lunes, 30 de agosto de 2010

El novio magiar


Hola, amigos.
Tengo una mala noticia que comunicaros: Mis vacaciones han terminado. Buaaaaaa.
Si, han terminado, no como el rosario de la aurora, pero… Pero eso ahora es ya lo de menos.
Vuelvo al curro. Vuelvo a tener sentado enfrente a un señor de bigote que me controla, fiscalizando todos y cada uno de mis movimientos. Si pestañeo fuera de tiempo, me saca una tarjeta amarilla, si voy dos veces seguidas a hacer pis, la roja.
Volveré a estar preocupado todo el día de lo que le pueda chivar a los jefes supremos del PCUS, a los ayatolás, a los ulemas, a la curia cardenalicia, a los imanes, a los lomos plateados de la empresa.
Un marrón, ¿Verdad?
Se acabaron las cuchipandas, el pescado frito (las xoubas), los crustáceos y moluscos recién pescados, los helados del chiringuito, los paseos por la orilla del mar avizorando hembras salvajes de la especie Homo sapiens (para mi tesina en la universidad de la vida), los atardeceres con puesta de sol y de luna simultáneas (poesía que no falte), las travesías en piragua a islotes deshabitados (sin famosos)… Se acabó dormir a pierna suelta sin rendir pleitesías al neurasténico del despertador (¡Genocida! ¡Así acabes en la Corte Penal Internacional!)
En fin, que estaba más contento que una Naomi Campbell, a la que le hubieran llevado a casa un puñado de diamantes de regalo, cual promoción de supermercado por una compra superior a 5000 fiambres en la sección de carnicería, pero que nada… Que a todo cerdo le llega su San Martín.
Y en mi caso más, ya que es el patrón de mi ciudad.

Me sentaré de nuevo ante un tribunal que me juzgará culpable de todos mis actos, de palabra, obra y omisión, cual Yor-El en Superman, con la salvedad de que yo me parezco a Marlon Brando casi tanto como a Rin-tin-tin.
Y es que este verano se irá, otro más de tantos, al baúl de los recuerdos directo. (¿No era Julio Iglesias el que cantaba algo parecido, o Dyango?)
Estallará como Krypton, en multitud de pequeños pedacitos que se irán esparciendo de manera aleatoria por el cosmos, y así hasta desaparecer sin dejar rastro en su oscura inmensidad.

Se me acabó el pasimisí, pasimisá, por la puerta de Alcalá.
Y todo porque uno, en realidad, no es más que un gris oficinista, un burócrata de la peor especie, que se le hacen los ojos de gelatina ante un simple anuncio del Aquapark. Ojalá se pudiera, como la abuela del dibujo, tan siquiera aspirar a algo nutritivo de verdad, como controlador aéreo, o protésico dental, o fisioterapeuta (masajista) de la selección española de natación sincronizada.
16.700 euros que cobran al mes los primeros… ¿Qué hacen con tanto dinero?
¿Qué hacen en su curro que los untan de esa manera?
Si aplicamos una simple regla de proporcionalidad, su estrés debería ser entonces equivalente al de 16.7 mileuristas (mileurista arriba, mileurista abajo…)
Como para no santiguarse.
O será que se requieren unas capacidades psico-intelectivas de las que el resto de los mortales adolecemos. La realidad es que, lo que más cerca está mi curro de eso de ser controlador aéreo, es cuando el plato de fabada que me he comido en el almuerzo me sienta mal, y me tengo que pasar toda la tarde controlando - aguantando a pie firme - para que mis tripas no salten por los aires, inmolándose dentro del superpoblado recinto oficinil.

Es la eterna y recurrente tragedia de Sísifo y su condenado pedrusco.
Mis horas, minutos y segundos dejan pues de nuevo de ser suspiros, para transmutarse en eternidades.
Y sin embargo tú seguirás ahí, querido lector de Food & Drugs, metiéndote entre pecho y espalda mis chorradas, por más que luego te tengas que tomar el bicarbonato con cucharadas soperas.
Es gracias a ese apoyo, que me atrevo a recomendaros la lectura de otra de mis creaciones artísticas (¡¿otra?!): El novio magiar, disponible en Status: Playing, al módico precio de un click (o de una clack).
No dejes que una final de la Champions Madrid-Barça, una cita con Mark van der Loo, o un crucero por las Seychelles, te aparten del placer salvaje que sólo proporciona la trepidante literatura blogosférica.
Haz un paréntesis en tu diario discurrir (muchos paréntesis van ya, creo…)
Eso sí, no lo hagas en horas de curro, que el señor de bigote está obsesionado contigo, y podría echar mano de las tarjetas… O del pito (del silbato).

PD: El relato está escrito en castellano en un 90%, otro 5% en gallego (razonablemente inteligible, espero), otro 5% en inglés (pseudosubtitulado), y pequeñas trazas de italiano, húngaro y hasta catalán.
Algún día probaré con el esperanto.
Ánimo valientes. ¡Que lo disfrutéis!

El novio magiar

lunes, 9 de agosto de 2010

Vacaciones de mis entretelas


Sí, amigos, estoy de vacaciones.
¿Tanto se me nota?
Este verano empezó muy caluroso, quizás excesivamente caluroso, con temperaturas máximas que en algunos momentos llegaron a rozar los 40º Celsius, aunque ya parece, que a día de hoy, eso, que era la principal pega, se ha ido suavizando.
Un tipo antojadizo el Celsius este. Tanto él como sus colegas Kelvin y Fahrenheit, son mundialmente conocidos por sus extremismos y repentinos altibajos.
Pero, olvidémonos de ellos. Si los periodos vacacionales son tan especialmente queridos y deseados es, entre otras cosas, porque nos podemos desentender de cierta gente cuya meteorología personal suele ser, y es, pertinazmente borrascosa.
Pero, bueno, como ya digo, este es tiempo de suaves brisas acariciando la piel, el Yodo del mar adhiriéndose a una epidermis bronceada y revitalizada. Nada de pellejos macilentos colgando. Un par de días de playa, y cualquiera pasa de ser doña Rogelia a metamorfosearse en Beyoncé.
Y es que el sol, y más concretamente el sol que relumbra sobre las costas españolas, es mano de santo. ¡Que se lo digan si no a la mujer del presi, a Michelle Obama, tan lustrosa y tan buen color que tiene ya ella de por sí, que no pudo evitar acercarse a la Costa del Sol – justamente – a dejarse irradiar por los benéficos rayos del astro rey!
Alguien le dijo que el crepúsculo, contemplado desde la Alhambra era el más bello del mundo, y ella ni corta, ni perezosa, echó mano de las maletas y el neceser, y se fue para allá a comprobarlo.
Sin embargo, aunque eso puede ser más o menos cierto, nada, creo yo, tiene que envidiar a la puesta de sol que ayer mismo, un servidor, pudo disfrutar, mientras se bañaba a las 21 horas, en mi ya habitual pequeña playa de la ría de Arousa.
Digamos que siendo la hora que era, la misma que puntualmente marcaban las agujas del reloj, apenas se percibía como tal por los sentidos.
Es más, su momento había llegado, pero el disco refulgente, señor y dador de vida, se resistía a ser engullido por las sinuosidades del horizonte, y daba sus últimos coletazos con una fogosidad desconocida. En absoluto era ese redondel anaranjado que se oculta mansamente bajo tierra. Este sol moría matando.
De hecho cuando se consumó su estertor final de luz, lo que vino después no pudo ser sino lo más parecido a un eclipse.
Las penumbras se adueñaron del orbe, como si alguien súbitamente hubiese oprimido un interruptor, y rachas enloquecidas de viento se levantaron de todos los costados, transformando en millones de diminutas escamas sobre la superficie del mar, la hasta entonces cegadora alfombra de lentejuelas sobre la que minutos antes plácidamente se recostaba… Solo faltaban los campesinos chinos de la dinastía Ming, para ponerse a golpear cacerolas y hacer ruido, y así espantar al dragón que se lo estaba comiendo.
Pues eso, que aún a sabiendas de que he agotado ya una de mis tres semanas de asueto, permanezco todavía en ese limbo, en ese líquido amniótico, del que se siente y se cree de una vez por todas reintroducido a su ecosistema natural. Como las águilas imperiales de Rodríguez de la Fuente, haciendo acrobacias por entre el rocaje y los riscos del monte perdido (sí, en verano uno se papa también muchas reposiciones televisivas).
Iluso.
De hecho, no sé por qué, pero ahora me he acordado de aquella película de Audrey Hepburn, en la que hacía de monja en las misiones, y particularmente aquella escena final en la que, desengañada de su vocación, regresaba a la gris y deshumanizada realidad por la puerta de atrás.
No sé, me ha venido a la mente. Ha debido ser un dejá vu de esos. Será mejor que no esté tanto rato fuera de la sombrilla.
Y, bueno, por ahora esto es todo. Ya veremos si hago, o si no, mientras el tiempo y la autoridad competente lo permitan, alguna otra glosa, crónica, alegoría o sainete a mi escaso y valiosísimo tiempo libre. Mucho más codiciado que el coltán de Sierra Leona.
(Dónde va a parar.)

domingo, 25 de julio de 2010

Le temps est venu


Cuando Christophe Mathieu escribió Le temps est venu, 1991, Ed. Girouette, toda una ola de acontecimientos recorría la estepa centroasiática.
La república de Tanatistán, donde se hallaba destinado como reportero de L’observateur impartial, acababa de declarar formalmente su independencia de la extinta Unión Soviética, en medio de un gran caos institucional y frecuentes revueltas callejeras.
Fue entonces cuando tuvo contacto con los horrores de una guerra civil, de cuyos fantasmas ya nunca más pudo desembarazarse. Eso, unido al suicidio en condiciones que nunca se llegaron al esclarecer del todo, de su hermana pequeña Sophie, apenas unos pocos días después de su boda, y con la que se hallaba emocionalmente muy unido, marcó ya definitivamente lo que sería de ahí en adelante la línea central de toda su creación literaria.
Curiosamente Mathieu situó la trama de Le temps est venu (La hora ha llegado), en un pequeño pueblo de la meseta castellana, quizás al pie de las primeras estribaciones de la sierra de Guadarrama, en la provincia de Ávila, donde en su juventud pasó largos periodos estivales, y donde al parecer vivió una etapa pródiga en experiencias y en todo momento trufada de una intensa felicidad.
En palabras de él, lo hizo así “porque necesitaba alejarme de todo lo repugnante y siniestro de lo que mi profesión me había convertido en amanuense, pero no lo conseguí”.
El argumento de la historia, de hecho, en ningún momento alcanza a levantar el vuelo, y pese a que intenta por todos los medios encontrar una luz que le guíe, no abandona las premisas de austeridad formal y catastrofismo vital, que a partir de entonces caracterizarían toda su obra posterior, y que le situarían en la lista de autores malditos de la así llamada Generación grisú.
Con todo Le temps est venu es un canto desinhibido a la lucha por un proyecto de vida, por un sueño en el que la voluntad humana, pese a ser una y otra vez zarandeada, y vapuleada por la cruda realidad, se levanta del suelo cuantas veces sea necesario, para, como dijo Maurice Khorkovian, su amantísimo discípulo, “seguir, desde la nada más absoluta, improvisando escenarios de redención”.
Mathieu murió solo y completamente arruinado en un frenopático de Orán.

Traducción de Ana Cueto-Xino.
Fuente: Gilipedia.

Si deseas leer Le temps est venu, puedes hacerlo en este enlace de Status: Playing.

Aviso importante: Es más larga que un día sin pan.

miércoles, 30 de junio de 2010

La fe de la hemorroísa


Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que los campeonatos de la copa del mundo eran acontecimientos legendarios. No tanto el espectáculo televisivo en que han devenido hoy en día, sino batallas épicas, con una trascendencia memorable en el destino de las naciones.
Afrentas en la forma de penaltis no pitados, goles fantasma, o manos de dioses, eran inmediatamente anotadas en los márgenes de los libros de historia, así como si fuesen el corolario a guerras, genocidios, odios ancestrales y demás.
Pero como ya he dicho, en estos últimos tiempos, esto ha ido quedando un poco deslucido por la absolutamente abrumadora cobertura mediática.
Demasiada atención, excesivos pares de ojos sincronizados, desesperadamente pendientes de cada singular momento de la acción. Una acción, un relámpago, en el cual el globo terráqueo bien pudiera dejar de rotar, en el cual las leyes de la física se curvaran, en el cual el sol pudiera detenerse en su recorrido a lo largo de la bóveda celeste.
Y sólo para poder decir “Yo estaba allí”, “Yo lo presencié”.
Mas eso no termina de ocurrir.

La gente a menudo dice que el fútbol tiene una cierta dosis de inmoralidad por cuanto que obstruye las vías de la inteligencia, actuando a modo de anestesia hacia los problemas de la vida real.
Probablemente la cuestión radique en si esto es bueno o es malo. Y eso, como siempre, pivotará en torno al punto de vista del interesado.
Un punto de vista que, en cualquier caso, únicamente se verá condicionado por algo tan simple como si te gusta el fútbol o no.
Así de sencillo.
¿Disfrutas viendo un puntito redondo y blanquecino moviéndose arriba y abajo, adelante y atrás, no mucho más allá de los límites que un rectángulo verde le impone?
¿Sí?
¡Aleluya!
Tu fe te ha salvado.

domingo, 30 de mayo de 2010

La felicitá perduta


“Un puñetazo en la mesa”
The Mongolia Times

“La cronología de una fatalidad larvada.”
Neanderthal Zeitung

“El autor sienta en el banquillo de los acusados a una sociedad de consumo, cuyo principal artículo de compraventa y desecho, son esas mismas personas en las que basa su sustento.”
Le Sonsonette Quotidien

“Sobre la futilidad del alma, la pérdida de las referencias, y el orden supeditado a una autoestima caduca, como la del que corre como pollo sin cabeza.
La felicitá perduta es un relato amargo sobre la realidad de aquello en lo que se convierte la vida, cuando ante nosotros ya solo quedan las cáscaras por recoger. Cuando aquello de lo que hasta entonces creíamos estar disfrutando, así como si tan sólo de un aperitivo se tratase, se ha volatilizado delante de nuestros ojos.”
Cahiers du Charleston

“Mortal de necesidade”
O Correio da Brincadeira


Quasarts entertainment
presents

In association with Food and Drugs blogs

Una historia de amores turbios, superficiales e irresponsables. De cuando eso que estimamos como real, resulta ser no otra cosa que cartón-piedra. O peor aún, piedra, papel, tijera.



¡No te la pierdas!
¡Disponible ya en Status: Playing!
¡Engatusa a tu ratón para que haga clic aquí!

domingo, 16 de mayo de 2010

Calamidades non stop


El ejército estadounidense ha desembarcado de nuevo en las playas, rememorando su pasado en Normandía. Pero esta vez no es en Europa, ni para luchar contra enemigos de carne y hueso (que no sé si esto se puede aplicar a los nazis, pero en fin…), sino en las costas de la Luisiana, en el propio hall de su casa, y contra un enemigo en principio menos mortífero, pero al que por desgracia no se puede vencer, porque como vulgarmente se suele decir, nos tiene agarrados por donde más duele.

Esto, claro está, nos ha recordado a muchos la catástrofe del Prestige en nuestro propio litoral, y la entonces célebre palabra “chapapote” ha vuelto a ponerse de actualidad.
Una palabra que fue la sensación de aquellos meses. Exportada a toda España y parte del extranjero, como el marisco, el pulpo o los vinos de las Rías Baixas, con igual o parecido éxito.
Lo triste del asunto es que, me barrunto yo, no será el último neologismo que nos tendremos que inventar para definir a esta nuevas calamidades que, evisceradas de nuestro febril progreso tecnológico, amenazan con seguir complicando, y todavía en mucha mayor medida, el futuro del planeta.

Parecía que de hecho, con la crisis de por medio, y otros problemas de más importancia requiriendo toda nuestra atención, nos habíamos olvidado un poco de mirar por la naturaleza. Pero es que en realidad, en el mismo retroceso de la actividad económica, casi se podía entrever el bálsamo de una tregua. Las grúas iban una por una desapareciendo del horizonte de nuestros pueblos y ciudades, dejando de vomitar cemento enfermizamente por todas las esquinas. Los todoterrenos, los 4x4 estilo Hummer y demás compañía, heridos de muerte en su glotonería, se veían obligados a despejar el camino, y como gigantes con pies de barro que eran, añadían su nombre a los de la mítica lista de experimentos fallidos de la ingeniería, tipo Titanic o Hindenburg.
En espera ya tan sólo de fosilizarse plácidamente en salones de museos, o bajo la mirada nostálgica de los coleccionistas de antigüedades, como esqueletos inertes, sin apenas otro sustento que el de las desorbitadas fantasías de ambición y poder, a las que en su día dieron vida, ahora extintas.

Pues sí, amigos. Incluso cuando los reflujos de la codicia humana se hallan en bajamar, también es posible encontrarse con que las aguas vienen negras. La Tierra sigue siendo sometida a perforaciones malsanas y adictivas, en una especie de acupuntura diabólica muy similar en su concepto a la del cenobita sadomasoquista de Hellraiser. Todas ellas en la búsqueda desesperada de un recurso cada vez más escaso. Un recurso este, el petróleo, que, cuando definitivamente se agote, dejará a toda nuestra civilización sin el combustible con el que alimentar sus fuegos fatuos, embarrancada, presa del pánico y de la histeria, en su incorregible ansia por asfaltarse la inteligencia y el buen gusto.
No será entonces el cataclismo que muchos vaticinan, sino tal vez, el esperado momento del reencuentro con nuestra verdadera esencia. La oportunidad de hacer del mundo un lugar mejor adaptado a nuestras necesidades reales. Y acostumbrarnos de nuevo, como los navegantes de antaño, a escoger y enhebrar los vientos favorables. Esos que nos habrán de llevar a buen puerto, aquel de cuya guía cuidaron siempre las estrellas… Tal vez, para cuando seamos capaces de volver a verlas brillar en la oscuridad de la noche.
Pero hasta entonces, aún queda mucha porquería que recoger de las orillas de este sufrido mar que nos rodea, experto en tempestades y naufragios.
Es nuestro sino.

miércoles, 28 de abril de 2010

Agentes infecciosos


Supongo que debe ser algo inevitable el que cada cierto tiempo la licencia del antivirus de mi ordenador expire, y me deje el disco duro con las vergüenzas al aire, expuesto a todas las inmundicias que deambulan por la red.
Debería haberme acostumbrado, pero no es así. La verdad es que cada vez que el trasto se infecta me coge de nuevas, y reacciono como si no supiera ya de sobra que esto está así planeado de antemano. Que la forma de costear los formateados y actualizaciones del software (pirateado) es a base de que se pongan enfermitos los ordenatas del personal, y cubrir los honorarios del especialista (en realidad agentes dobles a sueldo de Bill Gates).
Pero uno es bien pensado por defecto, y no le gusta caer en estos bucles de picaresca de la peor ralea.
Sí, ya lo sé. Mal hecho.
Por supuesto acabo teniendo que pasar por el aro, y llevo el ordenador al técnico, que me cuenta las mil y una por las que ha pasado para salvar esto de aquí, de allá y de acullá, como si él y el cirujano que salvó la vida del torero José Tomás en la más reciente de sus cogidas, fueran en realidad una misma casta de profesionales, cada uno en lo suyo.
Naturalmente, el ordenador es un aparato electrónico, y no necesitó una transfusión de hasta 9 litros de sangre como el diestro, pero, oyendo hablar al susodicho técnico, tal parece como que, si ello fuera preciso, esa hubiera sido su misma línea de actuación.
Afortunadamente, ni yo, ni mi ordenador hemos necesitado, de momento, tener que sacarnos el carnet, previo pago de las tasas estipuladas, de vampiros consumados.
Solo faltaría, máxime después de abonar, one more time, las correspondientes comisiones de ciberseguridad internáutica, nada modestas, y la voluntad.
Y ello por más que para circular por la red la única documentación que se requiera sea el recibo de pagar al proveedor de la conexión. Con sólo esto, uno ya es libre de andar por ahí a salto de mata, pirateando un poco de aquí, otro poco de allá, y no cuidándose demasiado de no ponerlo todo perdido de códigos maliciosos que se han ido contrayendo, por ahí por el mundo adelante, de forma inconsciente y zascandila.
En fin, que, recapitulando: Unos cuantos eurillos del ala que se han esfumado, y lo peor de todo, el engorro de tener que cargar con el paciente (casi, casi con lo que en realidad es simplemente su féretro) hasta el taller de reparaciones, ante la mirada inquisitorial del paisanaje.
Provocando que cualquiera se permita especular con la mucha o poca importancia que le concedo a la salud del (en teoría) más inteligente de mis electrodomésticos. Tal vez incluso, más que a la mía propia.
Y total para que dentro de otros 12 meses se repita la historia.
Pero como reza el dicho: Ya estamos para otra.

lunes, 19 de abril de 2010

Personalidad volcánica


A Europa le ha salido un grano. Y un grano muy purulento.
Desde luego era mucho pedir que, con semejante nombrecito, Eyjafjalla, el interfecto no tuviera una personalidad volcánica.
¡Menuda la que ha liado!
No negaré ahora que un servidor es (de aquella manera) ecologista, pero tampoco abundaré en eso tan manido, y falaz, de que la Tierra responde a nuestros malos tratos desmadrándose.
Aún así, por esta vez, parece haber dejado bastante claro, que nuestro modo de vida – el del estrés y las prisas, amén de otras muchas incontinencias – le importa cuatro pimientos.
Sea como fuere, las compañías aéreas parecen estar ya un poco hartas de tanto esparaván, y sobre todo de aguantarle los malos humos a este lomo plateado de los puntos calientes tectónicos, y que no van a consentir por mucho tiempo más el que se les suba a las barbas alegremente.
¡A ver qué va a ser esto!
Estos islandeses medio arruinados que quieren entrar a formar parte ahora de la UE, haciéndose notar y poniéndolo todo patas arriba… Con el personal revolucionado… ¿De qué van ellos y su volcancito?
A ver si se enteran ya, de una vez por todas, que vienen al club principalmente en condición de invitados, y que nada les librará, por el momento, de seguir encajando goleadas a cargo de “la roja” en las fases clasificatorias de los mundiales.
¿Qué se habían creído?

Eso sí, por lo pronto, lo único que se puede echar a volar por el espacio aéreo comunitario, es la imaginación.

sábado, 17 de abril de 2010

Fobias y filias


Cuando era pequeño, mis padres me decían que si un extraño venía hacia mí con un caramelo en la mano, y en actitud obsequiosa, debía inmediatamente elevar mi estado de alerta a def con dos, y salir de allí pitando.
Esas eran las órdenes, y se cumplían a rajatabla.
Por lo visto a aquel caramelo, tan inocente en su apariencia externa, ese sujeto vil y ladino podría haberle inoculado con una jeringuilla droga en cantidad suficiente, como para crearme una grave dependencia, de por vida, de esa perniciosísima y muy costosa sustancia.
Claro que, ahora que lo pienso fríamente, nada hubiera cambiado, pues ¿qué niño a esas edades no tiene a todas horas “mono” de golosinas?
Lo cierto, es que estos temores, imbuidos en nuestras cabecitas de tiernos infantes, transcurridos los años, nos resultan ya del todo inservibles. El paso del tiempo, y la experiencia adquirida, van educando nuestros miedos más comunes hasta convertirlos en eficaces herramientas de subsistencia. Es decir, aprendemos a reconocer aquello de lo que debemos razonablemente sentir aprensión, y a evitarlo en la medida de lo posible.
Ya no necesitamos consignas venidas de afuera, hemos implementado nuestro propio sistema de respuesta coordinada ante las emergencias.
Sin embargo este es un proceso imperfecto, y al igual que la cadena de ADN comete errores al duplicarse, toda función biológica es tremendamente susceptible de pifiarla.
De hecho, las fobias, es decir, los temores postizos que por una razón o por otra se han quedado a vivir en nuestras mentes, cual okupas, no son sino los materiales de derribo que quedaron sin recoger de aquellos otros miedos utilitarios de la infancia.
Se podría decir, que de niños nos acostumbramos a traficar y consumir “mieditis”, y que como adultos, seguimos siendo incapaces de prescindir de ella.
Toda fobia además lleva aparejada una filia. El que sufre de claustrofobia, por ejemplo, amará la libertad y los espacios abiertos, y viceversa, al que le gusta encerrarse todo el día en un cuartucho casi sin oxígeno ni luz, el simple hecho de salir a la calle le sumirá en el pánico.
Pero estos son casos de libro. Evidentemente hay situaciones mucho más sutiles.
Un tipo perfeccionista como yo, terriblemente afectado por este mal que suele cebarse con los mediocres, sentirá un inmenso pavor a meter la pata, y sobre todo a meterla en público.
Nada de lo que se cueza o guise en mi cerebro podrá ser amargo al paladar del emperador, so pena de coser a latigazos al cocinero.
Yo habría sido muy infeliz de haber nacido en Corea del Norte, porque allí el derecho a salirse por la tangente parece estar muy - pero que muy - restringido. De hecho, aquí os dejo el enlace a un vídeo para que os hagáis una idea de lo que hablo.
Pero tengo muchas otras fobias y temores estúpidos, que sin embargo no son capaces de compensar mis desbocadas filias y adicciones. Tengo superávit de serotonina, y eso es un problema. Todo ello fruto de una mala organización.
Necesito pues poner orden en mis pensamientos, de natural anárquicos y errabundos, y una solución eficaz podría ser contratar un viaje (¿de placer?) a Corea del Norte, para someterme al certero cincel de los mandamases.
Volvería de allí sin fobias, filias, ni subidones de egolatría. Un hombre hecho y derecho. Con la mente fría y despejada. Más aún, con ella completamente en blanco. Los ojos vidriosos, y babeando cual perro pauloviano, pero tieso como una vara.
Eso sí, presto a transformarme en un abnegado saltimbanqui a una sola voz de mis superiores.
No en vano, nada hace más por la propia regulación intestinal, que una inyección de galones y gorras de plato, por vía rectal.


P.D.: Y, por favor, no olvidéis que este blog es apolítico, (además de apolíneo), no vaya a ser que algún nostálgico de los tiempos de la Unión soviética se mosquee con mis pitorreos para con el colectivismo a machamartillo. Recordad que Deng Xiaoping, otro oriental con mucho talante de ordeno y mando, dijo aquello de “enriquecerse es glorioso”, y era comunista como el que más.

lunes, 29 de marzo de 2010

Leyendas Arturianas


Hubo un tiempo en que el conocimiento del mundo sólo tenía un propósito: Servir a Dios.
Un tiempo en que el hombre y su sometimiento a las leyes de la naturaleza, estaba regido por su propio temor a lo desconocido. Un tiempo, en definitiva, donde los acontecimientos de la vida, ignorados e incomprensibles, abrían un enorme abanico de posibilidades a las supersticiones, a las mitologías, a la magia.
Cuando me propuse abordar este tema de las leyendas del medievo, una duda me asaltó. ¿Seré capaz de extraerle algún provecho humorístico a una época de la historia que vivía obsesionada, tal que si ese fuese su deseo último, con el advenimiento del fin del mundo? ¿Una época que “ora et labora” vivía bajo el yugo asfixiante de la cruz y de la espada?
Ardua tarea.

No obstante, lo primero que pensé cuando releí el título de esta entrada, ya me tranquilizó a ese respecto.
Un pensamiento este, que fue no sino fruto de una interpretación literalmente viciada.
En lugar de “Leyendas Arturianas” (de la época del rey Arturo, se entiende, en la Inglaterra medieval), mi cerebro prefirió no aventurarse tan lejos, e interesadamente tomó la primera r por una s, componiéndoselas como de Leyendas Asturianas, de las Asturias del verde noroeste ibérico. Todo ello en un rapto fugaz del intelecto.
Posiblemente sea más cómodo pensar en Fernando Alonso, ese piloto ovetense de Fórmula 1 que realiza gestas victoriosas sobre su montura de cuatro ruedas, y que son glosadas de forma casi unánime en los medios de comunicación de nuestro país, o, desde una perspectiva todavía más doméstica si cabe, en la fabada, la sidra o ese anís de la Asturiana, asimismo de resonancias legendarias, y a cuyas cualidades también podemos conferir propiedades mágicas.
Por desgracia una vez superado el malentendido, o más bien, la querencia natural hacia el desatino que impone la pereza, ya sea para bien o para mal, nos vemos obligados a rectificar la senda trazada. Un andar descuidado en el que, como ya se ha visto, uno mismo se puede extraviar, a poco que se lo pida la desgana, el tedio, o la escasez de horas de sueño.

Lo cual, sin embargo nos devuelve al mismo punto en el cual, sólo un par de párrafos más arriba, ya nos habíamos quedado atascados.
Retornamos pues a la pregunta de antes: ¿Se le puede sacar algún jugo, por la vía de lo hilarante a un mundo de misterio, de leyendas, de magos y brujas, de batracios, que no son tales, sino seres encantados bajo cuya apariencia subsiste un príncipe azul, y con cuyo encantamiento han de malvivir en espera del beso reparador de una bella princesa? ¿Se puede uno cachondear de un hombrecillo sin oficio ni beneficio, de un auténtico paria, que viola la lógica aplastante de su fatal destino, descuajando una espada de una piedra, rompiendo un pertinaz y ancestral hechizo, y convirtiéndose por medio de ello en rey?
¡Esta es una historia que el alma humana absorbe por todos los poros de su piel con pasión y apetito arrebatadores! ¡Es el tránsito directo, por el camino más corto, de la miseria hacia la gloria! ¡El non plus ultra del pelotazo!
No puedo por tanto sino considerarlo como un truco vil, es decir, una más de las muchas trampas que acechan al intelecto en los relatos de las grandes proezas.
Muy típico, por otra parte, de nuestra condición, de exagerar los propios logros personales, los méritos contraídos, y toda la épica que los envuelve. De como en el juego del parchís, comer una y contar veinte.
Un campo este de la novelación de la realidad donde todo es posible, y que es una práctica que sigue vigente hoy en día, gozando de una salud inmejorable, por lo que muy raramente llegará en algún momento a extinguirse.
Y es que nadie está libre de haber atildado su singular e incomparable odisea íntima.
Todos hemos soñado con ser Ricardo Corazón de León, y resueltamente nos hemos transmutado en trovadores de sus/nuestras innumerables hazañas, absolutamente todas ellas memorables, en las cruzadas contra Saladino, para admiración y disfrute de nuestro rendido auditorio.
Pero dejando de lado lo que de inventado tengamos cada uno:
¿Se puede vivir en paz con la propia conciencia despreciando toda creencia en lo sobrenatural?
¿Podemos querernos a nosotros mismos aceptando que nuestra dotación en cuanto a bellezas, talentos, riquezas u honores, es muy inferior a lo que recomiendan los más reputados cuentos de hadas?
En fin, preguntas que no es sano hacerse, y menos aún contestarse.
Los cuentos, las leyendas y las rimas solo son herramientas de la mente para aliviar aquellos instintos, inconfesables en su mayor parte, que se encontraran entumecidos, o atrofiados por la reiteración de insatisfacciones.
Uno, a través de la identificación con el protagonista, se expurga por un momento de sus limitaciones y cortapisas vitales.
Evacua sus calamidades y reveses, y mira hacia otro lado.
No importa cuanto tenga la leyenda de disparatada, de absurda, de moralmente reprobable. De cínica.
Al fin y al cabo sólo se trata de pasar de siervo a rey, por arte de birlibirloque, con la afrenta que ello representa para con la justicia terrenal y lo insolidario que resulta.
Y eso por no hablar de aquel caldero lleno de monedas de oro, el cual hipotéticamente se hallaría enterrado allí donde el arco iris entrecruzara su curvatura con la de la madre Tierra. Nuevamente un caso flagrante de codicia desmedida, recompensada.
Historias que fomentan las pretensiones fatuas.
Algo apenas desligado, por mostrar un ejemplo sangrante, del encabezonamiento de entonces en la búsqueda de la piedra filosofal. Para desconsuelo y abandono de un estudio y una ciencia más edificantes.
Todos estos, cuentos increíbles, desde luego, y si se me apura, no surgidos de la rumorología popular, sino probablemente mistificados adrede. Burdas alegorías de un universo fantasmagórico que, por si no fuera bastante con lo ya expuesto, alcanzan su culmen en la referida al elixir de la eterna juventud.
Aquí, el afán de hacer lo blanco, negro, llevado a su paroxismo.
En cualquier caso, las gentes de aquella época, confío yo, no debieron ser tan tontas, ni tan crédulas. Quiero pensar que se debieron parecer más a nosotros. Más prácticos en cuanto a sus expectativas, no tan ingenuos, desengañados de curanderos y astrólogos.
Y todo ello, por más que nunca dispusieran de la opción de rebatir, con los hechos, y apoyados en la fuerza y en la certeza que brinda el conocimiento, a tanto embaucador, a tanto rufián, a tanta majadería.

P.D.: Por si acaso, para una mejor comprensión de la mentalidad imperante en la época, recomiendo visitar este enlace de la Wikipedia dedicado al cuadro de Hyeronimus Bosch (El Bosco). El carro de Heno.
Si bien lo contrario, mantener una percepción fantasiosa, como en Excalibur, sea probablemente más goloso. :-)

lunes, 15 de marzo de 2010

España, parada y fonda


En efecto, una vez más, la entrada que cuelgo en este, mi personalísimo blog, va a tratar sobre la crisis económica. Me repito más que la cebolla, ¿verdad?
Y en realidad, he de decir que cada vez se me hace más cuesta arriba escribir sobre la materia. Yo, que como otros muchos pardillos creíamos que esto solo iba durar unos pocos meses, si acaso un añito…
Y es que, aunque tal vez nunca lo llegara a mencionar de palabra, pues como que esa era mi esperanza. Una esperanza bienintencionada y bienhechora, como las de todos esos otros ingenuos, que se levantaron una mañana a coro con el eslogan del esto-lo-arreglamos-entre-todos. Un eslogan a modo de sustitución de todos sus otros muchos mantras personales e intransferibles, tales como de-hoy-no-pasa-que-me-suban-el-sueldo, o hoy-la-rubia-de-la-minifalda-se-me-arroja-en-los-brazos.
Ciertamente, todo un sacrificio renunciar a esas otras jaculatorias.
Pero manuales de autoayuda, proyectos mesiánicos y macedonia de frutas aparte, la cruda realidad con la que nos enfrentamos todos los días, es con la de que desgraciadamente la cosa no va a mejor.
Nuestra economía nacional recula, se hace la remolona y suelta coces a la menor intentona de ponerla a tratamiento. De hecho los indicadores con los que los telediarios y periódicos nos sobresaltan a cada momento, no pueden ser más malencarados.
Y entre todos ellos destaca uno: El paro.
Sí, el paro, la más terrible de las pesadillas con las que un honrado padre de familia, y madre, han de lidiar en esta su hora de máxima incertidumbre.
De hecho, si hubiera lugar para un quinto jinete del Apocalipsis, además de la muerte, el hambre, la guerra y la peste - este, el paro - se las ingeniaría para, sea como fuere, reducir el número total de efectivos a tres y dejar a uno en la calle.
Un problema gordo este del paro. O flaco, según se mire (si lo miran las vacas).

Lógicamente, cualquier persona de bien que lea esto pensará, ¿Quién será el meluzo este que se pone a hacer bromas con cosas tan serias? ¿Por qué no mete sus cataplines en el microondas, lo cuelga en YouTube, y así se asegura las carcajadas de todos los que pinchen en su ventanita?
Pues para que lo sepáis, si me río es para no llorar. En mi familia, las regulaciones de empleo han pasado a ser el pan nuestro de cada día. Y en lo que a mi respecta, mi antaño llevadero y desahogado trabajo de oficina, se ha transformado en un infierno multitarea a medio camino entre cirujano cardiovascular, por el estrés, y mamporrero de cuadras, por la entrega absoluta e incondicional.
Así puestos, que no os extrañe nada que el hecho de que cuatro don nadies de corte burgués y acomodado, se jacten de arreglar los desmanes financieros del mundo capitalista con sus varitas mágicas de playmobil, sea algo que me toque mucho la moral.
Me gustaría verlos en mi pellejo cuando termino la jornada laboral. Que interiorizaran, esa sensación de zozobra, de intenso vacío espiritual, pareja a la inutilidad del esfuerzo, y solo asimilable a la sobrevenida flacidez en las alzas de los zapatos de Sarkozy, ahora que la Carla Bruni le pone la cornamenta con un cantante jovenzuelo y guaperillas.
Pero, asuntos de alcoba a un lado, haríamos mejor en no mirar, y menos aún si se trata de establecer comparaciones, a nuestros vecinos de más allá de los Pirineos.
No en vano vuelven a resonar las voces críticas de estos para con nosotros, muchos de los cuales ya no se cortan en decir que, junto con Grecia y Portugal, haríamos mejor en ir buscándonos nuevos amigos.
Y mientras nuestro tejido industrial hace aguas, y lo poco que queda del sector de la construcción se termina de ir a pique, vayámonos entretanto apuntando a los nuevos cursos que surjan de camarero y sirvienta por correspondencia. Porque, como en tiempos del generalísimo, antes de lo que nos imaginamos, nos veremos obligados a echar mano del turismo como último recurso.
La rancia respuesta de un país desfondado, que en estos años de chanchullos y rapiña en sesión continua, ha dilapidado su patrimonio natural y paisajístico, como pocos otros en el mundo.

Sea pues lo que haya de ser. Y si hay que aguantar un año más de palos en el lomo, adelante. Pero, por favor, que no vengan cuatro colegialas progres y sus papis famosos, a decirme con una sonrisa de oreja a oreja, que han encontrado la solución definitiva para el problema de la bancarrota mundial, el de crisis inmobiliaria, o el de las hemorroides.



P.D.: Este detalle del dibujo va dedicado con cariño a mi amiga Fiebre, que recientemente me ha invitado a participar en su blog VIP. ¡Qué Dios nos coja confesados!
Y, por cierto, no he podido evitar acordarme de la anécdota de la televisión sueca la noche del 23-F, quienes llamando a sus colegas de la primera cadena española, preguntaban qué hacía un torero entrando armado con una pistola en el congreso de los diputados!!!!
Si es que el nuestro es, y será siempre, un país de pandereta.
No le deis más vueltas.
-----------------------------------------------------
Este blog, como no podía ser de otro modo, se suma al homenaje de la blogosfera hacia la “alargada” figura del escritor vallisoletano Miguel Delibes.

domingo, 7 de marzo de 2010

Fachebook Corporation


Mira tú por donde, que quería hoy yo hablar un poco (bueno, un poco…) del Facebook.
Se me ha metido entre los cuernos.
¡Qué cosa más tonta el Facebook!
Pues ahí donde lo veis, rondará ya los 500 millones de usuarios en todo el mundo.
500 millones de corderillos, entre los que se cuenta un servidor.
No es pues un tema de esos sobre los que, como otras veces, pueda pasar de puntillas y con grandes rodeos. Esta vez soy consciente de que voy a herir sensibilidades. Muchas sensibilidades.
Pues bien, deseoso de comenzar llamándole a las cosas por su nombre, sucede por contra que hasta ahora no me he tropezado todavía con una definición del Facebook que me convenza – la de la Wikipedia me parece demasiado insulsa - de manera que he optado por elaborar una artesanalmente.
Facebook: Diálogo de besugos monodireccional para neuronas ociosas.
No me negaréis que, si acaso no en demasía descriptiva, sí es en cambio, cuando menos, mucho más rimbombante.
Pero ¿Qué es en realidad esta web de redes sociales, que ha conseguido atrapar y almacenar en sus cámaras frigoríficas a tantas y tan diferentes especies de humanos, midiéndose sus capturas por toneladas?
Yo, me lo vais a permitir, barajo varias teorías. Todas ellas, si bien, marcadas por un denominador común, el anhelo omnipresente de satisfacer “el ansia de afectos”.
Teorías, o postulados, que iremos abordando de uno en uno, para una mejor comprensión de sus muchas y muy variopintas implicaciones.

Primero. El deseo de acumular amistades como provisión para tiempos de escasez (el que tiene un amigo, tiene un tesoro), y convertir el propio perfil de usuario, por más que sólo sea de manera virtual, en el Fort Knox del buen rollito.

Segundo. Estar al día de todos los chismes relativos a familiares, conocidos y demás personal de a pie. No es sencillo, pues por lo general uno sólo menciona aquello que considera que puede optimizar su imagen “living Las Vegas”, pero no obstante, las formas revelan mucho más de lo que la gente se imagina acerca de su estado de ánimo, y sobre todo, de sus expectativas vitales. De hecho, esa es una información muy útil, que alegremente se regala a los cerebros grises de la mercadotecnia cibernética.

Tercero. Reabrir viejas heridas del pasado.
De hecho Facebook, constituye una gran segunda oportunidad para que, la gente que trata de reencontrarse con esa niña o niño que le gustaba de pequeño/a, se tope de buena mañana con que está casado/a, tiene hijos, una hipoteca, y vive en las quimbambas, o que, aún peor, se ha quedado para vestir santos. Vamos, hablando en plata, que era la más guapa (o guapo) del colegio, pero que los años le han caído encima como losas, y solo está esperando, como una mina antipersona, a que alguien le ponga la pierna encima para saltar con él (o ella) en pedazos.
Seré sincero, Facebook me produjo repugnancia desde el primer día en que puse mis pies en él, pero creé mi perfil, porque como bien dice Suntz-Zu, en “El arte de la guerra”, a los amigos hay que mantenerlos siempre bien cerca, pero a los enemigos todavía más.
Por otra parte, yo también tengo un nódulo activo (y para mi desgracia inoperable) de borreguismo, alojado en algún rincón remoto y baldío del cerebro.
De hecho suelo visitar el susodicho portal con bastante frecuencia, y siempre que lo hago, la misma pregunta acude presta a mi mente: ¿Y qué me importa a mi lo que le gusta a Zutanito, o a Perenganito, a quienes conocí de refilón en mi época de cazador-recolector, y que ahora me cuentan su vida a modo de revista “superpop”?
Además un porcentaje significativo de mis contactos son familiares, pertenecientes mayoritariamente, eso sí, a las sensibilidades del espectro político más escoradas hacia el tardofranquismo (ignoro aún si se trata de alguna clase de conjura o plan deliberado).
Pero supongamos que mañana me fugara con una orca asesina del acuario en plan “Liberad a Willy”… Y que les sirviera el chismorreo en bandeja de plata, ¿Opinarían? ¿Les gustaría mi estado? ¿Me darían un toque?
Incluyamos pues al hilo de esta reflexión un último, pero no por ello de menor importancia, apartado.

Cuarto. Ligar.
El que no haya tratado nunca de utilizar el ordenador, y más en concreto su conexión a Internet, como vehículo propagandístico de sus pulsiones erótico-festivas, que tire la primera piedra.
En este punto, como no, hay voces discrepantes. Unos lo consideran una pérdida de tiempo sin aliciente alguno, algo así como ver los toros desde la barrera, y otros lo contemplan sin embargo como el último clavo ardiendo al que agarrarse, el cual dicho sea de paso, tiene la nada desdeñable virtud de ser un clavo que no quema, e incluso en absoluto caliente.
Afortunadamente, todo el mundo es libre de optar por una o por otra de las posturas, y de hacer sus escarceos online, bajo su sola y exclusiva responsabilidad.
Allá pues cada cual con sus aficiones solitarias.
No en vano, como dice el refrán, el que busca, encuentra. Y, por lo mismo, ya se sabe que donde menos se espera, salta la liebre.

Y entre pitos y flautas, casi hemos destripado al “fachebook” de marras.
¿Qué para qué sirve? Dejémoslo en un entretenimiento más. Como visitar y participar en cualquier otro foro de Internet, pero en el que uno siempre está expuesto a la mirada crítica, sin ir más lejos, de quienes mejor le conocen, y, en menor medida tal vez, a fantasmas orwellianos de esos que tanto le rejuvenecen el ánimo, cual vampiro incapaz ya de verse reflejado en las miradas ajenas, y más pendientes de las intimidades del prójimo, a gentes de la prosopopeya de Mercedes Milá.
Resumiendo, que el fachebook tiene lo suyo de engañabobos.
Posiblemente se podrá considerar una habitación con vistas al infantilismo de propios y extraños, e incluso la hoja parroquial en la que se detallan los pormenores de innumerables adolescencias cicatrizadas en falso, convertidas, de la noche a la mañana, en ectoplasmas que purgan sus penas por los áridos páramos del ciberespacio, pero, sinceramente, encuentro bastante difícil el que, como gran foro de intercambios personales, puede dar mucho más de sí.
Nada de lucrativas oportunidades, redadas de cazatalentos, ni repentinos saltos a la fama.
Mal que le pese a alguno, los brindis al sol de tus allegados, tecleados entre bostezo y bostezo, no salvarán los balances trimestrales de la firma de modelos Acme, ni las cuentas de resultados de la Tyrrel corporation (“más humanos que los humanos”).
Y desde luego, tampoco va ningún genio de la informática, ningún hacker a sueldo de la CIA, o del FBI, a robarnos el alma contenida en los videos ni en las fotos que “posteamos”, como inocentemente creería un guerrero masai, o un aborigen micronesio del siglo pasado.
Aparte del hecho de que ya resuenan voces apocalípticas que anuncian la llegada del fin de esta, su época, y con ella la condenación de aquellas almas viciosas, henchidas de vanidad, que no fueron capaces de resistirse a los cantos de sirena del autobombo.
Pero nada nuevo hay bajo el sol. Nos hallamos, de hecho, una vez más ante la eterna teoría de la discoteca de moda.
Esa que es frecuentada al principio por la gente más “cool” y “fashion”, pero que en cuanto que se corre la voz, y prende el ancestral boca a boca, se ve abocada a una lenta y terrible enajenación.
Digamos que es entonces cuando las hordas del paisanaje acuden en masa, y acto seguido acontece la catástrofe, el fuego de la sabana, con la subsiguiente desbandada de depredadores y presas.
Lo que en la jerga del negocio más comúnmente se denomina como morir de éxito.

Pues nada, y con esto y un bizcocho… Creo yo que ya está todo dicho.
Espero no haber faltado el respeto a nadie, y menos que a nadie, a mí mismo… Que con la venia del respetable, seguiré tomando parte en esa charlotada.

domingo, 7 de febrero de 2010

Minuto de Gloria


Según me han comentado últimamente, no a través de un teclado, sino de palabra, hay algo de lo que este blog carece (entre otras muchas cosas), y ese algo es lo que daríamos en llamar una “línea editorial”.
Ciertamente es un defecto grave, sobre todo cuando se quiere alcanzar una masa crítica y/o fidelizar a un público de estamento mediano/alto. Yo, personalmente, no me doy cuenta de que esto suceda, porque en realidad a lo que me dedico es simplemente a verter opiniones, por muy cascabeleras que sean, y no me ando preocupando de si anteayer dije lo contrario, o de si repetí la expresión “equis” tantas veces, de forma que vaya ya camino de convertirse en muletilla.
Bien. Dicho esto, aclararé en primer término, que no es cierto que Fulandrú (como le llama mi madre al blog) sea un batiburrillo de frases y párrafos, a cada cual más inconexo, en los que lo que prima es la verborrea, y que bajo su apariencia repensada y erudita se oculte una inteligencia con menos resuello que la espuma de la gaseosa.
Segundo, el que algunos posts sean más sensibles que otros, más considerados, más ciudadanos responsables, etc… se debe única y exclusivamente a la disponibilidad de liquidez inspiradora, y no como otros prefieren creer, a que los altibajos de mi estado de ánimo hagan tambalearse los sólidos cimientos de mi discurso.
No obstante he de reconocer en que hay temas en los que el grado de tolerancia es amplio. No se trata de demostrar ser capaz de defender una cosa y la contraria, ambas de manera creíble. Para eso ya están los políticos. Si bien, a veces, y eso nadie me lo podrá negar, la propia opinión resueltamente cambia, o se modula, en función de a quien va dirigida, y del efecto que pueda producir en nuestro auditorio.
Todos practicamos la ventriloquia y somos un poco veletas cuando arrecia la tramontana.
Y todos, eso sí, guardamos al menos para nosotros temas, temillas o temazos para con los cuales sí nos permitimos ser inflexibles, intolerantes y cabestros, a machamartillo y a jornada completa.
Uno de estos, en mi caso, es el del respeto al medio ambiente.
En efecto, si hay algo que no soporto, es el ritmo de destrucción de la naturaleza al que se ha apuntado la civilización actual. Y me enfurruncho todavía más, cuando contempló paripés como el de la convención de Copenhague, donde todas las partes implicadas acudieron en plan reservón, y más pendientes de no perder cuota para sus malos humos, que de atajar su insidioso problema de gases.
Evidentemente, yo no voy a meterme en el banquete de gala de los reyes y jefes de estado de medio mundo, a hacer bufonadas para que la crème de la crème se fije en mí, y diga, ¡Oh, nuestra conciencia, pobrecita, nos habíamos olvidado de invitarla… Decirle a Fermín que mire a ver si ha sobrado algo de caviar y se lo hacéis mandar a la suite “Alcatraz” del Hilton! Creo que no se consigue nada ni con eso, ni poniéndose todo quisque en bolas a retozar los unos con los otros, embadurnados en salsa de tomate, para denunciar las salvajadas que se cometen con los cachorros de foca.
Mientras la defensa de nuestro patrimonio común, que son los ecosistemas vivos a los que tan estrechamente estamos ligados, siga llevándose a cabo de la misma guisa que las novatadas de un colegio mayor, nuestras posibilidades de frenar la conversión del planeta en una barriada sucia y mugrienta del sistema solar, no pasarán del suspenso.
Por desgracia, además, ahora parece ser que le toca también su turno a la Luna, y que a alguien se le ha ocurrido que, como emplazamiento para futuros cementerios nucleares, no tiene precio… (¿Qué le dan de comer a esa gente?)
No, si a la postre, parecerá que vale más dejarse llevar por el cinismo al uso.
A fin de cuentas, la Tierra ha existido durante millones de años. ¿Para qué nos vamos a preocupar de paranoias catastrofistas? En cinco milenios que llevamos aquí no se puede ir todo al garete, porque sí, de un plumazo. Aparte de que sólo hemos contaminado realmente en estos dos últimos siglos, y que los efectos son tan pequeños, que al menos hasta que pasen un par de décadas no se apreciarán sus consecuencias. Además - ¡qué rayos! - la vida son cuatro días, y ni siquiera nos dejan disfrutar de una hora de tranquilidad… ¡Aprovechemos nuestro minuto de gloria!

viernes, 29 de enero de 2010

Desde Prusia con amor


Sí, así es. Esta vez me he propuesto la insensata tarea (qué digo tarea, el desafío) de abordar la siempre peliaguda cuestión del amor. Ahí es nada. Pero por si con esto fuero poco, en su modalidad más inaprensible, es decir, la del amor inter-internautas.
Para ello, pues, como ya habréis podido constatar no eludiré el darle cuantas patadas al diccionario sean precisas. La claridad y la concisión son las dos máximas por las que me rijo a la hora de redactar mis desvaríos, pero del mismo modo aseguro que me despojaré de ellas sin ningún miramiento, si por causa de tener que atenerme a sus reglas, dejo escapar alguna nebulosa idea, que solamente así, y nunca por interacción directa, pueda ser expresada.
Y es que esta es una premisa fundamental para comprender los flujos emocionales en internet.
Todo aquel, de hecho, que trate de plasmar en papel, o de tomar una fotografía de lo que cree que existe más allá de la pantalla de su monitor, se topará sin remedio con el sonido huérfano del caos, con el zumbido de lo no inteligible.
Todos los grandes consumidores de algo, en este caso internet, al final acaban haciéndose depositarios de su filosofía. Es como el que acude diariamente a desayunar a una cafetería en la que toda su clientela son chóferes de camiones. Al cabo de unos meses, si no antes, en sus sueños, cruzará las planicies del medio oeste americano al volante del diablo sobre ruedas.
Y es que todos somos susceptibles al desenfreno melodioso de lo que pulula por nuestra imaginación. Y a este respecto, internet, y más en particular, la blogosfera, son el territorio sagrado de lo mundanal, pero también de lo inimaginable. Un pozo sin fondo, donde hasta las más caprichosas formas en las que las introspecciones se manifiestan, encuentran su eco.
Lógicamente, este toma y daca que a veces se entabla entre usuarios, (blogueros, foreros, chateadores compulsivos saben bien de lo que hablo) produce hermosas sinfonías, que en su dar palos de ciego, describen sin embargo presencias a veces muy reales, y paisajes de una gran proximidad al tacto.
Y el amor, que es un sentimiento nacido para ser libre, enseguida bulle por lanzarse a explorarlos.
Nadie en su sano juicio es tan necio, de hecho, de tomar a broma sus arrebatos.
En realidad, es muy difícil no dejarse encandilar por este atavismo del alma, que bruñido en la más tierna infancia, anhela poseer todo aquello por lo que se siente deslumbrado.
Si bien, yo no recomendaría a nadie imbuirse de un excesivo aventurerismo en este terreno, a todas luces opaco, de la red. Es como querer rozar con la yema de los dedos la hermosa imagen de lo que se refleja en la superficie de un lago. Al menor contacto, las ondas provocadas la engullirían implacablemente, y la deformarían hasta dejarla irreconocible.
Algunas cosas, por más que nos pese, solo se pueden disfrutar con ese sexto sentido que, quienes lo cultivan con dedicación, han en cambio aceptado de antemano que jamás rendirá sus frutos.
Aún así, con esto y con todo, nadie nos puede acusar jamás de intentar amalgamar una supuesta debilidad por los romances inverosímiles, con nuestra en todo caso irrenunciable libertad de fantaseo, o de pintar la realidad de color de rosa, si es que se prefiere expresar de esta forma.
A fin de cuentas, en cierta manera, esta es la madre del cordero, como si dijéramos… La reivindicación de nuestro universal e inalienable derecho al pataleo.
Sea por lo civil o por lo penal.

domingo, 3 de enero de 2010

A destiempo


Bueno, esta entrada se supone que tendría que haber coincidido con las celebraciones de la Nochevieja, no en balde está inspirada en ella, y su objeto era el de hacer una crítica a toda esa algarabía fermentada en barrica de roble que, durante un breve lapso de tiempo, apenas unos instantes, se descorcha para festejar el deshoje de la última de las páginas del calendario del 2009. Un desfogue simultáneo en todo el mundo de buenos deseos y voluntades conciliadoras, que solo diez minutos más tarde da paso, de nuevo, al habitual egoísmo, aspereza e indolencia de la gente.
Sin embargo, como su título indica, llega un poco a destiempo.
Si, y no es que yo sea una persona poco previsora, o impuntual - nada de eso – pero sí he de reconocer que como gestor del tiempo, cuando se trata de calcular y cumplir plazos, soy un auténtico desastre, e irremisiblemente me dejo llevar por la pasión del momento.
Cuando disfruto haciendo algo, ese algo procuro que se prolongue en el tiempo hasta que la propia llama que lo alimenta, se extingue por completo.
Otros dicen que me pierdo en los detalles, que naufrago en la banalidad, pero son distintas formas de juzgar los hechos, y desde luego, visto desde fuera, admito que muy probablemente esa sea la apariencia que el asunto pueda dar.
Afortunadamente, a mi las apariencias, en toda la extensión de la palabra, me traen sin cuidado.
Además, la inspiración llega cuando buenamente puede, muchas veces a traición, y un artista, se debe por entero a ella. La búsqueda de la excelencia no es tarea – desde luego que no - que pueda someterse a los constreñimientos de un cronometraje.
De hecho, fue justamente tras engullir atropelladamente las doce uvas famosas, cuando obtuve el hilo conductor, cuando recibí el chispazo, acerca de lo que contar esta vez, para decir lo que me apetecía decir.
Y esto fue contemplando el espectáculo de luces con que se adornaba, como no, la puerta del sol de Madrid. Un juego de láseres e infografía, con ayuda del cual se iban dibujando sobre la fachada del archiconocido edificio de correos de la capital, los perfiles de algunos de los monumentos más célebres de Europa. Cada país con su nombre escrito en su propio idioma, aparte del nuestro, y su bandera al lado, ondeando en virtud de la magia de la tecnología globalizadora.
Así, cegados por los muchos vatios de luz desplegados, tal vez nadie reparó en las caras de una pareja de jóvenes que, confundidos entre la multitud, asistían ellos también a la fastuosidad de este acto, no otra cosa que propaganda institucional.
Yo, sí. Y aunque los vi a través de la tele, con toda la distorsión que ello comporta, enseguida me di cuenta de que sus rostros, más que alegría, más que felicidad, lo que en realidad destilaban, era decepción. Tristeza y una profunda decepción.
Aquellas caras, portadoras de rasgos amerindios, eran probablemente las de dos inmigrantes ecuatorianos. Las caras de dos trabajadores en régimen prácticamente de semiesclavitud, que, no sería descabellado imaginárselo, quizás formaran parte de ese grupo de compatriotas suyos que, en la única época del año en la que se les conceden vacaciones, y que pueden viajar a su país para estar con sus seres queridos, tuvieron que quedarse en tierra por la quiebra de la aerolínea Air Comet.
Una aerolínea, la cometa blanca esta de las narices, propiedad del presidente de la confederación de empresarios española y consejero de Cajamadrid, Gerardo Díaz-Ferrán, que curiosamente resultó ser no otra cosa que una empresa fantasma más, creada y destinada a emplearse, como se ha revelado recientemente, cual palanqueta de la que se valen estos adinerados y respetables señores, para afanarles sus magros ahorros a la gente honrada. Herramienta al mismo tiempo, con la que sustraerle al estado, por unas vías o por otras, ese mismo estado que esta gente esforzada y humilde sufraga con sus impuestos, millones y millones de euros en concepto de rescates financieros. Y lo que es peor, despojándonos a todos de nuestra confianza, de nuestras ilusiones y de nuestras esperanzas para el futuro.
Tenía gracia pues que, a estos dos jóvenes de la puerta del sol, les restregáramos por las narices la autocomplacencia y soberbia de una España europea como la que más. Una España, en realidad, que es hoy por hoy un solar vacío, tomado al asalto por chulos y hampones, todos ellos embrutecidos por un pasado de dinero fácil, y que hace tiempo ya que volvió la espalda a sus otras naciones hermanas de la orilla oeste del Atlántico. Un abandono motivado, entre otras razones, porque odia verse reflejada en los males de estas, en las lacras endémicas que las atenazan y depauperan, y de las que nosotros, aunque nos disguste aceptarlo, solo estamos libres por obra y gracia del influjo de lo europeo y su cercanía geográfica.
En fin, tal vez estos problemas jamás puedan resolverse y sean algo que vaya ligado a la propia condición humana, pero opino yo, que con el mero acto de denunciarlos ya se obtiene algún beneficio, si acaso un cierto impulso positivo, y que en esa onda hemos de movernos si realmente queremos que el 2010 sea un año más feliz y más próspero para todos.
Tenemos de hecho por delante grandes desafíos, como por ejemplo salvar al planeta de nuestras propias tendencias autodestructivas. Eso que llaman la catástrofe maltusiana, y que el propio investigador que le dio nombre, el economista inglés Thomas Malthus, observó por primera vez en un pequeño rebaño de renos transplantados artificialmente a una isla del estrecho de Bering.
Una historia muy ilustradora de lo que a nosotros nos puede suceder, si no actuamos a tiempo y con verdadera responsabilidad colectiva.
Allí, en su nuevo hogar - como digo algo muy parecido a nuestro caso - los renos se encontraron con un hábitat propicio, sin depredadores y con comida en abundancia.
Lógicamente, estos rumiantes, más conocidos por ser los que se encargan de mantener en vuelo el trineo de Papá Noel, aprovecharon, con todo a su favor, para copular y reproducirse a lo bestia, dando luz en cada generación a más y más camadas de nuevas crías de reno, ansiosos los pequeñines por llenar el buche y por relacionarse, ellos a su vez, con el género opuesto de su misma especie.
Al cabo de unos años, cuando Malthus visitó de nuevo la isla, se encontró de bruces con el pastel. Un erial desertizado donde si sobrevivían algunas pocas hembras de reno era de casualidad, y donde el resto de las especies autóctonas habían sido diezmadas o aniquiladas.
Algo habremos de hacer, entonces, sobre todo ahora que le estamos viendo las orejas al lobo, por revertir esta dinámica suicida. Y por supuesto sin andarnos por las ramas, porque algunas cosas, esto está claro, no pueden esperar a mañana, ni por que un halo inspirador baje del cielo, para ser corregidas.
La principal característica que nos diferencia de las bestias salvajes, es nuestra capacidad para anticiparnos a los acontecimientos y planificar de antemano las estrategias a seguir. No se puede ir siempre a remolque de lo que dicta una libertad mal entendida, y, menos que en cualquier otro ámbito, en el de la economía.
Los artistas y similares buscamos ante todo el aplauso del público, pero los que en realidad dirigen el cotarro, no pueden limitarse, única y exclusivamente, a ejercer su turno de coros y danzas en el festival de Eurovisión. No se les eligió, ni se les mantiene en la poltrona a expensas del erario público, para eso.
Ya veremos este año que empieza, si por fin, se avienen a darle cuerda al reloj.

domingo, 27 de diciembre de 2009

La curva della felicità


Ah, que gran invento las paparotas de fin de año y navidades.
Dicen los muy sabihondos, que esta costumbre de ponerse como el quico nada tiene que ver con lo nacional-católico, y que ya los Neandertales, en épocas de cuando los dinosaurios eran los que cortaban el bacalao (en su caso el ictiosario), aprovechaban la llegada del solsticio de invierno para celebrarlo por todo lo alto con pantagruélicas pitanzas y demás fornicios colaterales.
Todo destinado a rendir pleitesías al astro rey, y, al mismo tiempo, como quien no quiere la cosa, para darle al cuerpo una impagable tregua, agotado el pobre de tanto correr detrás (y delante) de las alimañas silvestres.
Luego, la sociedad, y las sucesivas generaciones, fueron refinando la retórica autocomplaciente, pero la idea central siempre se mantuvo. La última semana del año, que es la que hace mas frío, no se sale de casa, y se dedica uno exclusivamente a zampar. Por unos días el trabajo queda aparcado y el alma se regenera de pústulas y excrecencias, imperando los buenos deseos y sentimientos fraternales. Ya no hay que pelearse con el vecino de al lado por las migajas del sistema, puesto que las viandas abundan. De hecho, ya no se compite por ser el más pícaro, o el más acaparador, es la hora de la generosidad, y es haciendo gala de ella como se demuestra una hipotética superior valía al resto del personal.
Son sin embargo estas fiestas la gran pesadilla de las (y los, que también los hay) anoréxicas. Generalmente adolescentes, y ya no tan adolescentes, que de pronto en casa de sus padres, el hogar protector, se ven obligadas por la fuerza a procesar, en dos sentadas, el equivalente a su ingesta trimestral de alimentos. O sea, a contemplar, atadas de pies y manos, como esa talla 36 tan trabajosamente conquistada, se viene abajo cual castillo de naipes.
Crueles fiestas, sin duda.
Naturalmente, con el estómago lleno, uno es más propenso a sentir desprecio por todo afán o inquietud del intelecto. Se podría cortar la digestión en el intento.
Pero ello no quita para que las dos o tres neuronas disidentes, esas tres de siempre, sigan dándole a la zambomba con los mismos temas obsesivos de toda la vida: Que si el amor en los tiempos del cólera, que si la revolución de las masas, o que si del barco de Chanquete no nos moverán.
Tres neuronas que permanecen activas en las cabezas de todo quisque, y que curiosamente, aprovechan la reunión familiar en torno al pavo, la langosta, o el bichejo sacrificado de turno, para copar toda la atención mediática.
Las discusiones que se producen al arrullo de los postres suelen ser ellas también de un gran contenido calórico.
Nadie se priva de expresar su peculiar visión del universo. Visiones, en una gran parte de los casos, que no ven más allá de las ojeras de Belén Esteban.
Pero eso es la grandeza de acoger, aunque solo sea por unas pocas horas, bajo a un mismo techo a familiares cuyos destinos vitales han corrido una suerte dispar. Nada hay más reconfortante que contemplar como los contenciosos seculares, los peñones de Gibraltar, islas Perejil y demás, que en su versión microbiana, forman coágulos y causan las embolias en las relaciones entre portadores de una misma sangre, son inmunes al paso de los años.
Decía Maria Antonieta, “si no tienen pan, que coman pasteles”, mientras el hambre en las calles de Paris comenzaba a distraerse con el afilar de guillotinas.
Es el tiempo pues de los pasteles, de atiborrarse con golosinas, de engullir esas huevas de lumpo por cucharadas soperas, que no harán olvidar los churretosos sanjacobos, la merluza fósil, o el filete al borde de un ataque de nervios, omnipresentes en el menú del día del tugurio donde uno manduca habitualmente, pero que en teoría, siempre en teoría, te los harán más soportables.
Siempre serán mejores, en cualquier caso, que cualquiera de esas innovaciones de la Haute Cuisine, que para sorpresa y congoja de los comensales, aparecen una de cada cuatro navidades como plato estrella de la Nochevieja, convirtiendo a las doce uvas de rigor, con toda la triquiñuela que ello conlleva, en el único alimento sólido medianamente digerible, y por tanto pintiparado, en lo concerniente a las hechuras de nuestro traje de fin de año.
Porque no os olvidéis, somos lo que comemos.
Feliz año 2010.

P.D.: Ante la acumulación de comentarios no deseados en los últimos posts me he visto obligado a introducir el “palabro” como medida higienizante.
No se trata de ser más selectivo, pero, qué diablos, mis “habituales” ya sabéis que esta es vuestra casa, y seguramente os gusta tan poco como a mí esa chusma que se mete por todas las rendijas con sus anuncios de alargadores de prepucio, sanaciones zodiacales y similares.

viernes, 11 de diciembre de 2009

El siglo de los estrógenos


No hace mucho leí en algún blog (de cuyo nombre no es que no quiera, sino que no puedo, cosa del estrés prenavideño, acordarme) algo así como que se conmemoraba el día internacional de la mujer, y que bla, bla, bla y bla, bla, bla… Y resumiendo, que después de tanta lucha en favor de sus derechos, apenas se había avanzado nada.
Mi reacción, como es lógico, fue de pensar ¿Pero tan mal está la cosa?
Y digo esto porque cuando se asigna un día internacional a alguna causa, es que esta está muy pachucha, o que, por decirlo más gráficamente, lleva palos de todas las esquinas.
Yo en un principio, y en mi fuero interno, considero que la situación de la mujer no debe ser tan crítica, pero a poco que recapacito me doy cuenta de que eso solo vale, como mucho, para las mujeres con las que trato habitualmente (familiares, amigas y conocidas) y en el entorno, razonablemente civilizado, en el que yo me muevo. Desde ahí, hasta las pobres infelices de los modelitos “Burka” o “Chador”, que pese al parecido fonético, no son precisamente “Bershka” ni “Chanel”, hay todo un espectro de matices que lleva derecho a las mutilaciones genitales del África más selvática.
Y es que uno no puede quedarse de brazos cruzados ante la gran injusticia que estas prácticas, y en general este estado de cosas, representan.
Así, en lo que a nosotros respecta, habría que, como primer paso, cortar de raíz cualquier tentación involucionista en las mentalidades troglodíticas del hombre de a pie, y forzarle a reciclar sus instintos machistas en algo que realmente fuera de utilidad. Obligarle a educarse en el respeto a su compañera, a la hembra de su misma especie, recordándole, por de pronto, que en cuanto a honor y valentía, nada nos tienen que envidiar. Ahí está sino el caso de Aminetu Haidar, la activista saharaui, para certificarlo.
En segundo lugar, opino yo, no se hace lo suficiente para afearles la conducta a los maltratadores. Sí, se pone mucho énfasis en la crueldad y lo horrendo de esos crímenes, en el daño que se les inflige a las víctimas, pero al rodearlo todo de esa aura de morbo y dramatismo, se deja escapar el elemento principal. Un hombre que pega a una mujer es un cobarde. Es ahí, incidiendo machaconamente en la cobardía del sujeto en cuestión, donde creo yo que más terreno se ganaría. De hecho, una gran parte de la sociedad, eso sí, la más rancia y apolillada, sigue pensando que el que un marido imponga su ley por la fuerza a su esposa, entra dentro de lo normal y deseable.
Se trata pues de cambiar los patrones de conducta mediante el uso de la inteligencia, aspecto en el que la mujer y el hombre son indistinguibles el uno de la otra.
Y no hay motivos para posponerlo más, ni razón para resignarse a las actuales políticas de cuotas. La igualdad ha de imponerse por la fuerza de los hechos.
No es de recibo que en plena era de la biotecnología, sigamos concibiendo a la mujer como una herramienta de procreación sin más. Para eso ya están las incubadoras, que en el futuro, a buen seguro, evolucionarán todavía más, convirtiendo el mismo proceso del embarazo como tal en una opción a elegir, o no, de las interesadas.
Antiguamente, eso también es cierto, la mujer se debía en cuerpo y alma a sacar su prole adelante, y debido a que muchos de los retoños se quedaban en el camino, y a la ausencia de métodos anticonceptivos, se veía obligada a estar continuamente pariendo. Pero hoy eso ya no viene a cuento. Los días de las mujeres “conejas” son cosa de los libros de historia.
Unos libros de historia donde, para ilustrar todavía más si cabe esto que digo de la valoración tan misérrima que de la mujer, y su potencial cognitivo e intelectual, se ha hecho a lo largo de los siglos, se le muestra, a modo de ejemplo, representada artísticamente por la Venus de Milo, inerme, amputados los brazos, mientras que al hombre, por el pensador de Rodin.
¿Hubiera podido Rodin esculpir a una pensadora? ¿Se lo habría siquiera planteado, considerando la época en que vivió? Lo dudo mucho.
Entonces, como ahora, el cuerpo de la mujer, en lo que a su atractivo físico se refiere, era su principal característica definitoria.
Una forma de juzgar el contenido por medio del continente, en la que se deja fuera, y se echa a perder, la práctica totalidad de los atributos reales, contantes y sonantes, de las que no pasan tan caprichoso examen.
Pero aunque cueste reconocerlo, esta ha sido, y por lo que parece seguirá siéndolo en adelante, la tónica dominante. Una realidad que solo genera descontento y apatía en las afectadas, y que, por cuanto tiene de desaprovechamiento, de despilfarro, hay que combatir de plano.
No puede ser, por tanto, que se prosiga en esta línea de reducir por sistema las expectativas de las jóvenes y adolescentes de nuestra generación a la idolatría de la mujer-objeto. Un mal en el que la publicidad, escrita, televisiva, e incluso de las vallas de los márgenes de las carreteras, tiene gran parte de culpa.


Y no se trata de prohibir, pero sí de moderar, porque la actual barra libre en la que se ha montado el capitalismo rampante, lo único que nos deparará será nuevas crisis, y más “mono” de consumismo idiotizante.
Este siglo XXI está pues llamado a ser, tal como yo lo veo, el siglo de los estrógenos. El siglo en que las féminas tomen el mando y pongan orden en la casa. Pero no para limpiar el planeta que nosotros previamente hemos ensuciado hasta dejarlo hecho una cuadra. No. Agarrándonos por salva sea la parte, y obligándonos a aprender a convivir, a aprender a compartir, a no malgastar, a vivir civilizadamente.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Justo de juicio


Bueno, me he metido otra vez con un relato. Y no sé si será bueno o malo, pero lo cierto es que le estoy cogiendo el gusto al tema, y esto ya parece una máquina de hacer churros (bueno, no exactamente, el símil desde luego no es el mejor).
En esta ocasión la cosa se dirime en los juzgados, lo que no tendría nada de particular, si no fuera porque en lo referente a los aspectos jurídicos yo estoy completamente pez.
Fue entonces que estimé conveniente solicitar asesoramiento por parte de un familiar muy querido mío, mi pater ad hoc, de jure y de facto, quod erat demostrandum. Este más versado en la materia, al ser licenciado en derecho.
¡En buena hora!
El borrador de mi historia fue como un novillero recién vestido de luces que se enfrentara a un Victorino, y al que le esperara la misma suerte que al del poema de García Lorca. Sí, también eran las cinco en sombra de la tarde, cuando le entregué a mi padre el manojo de folios para que lo revisara.
Tomó entre sus manos un bolígrafo, y entre ambos convinimos en que cada renglón, cada párrafo, cada cuartilla que mostrase una incorrección, por nimia que esta fuera, fuese subrayada o tachada, y si había lugar, que se le adjuntase la pertinente nota o aclaración.
De cómo volvió a mis manos la obra, congoja me da recordarlo. Uno detrás de otro, los folios fueron violentamente empitonados por aquel bolígrafo. Las correcciones presentaban múltiples trayectorias, y por cada párrafo, una nota al margen lo desangraba de contenido.
Recomponer aquel tejido hecho jirones, ya no era cosa de la medicina humana, sino más bien de encomendarse a los poderes sobrenaturales.
Recordé a mi padre que el asunto tenía un propósito humorístico, pero no sirvió de nada. Él insistía en que era como uno de esos fetos que no nacen a su tiempo, y al que, aunque le palpita el corazón, y la sangre corre por sus venas, ha venido al mundo sin cerebro, y por lo tanto está clínicamente muerto.
Su pequeña cabecita de macaco, más que de homo sapiens, aún así me inspiraba una gran ternura, y no pude evitar, pese a tratarse de una quimera imposible, el luchar por salvarle la vida.
Naturalmente llevé lo antes que pude mi cuento a la UCI, sabedor de que necesitaba cirugía mayor. Allí se le sometería a una intervención que duraría horas, despertándose incluso varias veces de la anestesia en pleno proceso operatorio. Vamos, una pesadilla.
Y eso fue lo sucedido.
En estos momentos lo he pasado a planta, y si lo deseáis, podréis acercaros a mi otro blog Status: Playing para visitarlo. Pero os recuerdo que está muy malito el pobre, más para allá que para acá, y que ni ha salido del coma en que se encuentra actualmente, ni se espera que salga.
Las técnicas de resucitación que se le practicaron fueron demasiado agresivas, la mayor parte de las lesiones y heridas inciso-contusas, apenas pudieron ser abordadas. Fue como a esos enfermos de cáncer que los abren y, visto el panorama, los vuelven a cerrar de inmediato.
En cualquier momento lo podría desconectar de la ventilación asistida, así como retirarle el gotero que le suministra el suero de la verdad, y demás catéteres intravesiculares.
Y así estoy, ahora, esperando a ver si este cacao mental que tengo, sale o no sale adelante. Dispuesto, en cualquier caso a telefonear al servicio municipal de recogida de relatos muertos, y librarme de una vez por todas de esta insoportable angustia que me causa la depresión post-parto.
Hételo aquí, si os encontráis con ánimo suficiente, en este enlace, “El banquillo de las sinrazones”.
Yo por mi parte reconozco mi fallo, aunque también me refugiaré en que es un fallo que no admite recurso, y que cierra todas las vías de lo contencioso-administrativo.
Que lo disfrutéis, aunque sea ilegítimamente.

sábado, 31 de octubre de 2009

Un futuro incierto


Hace tiempo que no publico y eso no se puede consentir.
Por fortuna, se me ocurrió esta breve historieta (o microrelato), y a aún a pesar de lo manoseado del tema, decidí hacerle un ciberhueco.
No sé si os pasa también a vosotros, amigos lectores - muchos de los cuales también le dais ritmo de batucada a las teclas de vuestro ordenata - pero yo, en lo que respecta a mi manera de enfocar la “vocación”, suelo enredarme bastante a menudo con una idea que de noche y de día me persigue: La obsesión por la verosimilitud.
Ya, es lógico, diréis. Los argumentos han de tener un hilo conductor medianamente inteligible, de forma que el lector no se ahogue en sus propios bostezos.
Pero y digo yo: ¿No será acaso esta obsesión por la verosimilitud, en el fondo ese afán por lograr que la ficción imite lo más fidedignamente a la vida, más bien un contrasentido?
Porque, señores y señoras de este y del otro lado de la pantalla, la vida es una concatenación de situaciones absurdas, una sopa cósmica cuya lógica apenas está en condiciones de soportar el análisis racional. Trazar una línea de separación entre lo real y lo inventado, y ceñirse a ella con terquedad, es causa de grandes desesperaciones.
Por tanto no ha lugar hacerse mala sangre con uno mismo, ni buscar reconciliaciones imposibles con eso tan esotérico que llaman la “inspiración”
El mundo, que es siempre el que va a ser retratado, se disfraza y nos entrega pistas falsas para trabajar. Apenas materiales de desecho. No quiere que le hagamos su caricatura. Pero al final siempre se deja, pues en el fondo es muy presumido, y eso, es lo que le pierde.
Quedáis pues a merced de “Un futuro Incierto”, versión en castellano de su homóloga original “Na furrufu Inchiribita”, que a diferencia del dibujo he creído conveniente que fuera traducida.
Lo aclaro más que nada por aquello de evitar malentendidos con los puristas. Es evidente que la historia ganaría en realismo contada en el idioma propio de su tiempo (esto es, el de la época histórica en que transcurre), pero para no meternos en camisas de once varas, nos permitiremos esta licencia. A fin de cuentas… ¡¡¡ ¿Qué más da, si es todo una trola?!!!

Un futuro incierto

Es el año 21900 d.c. y la humanidad ha sufrido grandes transformaciones a lo largo de este periodo elefantiásico de tiempo.
Una de ellas, la más notable, es la que la condujo a abandonar su madre planeta, la “Tierra”, y a colonizar otros mundos allende los espacios siderales.
Por supuesto, mucho han cambiando estos nuevos seres humanos en cuanto a su fisonomía, y por tanto, en cuanto a su longevidad, su forma de respirar, de comer y de relacionarse con su hábitat. Por ejemplo, no tienen necesidad de orinar ni de defecar, al estar sus raciones de alimento científicamente milimetradas, y por tanto ambas prácticas son consideradas un pecado de entre los más horrendos, pero eso es harina de otro costal. En general, su forma de ver la vida, su pensamiento, se podría decir que apenas habrían experimentado modificaciones. Y así, en lo referente a su aspecto exterior serían irreconocibles en comparación con los de hoy día, pero no así de cráneo para adentro, que continuarían sujetos al clásico esquema sota, caballo y rey.
Pero vayamos a nuestro relato.
La estrella Zeta-Pétalus había asomado un día más su brillante corona de rayos gamma por el horizonte, y, a esa hora de la mañana, la normalidad era la tónica dominante en la ciudad burbuja de Nueva Pangea.
Era pues el comienzo de una nueva jornada de clases en el colegio San Gagarin de Sputnik, donde los frailes gagarianos impartían sus lecciones magistrales. Uno de ellos, don Estroncioπ, se ocupaba del 5 º curso, y a fe mía que era tenido por muy buen maestro, querido tanto por el alumnado como por los padres, e incluso reconocido y muy admirado entre sus colegas.
Don Estroncioπ era un amante de su profesión y veneraba todo lo relacionado con el aprendizaje. No es pues de extrañar que la gente lo adorase. Digamos que conseguía transmitir su pasión a todo lo que hacía.
Por ejemplo, entre sus alumnas, no le faltaban aspirantes a ser la favorita a la hora de escoger. Todas las niñas se peleaban por ser la más lista y la más estudiosa. Y los niños, tres cuartos de lo mismo.
- ¿Cuáles son los principales ríos de lava del asteroride Epherus? – inquiría.
Y sin dejar que terminara de verbalizar su pregunta, tres o cuatro voces se alzaban desde todas las esquinas apuntando:
- El Thinca, el Ghallego y el Xegre.
- Perfecto, perfecto, niñas…
Sin embargo, siempre, todos los años, a don Estroncioπ le tocaba lidiar con alguna manzana podrida. Tal vez más gusano que fruta, bien es verdad que sí, pero desde luego cien por cien sospechosa de querer pudrir el cesto.
Y en esta ocasión este se llamaba Pfodnix5. Un jovenzuelo imberbe, el cual había hecho de la impertinencia su principal seña de identidad.
Su condición de repetidor y el hallarse ya de lleno inmerso en la adolescencia, en tanto que sus compañeros apenas habían aprendido todavía a sonarse los mocos, le convertía en un continuo foco de problemas.
Y como ya digo, don Estroncioπ, era un genio en el manejo de la mano izquierda, y sus dotes de psicólogo eran bien conocidas, pero con el tal Pfodnix5 no le valían de nada.
Así, durante todo el curso se habría tenido que resignar con dejarlo por imposible. Pero esa misma mañana, ni siquiera él mismo sabría decir por qué, se hartó de transigir.
- ¡Hale, Pfodnix5, a la pizarra de plasma!
- ¿Quién? ¿Yo?
- ¡Sí, tú! ¡Te ha tocado!
Pfodnix5 remoloneó un poco al principio, pero enseguida aceptó el reto, y haciendo muecas de extrañeza, destinadas obviamente a ridiculizar la ocurrencia de don Estroncioπ, se fue deslizando hasta allí por entre los pupitres de carbono cristalizado.
- Bien. Me vas a decir la composición geológica de la Tierra.
- ¿La Tierra? ¿Pero qué tierra? ¿La de las películas?
- Olvídate ahora de las películas. Deja a un lado toda esa bazofia que echan por la televisión. Di, núcleo, manto y corteza.
Pfodnix5 se encogió de hombros.
- Sí. Venga. Di de que están formados cada cual.
- Pues yo que sé – a Pfodnix5 le gustaba mucho hacer el payaso – ¿De rocas y pedruscos amontonaos?
- Está bien. ¿Quieres que te expulse de clase? Sería la tercera vez, y dudo mucho de que el director te fuera a conceder una siguiente oportunidad. He hablado con él, y lo mismo da ya que tu padre sea el vicecanciller de navegación aerospacial del hemisferio bipolar o barrendero… Todo tiene un límite.
Entonces por un momento Pfodnix5 rememoró el zipizape que se había formado la vez anterior, y las amenazas de su progenitor de enviarle a un satélite perdido en el mapa celeste. Y el cuello de la camisa, aunque tampoco demasiado, pareció como que le apretase un poco. Lo suficiente, si bien, como para obligarle a hacer un mediano esfuerzo.
- Veamos – dijo el muchacho – Está el núcleo, que tiene Hierro, y la corteza, donde se hallan los vegetales y las plantas. Y en el manto…
- ¡No, señor! ¡No! ¡Lo ves como no te da la gana de estudiar nada!
- ¿De lignito, antracita y hulla?
- Basta. No quiero oírte más. Vuelve a tu sitio, zoquete… ¿Zignya2?
- El núcleo está compuesto de cemento y hormigón armado – recitó Zygnia2 de carrerilla - el manto de residuos nucleares de alta radiactividad, y la corteza de plásticos no biodegradables, aguas fecales y tetra briks de vino peleón.
- ¿Has visto? ¡Toma ejemplo!
- Bah, Zignya2 es una empollona.
- Ya quisieras tu algún día ser la décima parte de inteligente que ella.
- Bien. Ella se aprende al dedillo lo que viene en los libros, y feliz de la vida ¿Pero… Por qué yo he de aceptar que es cierto, si en las películas…?
- Calla, ignorante. Y además de ignorante, blasfemo. Pones en duda la historia sagrada, lo que observaron los santos telescopios de la nave Diluvius antes de dejar atrás las elipsoides orbitales jupiterianas. Y todo por culpa de todas esas leyendas embutidas en dvd’s pixelizados, que no son más que un entretenimiento barato plagado de anacronismos. Entretenimiento para incultos como tú.
- Pero don Estroncioπ
- No hay peros que valgan. ¿Quieres que te expulse? ¿Eh?
- No pero…
- Pues entonces no me lleves la contraria. ¡Siguiente tema: La conquista de las constelaciones de Sagitario y Capricornio por los metacarpos y la guerra de los cien años con los metatarsianos!
Y Pfodnix5 no volvió a ser llamado a la pizarra de plasma durante ese curso, con lo que al año siguiente volvería a ser repetidor.
Al fin y al cabo, ¿para qué se iba a esforzar, siendo hijo de un pez gordo…? ¿…Parte integrante de una de las familias mejor situadas de la colonia?
Eran los demás, los que nunca llegarían a nada, los que debían dar el callo. Ellos tendrían que sostener la base de la pirámide, y sus convicciones habían de ser lo más sólidas posibles.
Y todos contentos de que se repitiese un año más la historia, pues como ya dije, las mentes de la época tampoco eran afines a las grandes variaciones idiosincrásicas.
Mentalidades estáticas para una humanidad repetidora.