lunes, 1 de noviembre de 2010

El Autoconocimiento, en cómodos plazos


Es un hecho. Ya sean los sabios de la Grecia clásica, o el vidente más cutre y salchichero de cuantos ofrecen consejo espiritual en la sección de anuncios breves de cualquier gacetilla de provincias, todos lo tienen muy claro. El autoconocimiento, esto es, el saber con precisión matemática el pie del que cojea, no el vecino, sino uno mismo, es la clave del buen vivir.
Y a esto, naturalmente, me adhiero yo también, que en un ejercicio de talante populista, daré la razón tanto a tirios como a troyanos. Como veis, aún muy en el fondo de mi ser, si escarbo un poco, todavía puedo encontrar trazas de realidad que me permitan soñar con llegar, algún día, a ser presidente del Gobierno.
Y es que, queridos amigos, de eso es de lo que en definitiva trata el autoconocimiento. De saber hacer encajar, como las piezas de un puzzle, las expectativas vitales de uno, y los medios tangibles, e intangibles, de los que dispone para alcanzarlas.
Esto nos evitará a la postre, las frustraciones, los desengaños, y en general, ese hábito tan común de la especie humana de mear fuera del tiesto.
Pero ¿Cómo se llega al conocimiento profundo de uno mismo? ¿En qué academia o laboratorio se expiden los certificados que dan fe de haber llegado a ese estado privilegiado del alma?
Interesante cuestión.
Tomemos pues aire antes de lanzarnos a por una respuesta.
Y qué mejor que el aire puro y cristalino de la altas montañas para ello. ¿No os parece?
Viajaremos por tanto a los Alpes suizos. Más concretamente a la célebre localidad de Ginebra, donde se halla situado el gran colisionador de hadrones o CERN, que es a día de hoy donde se lleva a cabo el mayor, y más ambicioso, experimento de la historia de la humanidad.
Es evidente que en nuestra búsqueda, hemos decidido no pararnos en barras, y emplear el mejor y más costoso instrumental de cuantos se hallan disponibles.
¿Pero en qué consiste dicho aparatejo? ¿Cómo funciona? ¿Y en qué medida nos afecta a nosotros? ¿Qué enseñanza podemos extraer de un cacharro mastodóntico en el cual se estudian fenómenos de la materia, que de tan infinitesimalmente diminutos se escapan a la vista, y hasta si se me apura, a la razón?
Vayamos por partes. Empezaremos por aclarar a qué juegan, con qué reglas, y con qué intenciones, esos sesudos señores de bata blanca que meten la moneda, nuestra moneda, en esa gigantesca tragaperras, con la esperanza de que en algún momento cante el especial.
Pues como decía el juego va de bolitas. Bolitas como las de un pinball cualquiera, pero tan inimaginablemente pequeñas, que en adelante las llamaremos partículas.
Estas partículas son disparadas, y posteriormente aceleradas, a través un de túnel circular, primero de un tamaño manejable, que les serviría como de pista de calentamiento, para en pasos sucesivos acceder a otro más amplio, y finalmente al ya, de todos conocido, de diámetro kilométrico.
Unos túneles en los que con cada vuelta completa que realizan estas partículas, reciben, como si así dijéramos, la colleja que les propinan unos gigantescos electroimanes y que las impulsan a coger más y más ritmo de competición, hasta casi alcanzar la barrera intraspasable que marca la velocidad de la luz.
Va por tanto la partícula con la lengua fuera, no pensando en otra cosa que en huir del electroimán, obsesionada con desembarazarse de su agresión permanente, pero en realidad volviendo a él cada vez con más y más desoladora asiduidad.
Terrible. ¿No?
Pero en un momento concreto sucede algo maravilloso. Otra partícula, que también corría como alma que lleva el diablo por el interior de ese mismo túnel, pero a la que habían dirigido en sentido opuesto, se cruza de pronto en su camino.
El resultado es un choque de trenes de proporciones cataclísmicas, en el que estas bolitas, las bolitas mágicas, experimentan en sus propias carnes la sensación de ser dummies en manos del destino.
Un choque en el que sus corazones se abren y expulsan al exterior cantidades ingentes de energía, de luz, y de a su vez otras partículas todavía más pequeñas, que servirán para dar a conocer definitivamente sus elementos constitutivos y sus propiedades intrínsecas.
Se sabrá entonces si el bosón de Higgs, esa micropartícula sobre la que, a decir de los científicos, recaen las potestades divinas de atar y desatar en este mundo lo que se atare o desatare en el otro, existe realmente. Responsable última de las fluctuaciones del vacío. O si una vez más, se trata de una construcción mental destinada a idealizar lo desconocido.
Y en esto consiste el experimento. En meterse castañazos de proporciones bíblicas contra otro, u otra, que venía de frente sin saberlo.
Pues de eso último es de lo que versa, amigos míos, ya un poco más eruditos lectores de mi falsamente modesto blog, el autoconocimiento de marras.
Esa es la partitura en la que se halla escrita la música que amenizará, o debiera amenizar, nuestras constreñidas existencias de tres dimensiones espaciales y una temporal.
En absoluto tarea fácil, ni representable en términos de inmediatez, como ha quedado demostrado.
Pues con esta harina tenemos que hacer pan.
Nada de técnicas de relajación, sesiones de yoga, u otras fruslerías acomodaticias.
En efecto. ¿Os creíais que el autoconocimiento se obtenía de devanarse los sesos delante de un espejo? ¿Oyendo músicas chamánicas? ¿O examinándose uno por uno los pelos del sombrajo, en un recuento al estilo de los campos de concentración nazis, para luego llevárselos por delante con una pasada de láser?
El autoconocimiento, y por extensión la felicidad, sólo se logra mediante la interacción con esas otras partículas, a simple vista insignificantes, que viajan en sentido opuesto. Con las que no nos siguen, con las que no nos escapan, y más importante aún, con las que no nos imitan.
Buscad esas partículas y os encontrareis a vosotros mismos.
Un saludo amigos y hasta el próximo post.

Postdata: En mi mejor tradición, os reservo para los más compulsivos consumidores de relatos blogueros, la última creación de la factoría Food & Drugs: El acomodador.
Disponible en Status: Playing, como de costumbre, y accesible únicamente al precio de un salto cuántico de un blog al otro. ¡Que lo disfrutéis!

8 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

Je je je, muy bueno. La verdad sea dicha es que el acalerador de partículas, quitando lo que tenga de científico, es en el fondo la ilusión de todo niño: lanzar un coche contra otro desde muy lejos y ue se den un choquetazo que te cagas. Imagino que, debajo de sus batas blancas, los científicos guardan un niño que espera dando saltitos el momento de la colisión.

Y estoy totalmente de acuerdo contigo en que para llegar al autoconocimiento, si es que se llega en algún momento, sólo hay que ir chocandote y limándote contra la vida, que acaba poniéndote en tu sitio y obligándote a conocerte

Tordon dijo...

No estoy muy seguro, estimado "food, drugs and rock and roll" que en la colisión indiscriminada de hadrones se encuentre la panacea que elimine nuestras incertidumbres.
Sin embargo ese intento de encontrar el blusón de Jigings (la camisa de Dios),resulta espectacular a la vez que poético.

Espero que no se distraigan , se les escape la partícula y le den a uno en un ojo.

Felicidades por su entrada, didáctica y amena.

Salu2

Merce dijo...

Yo no creo conocerme totalmente a mí misma. Aún me autosorprendo a menudo. Y, lo qeu es peor, no siempre de manera agradable.

Besos.

Genín dijo...

Yo creo que las partículas esas son del PP, y que los separatistas vascos y catalanes les están haciendo la pelota pa que se vayan con ellos y así hacerle la competencia a Andorra la bella...jajaja
El que no te entendiera, con este comentario mio lo tiene bien claro, estamos como cabras...jajaja
Salud and drugs

Alice se perdió dijo...

Esto lo has hecho a posta, ¿verdad? Como sabes que le tengo inquina a la Física desde mi más tierna juventud... Venga, va; te perdono.

Pero entonces, a ver, que no me aclaro; el vacío, ¿está o no está vacío? Yo, si no sé esto, no me voya a encontrar, por mucho que me choque con partículas aceleradas como yo...

Alís dijo...

Si tengo que ir chocándome y deshaciéndome y haciéndome cada vez más pequeña para conocerme... no sé yo si valdrá la pena. Cuando lo logre, no quedará nada de mí. Ya, tú me dirás que quedará la esencia, pero no sé yo...
Por otra parte, la relación de esas partículas con el electroimán me recuerda a la que tienen muchas parejas.
Ahora en serio, en el colegio deberían explicar la Física como lo haces tú. Soy tan de letras que no estoy segura de haberlo entendido bien, pero fue un placer leer tu explicación.

Besos

Tomás Serrano dijo...

Ese subalterno está perfecto...

Alexiev dijo...

Buen sentido del humor...

Saludos

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