martes, 5 de febrero de 2008

Lunar de nacimiento


Cualquier excusa es buena para pedir aumento de sueldo, desde luego, pero en los tiempos que corren, de vacas flacas, si de verdad se quiere tener alguna opción, hay que afinar bastante más de lo que solía ser habitual.

Lógicamente para una secretaría de vida gris y celibataria, enfangada en tomos y más tomos de documentación por y para archivar, la única esperanza ha de residir por fuerza en los milagros de un bisturí.

Ella, como muchas otras personas más, que con mayor o menor motivo no pueden soportar un día más de celutitis, de orejas de soplillo, pechos desinflados, arrugas que no dan tregua, verrugas y lunares de nacimiento y así un sinfín de asimetrías y malformaciones, son las que engrosan a diario la lista de contribuyentes al desmesurado y extraordinario florecer de la cirugía plástica.

Una nariz más bonita no hará que desaparezca la hipoteca ni acortará la jornada laboral, en eso estamos de acuerdo, pero tan solo un admirador que le surgiera a esa sufrida muchacha, como por arte de birlibirloque y frente al vacío preexistente, y todo padecimiento habría de darse por bien empleado.

Aún así son muy pocos los casos en los que la mejoría es ciertamente sustancial, y hay otros muchos (ya exceptuando aquellos pacientes que no lo cuentan, que para qué hablar) en los que los resultados distan bastante de ser lo satisfactorios que se esperaba.

El caso de los tratamientos anti-envejecimiento es un buen ejemplo de ello. Los rasgos cadavéricos, semi reptilianos de aquellas mujeres que se estiran la piel del rostro nunca podrán causar sino rechazo.

Máscaras sin vida, que exudan un lustre caliginoso. Las costuras arrebuñándose en las orejas, ojos achinados y aletas de la nariz exorbitadas, emergiendo de ellos su esencia órganica desgastada, sorprendida in fraganti por el hedor a demacración. Nada de ello podría revivir en miembro alguno del sexo opuesto la llama del amor. No obstante, no es de desdeñar el otro efecto que se persigue al entrar en el quirófano, y que no es sino desprenderse de una imagen que no está de moda, o que se asocia a personas de escasos recursos y existencias depauperadas. No cambiar sino para de un plumazo pasar a asemejarse a esas otras más exitosas, a la farándula de las que viven a todo trapo.

Recibe pues la anestesia una de estas señoras, cuya cara es la de una labriega, una aldeana devorada por el paso del tiempo y los incontables surcos que este va dejando, y sale transformada en la "congresista", en una ex-actriz rica y famosa, todavía capaz de ocupar las primeras planas de las revistas con sus excentricidades, que ya no con sus primeros síntomas de demencia senil.

Todo esto se puede ver con todo lujo de detalles en el programa "Cambio radical de imagen", del que tomé la inspiración. Por supuesto, si se dispone de un estómago medianamente en condiciones.

Y ya que de nada sirve reírse de la papanatería mundana, pues se retroalimenta, las imágenes de la carne destripada que ahí se emiten, sí que podrían ayudar a que alguna ingenua, o ingenuo, se lo piense un poco mejor antes de dar ningún paso en falso.
O bien, que también puede ser, antes de saltar desde, y hacia, el trampolín definitivo.