domingo, 7 de agosto de 2011

Un mundo de color de rosa


Verdaderamente, mucho ha cambiado el papel de la mujer en la sociedad a lo largo de estos últimos años.
De hecho aún parece que fuera ayer cuando echaban por la televisión aquellos anuncios de electrodomésticos y detergentes, en los que las amas de casa rivalizaban entre sí por la blancura de la ropa o la exquisitez de un sofrito de alubias. Unas amas de casa, las de entonces, cuyo desempeño en la vida parecía estar unívocamente enfocado a la satisfacción de sus maridos.
No es que yo sea feminista, ni muchísimo menos. Uno tiene de hecho sus genes celtíberos en perfecto estado de uso, y ni es posible a estas alturas de la ciencia médica contemplar su extirpación, ni, para qué nos vamos a engañar, tampoco es que haya muchas ganas de hacerlo.
No obstante, es de ley reconocer que, aunque en este último cuarto de siglo se ha avanzado mucho, todavía no se les ha hecho justicia a las mujeres en lo que a sus talentos y capacidades se refiere, y que por tanto aún queda mucho camino por recorrer.

La consideración que la mujer ha tenido a lo largo de la historia ha sido, prácticamente sin excepción, la de un ser inferior. Muchas veces canjeable por vacas, cabras, ovejas, camellos, esto en función del valor que se le quisiera dar, y, por supuesto, sin apartarse nunca del dominio de las especies domesticadas por el hombre.
El número por ejemplo de mujeres ilustres de la Grecia clásica es desalentador, y tres cuartos de lo mismo se podría decir a propósito del Imperio romano. Dos intervalos del pasado a los que se suele glosar como precursores de lo que es nuestra cultura actual.
Es triste reconocerlo, pero aquellos sabios, a los que con el paso de los siglos casi se ha llegado a deificar, apenas daban oportunidades a sus hijas de seguir sus pasos. En sus templos y universidades, estas cumplirían como mucho con sus tradicionales faenas. Nada de grandes filósofas o astrónomas, ni matemáticas, ni oradoras. Fregar y barrer.
Y es que en el fondo, no importa el siglo en que vivamos, el que una hembra de la especie Homo Sapiens, ejercite sus neuronas, nunca ha estado bien visto. Es algo que se relaciona con el abandono de su misión primordial, la maternidad, y por tanto con una desviación del carácter.
Y desde luego, rara vez es la vez que la mujer ha podido liberarse del yugo machista, sin ser descalificada o castigada. Relegada a una posición secundaria por decreto divino. Una inferioridad sobre la que hasta algunos eruditos de la época llegaron a teorizar, como si en el fondo hubiese una base lógica en la que apoyarse.
Esforzándose siempre el hombre por hacer de su compañera un sucedáneo de sí mismo, una versión adaptada a las necesidades del momento, poco menos que su edición de bolsillo.
Y es que, se mire por donde se mire, al hombre siempre le ha gustado situarse un peldaño por encima de la mujer.
Echando mano, como de costumbre, de cualquier argumentación, unas más peregrinas que otras, con tal de justificarlo.
Que, por cierto, esto me trae a la memoria, a aquellas criaturas bidimensionales en las que Carl Sagan se apoyaba para explicar la existencia de una hipotética cuarta dimensión. La dificultad que para nosotros supone comprender la naturaleza de una dimensión superior, apenas se diferenciaría de la de esos seres bidimensionales, ideados por él, para con respecto a la tercera. Meros objetos planos, provistos únicamente de largo y ancho, para los que la altura sería poco más o menos que una ilusión sobrenatural.
Criaturas circulares, cuadradas, triangulares, rectangulares que entraban y salían de recintos cerrados en medio de un universo plano, y que sí, también se relacionaban con otras criaturas tridimensionales, pero, naturalmente, sin jamás llegar a percibir en ellas esta cualidad. Eternamente sometidas a tan desventajosa, y frustrante, disparidad.
Eso sí, paralelismos al margen, lo que está claro es que para el hombre la mujer es un ser tridimensional cuando le conviene.
No hay más que verlas trabajando como mulas, y encima cargadas de críos, en cualquier país de esos, infestados de moscas, y en los que todavía se come con los dedos, mientras que sus maridos, grandes eminencias locales, deliberan en las plazas del poblado sobre lo inspirado de tal o cual versículo sagrado.
Es casi una regla de oro de la geografía mundial. Imprescindible para ubicar correctamente el subdesarrollo, la desnutrición, el atraso, las enfermedades contagiosas, el SIDA, el analfabetismo, la corrupción, el fanatismo religioso, la destrucción salvaje del medio natural o las guerras.
De todas formas, pensar que no existe un correlato aproximado con lo que sucede en nuestras sociedades occidentales, sería pecar de optimistas en exceso.
Porque puede que sea cierto que muchas mujeres han sido promocionadas a cargos relevantes a lo largo de las últimas dos décadas, por lo menos en lo que concierne a nuestro país, pero dichas atribuciones nunca han dejado de ser más aparentes que reales.
Los verdaderos resortes del poder, tanto del poder económico, como militar, judicial o de los medios de comunicación, siguen estando a buen recaudo bajo las garras del gran lomo plateado de las cumbres neblinosas.
Propiedad inalienable del eterno macho alfa, dominador y paternalista, que en pleno mediodía del movimiento feminista ha preferido guarecerse bajo las sombras, en espera de ocasión más propicia para abalanzarse sobre sus presas.
Quizás la única conquista tangible haya sido, si bien, esta de obligarle a retirarse un poco a un segundo plano de la escena pública, y fundamentalmente a reprimir su voraz apetito, disimulándolo con gran pesar y acopio de determinación.
O al menos, así es hasta que salta a la palestra algún DSK, il Cavaliere, o regidor vallisoletano, cuando no porriñés, y reivindica para el género masculino, hijo de la luz y de la razón, su papel central, el de toda la vida, en el libre manejo de las personas y los bienes. Así como, por descontado, todas las demás prebendas patriarcales con que el omnisciente, el unigénito, el inefable de turno, varón él también, tuvo a bien, allá por los días felices del paraíso, otorgarle en usufructo.
¿Y total para qué? Para a fuerza de más y más conflictos bélicos, sobreexplotación de recursos, urbanismo descontrolado, fugas radiactivas, accidentes medioambientales y vertido de residuos tóxicos, dejar el mundo hecho una leonera.
La ley del más fuerte, del más grande, del más multimillonario, nos lleva derechitos al basurero. Supongo que ya es tiempo de dirigirle la mirada a otra manera de hacer las cosas.

8 comentarios:

Genín dijo...

Claro, es que en realidad todo este modelo social, economico y politico que nos venimos montando desde el principio de los siglos, está demostrado que no funciona, en realidad deberíamos empezar por el principio de forma de para que no existan las crisis no sea necesario comernos al planeta ni tener tantos millones de hambrientos y enfermos y a las mujeres con el pié en la espalda, ni intoxiquemos y envenenemos el planeta, esto es así, lo sabemos, otra cosa es cambiarlo...
Salud

Merce dijo...

Cada día me gusta más leerte. Eres, creo, una de las personas más sensatas que conozco; y la sensatez es una de las virtudes que más echo de menos en esta época que nos ha tocado vivir, aunque la verdad no sé cómo andarían de sensatez en tiempos pasados.

Respecto a la igualdad de sexos nos queda mucho por recorrer pero una cosa sí sé: la mayoría de las feministas y asociaciones de este tipo, ministerio de igualdad incluído, carecen absolutamente de sensatez y sentido común... ¡Te deberían nombrar asesor!

Besos.

ave de estinfalo dijo...

esas cosas de la igualdad de genero y eso creo que estan mal entendidas o las usan a conveniencia, se trata de que las mujeres tengan las mismas oportunidades que los hombres, que no las discriminen de los trabajos o yo que se, no de que las traten como hombres

pero bueno todavía falta mucho por recorrer, como dice merce

:P

Alice se perdió dijo...

A este mundo le falta la visión femenina tanto de las mujeres como de los hombres...

En la Grecia antigua, las únicas mujeres libres eran las meretrices (qué fina soy): no estaban ni bajo la tutela del padre, ni del marido... Claro, que no sé cómo andaba el tema de los proxenetas por entonces.

Luna Azul dijo...

Demasiado camino por recorrer y no digamos en otros paises que no quiero ni nombrar, por no contar de algunas feministas que flaco favor nos hacen.
Como bien dice Merce hace falta sensatez y sentido común.
Saludos

Ester García dijo...

Claro, naranjas y mandarinas incluso! Qué buena forma de despertar nuestras conciencias e invitar a la reflexión... Siempre es un placer volver.

Un abrazo!

Juanjo dijo...

Yo me conformaría con que los hombres y las mujeres fueran iguales ante la ley, algo que lleva más de 30 años en nuestra legislación. ¿Para cuándo?

Tomás Serrano dijo...

Igualdad de oportunidades, pero sin memeces tipo cuota, que encima es una injusticia.