martes, 8 de abril de 2008

Maravilla Atómica


Chernobil ya es historia.

No ha pasado todavía un cuarto de siglo y muchos ya parecen haberse olvidado de aquel fatídico día del accidente nuclear que nos puso a todos la piel de gallina. Bueno, a los que no habíais nacido, no, claro.

No es desde luego mi caso. Solo de pensar en ello se me entran de nuevo las ganas de atiborrarme de isótopos radiactivos. Y es que en aquella ocasión la ración que nos llegó a nosotros, los de más acá de los pirineos, debió ser ciertamente muy modesta.

Muy al contrario, que les pregunten por el tema a los "liquidadores", los que se quedaron allí pringando en tanto no estuvo en pie esa gigantesca chabola de hormigón apodada "el sarcófago". Ellos sin duda, los que sobrevivieron, me refiero, no han de tener el ánimo, ni desde luego el apetito, muy presto a una reedición de aquellos apasionantes momentos.

Sí, Chernobil fue el gran pedo que anunciaba la descomposición de los intestinos soviéticos. Ya venía oliendo mal de antes, eso también es cierto.

Pero algo me dice que, fieles únicamente a nuestras ansias de despilfarro, si nosotros seguimos estimulando ese hambre por los isótopos radiactivos, muy pronto podríamos acabar también con el estómago revuelto.

¿Mejor hacer oídos sordos?

¿Taparse los ojos?

¿Taparse la nariz?