lunes, 7 de marzo de 2016

El irresistible tirón de lo nuevo


Es muy probable que la gran mayoría de los que vivimos en esta parte del globo terráqueo (Paña), no sepamos, no sepan, que en estas mismas fechas, del 3 de marzo al 24, se está realizando una votación en nuestras antípodas, es decir en Nueva Zelanda, encaminada a decidir si se cambia la bandera antigua por una nueva, más moderna, o se deja todo como está.

Uno de los aspectos que han movido al cambio es, evidentemente, el enorme parecido que las enseñas nacionales del país maorí y Australia guardan entre sí, ambas mostrando en lugar preminente una réplica de la Union Jack, la bandera británica. La del Reino Unido (UK), la clásica y archiconocida de las cruces superpuestas, rojas y blanca sobre fondo azul marino, proyectada a su vez en otro rectángulo más amplio del mismo color, y en el que destacaría cierto número de estrellas, aquí ya sí varía el número y disposición, las cuales fundamentalmente harían alusión a la Cruz del Sur, la constelación más famosa de cuantas son visibles desde el hemisferio septentrional.

Así que por un lado tenemos el ansia de marcar diferencias con el gigantesco vecino oceánico, y por otro la de jubilar el ya muy visto y algo caduco pendón británico, cuya memoria, revisada una y otra vez por los académicos, no siempre trae sino un regusto agridulce, y de pesada digestión, en todos aquellos lugares de nuestro planeta que un día fueron colonias del imperio.

Un imperio que avanzó abriendo escuelas y líneas de ferrocarril por el vasto mundo, pero al mismo tiempo a golpe de fusil y cañonazo. Los míticos “casacas rojas”.

No obstante, y dando por terminado este preámbulo historicista, debo decir, esto ya sí a título propio y personal, que el cambio de bandera, y la selección de los diseños candidatos, a lo largo de todo un proceso que ha constado de varias fases, se ha hecho de forma en exceso voluntariosa, seguramente con no poca precipitación, y desde luego con nulo criterio ni sentido artístico.

Vamos, que a mi juicio, el afán por reeditar el éxito de Sudáfrica en la ocasión en que aquel mismo país decidió sustituir su denostada bandera antigua, símbolo del apartheid, por otra con un trasfondo mucho más incluyente y conciliador, actúa en realidad como contrapeso, como comparación odiosa, poniendo sobre el tapete lo mucho más fútil del cambio neozelandés.

Por ello, y ya puestos a ser frívolos, yo mismo he optado a rediseñar esa bandera. Una bandera, la mía, que entiendo yo que debiera ser la finalmente elegida por numerosos factores, entre los cuales, y no el de menor importancia, el que ninguna de las candidatas oficiales alude a los aspectos de la fauna y flora neozelandesa por los que es mundialmente conocida. Esa que a diario la hace presente en nuestros hogares.

En mi diseño, el kiwi, tanto el pájaro como la fruta homónima, con sus vivos colores y siluetas, copan el protagonismo absoluto. Especies endémicas de la región, que aun cuando se han criado o cultivado en otras partes del globo, rara vez alcanzan las virtudes de los originales.



Desde luego, todo este asunto no es sólo una cuestión de trapos…  ¡Y que si cual me parece más bonito! Y puede que si algún oriundo de por allí lee esto que he escrito, cosa que dudo, incluso pueda enojarse, y con motivo, ante el tratamiento demasiado desinhibido de la cuestión. Las patrias ajenas, la verdad, nos duelen poco, por no decir nada. Pero, es que en realidad, para mí el problema de toda esta parafernalia, su peor defecto, es que está gravemente aquejada de una seriedad conspicua. En el noble objetivo de concebir un símbolo que aúne los valores tradicionales y los más altos conceptos que un pueblo tiene de sí mismo, muchas veces no logramos sino el efecto contrario, es decir, alejarnos de la realidad intrínseca, carnal, sanguínea, de ese mismo pueblo.



Eso desde luego, no nos pasa aquí con nuestra banderita roja y gualda, y a ser posible con toro incluido, que nos describe a la perfección, en nuestro carácter y en nuestra compostura. Y en ningún sitio mejor engalanada, que en las banderillas de la lidia.


En fin, como colofón decir que, para un cambio de este tipo, que nos remite a la ya tan trillada y manoseada expresión de “cambiarlo todo, para que nada cambie”, no hacía falta gastarse tanto dinero (las elecciones duran tres semanas)… Y lo mismo me da que sea con su dinero. Para la historia quedará como la oportunidad perdida de aquella hermosa nación de haber salido de todo esto con algo grande, único, singular, inspirador, revolucionario,  cautivador, deslumbrante, entre las manos.


1 comentario:

Genín dijo...

Pues nada, que ellos la diseñen bien, para serte sincero, a mi me la reflanflinfla lo que hagan con su bandera, con las ovejas, las estrellas, la jaca, -corta el viento caminiiiito de Jerez- y demás tipismos de su país, pero son gente que me caen bien, hace muchísimos años, estando en Canadá viviendo, recién casado, aprovechando que te pagaban el viaje para emigrar allí, estuvimos a punto de ir, solo a punto, es lo mas cerca que he estado de ese bello País...
Salud

Salud