Temor al palo gordo, a la gran calamidad, a un infortunio más allá de todo pensamiento sereno. Un algo tan sumamente horrendo que eclipse a todo lo demás… Y los problemas, esos pequeños problemillas que te daban tan mala vida, se convierten en un juego de niños.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Pax domesticus


Estamos en una época que no invita al optimismo.
Ser joven en estos tiempos que corren no debe ser cosa fácil, aun cuando ser joven siempre es más llevadero que ser viejo, eso está claro.
Por supuesto habrá capas de la población a las que la crisis apenas les haga cosquillas, pero para todos aquellos jóvenes cuyos padres un día fueron clase media, esta época de sus vidas debe ser una auténtica pesadilla.
Cuesta de hecho imaginar cual es el efecto que, la merma cotidiana de la economía paterna, ejerce sobre aquellos que están en edad de merecer. Yo, personalmente, creo que me volvería loco.
Es, supongo, como estar atado de pies y manos, y con un esparadrapo en la boca. Oculto en un sótano cuya llave, se ha perdido en una riña entre los propios secuestradores.
Incapaz de saber cómo, cuando o incluso si vendrá alguien a rescatarte. Y si no será entonces demasiado tarde como para evitar el internamiento en un manicomio, o como mal menor, la marginación social, enganchado de por vida a los locales de la beneficencia.
Y todo ello, sin comerlo ni beberlo. Teóricamente, por culpa de la generación anterior a la tuya, que quiso apurar todos los cálices habidos y por haber, en lo que a especulación inmobiliaria (y de toda otra índole) se refiere.
Tú de hecho, estas en una edad en la que, lo que te pide el cuerpo, es saltar por todo, no respetar nada, cuestionar hasta el vuelo de una mosca, y lo que te encuentras es que ese “todo” está de capa caída. No hay nada que combatir, porque todos tus “enemigos” naturales están en desbandada. Los padres, la educación, la sanidad…
Aquellos que antes imponían unas normas y te premiaban o castigaban en función de ellas, son ahora como hojas muertas a las que la corriente va empujando, de torbellino en torbellino, incapaces ni tan siquiera de garantizar su propia flotabilidad. Las víctimas de forajidos sin ley, adscritos al gran latrocino universal, en medio de un pueblo fantasma.
Ciudadanos de bien, de posición acomodada, convertidos de la noche a la mañana en gente asustadiza y desorientada. Incapaces de aconsejar, ni de dirigir los pasos de nadie. Reducidos al descrédito absoluto, y consumidos en la revisión permanente de su sistema de valores. Máxime, cuando se depende de la pensión de la abuela para pagar la bombona de butano.
Ante esta situación de pánico colectivo, la generación venidera sólo tiene dos opciones: Dejarse arrastrar por el curso fatídico de los acontecimientos, y convertirse en náufragos ellos también del sistema, o por el contrario, crecerse ante la adversidad, acelerando por la vía expeditiva su proceso de maduración personal. Solo así podrían comenzar cuanto antes a reclamar su tan necesario e improrrogable liderazgo.
Los jóvenes no pueden permitirse especular con esta dinámica, en la que sus progenitores se van paulatinamente transformando, de domadores de fieras, en conejillos de indias, y que es a todas luces suicida.
El mundo, su futuro mundo, pide una revolución a gritos, por incómoda y anticuada que su sola mención resulte.
No es ya una cuestión de recorte o ausencia de pagas semanales. La lucha del nuevo siglo, la del triunfo sobre los oligarcas de la globalización  asimétrica, ha de financiarse desde la propia energía vital.
Ningún remedio es más potente para sanar a una sociedad enferma, que la renovación de todas sus estructuras empezando por al base, y ahí es donde los jóvenes, las nuevas generaciones, incontaminadas aún, están llamados a ejercer su función desinfectante.

Pero claro, a los que se pasan el día soñando con vivir hipnotizados por la pantallita de un smartphone, a ver cómo les explicas eso…

martes, 6 de mayo de 2014

Her Magic Touch


- 'Oh, Gosh... How I hate this job!'
- 'They get me grabbed by my stuff. That's the point!'

Love heals, they say. But the fact is that hate is truly the only force in nature capable of performing miracles.
Unparalelled on the always misguiding and heartbreaking task of making possible the impossible.
There is, hence, no such thing like 'magic of feelings', but a mere illusion.
Unaffordable reasoning for the animal instincts!!

El amor lo sana todo, que dicen por ahí.
Pero lo cierto es que es el odio la única fuerza de la naturaleza verdaderamente capaz de hacer milagros.
Sin parangón en la siempre ingrata y descorazonadora tarea de hacer posible lo imposible.
Es por tanto que no hay tal "magia de los sentimientos", sino que, más bien, todo se reduce a una mera ilusión.
¡Mucha tela p'a un conejo!

Atención: Dos cosas...
1- Mi inglés está cogido con pinzas. No se recomienda su consumo responsable.
2- Para ver bien los gifs, lo mejor es usar el navegador de Google, Chrome.

sábado, 26 de abril de 2014

Conjugal Love


Conjugal love never tasted so good.
In fact, flies can be anything but hypocritical.
(I love this shit!)
That's my honey!

El amor conyugal nunca supo tan bien.
De hecho, las moscas pueden ser de todo menos hipócritas.
(¡Esta mierda me encanta!)
Pues eso.
¿Para qué contradecir a nadie?

viernes, 4 de abril de 2014

Hurto, robo y penalti no pitado


Estábamos tan bien hasta que llegó la crisis… Todos teníamos de todo, y, de lo que nos faltara, era cuestión únicamente de acercarse a un banco y pedir por esa boquita.

Nadie tenía improrrogables necesidades materiales, como mucho, tal vez nuestra mayor tristeza consistiera en que al pedir la luna, esta no se nos concediera, o no al menos inmediatamente, y ordenada en fajos en un maletín.

Desgraciadamente todo esto cambió el día que los oficinistas de Lehman Brothers comenzaron a desfilar como zombies por las calles de la gran manzana, con sus carpetas, archivadores y demás enseres, apretujados en una caja de cartón.

De pronto, el mundo, o mejor dicho, nuestro mundo, aquel occidente próspero y adinerado, había dejado de ser el paraíso del préstamo fácil, y por las cloacas de aquella burda ilusión, comenzaba a subir un tufo insoportable a chanchullos, desfalcos, corruptelas y latrocinios diversos, que cual epidemia medieval de peste negra, se fue extendiendo por toda la población, y diezmando la honorabilidad y pulcritud, tanto de los pequeños como de los grandes, sin importar, sexo, raza o religión.

Un día era un politicucho, que sin ser poco más que un alcalde rural, se había hecho de oro, y al siguiente la ruleta caía en algún que otro destacado personaje de alta cuna y regia condición, cuyo parentesco con infantas o infantes, le había puesto al alcance de la mano el cometer pero que muy lucrativas infamias.

El país, escandalizado, no daba crédito a lo que veía. Aquellos antaño admirados, y tenidos por grandes próceres, se habían convertido en unos bandidos desorejados, impulsores de la monumentalidad en sus obras públicas faraónicas, al mismo tiempo que de la de sus cuentas privadas.

Y al final era todo una cuestión relativa al poder. El poder corrompe, se repetía sin cesar en cada esquina. El que manda, se desmanda.

Pero tal vez, aún sin dejar de ser razonablemente cierto, tan solo se tratara de una simplificación.

Quizás, a mi modo de ver, sea la vida, y no tan solo el poder, la que corrompe. Una vida repleta de insatisfacciones, donde todo hijo de vecino percibe lo que sucede a su alrededor bajo los parámetros autocomplacientes de su propia moral.

El poder, y el no poder, todos en el mismo saco, y ninguno menos ruin.

Envidia e injusticia, devendrían así en conceptos superponibles e interdependientes, ambos emborronados por el ansia de hacerse con lo ajeno, de tener, de poseer, de detentar la propiedad de aquello que brilla y refulge en la órbita del prójimo, y que ciega mi ojo de urraca desesperada de la vida.

Ya no es sólo el poderoso que se vale del cargo para desvalijar las arcas de su encomienda. El ama de casa, recortada cual cupón promocional, el anciano, cuya pensión se ha metamorfoseado en el subsidio de sus hijos desempleados, el adolescente, de cuya paga semanal apenas conserva un vago recuerdo, no pueden por menos que sentirse justificados, ellos también, como Robin Hood, o ya sin tanto glamour, como Sánchez Gordillo, a dejarse arrastrar por los cantos de sirena del bandolerismo y la cleptomanía.

Por tanto, no es solo el gran defraudador de guante blanco el que emponzoña y desvirtúa la sociedad, también está el pequeño hurto en el supermercado, las tres o cuatro latas de mejillones en escabeche que vuelan de la estantería al bolso sin pasar por el lector de códigos de barras. Unos y otros se sirven pues la excusa en bandeja para actuar impunemente. Siendo, por otra parte, la única diferencia, como todo lo demás en la vida, la categoría o el nivel en el que se mueven los perpetradores.

Las cifras que se manejan, si damos crédito a lo afirmado en el programa Equipo de investigación de Antena 3 TV - en cuyo informe se inspira este post - son de órdago.

Y de nuevo, las pérdidas causadas al comerciante, al empresario o al distribuidor de turno, no piense nadie que se las comen con patatas, sino que le son repercutidas al consumidor final mediante lo de siempre, un alza de precios.

Es decir, exactamente lo mismo que venimos observando de banqueros y promotores inmobiliarios, cuyas deudas y agujeros financieros, un año detrás de otro, y así sin solución de continuidad, se apuntalan con impuestos, parches y recortes presupuestarios, a nombre del ya más que harto, indignado y aburrido, ciudadano de a pie. Sin nadie para asistirle, ni para reconfortarle, y menos aún para defenderle.

Los culpables saldrán como lo árbitros comprados, cuando han hecho una gorda, de los terrenos de juego, parapetados bajo los escudos de la policía antidisturbios. Habrá follón durante unos cuantos días en la prensa del ramo, proliferarán los tertulianos vociferantes y maleducados, y eso será todo.

Y así es, estimados lectores, como está montado el invento.

Así que, ya sabéis, si vuestra urraca interior grazna desconsolada… No pidáis la luna. ¡Robadla!

martes, 10 de diciembre de 2013

Espía como puedas



¡Cómo han cambiado las cosas…!
Si a Mata-Hari le hubiera tocado vivir en nuestro tiempo, a buen seguro que estaría sufriendo una terrible crisis de identidad.
Seamos realistas, el espionaje ya no es lo que era. Cuando yo era niño, el oficio de los espías era ante todo una cosa no al alcance de cualquier gañán de barrio.
Había que ser muy valiente, audaz, perspicaz - inteligente a rabiar - y, por qué no decirlo, tener un físico en condiciones. Vamos, que no llegaba con dar el pego.
Ni James Bond, ni las despampanantes agentes dobles venidas del este del telón de acero, eran gente de esa que se cruza uno un lunes cualquiera por la calle. Ser espía era lo máximo.

Pero entonces llega la era de Internet, y todo esto se va a hacer gárgaras.
Ni siquiera el espionaje industrial se salva. Ahora los secretos de estados y multinacionales ya no se filtran por entre los zurcidos de las sábanas de los hoteles de lujo, al abrigo de convenciones y congresos para vip’s de talla mundial.
Ahora, por más triste que parezca, fluyen pirateados por las alcantarillas de Internet.
Se acabaron los romances a orillas del Sena, en los que la osada joven del otro lado de los Urales exponía su vida, y sacrificaba su honra, al servicio de ideales más allá de los egoísmos e individualismos propios, (ideales hoy por hoy, obsoletos, todo hay que decirlo), arrojándose a los brazos de altos oficiales de las SS, la Wehrmacht, o, más adelante, de sus archirivales de la CIA, a los que había que sonsacar los días “d”, las horas “h”, y así un sinfín de datos de enorme valor estratégico, ya fuera la guerra fría, caliente, o salida del microondas, que a veces presenta ambas características.

Pero entonces llega la modernidad, y con ella la administración Obama, y todo aquello se sustituye por un puñado de gafudos imberbes, auxiliados por algún que otro informático calvorotas y barrigón, que se encierran en cuartuchos oscuros y mal ventilados a escudriñar las redes sociales, a pinchar teléfonos via módem y a decodificar interminables documentos y webs sospechosas, en busca de algo medianamente inteligible a lo que hincarle el ratón.
Trabajo penoso y aburrido como pocos, y que a buen seguro alternarán con sus propias descargas personales de música, cine y señoritas con poca ropa. Única forma humanamente viable de sobrevivir al enorme sopor que, ni me lo quiero imaginar, producirá escuchar las conversaciones privadas de la canciller Angela Merkel, o peor aún, de Rajoy.


Porque lo mejor del asunto es que la famosa NSA esa, la agencia de espías en cuestión, también tenía su mirada puesta en los intereses españoles.
¿Sorprendente verdad? España en el candelabro.
Pues para ser sinceros, en un primer momento yo también tuve ese subidón de orgullo de pensar que, nosotros, nuestros asuntillos celtibéricos, pudieran tener algo que excitara la curiosidad de las grandes superpotencias mundiales. Quizás ese punto de picantillo que supone la diferencia entre el ser unos completos mequetrefes, esquinados en el curso de los acontecimientos, o estar cortando el bacalao.

Más tarde, me enteré de que no. Que la razón de espiar a España era mucho más prosaica.
El pozo sin fondo de nuestra crisis, casi ya seña de identidad nacional, y el ser puerta de entrada a Europa del narcotráfico, hacían aconsejable tenernos controlados de reojo, como si fuéramos gentes de mala catadura, de la que es mejor saber por donde anda, para no coincidir en los sitios.

De todas formas, a partir de ahora, y gracias a Snowden, y a Assange - que la embajada londinense de Ecuador lo tenga en su gloria - siempre tendremos la mosca detrás de la oreja al tuitear algo, al dar un “me gusta” en Facebook, o al teclear un post en el propio blog que se meta con algún capitoste importante, como es el caso, o incluso simple correveidile afecto al régimen.

Los mejores agentes de la Mossad, y Scotland Yard, puede que ya estén jubilados, pero esos nerds, esos cerebritos de las telecomunicaciones, de los que hablaba antes, te montan un drone en dos minutos y te lo plantan en la puerta de casa. Es triste admitirlo, pero estamos a merced de los otrora incondicionales del aeromodelismo.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Mortal de necesidad


Ha pasado el Halloween y con él, el uno de noviembre, día de todos los santos.
En México (gracias hermanos mexicanos por venir tan a menudo por aquí), las gentes se recogen por fin de los cementerios y regresan a sus hogares. Esta celebración tan enfática de las festividades de ultratumba, de raíces hondamente precolombinas y tan sólo nominalmente reconvertida al cristianismo, nos sorprende todavía un poco por estos lares, donde a la bicha preferimos ni mentarla, y a nuestro parecer por tanto, y desde nuestra perspectiva cultural, no deja de resultarnos algo macabra. Pero lo que es indiscutible es que, el cariño y el respeto por los seres queridos finados, está a años luz del que nosotros profesamos por los nuestros, con los cuales el compromiso es a todos los efectos muy inferior.
Aquí, por norma general, y siempre salvo contadas excepciones, lo que se estila es "El muerto al hoyo y el vivo al bollo" y sanseacabó.

Antaño, bien lo saben nuestras abuelas, el luto duraba meses e incluso años. Bueno, nuestras abuelas ya no saben nada, porque ya hace tiempo que nos dejaron... Pero ahí está la realidad, y si ahora mismo no hubiera escrito esto, probablemente ni me hubiera acordado de ellas.
Triste, muy triste... En fin, queridas abuelas, dondequiera que estéis - y por extensión a todos mis ancestros - que sepáis que os dedico mis dibujos. (A toro pasado no hay quien me supere.)

Pues eso, que cumpliendo la tradición, nos hemos comido los huesitos de santo, y no obstante un año más nos hemos resistido a disfrazarnos de monstruitos. Quizás ya la apariencia normal sea de por sí lo suficientemente tenebrosa y escalofriante, sobre todo a las siete de la mañana, cuando suena el despertador... O bien, que estas costumbres anglosajonas no terminan de calar en lo más intrincado de mis coordenadas mentales, más del terruño y que, como en esas comunidades indígenas a las que antes hacía mención, son netamente deudoras de los espíritus del pasado.

Vamos, que para ponerme 4 trapos raídos y una careta de cartón prefiero esperar al carnaval auténtico, al de aquí de toda la vida. Y donde esté un piliqueiro de Laza, un cigarrón de Verín o un pantalla de Xinzo, que se quite la calabaza seca esa de marras a la que le pintan ojos y boca, o los vivarachos esqueletos de las pesadillas de Tim Burton, cúlmen de los fetichismos de anoréxicas.
Con la Ruperta y el Atilano vamos bien servidos.
¿Que no sabéis quien es el Atilano? Ni falta que os hace.
Ya nos llegará a todos el momento de entendernos con él.
Este, que es muy cuco, sabe bien que al final, con nada más que un poco de paciencia y un toquecito por aquí de fatalidad, y otro por allá de ventoleras destempladas, todo el mundo le acaba abriendo los brazos de par en par.
Nadie como él para ganarse a la gente.
Y eso que es lo único que sabe hacer, pero lo borda.
Que sirvan pues estas fechas, y estas reflexiones - puestos a encontrarles alguna utilidad - como recordatorio de algo muy importante en nuestras vidas, que el tiempo vuela en caída libre, y que el instante tiene la misma fugacidad que las llamaradas del Hindenburg.
Carpe diem.

lunes, 19 de agosto de 2013

Ártico con bañistas



En efecto, amigos, esa es la última y mejor oferta que hoy por hoy se puede encontrar en el panorama inmobiliario planetario.
Un ártico con bañistas, en pleno centro del norte geomagnético, soleado, bien comunicado por el estrecho de Bering con las potencias mercantiles y energéticas del presente siglo, China, Canadá, Alaska, la madre Rusia, Noruega…
Nunca, en sus frías noches de invierno y soledad pudo este ni tan siquiera imaginárselo, y es que en la vida estuvo el polo más cotizado.
De hecho… ¿Quién se puede resistir a semejante casquete?

 Y todo por un quítame allá esas pajas de si el volumen de CO2 emitido, o si la quema de combustibles fósiles, o que si la industrialización frenética de un hemisferio es la metástasis del consumismo histérico del otro, y viceversa.

Pero, nada… Todo escandaliza al que ya de por sí es susceptible.
¡Qué miedo! ¡El calentamiento global! ¡Nos engullirán los océanos embravecidos! ¡Nos achicharraremos como pavesas ante un sol de justicia, como nunca se vio en siglos y siglos de civilización!
La tierra se convertirá en una sauna finlandesa. O mejor dicho, en unos baños turcos. Viviremos nuestro día a día cual inocentes reclusos de una prisión anatolia.

 Y así, un bis tras otro, el mismo estribillo de siempre, reiterado al infinito. Puro victimismo y nada más que victimismo.
Ecologistas de pacotilla.

 En fin, se pongan como se pongan los “señoritos”, esto no tiene remedio. No en vano, cualquiera les dice ahora a los de los ojos rasgados que se vuelvan a su Mongolia interior, a darle bombín a las bicicletas. Así que hay que tratar de verle al asunto su lado positivo, y si se es un pelín espabilado, incluso la oportunidad de negocio.

 Además, en cuanto se huelan que la cosa funciona - que funcionará, no tengo la menor duda - y todo el mundo vea que se hace caja, enseguida se celarán los terratenientes del sur, y querrán ellos también poner la Antártida en condiciones. Al tiempo, si no.

 Que se derrita el hogar de miles de focas, osos polares, ballenas, pingüinos, etcétera no puede ser algo tan traumático como algunos lo pintan.
¿No desaparecieron también los dinosaurios… y nadie dijo nada?

 El problema real, creedme, es el que parte de los mismos de siempre. De esos amargados, llorones y con complejo de nuevos mártires que se hacen llamar ecologistas, o “verdes”, que aún es más gracioso, porque en mi época verdes eran las películas de Pajares y Esteso, y estos, a ese respecto, me temo que a dos velas.
Pero bueno, esa es su elección. Todo muy frugal. Nada de comodidades superfluas. Pudiendo meterle calefacción central a un iglú, doble panel aislante, tarima flotante, vitrocerámica, agua caliente a gas ciudad, dos plazas de aparcamiento para trineo con perros y bulldozer quitanieves… ¿Para qué contentarnos con el pack básico?

 Os lo digo yo, son los enemigos del progreso. Ni caso.
Estamos de hecho ante la mejor inversión de futuro que se puede echar a la cara hoy un terráqueo de a pie, y la gente ahí sigue, enclaustrada en su pequeño mundo de temores y frustraciones. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

Los polos son la elección segura del triunfador de hoy, del mañana y de siempre… Y no me refiero únicamente a los de Ralph Lauren.
Vosotros ya me entendéis.

lunes, 12 de agosto de 2013

Audiencias mandan



La televisión, siempre la televisión.
Algunos vaticinaron en su día que internet se acabaría comiendo a la televisión, a los periódicos, al celuloide, a la radio y, en general, a todos los demás medios de comunicación. Una previsión que, lejos de verse desmentida, poco a poco, y con la determinación de un “cavaor”, se ha ido materializando. Uno por uno, pues, se ha ido merendando el espacio vital primero del pastel cinematográfico, hollywoodiense y no tan hollywoodiense, luego el de la prensa escrita, y finalmente a la música y el teatro, que han sido, sin lugar a dudas, los peor parados.
¿Todos muertos (o lisiados de por vida)?...  No todos.
No, la televisión, el medio más voluble - en teoría, el de caparazón más blando- ha acabado revelándose como el más resistente a la debacle. Algo así como las cucarachas o las ratas con respecto a un holocausto nuclear.
Su pobreza de contenidos, su cutrez consustancial, su reptiliana capacidad para mudar de piel y seguir como si nada arrastrándose por entre las inmundicias del turbio y cenagoso subsuelo emocional de la gente, han sido claves para su supervivencia.

 Nos encontramos pues ante una verdad dolorosa pero incontrovertible. Esa pulsión descerebrada, ese hálito halitoso que anima de vida a la caja tonta, y que la convierte en una fuente inagotable de energía psicotrópica, es el motor de la vida intelectual, el gran tejedor y destejedor de redes neuronales, en la aplastante mayoría de los miembros de la raza humana.
Es como las termitas. Toma su alimento, su materia prima, de todo lo demás, lo que daríamos en llamar la cultura fósil, y, previo paso por la minipimer, lo transforma en combustible ultraeficiente de fórmula uno.
Atrás quedan por tanto las consideraciones moralizadoras. Que si es renovable, o si un fuego exterminador. Que si dilapida siglos de conocimiento y sabiduría....
No puede haber pausas para la reflexión. El circo ha de desarrollarse a toda la velocidad de la que sea capaz, y nada ni nadie puede interponérsele.

 Aceptando esta realidad, y renunciando a toda competencia, llega entonces uno a plantearse la necesidad de saber, de conocer, los secretos que han hecho fuerte a su antagonista.
¿Qué hace a la televisión ser la líder supremo, o mejor aún, la “querido líder”, de la inteligencia emocional mundial?
Muy sencillo. Su permanente reducción al absurdo.
Sí, su fórmula es bien sencilla.
Todo lo que vomita la pantalla ha de llegar, en un momento u otro, a un punto, en que el raciocinio, tal como legítimamente lo conocemos, es decir, en su estado más puro y prístino, sea desafiado, vapuleado y, en última instancia, arrodillado.
La bobada supina es la meta, y ha de prevalecer siempre. Caiga quien caiga.
Es así que las mentes enfermas de los creativos de televisión nunca descansarán, de hecho jamás lo hacen, mientras la humanidad siga teniendo ese apetito desmedido, insaciable, no por el más difícil todavía, sino por el disparate más difícilmente imaginable. Esto es, por la mamarrachada de turno, elevada a la máxima potencia de la numerología zoroastriana, y metamorfoseada en mariposa cervical.
Sí, señor. Eso exactamente. Y si se tercia, no escatimar en las dosis de ketchup y mostaza.
Transgredir por el puro placer de transgredir. Sin un propósito, sin un más allá…
Un día conseguirán convencernos de que el alma humana reside en la vesícula biliar, y nosotros, tan felices.
¿Para qué queremos más?  

jueves, 14 de marzo de 2013

Prime time Papal



Efectivamente todo apunta a que así lo ha querido Dios.

Ratzinger, el artista anteriormente conocido como Benedicto XVI, cuelga los hábitos y manda a paseo su dignidad de Sumo Pontífice, alegando agotamiento físico y moral, y asegurando que a partir de ahora permanecerá oculto para el mundo.

De modo que así las cosas, y sin comerlo ni beberlo, nos hemos encontrado de pronto con algo parecido a dos papas. O más concretamente, al estilo de las cuentas de algún que otro partido político español (el más español de todos, para más señas), habrá un papa A y un papa B.
Y es que Ratzinger, que no ha querido esperar a diñarla para desembarazarse del cargo, hastiado de su santo ministerio, la ha liado parda.
Una cosa desde luego muy rara, sin casi precedentes en la ya larga (de corvejones) historia de la institución.
Como diría un gitano… Ay Papa, que los payos nos quieren dar al viejo pa la chatarra.

Dicen no en vano las malas lenguas, que el anciano monarca de la iglesia había aguantado la mitra, asediado por un lado por las típicas conspiraciones del ora et semper ebullescente magma vaticano, pero también traicionado por sus asistentes más cercanos, odiado por el occidente libertino y ultralaicista, que jamás le perdonó su alergia a la terapia salvadora del preservativo en el África negra, y sobre todo arrastrado por el tsunami de los escándalos de abusos a menores,
Este último, para más inri, considerado el peor de todos los pecados, el más sórdido y el único con el que el evangelio es implacable.

Pero al que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le sería que le colgaran al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que se ahogara en lo profundo del mar.
San Mateo, 18,6

Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.
San Marcos, 9,42

Algo que por lo visto era el pan nuestro de cada día en cientos, si no miles, de los “refugios para los débiles y desamparados” de la Iglesia.
Díficil de digerir, no ya por la opinión pública en general, sino por la gran mayoría de sus fieles, y a lo que se suma el no menos vergonzante y pertinaz encubrimiento de los autores materiales de los crímenes, del que los miembros y cabezas visibles de la sacrosanta misión petrina, en su conjunto, han hecho gala.

Sin embargo, se da la paradoja de que a ojos de muchos, se ha producido como una gran revelación acerca del personaje. En este mundo terrenal nuestro, en el que nadie dimite, en el que hasta el más ruin y corrupto de los ediles del municipio más insignificante se aferra al asiento con uñas y dientes, el gesto de Ratzinger, o Benedicto XVI si se prefiere, ha cobrado una magnitud sobrenatural.

Tampoco es que se hayan abierto las aguas del mar Rojo, qué duda cabe, pero de lo que sí doy fe es de que algo que hasta ahora parecía imposible ha sucedido.

En cualquier caso será mejor que nadie se emocione, porque no parece factible que haya grandes probabilidades de contagio.
En la ya de por si agitada y convulsa escena política patria, que vive ya desde hace una buena temporadita instalada en la dinámica del peor, imposible, pocas opciones hay de renovación.
Gúrtel, Bárcenas, Pokemon, Eres de la junta de Andalucía, Pallerols, Palma Arena, etcétera, etcétera, ese si que es un cónclave reñido del que cuesta visualizar nítidamente al Primus inter pares.
De hecho, con toda seguridad, sean unos u otros los elegidos de este o futuros comicios, religiosos o paganos, los primos, tendremos que seguir siéndolo nosotros, los ciudadanos de a pie.
Y es que el que piense que esto tiene arreglo, la lleva clara.

En todo caso, de momento, y para regocijo de creyentes y televidentes, ya hay un nuevo maquinista, Francisco I, a los mandos del catolicismo mundial.
Un señor a primera vista tímido, bonancible, apabullado por la magnitud y el peso de la enorme tarea que se le viene encima, ya él también, para que lo vamos a negar, llamando a las puertas de la ancianidad.
Nada que ver con el revulsivo, con la recarga de energía, de la que tanto se había hablado por parte de opinantes y tertulianos afines a la causa.
Más retrotrae al recuerdo antediluviano de aquellos papas de otra época. Meras comparsas en una época de guerras y genocidios mundiales, cuyos silencios hablaban mucho más que sus palabras.

Si bien, cierto es que Dios, o más concretamente la iglesia, juega al engaño, y lo mismo que nunca salen elegidos los favoritos de los cónclaves, quizás también en esta ocasión las apariencias no lo sean todo, y nos hallemos ante una oportunidad histórica.

Aunque si la religión quisiera realmente hacerle un servicio positivo a la humanidad, bien es verdad que mucho tiempo se ha perdido ya. Demasiados siglos que ha dejado pasar sin dar otra señal que no sea la del inmovilismo y el enroque en unos resabios y tradiciones de librillo con las pastas ya muy gastadas.

No obstante el negocio de esta gente es vender esperanza, y una vez más, como quien dice, y a juzgar por las expresiones en los rostros de los congregados en la plaza de San Pedro, se ha dado bien la cosa.
Esto del mercado ya se sabe. Quizás el bono argentino no aguante bien la referencia con el bono alemán, pero tratándose de esperanza...
Quien sabe si, el verdadero mal que nos aqueja estaba en el espíritu, y hasta salimos de la crisis.
Aunque como reza el dicho: Milagros, en Lourdes.
El demonio puede ir de un lado para otro, pero nunca desaparecer.

Y si no, que se lo pregunten al padre Karras.

lunes, 22 de octubre de 2012

El sino Neandertal



Hurgando por la red uno se puede encontrar de todo, no es verdad amigos. Unas veces cosas interesantes, y otras no tanto.

Con lo que, aquella tarde maravillosa que un día te tiraste en Internet, agenciándote películas, música y programas piratas, viendo videos asombrosos en YouTube, leyendo artículos de medio mundo, en noticieros verdaderamente independientes, en los que las opiniones no siguen los mismos patrones preestablecidos de siempre, marcados indefectiblemente por esa bipolaridad hispana tan arraigada, derecha-izquierda, monarquía-república, Madrí-Barça o ColaCao-Nesquik, por poner solo unos cuantos ejemplos… Aquella tarde maravillosa, decía, se convierte al día siguiente en un aburrimiento monumental, yendo y viniendo de acá para allá por enlaces de lo más absurdo, descerebrado, anodino, barato, necio y hasta si se me apura, soez y de mala reputación, que generalmente es donde acaba uno dando con sus huesos.

Pero por suerte para mí, eso no suele ser lo más habitual, y así, una de esas ocasiones en las que la conexión está de buenas, encontré un documental que hablaba de un tema para mí muy grato y atrayente, y que sin embargo, ignoraba por completo.
Digamos que el susodicho documental tampoco era nada del otro jueves, pero, no obstante, planteaba una cuestión realmente inquietante. El descubrimiento, recientemente constatado, de nuestro parentesco genético con los Neandertales.
Sí, con los Neandertales, aquellos homínidos que nos precedieron en la escala evolutiva, y que si bien se dijo en su momento eran una especie distinta, que poco o nada tuvo que ver con la nuestra, o por mejor decir, con aquella de la que procedemos, ahora resulta que no, que mantuvieron relaciones estrechas, y a juzgar por los datos obtenidos, no siempre del todo correctas.

¡Pues ya ves tú! De buenas a primeras, enterarse que una parte de tu ADN lo has heredado de aquellos brutos simiescos con cara de boxeador sonado, de prominentes arcos superciliares y recias mandíbulas, no es nada halagador. Digamos que la autoestima se te desparrama por los suelos.

Si bien, no sólo ha de ser considerado el aspecto troglodítico de aquellas buenas gentes que, nos guste o no, hibridaron con nuestros antepasados vigorosa y abundantemente.
Por lo visto también tenían sus cosas buenas, como por citar tan sólo una - aunque la más destacable - su extraordinaria fuerza física.
No en vano, los científicos, que los conocen bien por el estudio de sus restos fósiles, aseguran que, de competir con nosotros en las olimpiadas, apenas dejarían disciplina alguna en la que no coparan todos los podiums y medallas.
En otras palabras, que a nosotros nos reservarían plaza únicamente en el palmarés de los paralímpicos.
Y es que anatómicamente eran unos, y unas, bestias. Verdaderas máquinas de cazar y de combatir con las alimañas de la espesura salvaje. Por eso que su desaparición fuera un completo misterio.

¿De hecho, cómo es posible que cedieran terreno ante sus rivales más debiluchos? ¿Es posible que se dejaran acogotar simplemente por una cuestión de más o menos centímetros cúbicos en el cerebro, en una época en la que, seamos realistas, todo se resolvía con dos piedras y tres palos?

Pues bien, lo único que se me ocurre es que dicha extinción nunca fuera algo repentino ni dramático, como muchas veces se nos ha pintado en los libros de historia, sino por el contrario, paulatina e indolora. Más aún, incluso placentera.
De hecho mi teoría es que, seducidos por la mayor belleza de las hembras sapiens, los machos neandertales dejaron de ser cariñosos con sus parejas de toda la vida, y cayeron en la ominosa tentación de buscarse líos con la mujer del prójimo. (O viceversa, en este caso ellas, con los miembros de la especie prójima.)
De ahí que, poco a poco, y a base de ir procreando siglo tras siglo al amparo de esta dinámica, los rasgos neandertales se fueran diluyendo.
Ello, claro, a pesar de que decenas de miles de años después, estos puedan o no volver puntualmente a aflorar, como es el caso, entre otros, del actor norteamericano Ron Pearlman, quien de hecho protagonizó el film “En busca del fuego”, o del “cholo” Simeone, el actual entrenador del Atlético de Madrid. Pero esa es otra historia.

Pues esto es lo que hay, señores. En nuestro fuero más interno todos tenemos algo que nos retrotrae a aquellos tan denostados y, sin embargo, interesantísimos cavernícolas. Y encima, más que ninguna, esa pretendida raza superior aria o caucásica, a la que por lo visto, en el tema de los intercambios cromosómicos le tocó la parte del león.

Pues eso… Que usted, amigo lector, no es tan puro, ni inteligente, ni civilizado como creía… Pero ni usted, ni su vecino, ni su quiosquero, y menos aún Hitler o Anders Behring Breivik, el carnicero de Utoya, quienes jamás se lo hubieran imaginado, pero que tampoco se ven o vieron libres, en algún pequeño porcentaje, de esa mácula, de ese lamparón en la camisa de los domingos, de ese atentado al honor y al abolengo. Verdadera plaga devastadora de cualquier árbol genealógico que se precie.

Ya lo decía, entre otros muchos textos sagrados, la Biblia: Procedemos del barro. Y es que, hasta la fecha, esa es la verdad desnuda, nadie ha bajado del cielo para contradecirlo.
Todos tenemos un “algo” en nuestro pasado, en nuestras raíces, capaz de avergonzar al más pintado.
No tiene sentido pues esconderlo. Reconozcámoslo.
Es el precio de estar vivos.
Y dado que de la supervivencia se trata, estimados lectores y amigos, la carne cruda es lo que manda.
Lo demás es guarnición y trucos de repostería.
Y desde luego - por hacer de ello una analogía perfectamente vigente hoy en día, en lo que a nuestras penurias financiero-morales se refiere - antes es preferible un ignominioso, aunque alimenticio rescate, que una virginal, inmaculada y raquíticamente pura, austeridad.

Ya lo insinuaba Constantino Cavafis en su poema Esperando a los bárbaros”: Para salir adelante en una situación de crisis, a veces la propia consideración de una sociedad - incluso la de uno mismo - generalmente anquilosada en la evocación de los buenos viejos tiempos, es el mayor de los estorbos.
Ha de entrar aire nuevo, aire limpio de la montaña, por muy gélido que lo sintamos, o destemplados que nos coja.
Es nuestro sino.

domingo, 7 de octubre de 2012

Histeroide



¡Qué gran misterio es el futuro!

Da igual que haya cientos o miles de profecías acerca de él, cientos o miles de sesudos estudios de las más prestigiosas universidades del mundo, cientos o miles de predicciones basadas en algoritmos pseudoaleatorios de base piramidal... A medio y largo plazo, el destino, sigue siendo inextricable.
Terco y caprichoso como él solo.
Tan pronto el inesperado ramo de rosas rojas de un admirador secreto, como la maceta que baja rauda a tu encuentro desde un quinto piso, sin molestarse en coger el ascensor o las escaleras.
Afortunadamente, y por lo que a nosotros, el ciudadano medio, respecta, la realidad del día a día es lo suficientemente previsible como para ir adaptándonos sin demasiados sobresaltos.

¿Quiere esto decir sin embargo que no hay grandes alicientes?
¿Que está todo inventado, todo descubierto?

Eso pensábamos, pero de pronto va y aparece el huidizo “lesula”, una nueva especie de primate, que al parecer permanecía oculta en la selva congolesa más impenetrable, quizás, quien sabe, para no tener que cruzarse con nosotros, los humanos, a quienes, de ser así, no me cabe duda, tendría que conocernos bien de antemano.
Sería, de hecho, el primer caso en la historia de la biología en que esto sucede así y no a la inversa.
Por eso que nunca es bueno anhelar una fama excesiva.

Los pobres tenían la suerte de hallarse todavía lejos del alcance de nuestras manazas, beneficio del que a partir de ahora ya no podrán gozar. ¡Y quien sabe qué será lo que el porvenir les deparará!
¿Sustituirán a los macacos en las jaulas de los laboratorios?

Sin duda esa cara de pánfilos que tienen, a la que unos encuentran un aire a Jesús de Nazaret, y otros a John Lennon, los hará más susceptibles de ser sometidos a todo tipo de atentados y crucifixiones, por medio de experimentos científicos de toda ralea. Experimentos como el que, valga el inciso, llevó a cabo Cecilia Giménez, la octogenaria pintora de la localidad aragonesa de Borja, con el fresco del Ecce Homo de su parroquia.

El ser humano es un sujeto harto fastidioso, esa es la verdad. Le dejas algo hermoso entre las manos y te lo devuelve hecho un pringue.
Si les preguntáramos a todas las demás especies del planeta que conviven con él, pocas serían las que hablarían bien. Quizás las palomas, los perros y con un poco de suerte los gatos… Las ratas y las cucarachas se abstendrían por razones sentimentales e ideológicas, pero desde luego sin perder de vista los beneficios e intereses que para ambas se derivan de su febril actividad generadora de basuras. El resto, en cambio, no se andaría por las ramas… El día que el primer mono se bajó del árbol, habría que haberlo linchado.

En fin, que no hace falta ser un iluminado, ni un gran profeta místico, ni someterse a brutales ayunos para alcanzar la revelación sobre lo que nos espera como civilización, e incluso como especie u organismo viviente mínimamente viable.
Y no tan a largo o medio plazo como mucha gente cree.
La carrera que llevamos, eso es más que evidente, es la de darnos de bruces contra nuestro propio afán transformista y depredador.
Será que a diferencia de lo que solemos aceptar como cierto, seguimos siendo como esos otros animales incapaces de reconocerse en el reflejo del agua de un estanque.
Nosotros, equivocadamente, seguimos viendo a un ser inteligente, estilizado y armonioso, el elegido de los dioses como cúspide y consumación de su gran obra, y no, como en realidad correspondería, al que por desgracia ahí se oculta, mimetizado con el fango del fondo: El monstruo de las galletas.


Resumiendo, que no hay tal misterio acerca del futuro. Que tal vez lo único misterioso sea el averiguar de donde sale esa manía nuestra de, a pesar de todo, seguir siendo tan enfermizamente optimistas, y de creernos que a la vuelta de la esquina todavía nos espera un universo entero por descubrir, libre de profecías apocalípticas, torvos asteroides, silos radiactivos, cabezas nucleares, y así una larga lista…
Poblado, en su lugar, por miles y miles de millones de comedidos, respetuosos y pacíficos lesulas.
Tantos como estrellas en el firmamento.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Falta de sintonía



¡Cómo está el patio!
Las chicas de la sincronizada, ellas que parecían todas tan obedientes, tan modositas y educaditas, con esas caritas de niñas buenas que se gastaban en la piscina, se nos aparecen de pronto en los medios de comunicación, llenas de piercings y tattos, pintarrajeadas como monas y abonadas al look “enfant terrible”, para, ¡oh, sorpresa! poner a la “profe” a caer de un burro.

Contándonos, con todo lujo de detalles, los métodos y argumentos que esa señora, Anna Tarrés, entrenadora al parecer de alto nivel, empleaba para disciplinarlas.

No tiene desperdicio la carta en la que exponen su queja, pero, ¿realmente es para escandalizarse?
En un mundo cada vez más competitivo, donde se exprime sin recato al ciudadano de a pie, al contribuyente de medio pelo, para satisfacer la codicia de unos cuantos privilegiados, oligarcas y ricachones, ¿tiene sentido ponerse así por cuatro chorradas que la jefa del cotarro piscinil, reina de colchonetas y corcheras, diría, muchas veces sin pensar, a lo largo y ancho de los años, a su cohorte de sirenitas?

Será que el cloro, o la ausencia de él, afecta al sistema nervioso, pero a mi todo esto me parece excesivo.

Creo que habiendo en juego medallas y fama mundial, jugosos contratos de publicidad y televisión, estas chicas han de ser conscientes de que no siempre los mimos y las buenas maneras pueden prevalecer.
De hecho este no es el mismo caso de un asalariado cualquiera que acude a su trabajo con la única intención de ganarse los garbanzos.
En el mundo del deporte profesional, donde la exigencia es máxima, el dolor físico, y el desgaste psicológico de los atletas, por fuerza, también lo han de ser.

Por eso me parece insólito que hayan reaccionado de esa manera ante lo que no serían sino sólo menudencias.

Y además dudo de que esta clase de técnicas para espolear el orgullo de los atletas, y así mejorar su rendimiento, no se apliquen a salva sea la mano, en todos, o casi todos, los ámbitos y categorías del deporte de competición, de los infantiles a los absolutos.
Es más, yo recuerdo de mi época de alevín, cuando entrenaba en un equipo de fútbol, las toneladas de apelativos cariñosos que nos deparaba a todos el entrenador cuando remoloneábamos: caguetas, inválidos, pajilleros, etc… Y que lo único que nos provocaban era la risa.
El verdadero disgusto, o daño moral si se prefiere llamarlo así, en aquellas épocas “felices” de nuestra pubertad era la suplencia, o incluso, peor aún, el no ser convocado para los partidos.

Por eso que aconsejo a estas imberbes jovencitas, tan súbitamente desinhibidas, de que no abunden demasiado en sus críticas, y no quieran hacer pasar por una negrera a la luz de los acontecimientos a su preparadora física. Podría resultar al final de todo un gran esparaván, y un espectáculo frívolo, como si se quejaran de vicio, o tuvieran mono de la atención mediática, a mi juicio merecida, pero en cualquier caso desmesurada, que se les concedió durante las olimpiadas. Y más con la que está cayendo fuera, y la de protestas, estas sí, verdaderamente dramáticas, que se están sucediendo, día si, día también, al pie de la calle.

Muchos podrían buscarles las semejanzas con otros que se han internado alegremente por vericuetos parecidos, como aquel diputado del congreso, Guillermo Collarte, pepero y para más inri vecino de mi ciudad, que llegó a afirmar, en un rapto de “sinceridad”, que pese a su sueldo de 5100 € las pasaba canutas y no le daba para llegar a fin de mes.

Un poco de por favor, hombre.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Entre lo trágico y lo imbécil



Cuanto más maduro (viejo) me hago, mayor es mi fascinación por esa época de mi vida que fue la adolescencia.
Si la adolescencia. El momento en el que uno es consciente del sentido que llevará su existencia, de si se la pasará remando a favor o a contracorriente.
Por eso muchas veces pienso que la plenitud del ser humano no se alcanza en la edad adulta como a veces erróneamente - a mi entender, ya digo - se suele afirmar, sino en la pubertad.
Al fin y al cabo todo lo que viene después es infinitamente menos divertido, menos dramático, y menos disparatado. Un rollo, vamos.
Y es que donde estén los sueños, que se quiten las realidades. O, bueno, quizás, no, pero desde luego que poéticamente todo da mucho más juego cuando va aderezado de acné y ortodoncias.
Ese primer hacer, o querer hacer, todo lo prohibido…Con mejor o peor fortuna, eso sí, pero en todo momento sumido en un permanente estado de pánico…
Es una película de terror, en la que al final, acaba cayendo en su propia trampa el perturbado de la motosierra, al que da muerte el prota, que viene a ser el hombre hecho y derecho. Papeles ambos, que curiosamente, encarna uno mismo.
Es decir, una cosa totalmente previsible y archisabida.

Yo sigo pues prefiriendo la emoción, el suspense, el no saber si a la escena siguiente serás tú también un zombi más, o si salvarás el pellejo in extremis, conducido a un nirvana de recuerdos imborrables e irrepetibles.
Ni lo dudéis por un momento, las de la pubertad son las vivencias a las que primero se retranquea el alma humana cuando ataca el Alzheimer.

Lo dicho, donde esté la adolescencia que se quite todo lo demás.
Vivir a toda orquesta, pedal pisado a fondo, en la frontera, en la delgada línea roja, entre lo trágico y lo imbécil… ¡Quién pudiera!
Privilegio de dioses.
¿No estáis de acuerdo?...
Mmmm… Me lo temía.