viernes, 22 de agosto de 2008

Futuro pluscuamperfecto



Querer saber lo que nos deparará el futuro es, y ha sido siempre, desde tiempos remotos, uno de los más controvertidos anhelos del ser humano.
Sí, en principio la lógica es aplastante. No en vano conociendo de antemano como se producirán los acontecimientos, uno se puede permitir el lujo de eludir aquellos engorrosos o indeseados, traumáticos o lesivos, y sus habituales funestas consecuencias. En pocas palabras, blindarse ante todos esos percances desagradables que tan a menudo nos asaltan a lo largo de nuestras vidas, por más serenas y pacíficas que sean. Lo que, dicho sea de paso, no es moco de pavo.
Por otro lado saber si uno se lo va a pasar bien o mal en una fiesta sería, por ejemplo, de una gran ayuda a la hora de decidir si va a asistir o no, y la tan manida frase de ‘No sabes lo que te perdiste’ pasaría definitivamente a engrosar la lista de términos y expresiones obsoletas.
Aunque donde no tendría precio sería en ámbitos como el universitario o, todavía más, en las convocatorias de oposiciones.
El buen estudiante podría aprovechar para prepararse mejor los temas de sus asignaturas, y ya sin el lastre de los nervios de última hora, repasar aquellas lecciones de las que sabe (con total seguridad) que va a versar el examen, redondeando una actuación sobresaliente… Mientras que el mal estudiante… El malo, por su parte, también experimentaría, que duda cabe, los beneficios de disponer de esta facultad: Saldría a la calle con sus amigos y se olvidaría de todo, sin mortificarse con reproches o lamentaciones, puesto que a fin de cuentas ‘Ya sabía que iba a suspender’.
Pero aún con todas sus ventajas, yo no termino de estar seguro del todo de que adelantarse a los hechos vaya a ser siempre una bicoca.
Supongamos que uno va a tener una operación de amígdalas, pero al interrogarse acerca de ella, esa vocecita del otro lado de la realidad le suelta, ni corta ni perezosa, que esa tarde no saldrá de la mesa del quirófano, y que en el transcurso de dos horas se hallará envuelto en una bolsa de plástico y guardado a buen recaudo dentro de una cámara frigorífica. Terrible panorama ¿No es cierto?
Por un lado la garganta doliendo sin parar y por el otro la imperiosa obligatoriedad de mantenerse a más de doscientos metros de distancia de la clínica más cercana…
Ciertamente si uno lo analiza detenidamente las ventajas de la clarividencia se compensan de largo con sus perjuicios. No hace falta decir que, levantarse todas las mañanas sabiendo que es lo que va a suceder sería tan letalmente aburrido como, sin ir más lejos, sentarse la mañana de un domingo a ver la televisión, justamente cuando dan las reposiciones de todas las series de los años ochenta. Y ni siquiera valdría para recordar viejos tiempos, puesto que todo estaría sucediendo en tiempo real. Resumiendo, un tostón de miedo.
A lo que si, sin embargo, ya no le diría yo que no, sería a poder, al menos durante un par de horas, disfrutar de esta habilidad. Sería, no hay duda, el préstamo mejor invertido de cuantos hayan caído en mis manos. El plan sería muy sencillo. Coger un taxi y tirar derecho, sin desviaciones, hacia el casino más cercano y mejor surtido. Ya una vez allí, me limitaría a repetir como un loro los numeritos que la vocecita me fuera soplando, y a llenar la saca.
Ya veis qué fácil, qué rápido y qué aséptico. En cinco horas estaría en una playa del caribe, tumbado en una hamaca entre dos palmeras y con una copa de caipirinha entre las manos.
De ahí que, muchas veces cuando me pregunto como todos esos videntes, astrólogos, pitonisas, adivinadores, ocultistas, magos, brujas, etc…no hacen esto mismo que yo he expuesto, y prefieren seguir complicándose la existencia, solo llegue siempre a la misma conclusión: Todo lo hacen por amor al arte, y la explicación es que su afición está por encima del dinero y de sus mundanales bajezas.
Algo así como la mía para con los dibujos.
De todas maneras, y por si acaso, yo no me arriesgaría mucho poniendo a prueba las aficiones de la gente.