martes, 11 de agosto de 2009

Sirenas Azules


Ahhh… ¡Qué gusto da estar de vacaciones! ¡Qué diferente es todo! Y ello a pesar de que por el noroeste de la península, casi como de costumbre, la sinrazón meteorológica arrecia. No será óbice, en cualquier caso, para que nos comprometamos a exprimirle todo su jugo.
¡Este verano estará siendo una mierda, pero qué diablos, es nuestro verano!
Pues sí, dos semanas de jijijí-jajajá, y aún no se ha presentado un solo día que hiciera un tiempo medianamente decente. Lo digo sobre todo pensando en la gente del sur de la península, donde siempre luce el sol, aunque también un poco en los del hemisferio austral, donde este tipo de disyuntivas, a estas alturas del año, son por completo futiles.
El caso es que cuando vienen así dadas, el único recurso que queda es sentarse frente a la ventana y ver las nubes pasar, o traducido a los tiempos en los que vivimos, encender la televisión.
Creo haber dicho ya muchas veces que el idilio que existía entre la caja tonta y yo acabó hace tiempo en los juzgados. Con todo, y nunca lo hubiera imaginado, pero al igual que muchas parejas de carne y hueso, hemos decidido darnos una segunda oportunidad.
No es ninguna risa, pues en el verano el consumo televisivo se viene abajo, y únicamente los muy especializados en nadar a contracorriente, como un servidor, le damos ese respiro que asegura la flotabilidad de sus audiencias.
En general nada, cosas sueltas, partidos del Madrid y películas resesas. Todo de muy baja ralea. Aunque haciendo de la necesidad virtud, y después de mucho revolver entre las basuras, hubo momentos en que hallé alguna perla.
Pues bien, uno de esos momentos coincidió con el programa Callejeros Viajeros – sí, ese engendro inmundo, telerrealidad de la peor especie - pero que por una vez traía a nuestras pupilas un reportaje novedoso, sin manosear, de los que cuentan cosas que en lugar de atontarte, te hacen más listo.
Versaba sobre Moscú, la megalópolis europea por excelencia y aún así para casi todos, una completa desconocida, y relataba, a grandes rasgos, y sirviéndose como hilo conductor de unos cuantos españolitos por allí desperdigados, el como de una urbe soviética empobrecida, resacosa, cuadriculada, vetusta y parapléjica, llena de megalíticas colmenas de hormigón, y si acaso salpimentada con algunas briznas de arquitectura exquisita, por aquello de las postales, como el kremlin, o el metro, se había dado el salto (el triple salto mortal con tirabuzón) a un hervidero capitalista hipertrofiado y caótico, deshumanizado y cocainómano, a un tiempo finolis y al otro cochambroso.
Es pues que la brecha entre la media docena de rascacielos espejeantes, y su larga lista de parientes pobres aquejados de aluminosis, vendría siendo un reflejo de las monumentales desigualdades de esa ciudad, pero, hete aquí lo bueno, en ningún caso tan flagrantes como a la hora de sentarse al volante del propio coche y tratar de atravesarla de punta a punta.
Y es que según parece, el tráfico de Moscú es de lo peorcito que uno se puede encontrar a nivel mundial. Vamos, el infierno del que hablaba Rambo. Y, así, sin exagerar, uno podría echarse tranquilamente varias horas, cuando no una mañana entera, en el intento.
Lógicamente los oriundos del lugar, es decir, los propios moscovitas, comprendieron que así no se podía andar por la vida. No era aceptable para un país civilizado el que, en su capital, los atascos lo empantanasen todo, entorpeciendo e incluso imposibilitando hasta las diligencias de máxima prioridad nacional.
Idearon pues un sistema: El dotar de una sirena y su correspondiente lamparita de color azul, como en las añejas series de polis y cacos estilo Starsky y Hutch, a aquellos coches de gerifaltes y capitostes designados por decreto, y obligar a que, al verlos venir, las calles atestadas de cuatro latas se abriesen para dejarlos pasar, cual si estas devinieran en las aguas del mar Rojo.
Fue tal el éxito de la medida, que, cómo no, enseguida todo bicho viviente se comenzó a celar. Y todo aquel con pretensiones, o que se consideraba pieza clave del sistema, interpretó como un desaire el verse privado de su propio faro guía, abandonado por los suyos en los océanos del “mindundismo” y la mediocridad.
De modo que se le dio una nueva vuelta de tuerca al invento, y se puso al alcance del pueblo llano la potestad de ostentarlo, eso sí, previo desembolso de un prohibitivo porrón de rublos.
Por fin los mafiosos y los magnates petrolíferos (no se por qué los separo en dos categorías, pudiendo economizar las palabras) podrían hacer gala de sus fastuosas limusinas, y pasearse a todo trapo con ellas por las discotecas más chic del lugar.
Más y más alardes de privilegios que, no nos engañemos, son el cogollo de las sociedades capitalistas, y que en el erial del agostado y reseco comunismo heredado de Stalin, y al que Gorby plantó fuego, han prendido con inusitado vigor.
Y mientras tanto todos estos nuevos zares, rodeados de lujo y meretrices, se ríen del frío atenazador de sus paisanos, de sus articulaciones anquilosadas, de sus entumecidas extremidades, del orín en sus hoces y martillos, no hace tanto temibles. Unos compatriotas que, ya sea con unos o con otros, nunca parecen ser capaces de erigirse, o al menos de proponérselo, en un país feliz.
Aquí nos quejaremos, pero es que, qué carallo, en Rusia nunca es verano.

11 comentarios:

Lena dijo...

Yo no puedo con ese programa...es más fuerte que yo...

Un beso y que te mejore el clima.

Yo estuve unos días por Bilbo y Santander y no estuvo mal, la verdad.

Me gusta el frío.

:)

Merce dijo...

Y yo que estoy tan contenta porque llevamos dos días de cielos nublados...

Te lo cambio, te dejo todito el sol y los cuarenta y tantos y me pasas nubes, muchas nubes y algún que otro chaparrón...

Y es que todo, todo, incluso la meteorología está mal repartida en este mundo nuestro.

Besos soleados.

Fiebre dijo...

Orgasmá, encendía, sexualmente regüelta me hallo.

Ayer se me juntó tu desidia televisiva...con un puntito de "condescendencia". Y abrí mi enésimo libro con cara de (paso de vosotros).
Pero claro, con la tele encendida, que una es consumidora.
Y apareció ¡JON SISTIAGA!
Después de verlo escondido entre los carteles de Medellín, en México D.F,y muchos años ha, entre los perdidos del GAL...
me lo encuentro, así como si nada, en un Callejeros Viajeros, en un documental acerca de los niños luchadores de Moai Thai.

Lo siento si "desmerezco" en este blog, pero a partir de ahora mis sueños eróticos cambiarán de dirección..
;)
Ainsss. No lo puedo evitar! Entre Jon y Carlos Herrera me tienen copada...
¡Qué le voy a hacer, si soy rarita!

Genín dijo...

En la época de la Unión Soviética, esas cosas no pasaban...jajaja
Salud

Eva dijo...

En busca del sol...
Salut!!!

Poly Bernatene dijo...

Gracias por pasarte por el blog y por tus palabras! Y genial este chiste, me hace recordar algunos momentos de pretextos artísticos...uno siempre está trabajando! Adoro la playaaaa.
Saludos.

Cruzcampero dijo...

Osea que allí pasa como aquí... pero hace mas fresquito no?
Muchacho y eso lo has aprendido en callejeros viajeros?
Ayyy que hay que ponese mas al día!
Un saludo y feliz verano!!

Landahlauts dijo...

Yo, el programa no lo he visto nunca. En Moscú, y en el resto de Rusia... salieron de Poncios y se han metido en Pilatos: de la oligarquía comunista a la oligarquía mafiosa.

Y encima con un puñetero frío todo el año: no me extraña que sean unos borrachuzos del Vodka en un porcentaje tan alto.

(Dos semanas de lluvia en el mes de Agosto en Galiza??? yo me moriría...).

Saludos.

NoSurrender dijo...

No suelo ver la tele, y sólo conozco de oidas ese programa. Pero veo que educa mucho al viajero :)

Yo creo que será el teletrabajo el que acabe con la locura de los atascos y la hacinada vida en los suburbios de las grandes ciudades. lo cierto es que, si lo pensamos bien, muchos de nosotros podríamos hacer una gran parte de nuestro trabajo en zapatillas, sin salir de casa.

Salud!

Clave C dijo...

Aver si se te mejora el clima.

Saludos!!!

Fiebre dijo...

Lo mío con tu blog es como un coitus interruptus...

Me paso por aquí de vez en cuando pero te haces de rogar, joío.