viernes, 4 de abril de 2014

Hurto, robo y penalti no pitado


Estábamos tan bien hasta que llegó la crisis… Todos teníamos de todo, y, de lo que nos faltara, era cuestión únicamente de acercarse a un banco y pedir por esa boquita.

Nadie tenía improrrogables necesidades materiales, como mucho, tal vez nuestra mayor tristeza consistiera en que al pedir la luna, esta no se nos concediera, o no al menos inmediatamente, y ordenada en fajos en un maletín.

Desgraciadamente todo esto cambió el día que los oficinistas de Lehman Brothers comenzaron a desfilar como zombies por las calles de la gran manzana, con sus carpetas, archivadores y demás enseres, apretujados en una caja de cartón.

De pronto, el mundo, o mejor dicho, nuestro mundo, aquel occidente próspero y adinerado, había dejado de ser el paraíso del préstamo fácil, y por las cloacas de aquella burda ilusión, comenzaba a subir un tufo insoportable a chanchullos, desfalcos, corruptelas y latrocinios diversos, que cual epidemia medieval de peste negra, se fue extendiendo por toda la población, y diezmando la honorabilidad y pulcritud, tanto de los pequeños como de los grandes, sin importar, sexo, raza o religión.

Un día era un politicucho, que sin ser poco más que un alcalde rural, se había hecho de oro, y al siguiente la ruleta caía en algún que otro destacado personaje de alta cuna y regia condición, cuyo parentesco con infantas o infantes, le había puesto al alcance de la mano el cometer pero que muy lucrativas infamias.

El país, escandalizado, no daba crédito a lo que veía. Aquellos antaño admirados, y tenidos por grandes próceres, se habían convertido en unos bandidos desorejados, impulsores de la monumentalidad en sus obras públicas faraónicas, al mismo tiempo que de la de sus cuentas privadas.

Y al final era todo una cuestión relativa al poder. El poder corrompe, se repetía sin cesar en cada esquina. El que manda, se desmanda.

Pero tal vez, aún sin dejar de ser razonablemente cierto, tan solo se tratara de una simplificación.

Quizás, a mi modo de ver, sea la vida, y no tan solo el poder, la que corrompe. Una vida repleta de insatisfacciones, donde todo hijo de vecino percibe lo que sucede a su alrededor bajo los parámetros autocomplacientes de su propia moral.

El poder, y el no poder, todos en el mismo saco, y ninguno menos ruin.

Envidia e injusticia, devendrían así en conceptos superponibles e interdependientes, ambos emborronados por el ansia de hacerse con lo ajeno, de tener, de poseer, de detentar la propiedad de aquello que brilla y refulge en la órbita del prójimo, y que ciega mi ojo de urraca desesperada de la vida.

Ya no es sólo el poderoso que se vale del cargo para desvalijar las arcas de su encomienda. El ama de casa, recortada cual cupón promocional, el anciano, cuya pensión se ha metamorfoseado en el subsidio de sus hijos desempleados, el adolescente, de cuya paga semanal apenas conserva un vago recuerdo, no pueden por menos que sentirse justificados, ellos también, como Robin Hood, o ya sin tanto glamour, como Sánchez Gordillo, a dejarse arrastrar por los cantos de sirena del bandolerismo y la cleptomanía.

Por tanto, no es solo el gran defraudador de guante blanco el que emponzoña y desvirtúa la sociedad, también está el pequeño hurto en el supermercado, las tres o cuatro latas de mejillones en escabeche que vuelan de la estantería al bolso sin pasar por el lector de códigos de barras. Unos y otros se sirven pues la excusa en bandeja para actuar impunemente. Siendo, por otra parte, la única diferencia, como todo lo demás en la vida, la categoría o el nivel en el que se mueven los perpetradores.

Las cifras que se manejan, si damos crédito a lo afirmado en el programa Equipo de investigación de Antena 3 TV - en cuyo informe se inspira este post - son de órdago.

Y de nuevo, las pérdidas causadas al comerciante, al empresario o al distribuidor de turno, no piense nadie que se las comen con patatas, sino que le son repercutidas al consumidor final mediante lo de siempre, un alza de precios.

Es decir, exactamente lo mismo que venimos observando de banqueros y promotores inmobiliarios, cuyas deudas y agujeros financieros, un año detrás de otro, y así sin solución de continuidad, se apuntalan con impuestos, parches y recortes presupuestarios, a nombre del ya más que harto, indignado y aburrido, ciudadano de a pie. Sin nadie para asistirle, ni para reconfortarle, y menos aún para defenderle.

Los culpables saldrán como lo árbitros comprados, cuando han hecho una gorda, de los terrenos de juego, parapetados bajo los escudos de la policía antidisturbios. Habrá follón durante unos cuantos días en la prensa del ramo, proliferarán los tertulianos vociferantes y maleducados, y eso será todo.

Y así es, estimados lectores, como está montado el invento.

Así que, ya sabéis, si vuestra urraca interior grazna desconsolada… No pidáis la luna. ¡Robadla!

martes, 10 de diciembre de 2013

Espía como puedas



¡Cómo han cambiado las cosas…!
Si a Mata-Hari le hubiera tocado vivir en nuestro tiempo, a buen seguro que estaría sufriendo una terrible crisis de identidad.
Seamos realistas, el espionaje ya no es lo que era. Cuando yo era niño, el oficio de los espías era ante todo una cosa no al alcance de cualquier gañán de barrio.
Había que ser muy valiente, audaz, perspicaz - inteligente a rabiar - y, por qué no decirlo, tener un físico en condiciones. Vamos, que no llegaba con dar el pego.
Ni James Bond, ni las despampanantes agentes dobles venidas del este del telón de acero, eran gente de esa que se cruza uno un lunes cualquiera por la calle. Ser espía era lo máximo.

Pero entonces llega la era de Internet, y todo esto se va a hacer gárgaras.
Ni siquiera el espionaje industrial se salva. Ahora los secretos de estados y multinacionales ya no se filtran por entre los zurcidos de las sábanas de los hoteles de lujo, al abrigo de convenciones y congresos para vip’s de talla mundial.
Ahora, por más triste que parezca, fluyen pirateados por las alcantarillas de Internet.
Se acabaron los romances a orillas del Sena, en los que la osada joven del otro lado de los Urales exponía su vida, y sacrificaba su honra, al servicio de ideales más allá de los egoísmos e individualismos propios, (ideales hoy por hoy, obsoletos, todo hay que decirlo), arrojándose a los brazos de altos oficiales de las SS, la Wehrmacht, o, más adelante, de sus archirivales de la CIA, a los que había que sonsacar los días “d”, las horas “h”, y así un sinfín de datos de enorme valor estratégico, ya fuera la guerra fría, caliente, o salida del microondas, que a veces presenta ambas características.

Pero entonces llega la modernidad, y con ella la administración Obama, y todo aquello se sustituye por un puñado de gafudos imberbes, auxiliados por algún que otro informático calvorotas y barrigón, que se encierran en cuartuchos oscuros y mal ventilados a escudriñar las redes sociales, a pinchar teléfonos via módem y a decodificar interminables documentos y webs sospechosas, en busca de algo medianamente inteligible a lo que hincarle el ratón.
Trabajo penoso y aburrido como pocos, y que a buen seguro alternarán con sus propias descargas personales de música, cine y señoritas con poca ropa. Única forma humanamente viable de sobrevivir al enorme sopor que, ni me lo quiero imaginar, producirá escuchar las conversaciones privadas de la canciller Angela Merkel, o peor aún, de Rajoy.


Porque lo mejor del asunto es que la famosa NSA esa, la agencia de espías en cuestión, también tenía su mirada puesta en los intereses españoles.
¿Sorprendente verdad? España en el candelabro.
Pues para ser sinceros, en un primer momento yo también tuve ese subidón de orgullo de pensar que, nosotros, nuestros asuntillos celtibéricos, pudieran tener algo que excitara la curiosidad de las grandes superpotencias mundiales. Quizás ese punto de picantillo que supone la diferencia entre el ser unos completos mequetrefes, esquinados en el curso de los acontecimientos, o estar cortando el bacalao.

Más tarde, me enteré de que no. Que la razón de espiar a España era mucho más prosaica.
El pozo sin fondo de nuestra crisis, casi ya seña de identidad nacional, y el ser puerta de entrada a Europa del narcotráfico, hacían aconsejable tenernos controlados de reojo, como si fuéramos gentes de mala catadura, de la que es mejor saber por donde anda, para no coincidir en los sitios.

De todas formas, a partir de ahora, y gracias a Snowden, y a Assange - que la embajada londinense de Ecuador lo tenga en su gloria - siempre tendremos la mosca detrás de la oreja al tuitear algo, al dar un “me gusta” en Facebook, o al teclear un post en el propio blog que se meta con algún capitoste importante, como es el caso, o incluso simple correveidile afecto al régimen.

Los mejores agentes de la Mossad, y Scotland Yard, puede que ya estén jubilados, pero esos nerds, esos cerebritos de las telecomunicaciones, de los que hablaba antes, te montan un drone en dos minutos y te lo plantan en la puerta de casa. Es triste admitirlo, pero estamos a merced de los otrora incondicionales del aeromodelismo.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Mortal de necesidad


Ha pasado el Halloween y con él, el uno de noviembre, día de todos los santos.
En México (gracias hermanos mexicanos por venir tan a menudo por aquí), las gentes se recogen por fin de los cementerios y regresan a sus hogares. Esta celebración tan enfática de las festividades de ultratumba, de raíces hondamente precolombinas y tan sólo nominalmente reconvertida al cristianismo, nos sorprende todavía un poco por estos lares, donde a la bicha preferimos ni mentarla, y a nuestro parecer por tanto, y desde nuestra perspectiva cultural, no deja de resultarnos algo macabra. Pero lo que es indiscutible es que, el cariño y el respeto por los seres queridos finados, está a años luz del que nosotros profesamos por los nuestros, con los cuales el compromiso es a todos los efectos muy inferior.
Aquí, por norma general, y siempre salvo contadas excepciones, lo que se estila es "El muerto al hoyo y el vivo al bollo" y sanseacabó.

Antaño, bien lo saben nuestras abuelas, el luto duraba meses e incluso años. Bueno, nuestras abuelas ya no saben nada, porque ya hace tiempo que nos dejaron... Pero ahí está la realidad, y si ahora mismo no hubiera escrito esto, probablemente ni me hubiera acordado de ellas.
Triste, muy triste... En fin, queridas abuelas, dondequiera que estéis - y por extensión a todos mis ancestros - que sepáis que os dedico mis dibujos. (A toro pasado no hay quien me supere.)

Pues eso, que cumpliendo la tradición, nos hemos comido los huesitos de santo, y no obstante un año más nos hemos resistido a disfrazarnos de monstruitos. Quizás ya la apariencia normal sea de por sí lo suficientemente tenebrosa y escalofriante, sobre todo a las siete de la mañana, cuando suena el despertador... O bien, que estas costumbres anglosajonas no terminan de calar en lo más intrincado de mis coordenadas mentales, más del terruño y que, como en esas comunidades indígenas a las que antes hacía mención, son netamente deudoras de los espíritus del pasado.

Vamos, que para ponerme 4 trapos raídos y una careta de cartón prefiero esperar al carnaval auténtico, al de aquí de toda la vida. Y donde esté un piliqueiro de Laza, un cigarrón de Verín o un pantalla de Xinzo, que se quite la calabaza seca esa de marras a la que le pintan ojos y boca, o los vivarachos esqueletos de las pesadillas de Tim Burton, cúlmen de los fetichismos de anoréxicas.
Con la Ruperta y el Atilano vamos bien servidos.
¿Que no sabéis quien es el Atilano? Ni falta que os hace.
Ya nos llegará a todos el momento de entendernos con él.
Este, que es muy cuco, sabe bien que al final, con nada más que un poco de paciencia y un toquecito por aquí de fatalidad, y otro por allá de ventoleras destempladas, todo el mundo le acaba abriendo los brazos de par en par.
Nadie como él para ganarse a la gente.
Y eso que es lo único que sabe hacer, pero lo borda.
Que sirvan pues estas fechas, y estas reflexiones - puestos a encontrarles alguna utilidad - como recordatorio de algo muy importante en nuestras vidas, que el tiempo vuela en caída libre, y que el instante tiene la misma fugacidad que las llamaradas del Hindenburg.
Carpe diem.

lunes, 19 de agosto de 2013

Ártico con bañistas



En efecto, amigos, esa es la última y mejor oferta que hoy por hoy se puede encontrar en el panorama inmobiliario planetario.
Un ártico con bañistas, en pleno centro del norte geomagnético, soleado, bien comunicado por el estrecho de Bering con las potencias mercantiles y energéticas del presente siglo, China, Canadá, Alaska, la madre Rusia, Noruega…
Nunca, en sus frías noches de invierno y soledad pudo este ni tan siquiera imaginárselo, y es que en la vida estuvo el polo más cotizado.
De hecho… ¿Quién se puede resistir a semejante casquete?

 Y todo por un quítame allá esas pajas de si el volumen de CO2 emitido, o si la quema de combustibles fósiles, o que si la industrialización frenética de un hemisferio es la metástasis del consumismo histérico del otro, y viceversa.

Pero, nada… Todo escandaliza al que ya de por sí es susceptible.
¡Qué miedo! ¡El calentamiento global! ¡Nos engullirán los océanos embravecidos! ¡Nos achicharraremos como pavesas ante un sol de justicia, como nunca se vio en siglos y siglos de civilización!
La tierra se convertirá en una sauna finlandesa. O mejor dicho, en unos baños turcos. Viviremos nuestro día a día cual inocentes reclusos de una prisión anatolia.

 Y así, un bis tras otro, el mismo estribillo de siempre, reiterado al infinito. Puro victimismo y nada más que victimismo.
Ecologistas de pacotilla.

 En fin, se pongan como se pongan los “señoritos”, esto no tiene remedio. No en vano, cualquiera les dice ahora a los de los ojos rasgados que se vuelvan a su Mongolia interior, a darle bombín a las bicicletas. Así que hay que tratar de verle al asunto su lado positivo, y si se es un pelín espabilado, incluso la oportunidad de negocio.

 Además, en cuanto se huelan que la cosa funciona - que funcionará, no tengo la menor duda - y todo el mundo vea que se hace caja, enseguida se celarán los terratenientes del sur, y querrán ellos también poner la Antártida en condiciones. Al tiempo, si no.

 Que se derrita el hogar de miles de focas, osos polares, ballenas, pingüinos, etcétera no puede ser algo tan traumático como algunos lo pintan.
¿No desaparecieron también los dinosaurios… y nadie dijo nada?

 El problema real, creedme, es el que parte de los mismos de siempre. De esos amargados, llorones y con complejo de nuevos mártires que se hacen llamar ecologistas, o “verdes”, que aún es más gracioso, porque en mi época verdes eran las películas de Pajares y Esteso, y estos, a ese respecto, me temo que a dos velas.
Pero bueno, esa es su elección. Todo muy frugal. Nada de comodidades superfluas. Pudiendo meterle calefacción central a un iglú, doble panel aislante, tarima flotante, vitrocerámica, agua caliente a gas ciudad, dos plazas de aparcamiento para trineo con perros y bulldozer quitanieves… ¿Para qué contentarnos con el pack básico?

 Os lo digo yo, son los enemigos del progreso. Ni caso.
Estamos de hecho ante la mejor inversión de futuro que se puede echar a la cara hoy un terráqueo de a pie, y la gente ahí sigue, enclaustrada en su pequeño mundo de temores y frustraciones. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

Los polos son la elección segura del triunfador de hoy, del mañana y de siempre… Y no me refiero únicamente a los de Ralph Lauren.
Vosotros ya me entendéis.

lunes, 12 de agosto de 2013

Audiencias mandan



La televisión, siempre la televisión.
Algunos vaticinaron en su día que internet se acabaría comiendo a la televisión, a los periódicos, al celuloide, a la radio y, en general, a todos los demás medios de comunicación. Una previsión que, lejos de verse desmentida, poco a poco, y con la determinación de un “cavaor”, se ha ido materializando. Uno por uno, pues, se ha ido merendando el espacio vital primero del pastel cinematográfico, hollywoodiense y no tan hollywoodiense, luego el de la prensa escrita, y finalmente a la música y el teatro, que han sido, sin lugar a dudas, los peor parados.
¿Todos muertos (o lisiados de por vida)?...  No todos.
No, la televisión, el medio más voluble - en teoría, el de caparazón más blando- ha acabado revelándose como el más resistente a la debacle. Algo así como las cucarachas o las ratas con respecto a un holocausto nuclear.
Su pobreza de contenidos, su cutrez consustancial, su reptiliana capacidad para mudar de piel y seguir como si nada arrastrándose por entre las inmundicias del turbio y cenagoso subsuelo emocional de la gente, han sido claves para su supervivencia.

 Nos encontramos pues ante una verdad dolorosa pero incontrovertible. Esa pulsión descerebrada, ese hálito halitoso que anima de vida a la caja tonta, y que la convierte en una fuente inagotable de energía psicotrópica, es el motor de la vida intelectual, el gran tejedor y destejedor de redes neuronales, en la aplastante mayoría de los miembros de la raza humana.
Es como las termitas. Toma su alimento, su materia prima, de todo lo demás, lo que daríamos en llamar la cultura fósil, y, previo paso por la minipimer, lo transforma en combustible ultraeficiente de fórmula uno.
Atrás quedan por tanto las consideraciones moralizadoras. Que si es renovable, o si un fuego exterminador. Que si dilapida siglos de conocimiento y sabiduría....
No puede haber pausas para la reflexión. El circo ha de desarrollarse a toda la velocidad de la que sea capaz, y nada ni nadie puede interponérsele.

 Aceptando esta realidad, y renunciando a toda competencia, llega entonces uno a plantearse la necesidad de saber, de conocer, los secretos que han hecho fuerte a su antagonista.
¿Qué hace a la televisión ser la líder supremo, o mejor aún, la “querido líder”, de la inteligencia emocional mundial?
Muy sencillo. Su permanente reducción al absurdo.
Sí, su fórmula es bien sencilla.
Todo lo que vomita la pantalla ha de llegar, en un momento u otro, a un punto, en que el raciocinio, tal como legítimamente lo conocemos, es decir, en su estado más puro y prístino, sea desafiado, vapuleado y, en última instancia, arrodillado.
La bobada supina es la meta, y ha de prevalecer siempre. Caiga quien caiga.
Es así que las mentes enfermas de los creativos de televisión nunca descansarán, de hecho jamás lo hacen, mientras la humanidad siga teniendo ese apetito desmedido, insaciable, no por el más difícil todavía, sino por el disparate más difícilmente imaginable. Esto es, por la mamarrachada de turno, elevada a la máxima potencia de la numerología zoroastriana, y metamorfoseada en mariposa cervical.
Sí, señor. Eso exactamente. Y si se tercia, no escatimar en las dosis de ketchup y mostaza.
Transgredir por el puro placer de transgredir. Sin un propósito, sin un más allá…
Un día conseguirán convencernos de que el alma humana reside en la vesícula biliar, y nosotros, tan felices.
¿Para qué queremos más?  

jueves, 14 de marzo de 2013

Prime time Papal



Efectivamente todo apunta a que así lo ha querido Dios.

Ratzinger, el artista anteriormente conocido como Benedicto XVI, cuelga los hábitos y manda a paseo su dignidad de Sumo Pontífice, alegando agotamiento físico y moral, y asegurando que a partir de ahora permanecerá oculto para el mundo.

De modo que así las cosas, y sin comerlo ni beberlo, nos hemos encontrado de pronto con algo parecido a dos papas. O más concretamente, al estilo de las cuentas de algún que otro partido político español (el más español de todos, para más señas), habrá un papa A y un papa B.
Y es que Ratzinger, que no ha querido esperar a diñarla para desembarazarse del cargo, hastiado de su santo ministerio, la ha liado parda.
Una cosa desde luego muy rara, sin casi precedentes en la ya larga (de corvejones) historia de la institución.
Como diría un gitano… Ay Papa, que los payos nos quieren dar al viejo pa la chatarra.

Dicen no en vano las malas lenguas, que el anciano monarca de la iglesia había aguantado la mitra, asediado por un lado por las típicas conspiraciones del ora et semper ebullescente magma vaticano, pero también traicionado por sus asistentes más cercanos, odiado por el occidente libertino y ultralaicista, que jamás le perdonó su alergia a la terapia salvadora del preservativo en el África negra, y sobre todo arrastrado por el tsunami de los escándalos de abusos a menores,
Este último, para más inri, considerado el peor de todos los pecados, el más sórdido y el único con el que el evangelio es implacable.

Pero al que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le sería que le colgaran al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que se ahogara en lo profundo del mar.
San Mateo, 18,6

Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.
San Marcos, 9,42

Algo que por lo visto era el pan nuestro de cada día en cientos, si no miles, de los “refugios para los débiles y desamparados” de la Iglesia.
Díficil de digerir, no ya por la opinión pública en general, sino por la gran mayoría de sus fieles, y a lo que se suma el no menos vergonzante y pertinaz encubrimiento de los autores materiales de los crímenes, del que los miembros y cabezas visibles de la sacrosanta misión petrina, en su conjunto, han hecho gala.

Sin embargo, se da la paradoja de que a ojos de muchos, se ha producido como una gran revelación acerca del personaje. En este mundo terrenal nuestro, en el que nadie dimite, en el que hasta el más ruin y corrupto de los ediles del municipio más insignificante se aferra al asiento con uñas y dientes, el gesto de Ratzinger, o Benedicto XVI si se prefiere, ha cobrado una magnitud sobrenatural.

Tampoco es que se hayan abierto las aguas del mar Rojo, qué duda cabe, pero de lo que sí doy fe es de que algo que hasta ahora parecía imposible ha sucedido.

En cualquier caso será mejor que nadie se emocione, porque no parece factible que haya grandes probabilidades de contagio.
En la ya de por si agitada y convulsa escena política patria, que vive ya desde hace una buena temporadita instalada en la dinámica del peor, imposible, pocas opciones hay de renovación.
Gúrtel, Bárcenas, Pokemon, Eres de la junta de Andalucía, Pallerols, Palma Arena, etcétera, etcétera, ese si que es un cónclave reñido del que cuesta visualizar nítidamente al Primus inter pares.
De hecho, con toda seguridad, sean unos u otros los elegidos de este o futuros comicios, religiosos o paganos, los primos, tendremos que seguir siéndolo nosotros, los ciudadanos de a pie.
Y es que el que piense que esto tiene arreglo, la lleva clara.

En todo caso, de momento, y para regocijo de creyentes y televidentes, ya hay un nuevo maquinista, Francisco I, a los mandos del catolicismo mundial.
Un señor a primera vista tímido, bonancible, apabullado por la magnitud y el peso de la enorme tarea que se le viene encima, ya él también, para que lo vamos a negar, llamando a las puertas de la ancianidad.
Nada que ver con el revulsivo, con la recarga de energía, de la que tanto se había hablado por parte de opinantes y tertulianos afines a la causa.
Más retrotrae al recuerdo antediluviano de aquellos papas de otra época. Meras comparsas en una época de guerras y genocidios mundiales, cuyos silencios hablaban mucho más que sus palabras.

Si bien, cierto es que Dios, o más concretamente la iglesia, juega al engaño, y lo mismo que nunca salen elegidos los favoritos de los cónclaves, quizás también en esta ocasión las apariencias no lo sean todo, y nos hallemos ante una oportunidad histórica.

Aunque si la religión quisiera realmente hacerle un servicio positivo a la humanidad, bien es verdad que mucho tiempo se ha perdido ya. Demasiados siglos que ha dejado pasar sin dar otra señal que no sea la del inmovilismo y el enroque en unos resabios y tradiciones de librillo con las pastas ya muy gastadas.

No obstante el negocio de esta gente es vender esperanza, y una vez más, como quien dice, y a juzgar por las expresiones en los rostros de los congregados en la plaza de San Pedro, se ha dado bien la cosa.
Esto del mercado ya se sabe. Quizás el bono argentino no aguante bien la referencia con el bono alemán, pero tratándose de esperanza...
Quien sabe si, el verdadero mal que nos aqueja estaba en el espíritu, y hasta salimos de la crisis.
Aunque como reza el dicho: Milagros, en Lourdes.
El demonio puede ir de un lado para otro, pero nunca desaparecer.

Y si no, que se lo pregunten al padre Karras.

lunes, 22 de octubre de 2012

El sino Neandertal



Hurgando por la red uno se puede encontrar de todo, no es verdad amigos. Unas veces cosas interesantes, y otras no tanto.

Con lo que, aquella tarde maravillosa que un día te tiraste en Internet, agenciándote películas, música y programas piratas, viendo videos asombrosos en YouTube, leyendo artículos de medio mundo, en noticieros verdaderamente independientes, en los que las opiniones no siguen los mismos patrones preestablecidos de siempre, marcados indefectiblemente por esa bipolaridad hispana tan arraigada, derecha-izquierda, monarquía-república, Madrí-Barça o ColaCao-Nesquik, por poner solo unos cuantos ejemplos… Aquella tarde maravillosa, decía, se convierte al día siguiente en un aburrimiento monumental, yendo y viniendo de acá para allá por enlaces de lo más absurdo, descerebrado, anodino, barato, necio y hasta si se me apura, soez y de mala reputación, que generalmente es donde acaba uno dando con sus huesos.

Pero por suerte para mí, eso no suele ser lo más habitual, y así, una de esas ocasiones en las que la conexión está de buenas, encontré un documental que hablaba de un tema para mí muy grato y atrayente, y que sin embargo, ignoraba por completo.
Digamos que el susodicho documental tampoco era nada del otro jueves, pero, no obstante, planteaba una cuestión realmente inquietante. El descubrimiento, recientemente constatado, de nuestro parentesco genético con los Neandertales.
Sí, con los Neandertales, aquellos homínidos que nos precedieron en la escala evolutiva, y que si bien se dijo en su momento eran una especie distinta, que poco o nada tuvo que ver con la nuestra, o por mejor decir, con aquella de la que procedemos, ahora resulta que no, que mantuvieron relaciones estrechas, y a juzgar por los datos obtenidos, no siempre del todo correctas.

¡Pues ya ves tú! De buenas a primeras, enterarse que una parte de tu ADN lo has heredado de aquellos brutos simiescos con cara de boxeador sonado, de prominentes arcos superciliares y recias mandíbulas, no es nada halagador. Digamos que la autoestima se te desparrama por los suelos.

Si bien, no sólo ha de ser considerado el aspecto troglodítico de aquellas buenas gentes que, nos guste o no, hibridaron con nuestros antepasados vigorosa y abundantemente.
Por lo visto también tenían sus cosas buenas, como por citar tan sólo una - aunque la más destacable - su extraordinaria fuerza física.
No en vano, los científicos, que los conocen bien por el estudio de sus restos fósiles, aseguran que, de competir con nosotros en las olimpiadas, apenas dejarían disciplina alguna en la que no coparan todos los podiums y medallas.
En otras palabras, que a nosotros nos reservarían plaza únicamente en el palmarés de los paralímpicos.
Y es que anatómicamente eran unos, y unas, bestias. Verdaderas máquinas de cazar y de combatir con las alimañas de la espesura salvaje. Por eso que su desaparición fuera un completo misterio.

¿De hecho, cómo es posible que cedieran terreno ante sus rivales más debiluchos? ¿Es posible que se dejaran acogotar simplemente por una cuestión de más o menos centímetros cúbicos en el cerebro, en una época en la que, seamos realistas, todo se resolvía con dos piedras y tres palos?

Pues bien, lo único que se me ocurre es que dicha extinción nunca fuera algo repentino ni dramático, como muchas veces se nos ha pintado en los libros de historia, sino por el contrario, paulatina e indolora. Más aún, incluso placentera.
De hecho mi teoría es que, seducidos por la mayor belleza de las hembras sapiens, los machos neandertales dejaron de ser cariñosos con sus parejas de toda la vida, y cayeron en la ominosa tentación de buscarse líos con la mujer del prójimo. (O viceversa, en este caso ellas, con los miembros de la especie prójima.)
De ahí que, poco a poco, y a base de ir procreando siglo tras siglo al amparo de esta dinámica, los rasgos neandertales se fueran diluyendo.
Ello, claro, a pesar de que decenas de miles de años después, estos puedan o no volver puntualmente a aflorar, como es el caso, entre otros, del actor norteamericano Ron Pearlman, quien de hecho protagonizó el film “En busca del fuego”, o del “cholo” Simeone, el actual entrenador del Atlético de Madrid. Pero esa es otra historia.

Pues esto es lo que hay, señores. En nuestro fuero más interno todos tenemos algo que nos retrotrae a aquellos tan denostados y, sin embargo, interesantísimos cavernícolas. Y encima, más que ninguna, esa pretendida raza superior aria o caucásica, a la que por lo visto, en el tema de los intercambios cromosómicos le tocó la parte del león.

Pues eso… Que usted, amigo lector, no es tan puro, ni inteligente, ni civilizado como creía… Pero ni usted, ni su vecino, ni su quiosquero, y menos aún Hitler o Anders Behring Breivik, el carnicero de Utoya, quienes jamás se lo hubieran imaginado, pero que tampoco se ven o vieron libres, en algún pequeño porcentaje, de esa mácula, de ese lamparón en la camisa de los domingos, de ese atentado al honor y al abolengo. Verdadera plaga devastadora de cualquier árbol genealógico que se precie.

Ya lo decía, entre otros muchos textos sagrados, la Biblia: Procedemos del barro. Y es que, hasta la fecha, esa es la verdad desnuda, nadie ha bajado del cielo para contradecirlo.
Todos tenemos un “algo” en nuestro pasado, en nuestras raíces, capaz de avergonzar al más pintado.
No tiene sentido pues esconderlo. Reconozcámoslo.
Es el precio de estar vivos.
Y dado que de la supervivencia se trata, estimados lectores y amigos, la carne cruda es lo que manda.
Lo demás es guarnición y trucos de repostería.
Y desde luego - por hacer de ello una analogía perfectamente vigente hoy en día, en lo que a nuestras penurias financiero-morales se refiere - antes es preferible un ignominioso, aunque alimenticio rescate, que una virginal, inmaculada y raquíticamente pura, austeridad.

Ya lo insinuaba Constantino Cavafis en su poema Esperando a los bárbaros”: Para salir adelante en una situación de crisis, a veces la propia consideración de una sociedad - incluso la de uno mismo - generalmente anquilosada en la evocación de los buenos viejos tiempos, es el mayor de los estorbos.
Ha de entrar aire nuevo, aire limpio de la montaña, por muy gélido que lo sintamos, o destemplados que nos coja.
Es nuestro sino.

domingo, 7 de octubre de 2012

Histeroide



¡Qué gran misterio es el futuro!

Da igual que haya cientos o miles de profecías acerca de él, cientos o miles de sesudos estudios de las más prestigiosas universidades del mundo, cientos o miles de predicciones basadas en algoritmos pseudoaleatorios de base piramidal... A medio y largo plazo, el destino, sigue siendo inextricable.
Terco y caprichoso como él solo.
Tan pronto el inesperado ramo de rosas rojas de un admirador secreto, como la maceta que baja rauda a tu encuentro desde un quinto piso, sin molestarse en coger el ascensor o las escaleras.
Afortunadamente, y por lo que a nosotros, el ciudadano medio, respecta, la realidad del día a día es lo suficientemente previsible como para ir adaptándonos sin demasiados sobresaltos.

¿Quiere esto decir sin embargo que no hay grandes alicientes?
¿Que está todo inventado, todo descubierto?

Eso pensábamos, pero de pronto va y aparece el huidizo “lesula”, una nueva especie de primate, que al parecer permanecía oculta en la selva congolesa más impenetrable, quizás, quien sabe, para no tener que cruzarse con nosotros, los humanos, a quienes, de ser así, no me cabe duda, tendría que conocernos bien de antemano.
Sería, de hecho, el primer caso en la historia de la biología en que esto sucede así y no a la inversa.
Por eso que nunca es bueno anhelar una fama excesiva.

Los pobres tenían la suerte de hallarse todavía lejos del alcance de nuestras manazas, beneficio del que a partir de ahora ya no podrán gozar. ¡Y quien sabe qué será lo que el porvenir les deparará!
¿Sustituirán a los macacos en las jaulas de los laboratorios?

Sin duda esa cara de pánfilos que tienen, a la que unos encuentran un aire a Jesús de Nazaret, y otros a John Lennon, los hará más susceptibles de ser sometidos a todo tipo de atentados y crucifixiones, por medio de experimentos científicos de toda ralea. Experimentos como el que, valga el inciso, llevó a cabo Cecilia Giménez, la octogenaria pintora de la localidad aragonesa de Borja, con el fresco del Ecce Homo de su parroquia.

El ser humano es un sujeto harto fastidioso, esa es la verdad. Le dejas algo hermoso entre las manos y te lo devuelve hecho un pringue.
Si les preguntáramos a todas las demás especies del planeta que conviven con él, pocas serían las que hablarían bien. Quizás las palomas, los perros y con un poco de suerte los gatos… Las ratas y las cucarachas se abstendrían por razones sentimentales e ideológicas, pero desde luego sin perder de vista los beneficios e intereses que para ambas se derivan de su febril actividad generadora de basuras. El resto, en cambio, no se andaría por las ramas… El día que el primer mono se bajó del árbol, habría que haberlo linchado.

En fin, que no hace falta ser un iluminado, ni un gran profeta místico, ni someterse a brutales ayunos para alcanzar la revelación sobre lo que nos espera como civilización, e incluso como especie u organismo viviente mínimamente viable.
Y no tan a largo o medio plazo como mucha gente cree.
La carrera que llevamos, eso es más que evidente, es la de darnos de bruces contra nuestro propio afán transformista y depredador.
Será que a diferencia de lo que solemos aceptar como cierto, seguimos siendo como esos otros animales incapaces de reconocerse en el reflejo del agua de un estanque.
Nosotros, equivocadamente, seguimos viendo a un ser inteligente, estilizado y armonioso, el elegido de los dioses como cúspide y consumación de su gran obra, y no, como en realidad correspondería, al que por desgracia ahí se oculta, mimetizado con el fango del fondo: El monstruo de las galletas.


Resumiendo, que no hay tal misterio acerca del futuro. Que tal vez lo único misterioso sea el averiguar de donde sale esa manía nuestra de, a pesar de todo, seguir siendo tan enfermizamente optimistas, y de creernos que a la vuelta de la esquina todavía nos espera un universo entero por descubrir, libre de profecías apocalípticas, torvos asteroides, silos radiactivos, cabezas nucleares, y así una larga lista…
Poblado, en su lugar, por miles y miles de millones de comedidos, respetuosos y pacíficos lesulas.
Tantos como estrellas en el firmamento.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Falta de sintonía



¡Cómo está el patio!
Las chicas de la sincronizada, ellas que parecían todas tan obedientes, tan modositas y educaditas, con esas caritas de niñas buenas que se gastaban en la piscina, se nos aparecen de pronto en los medios de comunicación, llenas de piercings y tattos, pintarrajeadas como monas y abonadas al look “enfant terrible”, para, ¡oh, sorpresa! poner a la “profe” a caer de un burro.

Contándonos, con todo lujo de detalles, los métodos y argumentos que esa señora, Anna Tarrés, entrenadora al parecer de alto nivel, empleaba para disciplinarlas.

No tiene desperdicio la carta en la que exponen su queja, pero, ¿realmente es para escandalizarse?
En un mundo cada vez más competitivo, donde se exprime sin recato al ciudadano de a pie, al contribuyente de medio pelo, para satisfacer la codicia de unos cuantos privilegiados, oligarcas y ricachones, ¿tiene sentido ponerse así por cuatro chorradas que la jefa del cotarro piscinil, reina de colchonetas y corcheras, diría, muchas veces sin pensar, a lo largo y ancho de los años, a su cohorte de sirenitas?

Será que el cloro, o la ausencia de él, afecta al sistema nervioso, pero a mi todo esto me parece excesivo.

Creo que habiendo en juego medallas y fama mundial, jugosos contratos de publicidad y televisión, estas chicas han de ser conscientes de que no siempre los mimos y las buenas maneras pueden prevalecer.
De hecho este no es el mismo caso de un asalariado cualquiera que acude a su trabajo con la única intención de ganarse los garbanzos.
En el mundo del deporte profesional, donde la exigencia es máxima, el dolor físico, y el desgaste psicológico de los atletas, por fuerza, también lo han de ser.

Por eso me parece insólito que hayan reaccionado de esa manera ante lo que no serían sino sólo menudencias.

Y además dudo de que esta clase de técnicas para espolear el orgullo de los atletas, y así mejorar su rendimiento, no se apliquen a salva sea la mano, en todos, o casi todos, los ámbitos y categorías del deporte de competición, de los infantiles a los absolutos.
Es más, yo recuerdo de mi época de alevín, cuando entrenaba en un equipo de fútbol, las toneladas de apelativos cariñosos que nos deparaba a todos el entrenador cuando remoloneábamos: caguetas, inválidos, pajilleros, etc… Y que lo único que nos provocaban era la risa.
El verdadero disgusto, o daño moral si se prefiere llamarlo así, en aquellas épocas “felices” de nuestra pubertad era la suplencia, o incluso, peor aún, el no ser convocado para los partidos.

Por eso que aconsejo a estas imberbes jovencitas, tan súbitamente desinhibidas, de que no abunden demasiado en sus críticas, y no quieran hacer pasar por una negrera a la luz de los acontecimientos a su preparadora física. Podría resultar al final de todo un gran esparaván, y un espectáculo frívolo, como si se quejaran de vicio, o tuvieran mono de la atención mediática, a mi juicio merecida, pero en cualquier caso desmesurada, que se les concedió durante las olimpiadas. Y más con la que está cayendo fuera, y la de protestas, estas sí, verdaderamente dramáticas, que se están sucediendo, día si, día también, al pie de la calle.

Muchos podrían buscarles las semejanzas con otros que se han internado alegremente por vericuetos parecidos, como aquel diputado del congreso, Guillermo Collarte, pepero y para más inri vecino de mi ciudad, que llegó a afirmar, en un rapto de “sinceridad”, que pese a su sueldo de 5100 € las pasaba canutas y no le daba para llegar a fin de mes.

Un poco de por favor, hombre.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Entre lo trágico y lo imbécil



Cuanto más maduro (viejo) me hago, mayor es mi fascinación por esa época de mi vida que fue la adolescencia.
Si la adolescencia. El momento en el que uno es consciente del sentido que llevará su existencia, de si se la pasará remando a favor o a contracorriente.
Por eso muchas veces pienso que la plenitud del ser humano no se alcanza en la edad adulta como a veces erróneamente - a mi entender, ya digo - se suele afirmar, sino en la pubertad.
Al fin y al cabo todo lo que viene después es infinitamente menos divertido, menos dramático, y menos disparatado. Un rollo, vamos.
Y es que donde estén los sueños, que se quiten las realidades. O, bueno, quizás, no, pero desde luego que poéticamente todo da mucho más juego cuando va aderezado de acné y ortodoncias.
Ese primer hacer, o querer hacer, todo lo prohibido…Con mejor o peor fortuna, eso sí, pero en todo momento sumido en un permanente estado de pánico…
Es una película de terror, en la que al final, acaba cayendo en su propia trampa el perturbado de la motosierra, al que da muerte el prota, que viene a ser el hombre hecho y derecho. Papeles ambos, que curiosamente, encarna uno mismo.
Es decir, una cosa totalmente previsible y archisabida.

Yo sigo pues prefiriendo la emoción, el suspense, el no saber si a la escena siguiente serás tú también un zombi más, o si salvarás el pellejo in extremis, conducido a un nirvana de recuerdos imborrables e irrepetibles.
Ni lo dudéis por un momento, las de la pubertad son las vivencias a las que primero se retranquea el alma humana cuando ataca el Alzheimer.

Lo dicho, donde esté la adolescencia que se quite todo lo demás.
Vivir a toda orquesta, pedal pisado a fondo, en la frontera, en la delgada línea roja, entre lo trágico y lo imbécil… ¡Quién pudiera!
Privilegio de dioses.
¿No estáis de acuerdo?...
Mmmm… Me lo temía.


domingo, 29 de abril de 2012

Al son de Adelson


Bueno, pues parece inevitable que vendrá a España la basura esa del "Eurovegas".

Los políticos de Madrí y Barça - perdón, de la comunidad de Madrid y de la Generalitat de Catalunya - se la están disputando entre ellos, a costa de ceder lo máximo posible en materia de legislación y prebendas.

Sólo faltaría ya que Pepe, el defensa central de los blancos, y Alves, el carrilero blaugrana, se implicaran en la partida y pusieran sobre el tapete su repertorio de marrullerías, para terminar de dilucidar quien de los dos se acabará finalmente llevando el gato al agua.

Entretanto nos quieren convencer de que este parque temático de la ludopatía, de la prostitución, del tabaquismo, franquicia del consumismo compulsivo, generará prosperidad y riqueza. ¡Menuda nos la quieren colar!

Y no sólo después de construido, sino durante el proceso, pues nuestra maltrecha economía del ladrillo vivirá una segunda juventud, dicen.

Más me tiene pinta a mi, en cambio, que para poner en pie este Dubai cutre, este Macao de todo a cien, sobre el papel, lleno de rascacielos subprime - nada de Mies van der Rohe, Calatrava, Norman Foster, ni nada que se le parezca - no se contratará al paisanaje local, sino como en otras partes del mundo, se traerán consigo a sus legiones de paletas y mozos de cuerda pakistaníes, en régimen de semiesclavitud; y una vez acabado el chollo, se les soltará por los alrededores, como mascotas exóticas que se han vuelto incómodas de mantener, y que una vez libres alterarán irreversiblemente el medio y desplazarán a la fauna local.

En fin, ese es el trato, más delincuencia, más paraísos de la alegalidad, más regiones de nuestro solar patrio gestionadas desde la excepcionalidad, y por si fuera poco, junto con Gibraltar y las bases yanquis, un nuevo polo atractor de la ignominia, a tan sólo escasos kilómetros de la capital del reino. Del reino de la dinastía urdangarino-botsuana, por supuesto.

¡Ay, que me da la risa! Y encima dicen que es Madrid el lugar ideal para montar ese circo, pues es a la capital de España a donde viene el turismo con mayor poder adquisitivo, y que - para entendernos - es el que se gasta más cuartos en darse caprichos.

Vamos, que en adelante toda esa gente, en lugar de visitar el museo del Prado, el reina Sofía, el palacio real, comer en los mejores restaurantes de la ciudad, y alojarse en hoteles de renombre, se desviará, por convicción y apetencia propia, a ese megacomplejo del vicio y la chabacanería, a lanzar los dados y perder hasta la camisa. En fin, somos muy ingenuos. Y muy propensos al timo.

¡Ay, qué poco hemos evolucionado desde que Tony Leblanc encarnara en sus películas al típico paleto castizo, que vivía todo el día con la picaresca a cuestas, para acabar siendo víctima de sus propios embolados!

Y la realidad es que con sólo echarle un vistazo al promotor de todo este chiringuito, el Adelson famoso ese, bastaba para hacerse una idea de la calaña de las mafias con las que se está negociando.

Bueno, aceptémoslo, esta es la siguiente fase de la crisis. Ahora que nos hemos empobrecido, toca arrastrase e ir mendigando por las esquinas para que nos echen al plato la calderilla sobrante. Aquí es a donde hemos ido a parar, después de que el nuevo gobierno se haya demostrado incapaz de resolver el problema del desempleo rampante, y se ponga a sablear a todo el mundo, cebándose como siempre, con los ya muy exprimidos y baqueteados trabajadores.

Mientras, bancos y constructoras se relamen. Una segunda oportunidad, el remedio milagroso para sus cuentas enfermas, o eso creen. Pero esto es pan para hoy y hambre para mañana. Ni siquiera ellos van a poder meter la cuchara a gusto, aunque con poquito que les dejen, se darán por satisfechos, pues calmará, aunque solo sea de forma transitoria y paliativamente, el espantoso mono que padecen de liquidez.


Resumiendo, que yo no quiero ver a la juventud de mi país repartiendo cartas, ni trabajándose clientes por las esquinas.

¿Dónde está la iglesia, que siempre habla tan alegremente de política cuando le conviene? ¿Por qué calla ahora? Toda esta ciénaga de corrupción e inmoralidad que se nos viene encima, esta Sodoma y Gomorra de neones epilépticos… ¿ni le va, ni le viene, ni frío, ni calor…?

¿Y las élites intelectuales? ¿Existen realmente? ¿Salen de sus torres de marfil alguna vez para preocuparse del bien común, o con embolsarse sus cánones de esto y de aquello, sus subvenciones pactadas y firmadas con los mismos politicuchos que no dudan en postrarse ante los “ludodólares” gangsteriles, ya consideran que se han ganado honradamente el pan?

Los mismos indignados… ¿Dónde os habéis metido, chavales? Acaso no veis que es vuestro futuro el que está, nunca mejor dicho, en juego.

¿Habrá que esperar de nuevo a que sea junio, y que vengan los exámenes, para que se os inflame la vena contestataria y mováis el culo por una causa justa?

¡Dios mío, qué asco tan grande! Nos van a plantificar una mierda XXL, enfrente justo de nuestras narices, y parece que somos sólo cuatro gatos los que nos rasgamos las vestiduras.

No os indignéis, ya habéis visto que no merece la pena. Esta es la hora de la verdad, y, dichas a la cara, las verdades no le gustan a nadie.
Confiarle vuestras ilusiones al calvo de la lotería, que os va dar bien… ¡Bien por ahí!

Y como no me queda otra, termino apelando a la heroica.
¿Madrileños? ¿Estáis ahí? ¿Vais a dejar que vuestros rectos y sabios comendadores os conviertan en la verruga de Europa? ¿Qué ha sido del espíritu del dos de mayo?
¿Permitiréis que esta invasión de agentes patógenos se adueñe de vuestra identidad colectiva?
¿O es que, resignados a lo que venga, aceptáis para los restos apencar con la servidumbre de las tragaperras?

En fin, que será mejor que os deis prisa, si es que en realidad tenéis intención de pararles los pies a los políticos… Recordad lo que dice la regla de oro. Ficha movida, ficha comida.

jueves, 8 de marzo de 2012

A merced de vuesas mercedes



Sí, debo admitirlo, una de mis frases históricas preferidas es la de Maria Antonieta, la esposa y consorte del rey absolutista, Luis XVI, a escasos días del estallido de la revolución francesa, cuando, informada por uno de sus asistentes sobre la gran hambruna que asolaba París, respondió: “¡Si no tienen pan, que coman pasteles!”.
Y es que entonces los gobernantes, si que eran gobernantes de verdad, no como estos de ahora, que los pobrecitos, a pesar de su similar y no recatada ignorancia, al menos se ve que se esfuerzan y que ponen un poquito más de su parte en arreglar las cosas. Aunque luego el resultado sea el mismo.
Otra cosa muy distinta es que todo lo que ingenian y discurren para tratar de solucionarnos la papeleta, vaya siempre en la misma dirección: La de los recortes de las narices.
Una y otra vez, dando con el martillo en el dedo, con el ciudadano de a pie transmutado en víctima propiciatoria de los tijeretazos. Ya, de hecho, convertido a su pesar en traje a medida de los desvaríos de los políticos.
Y es que esta crisis, que empezó siendo inmobiliaria, luego financiera, y finalmente se extendió a toda las actividades económicas del país, cual imparable metástasis, no parece tener fondo, ni entender del color de este u otro gobierno.
Cada día nuevos despidos, más empresas que cierran, más organismos públicos y privados que se declaran al borde de la quiebra, o ya directamente, en bancarrota.
Y mientras tanto los pobres de nosotros capeando el temporal lo mejor que podemos. Con la autoestima, y nuestros otrora frescos y lozanos hábitos consumistas, por los suelos. Ya casi viéndonos poco más o menos camino de acabar como los Nabuconodosorcitos, aquellos diminutos personajillos que vivían en la maceta de Epi.

Y por si eso fuera poco, mientras tanto, los países matones del mundo, los macarrillas del orbe planetario, EE. UU., Israel, Irán, amenazándose entre sí a voz en grito, con tirarse los trastos a la cabeza. Más concretamente, trastos nucleares.

No, si llegado a este punto, me dan ganas de coger y emigrar a Funafuti, la Capital de Tuvalu, en la Polinesia. Y no sólo porque unos cuantos científicos hayan dicho, o eso creo recordar, que hasta allí no llegarían los efectos de un holocausto nuclear, sino simplemente por desconectar un poco de este mundo tan loco, tan ignorante y tan patético.

¿O de qué otra forma se puede si no calificar todo esto que nos acontece?
Vemos que los bancos mundiales, y muy principalmente, los españoles, llevados de su codicia, contaminan y dejan hechos unos zorros todos nuestros resortes productivos y conquistas sociales… ¿Y que hace la gente?
¡Votar en masa al partido que de toda la vida les amparó y les dejó actuar con manga ancha! Así de triste, y así de ridículo.
Dándoles encima una mayoría absoluta como nunca antes se había visto. Sí, señor. Ya de perdidos, al río.
Pues yo a esto le llamo echarse en brazos del enemigo.
No es de extrañar que luego nos vengan hablando de la urgente necesidad de una mayor flexibilidad laboral, que traducido a un lenguaje que se entienda, no es otra cosa que exigirles a los trabajadores que doblen aún más el espinazo.
Lo dicho, nos hemos metido nosotros solitos en la boca del lobo.
Y no sé, pero no debe ser desde luego coincidencia, el que cada vez que pongo en You Tube el vídeo de las celebraciones de la noche electoral del 20-N, con las calles abarrotadas de gente eufórica, me aparezca al lado, ese otro también famoso, de los dos jóvenes flacuchos y melenudos que se reencuentran con el león que criaron de pequeños. Ese en el que confiadamente se ponen ciegos a darle besos y abrazos al imponente felino.
En fin, que de entrada todo muy bien, pero que el final de la broma no está nada claro. Porque, estimados lectores, como el tema siga así, y no remonte… No olvidemos que la derechona sigue siendo la derechona de siempre y por más que se vista de seda, a nadie se le escapa que tiene muy malas pulgas. Está últimamente además cogiéndole el gustillo al asunto este del palo y la patada libres y gratuitos, y es que en realidad no deja de ser su instinto natural.
Vamos, que de ahí al momento en que a la fiera le empiecen a rugir las tripas de verdad, será cosa de un visto y no visto.
Y de hecho, con el republicanismo creciendo como la espuma gracias al caso Urdangarín, y el paro entregado al desmelene total, ya hay quien no duda en hablar de estarse creando el caldo de cultivo idóneo para una segunda guerra civil.
Vamos, que puede parecer una exageración, pero que está el bicho lo bastante crecidito como para andarse con cucamonas.

domingo, 26 de febrero de 2012

El gato que se ponía las botas


Vivía en Camden, Nueva Jersey, y era, sin exagerar, la puertorriqueña más hermosa en décadas, de cuantas habían abandonado la isla para ir a forjarse un futuro en el mainland.
Sí, lo recalco, la más bonita. Sin ningún género de dudas.
Su nombre era Yondelis Carrillo, y su vida era un empezar y no parar. Siempre trabajando. Tan pronto ejerciendo de celadora en el hospital del estado, como, en sus ratos libres, ocupándose de la tienda de floristería de su tía Dorinda.
No obstante, a pesar de ello, de no concederse apenas un respiro, de no obsequiarse de un tiempo propio para la evocación, tejido y destejido, de su sola voluntad, nadie podría afirmar que fuera una muchacha infeliz. Más bien al contrario.
¡Ah, diosa Afrodita, qué tendrá la belleza que, ella sola por sí, todo lo arregla, todo lo enmienda, las penas, muchas o pocas, todas ahuyenta, todas relativiza!
Su tersa piel, del color del atardecer caribeño era, de hecho, y como ya digo, sedas de oriente ante las miradas derretidas de cuantos hombres la contemplaban. Unos ojos que al instante siguiente de caer en la celada, transmitían a los corazones de sus respectivos dueños, la pesarosa noticia de su captura. La firma de su total e incondicional rendición castrense.
En pocas palabras, que, por más que se quisiera, era evidente que su atractivo ni pasaba sin pena ni gloria, ni podía ser domeñado.
Tal pareciera que el único ser de género masculino que no se diluyera cual azucarillo, ante su caída de ojos, negros hasta lo más profundo imaginable, y con reminiscencias a taína vestal, fuera su pequeño gatito Simon.
Y en verdad, que el afortunado felino, objeto por parte de esta de un sinnúmero de adoraciones, era a todas ellas indolente. Más aún, incluso, cuando así se lo daba a entender su instinto de pequeña bestezuela ignorante, desapegado y hasta huidizo.
Nada que ver con el sacrificio anhelado por los precolombinos dioses naturales, que en ella creían atisbar el grueso de cuantos galanes y buscavidas la pretendían, a sus selváticos designios por completo emancipada.

Y sin embargo había otro hombre. Otro hombre distinto a los demás - y con todo, semejante - que sin él saberlo, compartía en espíritu, las inveteradas renuencias del mimado felino.
Este era el doctor Parker. Blanco, y anglosajón, diez años mayor que ella, casado y con dos hijos. Residente en Central Park, como correspondía al yerno de un acaudalado industrial que, durante la Gran Depresión, había hecho fortuna vendiendo puerta por puerta caldo de gallina en lata, y cuya ascendencia si bien se remontaba, o al menos de eso a ellos les gustaba jactarse, a los tiempos de la aristocracia neerlandesa.
Susan, su esposa, era un par de años mayor que él, y a los ojos de todo el mundo eran la pareja perfecta, y, aún más, a tenor del sentir popular, sólo podían estar felizmente casados, pues lo contrario sería un pecado socialmente muy mal visto, y en manera alguna aceptable.

Y así era de tonta Yondelis. Estaba muy buena y todo lo que tú quieras, pero era un completa retrasada mental. Veía en su gatito, al que colmaba de atenciones y carantoñas, al boss, a su very important jefazo, y a él, cual fetiche de su amor inexistente e inalcanzable, honraba y veneraba hasta la saciedad.
El michino, ni que decir tiene, jamás hubiera podido apostar por una vida mejor. Era un bicho condenadamente aprovechado. Vivía como un marqués, y dado que era un ser de cuatro patas, ni siquiera se atormentaba con la idea del ineludible final de sus días, después del cual, era obvio que nada, ni siquiera equiparable, podría esperarse.
Gato de mierda. En perro rabioso convertías hasta al más bienintencionado de los mortales.
Ciegos de envidia, lo reconozco, así salíamos de aquella floristería, los ocasionales compradores, donde la más bella de entre las azucenas, los lirios, las orquídeas, nunca ansiaba de su propia mercancía ser agasajada.
Fidelizados, y en cambio sublevados, con el desdén de la sensual boricua.
Una boricua, en cuyos sueños, solo cabían los arañazos de una indiferente y caprichosa bola de pelo.
El ser humano, entregado a sus inferiores, y a la altura, si se me apura, de los todavía más inferiores ratones.
Quizás un paso atrás para Yondelis, y sin embargo, todo un salto al vacío para la humanidad.
Amor, belleza y palpitaciones de madrugada. Esa era su causa y provecho. El escalofrío de la carne destemplada, toda su ganancia, y, triste es admitirlo, jugoso botín.
¡Cuánta inconsciencia!
¡Cuánto dolor de sienes!
¡Cuánta felicidad malversada en maullidos de desgana!
Tonta, Yondelis. ¡Más que tonta!

P.D.: Yondelis, para el que no lo sepa, es un fármaco para el cáncer, que aunque no es la panacea universal, ha conseguido introducirse en los mercados de muchos países. Dicho de otra forma, que cure o no cure, da esperanza a los enfermos y mucha más aún a los accionistas de la empresa que los fabrica.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Espero que os haya gustado. ¡Pardiez!

lunes, 30 de enero de 2012

Capturas deshonestas


Megaupload jugó con fuego y se quemó.
A algunos les sorprenderá que el FBI se haya ido precisamente ahora a por ellos, a por los piratas de la red, llámese hoy Megaupload, mañana Kazaa, y el jueves que viene Emule. Sobre todo, después de tantos y tantos años de dilaciones e impunidad.
Sucede si bien que, de pronto a las autoridades yanquis les vence la mala conciencia, y, como en esas películas de Hollywood tan suyas, y que sin embargo durante tanto tiempo dejaron a su suerte, se levantan un buen día del sillón orejudo de su despacho y deciden enfrentarse al malvado.
Demasiado épico, ¿no?
¿Realmente al FBI, al poder - sea este del país que sea - a sus élites represoras, les ha importado alguna vez la cultura, el arte, o las personas que de ello viven y respiran?
Todo lo contrario.
Como en su día hizo Pilatos, se lavaron las manos y entregaron al reo a las turbas fanáticas.
El final de la historia, es de todos conocido.
Sería esto de las descargas ilegales algo parecido a lo que está ocurriendo con la flota faenera y los océanos, despojados estos últimos de vida por el abusivo volumen de capturas.
Es pues que el daño hecho a la industria audiovisual, ya no es remediable. Como quien dice, una década perdida. Con el agravante de que esta decisión de ahora, de erradicar toda la estirpe de webs de intercambio de archivos, además de llegar tarde, no resolverá, y ni siquiera paliará, su dramática deriva.
Pero es que no seamos ingenuos, no han ido a protegerlos a ellos. Ellos, los creadores de contenidos, los cantantes, los actores, compositores, guionistas, cámaras, iluminadores, percusionistas, mezcladores, tramoyistas, e incluso la señora que friega los platós, seguirán siendo las víctimas del Internet, los que pierdan dinero, o más exactamente, los que pierdan sus puestos de trabajo, y por tanto lo dejen de ganar.
Ellos tenían su negocio fuera bien montado, unos se hacían ricos, otros se compraban algún que otro caprichito y a los más les daba para ir tirando. Y así hasta que vino la banda ancha, y se los llevó, sobre todo a los más débiles, por delante.
Entonces nadie movió un dedo, y en su lugar gobiernos e instituciones optaron por subvencionar a cuatro advenedizos, léase la SGAE, que desde entonces se limitarían a cerrar bocas a derechas e izquierdas con tal de cobrar su suculento impuesto revolucionario.
Ellos, garantes de la legalidad, paladines de la propiedad intelectual, serían los que se repartirían las treinta monedas de oro.
Nada nuevo hasta ahí.
¿Por qué preocuparse entonces? ¿Por qué ahora este arrebato de decencia?
Pues justamente, señores, por todo lo opuesto.
Dice el refrán: Dime de qué presumes y te diré de qué careces.
El FBI no ha hecho otra cosa que salir en defensa del verdadero gran negocio de Internet. De su amo y señor, del que se lucra a manos llenas con las bajezas y miserias de los que se ocultan detrás de una pantalla de ordenador.
La policía ha acudido a la llamada de socorro de la pornografía.
Sí, así es. Internet ha popularizado la cultura, cierto es, pero a costa de empobrecerla, y otro tanto ha hecho con la subcultura, poniéndola al alcance tan sólo de un clic de millones y millones de potenciales clientes, para si bien, en este caso, enriquecer a unas cuantas mafias ignominiosas y abyectas, autoras y distribuidoras de todo tipo de execraciones, de entre las cuales la pederastia y el bestialismo, no serían sino tan sólo la punta del iceberg.
Esa gentuza ha paseado su género, su muestrario de usos y costumbres viciosas, por todo el orbe planetario, expandiéndose más allá de lo que solían ser sus tradicionales caladeros.
Y sin embargo, sus intereses gozan del amparo de una mano en la sombra.
La mano que mece la cuna es la mano que controla el mundo, decía la película. En este caso una de las normales. Una de tantas que fueron de disco duro en disco duro, antes de ser definitivamente enviadas a la papelera de reciclaje.
Pero es a esos otros, a los beneficiarios del otro cine, el que sí genera dividendos, a quienes han venido a salvar una vez más las porras y los perros.
No. No están aquí para proteger la libertad de pensamiento, ni mucho menos para fomentarla, sino más exactamente, para contribuir a reducirla a su mínima expresión.
De modo que el holocausto cultural proseguirá, y sin visos de remisión.
Y mientras tanto, nuestros impuestos seguirán usándose para lo de siempre, para mantenernos pobres y sumisos, sin perjuicio de que en este caso concreto, contribuyan asimismo a asegurar y proteger el ciclo reproductivo de la basura.
¡¡¡Y el que no esté de acuerdo, a la hoguera!!!
(o a la propia basura, que con tiempo y en cantidad suficiente, ella misma cual bonzo, se autocombustiona)


miércoles, 28 de diciembre de 2011

A Belén pastores


Bien, la navidad del 2011 ya es historia, esa es la verdad.

El rey ya soltó su tradicional mensaje - como de costumbre calificado por la clase política de discurso "de altura", al tiempo que la plebe lo colmábamos de opíparos bostezos - las lucecitas del árbol se fundieron, los turrones y mazapanes completaron con éxito - es un decir - su travesía a lo largo de nuestros congestionados tubos digestivos, y el pavo... El pavo afrontó con entereza la misión para la cual se le había hecho venir a este mundo. Mundo cruel, lleno de vivos y hambrientos, a la mínima dispuestos a acuchillarte.

No obstante, quienes desde bien pequeños estamos infectados por el espíritu navideño, no lo consideramos solamente como una fecha concreta, puntual, después de la cual todo deberá volver ordenadamente a su curso normal, sino más bien como un periodo. Un periodo que, vaya o no acompañado de su siempre bien valorado correlato vacacional, se extendería hasta el día de reyes, el 6 de Enero, con la entrega total, verificada e irreversible, de los regalos que en buena lid se merecieren, o, en su defecto, el carbón.

Un año más hemos sobrevivido a la peor de las pesadillas del ciudadano de a pie, las reuniones familiares. Esta es de hecho la época del año en que mejor se aprecia esa realidad de la que ya en su día se percató el milenario filósofo chino Confucio, y que se resumiría, abreviando, en que cada familia es como un estado en miniatura, con sus propias leyes, sus propias jerarquías, y sus propias corruptelas. Según este sabio, un gobernante que no supiera llevar bien de la mano los asuntos de su familia, menos aún podría hacerlo con los de sus súbditos.

Afortunadamente, esto no se aplicaría a aquellos gobernantes cuyo papel es el de ejercer de meros espadones, por lo que no me gustaría que esto se entendiera como un cansino intento de polemizar, en algo de lo que ya se ha polemizado, se polemiza y se polemizará, en cantidades más que suficientes, e incluso, excedentarias, a lo largo de este año que agoniza, y del nuevo que se nos avecina.
Sirva, sin embargo, dicha reflexión, para recordar lo importante que es mantener la familia unida a pesar de los pesares. Por más que Menganito sea muy suyo, Zutanito, un mangante, y Perenganito, definitivamente insoportable.

Y démosle al César lo que es del César.
A veces, está uno parapetado en la trinchera con el Kalashnikov en ristre, y con lo que se encuentra es con que al final no es para tanto, y que en todas las casas hay siempre alguna pequeña riña y/o discusión, y que no sólo es sano y natural que así sea, sino que incluso hasta es deseable.

Pues sí, este año estoy satisfecho con la Navidad.
Se está pareciendo bastante a lo que una Navidad, en teoría, debe ser. Además, pese a que en esta ocasión el invierno ha entrado de través, ni todo lo frío que se esperaba, ni todo lo templado que sería de desear, más o menos, una suerte de invernía traicionera, he logrado llegar a las celebraciones libre de catarros, enfriamientos y patologías nasales varias, que ya en su momento, me echaron abajo el "acueducto" de la constitución.

Pero volviendo a las enseñanzas de Confucio... En medio de tanta abundancia gastronómica y cuchipanda familiar, no debemos olvidarnos de que seguimos en crisis, y que para muchos esta se extiende hasta su ámbito familiar, por lo que nuestro sentido de la generosidad haría bien en, si no tiene nada mejor de lo que ocuparse, darse un garbeo por aquellos lugares donde se le necesita, y de paso, ver un poco de mundo.

Otra cosa distinta es que la Navidad, haga brotar de la gente un renovado espíritu de amor al prójimo, puro y desinteresado, que no suele ir más allá de lo meramente testimonial, pero que al menos nos obliga a incluirlo como propósito, eso sí, más bien relajado, para la agenda del nuevo año. Un año que, nos guste o no, ya está llamando a la puerta.
Y un año que, caso de que al final no sea el último-ultimísimo, sino uno más como cualquier otro, viene si bien cargado de acontecimientos, sorpresas y sobresaltos. Creyéndose él también, importantísimo y trascendental para la historia del mundo, de la humanidad, y, si se me apura, a tenor de los últimos avances científicos en materia de bosones, hasta de la del Universo.

Un saludo a todos, y felices fiestas.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El blanco adelgaza


Sí, amigos. Hasta ahora yo pensaba que no, que era al revés, que era el negro el que adelgazaba, y que en cambio el blanco engordaba cosa mala, pero no… Al final va a resultar que las cosas no son tan sencillas.
Digo esto porque un comité de expertos apoyados en estudios geológicos y datos empíricos provenientes de radares instalados en submarinos y satélites, afirman que el espesor del hielo acumulado en los polos se encuentra ahora mismo en su mínimo histórico e histérico, esto es, desde que se tiene noticia, y que a este paso, bien podría derretirse por completo en unas pocas décadas.
Y cuanto menos hielo, más radiación engulle el planeta, poniéndose más y más calentorro.
Terrible catástrofe, a la que es muy difícil verle la vis cómica.
Si acaso, nos enfrentaríamos a una más de tantas paradojas de la vida, por cuanto que a medida que la capa de hielo adelgaza, nos vamos quedando sin casquete.
Pues sí, los pasos antaño permanentemente helados del Ártico están, a día de hoy, abiertos de par en par para la navegación comercial. Hecho inaudito y de gran significación.
Para las personas con una mínima conciencia ecológica son malas noticias, para otros, no tanto.
De hecho, Rusia, Noruega, Canadá, por mencionar sólo unos pocos, se frotan las manos, mientras preparan su marina mercante para contaminar, más y mejor, zonas que hasta ahora se hallaban en estado virgen.
Pero este no es el único drama que afecta a aquel globo terráqueo que nos hicieron aprendernos de niños. Sí hoy por ejemplo, intentásemos con un atlas en la mano de nuestros tiempos de estudiantes, localizar sobre el terreno el mar de Aral o el lago Chad, iríamos, con perdón, de cráneo.
El primero, sacrificado al riego del cultivo extensivo del algodón por las dictaduras soviéticas y post-soviéticas del Asia central. El otro, tres cuartos de lo mismo, a cargo una vez más de gobiernos irresponsables de estados fallidos. Y en cuanto al mar Muerto, mejor no hablar. Va camino también de hacer honor a su nombre. Y es que, urbanizar todos los asentamientos de los territorios ocupados, no sólo tiene un coste político.
Veo pues a una muchedumbre voluntariosa armarse con balas de paja, e improvisar con ellas colchones sobre las vías del tren, y ya sólo pienso en una cosa: Convoy de residuos tóxicos o radiactivos al canto, dirigiéndose con paso firme a defecar lo que contienen sus tripas cerca de colegios y hospitales.
Es así de triste.
Pero volviendo al tema del hielo, sobre el que los científicos aseguran haberse traspasado el punto de no retorno… ¿Le importará esto algo al nuevo Zar de todas las Rusias, el sr. Putin, que en realidad de nuevo no tiene un pelo (ni de nuevo ni de viejo, también es verdad)? Y más aún, ¿Le importará realmente un pimiento, o al menos medio, esto de proteger al planeta, de no poner nuestra casa hecha un vertedero, a alguno de los recién, y flamantemente, estrenados mandamases de nuestra vieja Europa, empezando por el nuestro, y sus célebres hilillos de plastilina?
Pues bien, mi opinión, es que a este último debería… Debería importarle y mucho, tan patriota que se suele considerar.
Porque si bien a los rusos una subidita de temperaturas no les vendría nada mal - ¡y no tendrán ganas ni nada de hacer a un lado la manta a cuadros! – nosotros, de seguir así las cosas, nos vamos por el contrario a asar como pollos.
Pero claro, difícilmente podremos presionar a otros cuando aquí, en nuestro mismo suelo patrio, contaminamos y despilfarramos la energía a calzón quitado, sin ningún recato.
De hecho antes había en la península ibérica cuatro estaciones, primavera, verano, otoño e invierno, y ahora sólo hay dos, calefacción o aire acondicionado.
En fin, que hablando de mantas, creo yo que sería bueno reaccionar al problema con tiempo, y no que, en llegado el momento, tener que liarnos la ídem a la cabeza, sacar el colchón al patio y ponernos a dormir sobre la vía muerta de esta civilización incívica, derrochadora y glotona.
Una civilización que apesta ya, dicho así, sin tener que esperar a más. Y aquí me refiero principalmente a esos que sólo empezarían a preocuparse de verás por la desaparición de los polos, si estos fueran de marca Ralph Lauren.


domingo, 13 de noviembre de 2011

Cuestiones intemporales



Está el mundo patas arriba, y como que ya hace algún tiempo que se me han ido quitando las ganas de arreglarlo.
Sí, amigos blogueros. Quiera uno o no, el desánimo ha hecho mella en mí.
Pensaba yo que no, que era inmune a esa clase de comportamientos derrotistas, pero bien se ha visto que todo era no otra cosa que vanas ilusiones.
Me autoengañaba pensando que algún día, estos escritos que de vez en cuando plasmo en mi blog, se beneficiarían de algún efecto mariposa, y algún sumo dignatario mundial, autoridad monetaria, o consejo de rabinos, me haría llamar para discutir conmigo las soluciones al problema global del mundo.
Pero ya lo veis. No ha sido así. Ellos, los politicuchos del tres al cuarto, se empeñan en hacer debates cara a cara, intrascendentes desde mi punto de vista, y todo lo relacionado con Food&Drugs, con las opiniones que vierto en este, mi humilde pero inmodesto (cuando le da por ahí) blog, son excluidas por completo de los temas a tratar.
Se siente uno como un microbio. Esa es la verdad.
Pero tampoco puedo decir que me haya cogido por sorpresa. El número de lectores y visitantes disminuye día a día, y, o bien es a causa de que publico poco, y la gente ya ni se toma la molestia de pasarse por aquí, o que me he vuelto un pelmazo insufrible, obsesionado con colocar por bemoles, y a contracorriente, mis soporíferos tostones, como si de la deuda soberana de un país mediterráneo se tratara.
Siendo, desde luego, perfectamente plausible, que se den ambos fenómenos simultáneamente. Eso también puede ser.
Por eso hoy, he decidido cambiar el chip. Sí, ya lo creo que sí.
En esta ocasión dejaré a un lado mis presuntamente sabias reflexiones, o esos elevados y profilácticos ideales de los que me suelo jactar, para - no me creáis si no queréis - hundirme en el fango y ponerme a chapotear en él como hacen los grandes traficantes de Telebasura.
Algunos, no satisfechos con las explicaciones que ya os he dado, os seguiréis preguntando, naturalmente, el por qué. Y es que razones hay muchas, y sería largo e innecesario ponerme aquí a enumerarlas, pero por si acaso, como nexo común de todas ellas, digamos que he identificado mi principal problema en la ausencia, en una ausencia total y manifiesta, de cercanía con respecto a los problemas más perentorios y acuciantes de todo lector o lectora de blogs.
Alguien que lee blogs, eso está claro, no busca artículos de opinión similares a los de los periódicos. En absoluto. Para eso se conecta a la web de alguno de ellos, y ya los tiene, todos cuantos quiera, a su disposición. Mucho más interesantes, mejor documentados, y, también, no me cabe la menor duda de ello, mejor escritos.

Luego, ¿Qué desea encontrarse aquí, ese alguien que vaga sin rumbo por la red?
¿Qué es lo que su espíritu inquebrantable le demanda? ¿Cual es el tan ansiado fruto que su carácter indomable le impele a explorar?
Pues bien, un internauta curtido en mil blogs, experto en descifrar las más inextricables bitácoras personales, lo que necesita es que le digan aquello que la gente omite, por pudor, miedo o ignorancia, o por que le conviene, acerca de los misterios de la vida.
Para ser más escuetos: Lo que todos callan y de lo que nadie suelta prenda.
Sí, los lectores serían felices si yo les contase cómo triunfar en la vida, en los negocios, en el amor… Sobre todo en el amor.
Vendrían como moscas si yo, de la noche a la mañana me convirtiera en un grandísimo motivador, y/o facilitador - que es ahora así como se les llama - que les sirviese de guía en sus atribuladas existencias de eternos aspirantes a algo. A ese algo que no siendo nada a la vez lo es todo.
Conocedor de todas las fórmulas y remedios infalibles.
Pero, por desgracia, amigos míos, ¿un ciego guiando a otros ciegos?… Como que no.

Es por eso que puedo aspirar a ofreceros como mucho, mi apoyo moral. El que mi esfuerzo por complaceros os sirva como consuelo. Pero mucho me temo que ni para eso sirvo. Mis palabras suelen ser, en su afán de revestirse de un cierto halo revisionista y desmitificador, más descorazonadoras que otra cosa.
La gente, cuando se va de esta, mi casa, mi humilde morada intelectual, lo suele hacer espantada.
Tanto poner los puntos sobre las íes, incluso a las que, como las griegas, bien podrían ir por el mundo sin necesidad de ellos, ha acabado por convertir mis peroratas, en no otra cosa que repulsivas cucharadas de aceite de ricino.
¡Con lo poco que me costaría hablar de chorradas intrascendentes! ¡De si menganito está colado por menganita, y se le ve a la legua, pero no tiene nada que hacer porque es un pobre mindundi, que no tiene donde caerse muerto, además de ser feo como él sólo…!
¡De si perenganita, que está todavía de buen ver, pero nadie quiere nada con ella porque tiene más ceros en el cuentakilómetros que el transiberiano…!
En fin, esas cosas escabrosas, que son típicas de las mentalidades más simples y previsibles.

¡¡¡Pero es que eso es lo que funciona!!!
¡¡¡Esa mierda es la que gusta!!!

No fue hace mucho, de hecho, que una tarde me vi pegado, con toda mi familia, frente al televisor. Todos abducidos, viendo el programa de una televisión autonómica - Canal Sur para más señas - en la que uno de esos presentadores repescados de los baratillos de las cadenas de ámbito nacional, Juan Imedio, hacía el gran milagro de juntar parejas de ancianos y ancianas, sin aparentemente nada en común aparte de la vejez, y escasamente poco proyecto de vida futura en el que escudarse, para, como ya digo, mágicamente, conducirlos por la, siempre sugestiva, senda del amor.

Mi blog, bien lo sé yo, debería ser como ese programa. Ofrecer esperanza, y reconfortar al extraviado… Insuflar calor humano, allí donde las sucesivas heladas de un invierno largo e interminable, han dejado las ramas de los árboles desmedradas y quebradizas.

Pero lo que subyace aquí es evidentemente un problema de personalidad. De la personalidad del autor, obviamente.
Más me valdría pues afrontar un cambio de actitud. Abandonar mis posiciones de escepticismo a ultranza, y yo mismo, sin esperar a convencer antes a nadie, lanzarme en picado a la conquista de un ámbito de existencia mucho más abierto, menos cínico, más ilusionador.
No juzgar. No juzgar a nada ni a nadie. Ni aún cuando venga de la mano de la Telebasura, mi gran Satán. Y mucho menos a quienes se dan el sí quiero, sea o no a través de un tubo de rayos catódicos.
Creer más en ese tipo de amores, por empalagosos que sean, como el que se profesaban, al arrullo de los gorgoritos de Celine Dion, Leonardo Di Caprio y Kate Winslet en Titanic. Y no tanto jugar, tan infantilmente, a ser el iceberg - aquel cacho de hielo con tan mala leche - que hundió el “insumergible” trasatlántico.
Porque… ¿Qué mérito tiene?
A la hora de hacer el mal, de enjaretar barrabasadas al prójimo, todo el mundo tiene una puntería extraordinaria.

Por intentarlo pues nada se pierde, que dicen por ahí… O quizás, como mucho, sólo las ganas de volver a intentarlo.
Ya veremos qué sale del experimento. Y si no hay que llamar a los bomberos.