domingo, 18 de noviembre de 2007

Gimnasia Mental


Esforzarse por obtener la perfección es algo inherente a todos los deportistas, pero más si cabe a las gimnastas, para quienes ya solo un 9'9 supone el fracaso.
Una meta muy loable esta de perseguir cimas míticas, sin duda, pero bien mirado también un poco agobiante.
Por fortuna, nosotros, los telespectadores, disfrutamos a partes iguales lo mismo con el espectáculo que las grandes campeonas ofrecen con sus ejercicios impecables, que con esa maza, aro o pelotita que se va al suelo pese al desesperado escorzo de su lanzadora.
No en balde es el drama servido en directo.
Contemplar esa sonrisa descompuesta, mantenida artificialmente con vida, cuando es de sobra sabido que meses enteros de entrenamientos, dietas y sacrificios se han ido de un plumazo a hacer gárgaras, es una de esas bajezas inconfesables con las que los seres humanos (¿seres humanos?) a veces nos regodeamos. Cual marranos que felices se revuelcan en el cieno de sus pocilgas.
Pero no es solo de gimnastas sino también de sedentarios convictos y confesos esta manía perfeccionista y sus efectos secundarios. Y he titulado por ello este artículo Gimnasia mental (aunque no tenga nada que ver con su acepción original) porque es cierto también el hecho de que a nuestra mente cada vez se le exije más, y la pobre, ya no da abasto. Una mania, la del perfeccionismo, que se retroalimenta del miedo al ridículo, del pavor a esa sonrisa congelada, a esa mueca envasada al vacío, para que la que nunca estamos preparados y que acecha siempre en la bifurcación entre el éxito y la ignominia, entre la corona de laureles y ese aro díscolo que se va rodando, haciendo eses, cual noche de borrachera amarga, hasta la mesa de los jueces.