Hace 6 años
domingo, 3 de abril de 2016
domingo, 20 de marzo de 2016
Incompatibles
Unos valores sólidos son (de alguna manera) incompatibles con unos dientes sanos y fuertes.
Suena a tontería. Si queréis no me hagáis mucho caso, pero yo siempre supe que una higiene bucal excesiva nos hacía más propensos a las iras y la incomprensión de según qué determinados colectivos, como por ejemplo, el de los dentistas.
No se puede agradar a todo el mundo. Es ley de vida. Y eso se extiende incluso a las bacterias que producen el sarro.
Aunque a ellas más que a nadie, claro está, les gustaría que se les tratase con dulzura.
sábado, 12 de marzo de 2016
lunes, 7 de marzo de 2016
El irresistible tirón de lo nuevo
Es muy probable que la gran mayoría de los que vivimos en
esta parte del globo terráqueo (Paña), no sepamos, no sepan, que en estas
mismas fechas, del 3 de marzo al 24, se está realizando una votación en
nuestras antípodas, es decir en Nueva Zelanda, encaminada a decidir si se
cambia la bandera antigua por una nueva, más moderna, o se deja todo como está.
Uno de los aspectos que han movido al cambio es,
evidentemente, el enorme parecido que las enseñas nacionales del país maorí y
Australia guardan entre sí, ambas mostrando en lugar preminente una réplica de
la Union Jack, la bandera británica. La del Reino Unido (UK), la clásica y
archiconocida de las cruces superpuestas, rojas y blanca sobre fondo azul
marino, proyectada a su vez en otro rectángulo más amplio del mismo color, y en
el que destacaría cierto número de estrellas, aquí ya sí varía el número y
disposición, las cuales fundamentalmente harían alusión a la Cruz del Sur, la
constelación más famosa de cuantas son visibles desde el hemisferio
septentrional.
Así que por un lado tenemos el ansia de marcar diferencias
con el gigantesco vecino oceánico, y por otro la de jubilar el ya muy visto y
algo caduco pendón británico, cuya memoria, revisada una y otra vez por los
académicos, no siempre trae sino un regusto agridulce, y de pesada digestión, en
todos aquellos lugares de nuestro planeta que un día fueron colonias del
imperio.
Un imperio que avanzó abriendo escuelas y líneas de
ferrocarril por el vasto mundo, pero al mismo tiempo a golpe de fusil y
cañonazo. Los míticos “casacas rojas”.
No obstante, y dando por terminado este preámbulo
historicista, debo decir, esto ya sí a título propio y personal, que el cambio
de bandera, y la selección de los diseños candidatos, a lo largo de todo un
proceso que ha constado de varias fases, se ha hecho de forma en exceso
voluntariosa, seguramente con no poca precipitación, y desde luego con nulo
criterio ni sentido artístico.
Vamos, que a mi juicio, el afán por reeditar el éxito de Sudáfrica
en la ocasión en que aquel mismo país decidió sustituir su denostada bandera
antigua, símbolo del apartheid, por otra con un trasfondo mucho más incluyente
y conciliador, actúa en realidad como contrapeso, como comparación odiosa,
poniendo sobre el tapete lo mucho más fútil del cambio neozelandés.
Por ello, y ya puestos a ser frívolos, yo mismo he optado a rediseñar
esa bandera. Una bandera, la mía, que entiendo yo que debiera ser la finalmente
elegida por numerosos factores, entre los cuales, y no el de menor importancia,
el que ninguna de las candidatas oficiales alude a los aspectos de la fauna y
flora neozelandesa por los que es mundialmente conocida. Esa que a diario la
hace presente en nuestros hogares.
En mi diseño, el kiwi, tanto el pájaro como la fruta
homónima, con sus vivos colores y siluetas, copan el protagonismo absoluto. Especies
endémicas de la región, que aun cuando se han criado o cultivado en otras
partes del globo, rara vez alcanzan las virtudes de los originales.
Desde luego, todo este asunto no es sólo una cuestión de
trapos… ¡Y que si cual me parece más
bonito! Y puede que si algún oriundo de por allí lee esto que he escrito, cosa
que dudo, incluso pueda enojarse, y con motivo, ante el tratamiento demasiado
desinhibido de la cuestión. Las patrias ajenas, la verdad, nos duelen poco, por
no decir nada. Pero, es que en realidad, para mí el problema de toda esta
parafernalia, su peor defecto, es que está gravemente aquejada de una seriedad
conspicua. En el noble objetivo de concebir un símbolo que aúne los valores
tradicionales y los más altos conceptos que un pueblo tiene de sí mismo, muchas
veces no logramos sino el efecto contrario, es decir, alejarnos de la realidad
intrínseca, carnal, sanguínea, de ese mismo pueblo.
Eso desde luego, no nos pasa aquí con nuestra banderita roja
y gualda, y a ser posible con toro incluido, que nos describe a la perfección,
en nuestro carácter y en nuestra compostura. Y en ningún sitio mejor
engalanada, que en las banderillas de la lidia.
En fin, como colofón decir que, para un cambio de este tipo,
que nos remite a la ya tan trillada y manoseada expresión de “cambiarlo todo,
para que nada cambie”, no hacía falta gastarse tanto dinero (las elecciones
duran tres semanas)… Y lo mismo me da que sea con su dinero. Para la historia
quedará como la oportunidad perdida de aquella hermosa nación de haber salido
de todo esto con algo grande, único, singular, inspirador, revolucionario, cautivador, deslumbrante, entre las manos.
jueves, 29 de octubre de 2015
Telelecomunicaciones
El corazón tiene razones que la razón no entiende, pero
dialogando al menos se puede entrever un mínimo de voluntad de acercamiento
entre ambas partes.
El problema es cuando entran en liza las hormonas. Las
hormonas son anti-sistema por naturaleza. Dales la mano y te cogerán el brazo.
Cuando estas entran al debate, se acabaron las buenas
palabras. Y que no huelan el más mínimo resquicio de debilidad, porque son como
las pirañas. Su afán por ponerlo todo patas arriba es proverbial.
Y lo peor es que cuando al fin, tras largos años de
aprendizaje cree uno tener las suyas domesticadas y bajo control, se topa con
las de sus queridos retoños, en efervescencia. La “posesión” pasando de padres
a hijos cual herencia envenenada.
Es un ciclo que se retroalimenta, y lo que es peor, a cuatro
carrillos.
lunes, 12 de octubre de 2015
La lucha por la Ciber-vivencia
Ahora ya no, con la invención del wi-fi y los smartphones,
pero hubo un tiempo en que la conexión del hogar a Internet estaba tan
disputada como los vados de cruzar, o las orillas de abrevar, del Serengueti.
Ñus, cebras, cocodrilos, etcétera, esperando su turno,
acechando en la sombra, en busca de una oportunidad de tener acceso al
“alimento”. Unos pendientes de los otros. Todos ellos viviendo a expensas de lo
que deparare el momento.
Víctimas y verdugos bajo la ley, imperiosa ley, de los
instintos (aún cuando virtuales).
miércoles, 15 de julio de 2015
El león está pachucho
Algo pasa con el león.
Ha perdido el apetito, duerme mal, padece estreñimiento,
consecuentemente y por añadidura, hemorroides… No está a lo que hay que estar.
Es obvio de que no atraviesa por su mejor momento. Y eso es
algo que a la sabana no se le pasa inadvertido. Él, no es un cualquiera. Es el
rey, el “Juancar”, el “Pelé”, el “Elvis” de las bestias.
Desde luego que para presas y demás depredadores en liza,
esto supone un nada despreciable respiro. Pero como que la situación se
prolonga ya un poco… Y, seamos sinceros, esto tampoco es lo que queremos.
Habíamos oído hablar de los tres tristes tigres… ¿Pero el
león? El león, no. El león es otra cosa. Un león que se precie no puede caer en
estas historias ratoneras.
Será una fiera implacable, un asesino despiadado, pero
también es el mayor dinamizador social de la cadena trófica. Sin él en la
cúspide, guardando y haciendo guardar el orden y la ley natural, quien sabe,
quizás a las lombrices les pudiera dar por atreverse con las jirafas. Eso, u
otras aberraciones similares.
Así que, por favor, ¡que se solucione lo del león ya! Que
llamen a un psicólogo, a un cura, o que le paguen una ronda en el barrio chino.
Lo que sea.
Insisto, la anarquía en la sabana es una insensatez supina.
No es broma. Nos sale muy caro, en metraje de documental
sobre el reino salvaje, cada minuto de león agilipollado.
lunes, 22 de junio de 2015
Votellón
De pronto parece como si - ¡Oh milagro! - la juventud se
hubiera interesado por fin por la política.
Y el resultado es que ahora la democracia se parece horrores
al botellón. Todo es mezclar y saborear, probando como combinan estos licores
con aquellos refrescos. ¡Que no falte dónde elegir! Y así hasta dar con el
mejunje favorito que más nos coloque y menos resaca nos acarree.
De momento la cosa funciona, luego ya se verá.
Y mientras tanto, todos los fines de semana, jornada de
reflexión.
domingo, 5 de abril de 2015
La suerte lo es todo
La suerte de unos es la desgracia de otros. Por ello es
caprichosa, por ello es equidistante, por ello es esquiva y de carácter
voluble. No quiere ni oír palabra de compromisos, y le aterran los vínculos
demasiado estrechos, con cargas emocionales y afectivas, y criaturas de por
medio.
Su gran pecado es que pretende agradar a todos, y con ello,
a ninguno satisface.
En el fondo va a resultar que tiene buen corazón, que será
por eso que todo el mundo la adora, y en su fuero interno todo vertebrado e
invertebrado, todo bicho viviente, la anhela y ambiciona como compañera eterna
e inseparable, sucumbiendo una y otra vez a sus guiños lastimeros.
Pero es mal negocio regalar dispensas y perdones a quien no
se responsabiliza ante nada ni ante nadie.
Mal asunto encariñarse de su risa contagiosa, de su pasado
turbulento, de su estilo de vida nómada e independiente, de su talento natural
para la improvisación...
Mal asunto querer confiar en ella, que es entonces cuando
más disfruta con sus desplantes, sus vaivenes y sus números fríos.
Ella es la estrella, y los demás somos su público entregado. Aún
cuanto más nos esforcemos por no seguirle el juego.
Desengáñate. Tú seguirás durmiendo, con un ojo cerrado y el
otro abierto, toda tu vida, pero ella lo hará siempre a pierna suelta.
Cuando la moneda vuela por el aire, no es de Dios, ni es del
César. Caras y cruces de este mundo y el que espera, las pertenencias todas de
quien fuere, en suspenso y de su mano.
No se le de más vueltas... Ella es quien reparte.
domingo, 8 de febrero de 2015
La fibra sensible
Sí, no me miréis así. De no ser por cosas como el balompié,
las nuestras serían unas vidas completamente intrascendentes y carentes de
emociones.
Para que luego digan que si los sueldos del delantero tal, o
el centrocampista cual, son desorbitados…
Cierto es que no curan el cáncer, pero es que todo en esta
vida se reduce a una cuestión de prioridades.
De hecho, que nadie dude de que si se pusieran a ello - si
realmente de eso fuera el juego - lo conseguirían. Vamos, que si todo el
dinero, recursos e investigación que se dedica a curar las lesiones deportivas,
se destinase a la medicina de verdad, otro gallo cantaría.
Pero entonces el mundo sería mucho más soso y aburrido.
Seamos realistas, un científico nunca será capaz de poner en
pie a todo un estadio, de provocar un estallido de felicidad global y
transfronterizo, retransmitido a las cuatro esquinas del planeta vía satélite.
Sus únicos espectadores son las propias ratas del laboratorio, y la verdad sea
dicha, nunca acaban satisfechas con el espectáculo. Vive el cielo que no.
Francamente, si yo fuera una pobre rata en el trance de
diñarla en uno de esos escalofriantes experimentos a los que las someten, y,
repentinamente, me dieran la oportunidad de cambiar mi vida por la de un
futbolista de primera división, podéis estar seguros de que no necesitaría
disponer de un sofisticado sistema nervioso central, abundante en materia gris
y circunvoluciones, para instantáneamente tomar la decisión acertada.
Pisaría con mi peluda patita la palanquita de OK, y a vivir,
que son dos días.
domingo, 11 de enero de 2015
Je suis Charlie
Me recuerda un poco a una de aquellas pegatinas “Jesus
saves” que circulan en los guardabarros de los coches por algunos de los
estados más rednecks, más ultramontanos, de los EE.UU., pero en la práctica,
nada que ver.
Este es ahora mismo el mayor símbolo mundial contra la
intolerancia religiosa, la más cafre de las intolerancias, y por tanto debe ser
enarbolado a los cuatro vientos.
A ver si así, esa chusma paranoica, traficante de dogmas huraños y sanguinarios, que anhela enfermizamente el hacer pasar a Europa
por el aro de una segunda inquisición, se entera de una vez por todas de que no
conseguirán aterrorizarnos nunca, y de que aquí, a los cerdos, nos los comemos con patatas.
sábado, 3 de enero de 2015
Roedores corredores
Llega Enero y una vez más, hay que cambiar el año viejo, a
pesar de estar todavía en bastante buen estado, por uno nuevo.
Yo esto, para qué nos vamos a engañar, nunca lo he entendido
muy bien.
Ya sé que se supone que lo que debería hacer es, como todo
el mundo, ponerme a derrochar felicitaciones y buenos propósitos para con el ilusionante
periodo que empieza, pero es que yo, qué le vamos a hacer, soy de naturaleza
pesimista.
El otro día oí decir no sé donde, y a no sé quien, que la
vida era una carrera de ratas, y, fijate tú, se me quedó grabado.
Por eso he estado pensando que ya desde niños deberían
educarnos para ello, y de alguna manera concienciarnos para lo que nos espera.
De hecho he ideado una serie de dibujos animados, los
“Roedores corredores”, que cumpliría perfectamente la función de a la vez
entretener y educar en esa dirección.
La única pega es que probablemente no se emita en el 2015.
Ni tampoco muy probablemente en el 2016.
Lo dicho, sale más a cuenta no hacerse demasiadas ilusiones,
y salir corriendo a toda prisa tras el taquito de gruyere. Básicamente para no
tener que conformarse con los agujeros.
martes, 11 de noviembre de 2014
Ataque de fuerza bruta
Esto ya lo intuyeron los grandes pensadores de todos los tiempos, no hay peor loco que el que cree estar completamente cuerdo.
Pero la locura, en realidad no es en sí perniciosa sino cuando
los actos que de ella emanan lo son por sí mismos. Vamos, que un chiflado
cualquiera, coge un pincel y es un genio, pero este mismo señor pasa
automáticamente a la condición de psicópata, si lo que le da es por la
motosierra.
Esta dualidad, locos iluminados-locos de pesadilla, alimenta
la ya de por sí esquiva noción del término locura, y hace que cualquier
desorden mental, por pequeño que sea, lleve implícita la posibilidad, y la
propensión, a un desbarajuste mayor.
Porque toda pequeña chaladura, por sana y anecdótica que
finja ser, lleva siempre en su seno el germen del caos y del fuego purificador,
el deseo de autorrealización al más alto nivel. Nadie sabía mejor de esto que
Nerón, el emperador romano que pasó de artista a pirómano, y que, no es cosa
independiente, odiaba sin recato a los cristianos, verdaderos monopolizadores
del concepto de locura llevado al extremo. Demasiado prestos siempre al
martirio, predicando a todas horas la renuncia a los placeres mundanales. O
demasiado locos o demasiado cuerdos. En cualquier caso, unos peligrosos
agitadores de conciencias. Y, por otra parte, rivales muy duros para alguien
que tenía la necesidad patológica de concentrar sobre su persona toda la
atención del mundo.
Todas las religiones, ya que las hemos mencionado, son una
oda a la irracionalidad. Esto es un hecho palmario, y es por eso que tantísima
gente las considera el mayor y más perjudicial de los desatinos. Pero curiosamente,
tomadas en pequeñas dosis, cumplen una valiosísima función homeopática,
reforzando al organismo, a su sistema inmunitario, (ahora hablando no del sistema
físico, glóbulos blancos y demás, sino del puramente psíquico; no del hardware,
sino del software), contra sus males endógenos, los que se originan en su
propia sala de máquinas, y que son comparativamente mucho más virulentos.
Así, las paranoias colectivas son la mejor protección que
existe contra las individuales. Creencias y credos, política y más allá, son
las mejores tomas de tierra que existen para los saltos de tensión en el
suministro eléctrico de las sinapsis neuronales.
El gran problema se come al pequeño, y esto, en el caso que
nos ocupa de las enfermedades mentales, se cumple a machamartillo.
Si uno teme al infierno, si teme a la cartilla de
racionamiento o al paredón, difícilmente se puede dejar intimidar por una
vulgar y corriente crisis de ansiedad.
Uno capaz de ejercer en tu mente lo que en términos de
ciencia computacional, y por analogía simple, se denominaría un “ataque de
fuerza bruta”.
Pongamos el ejemplo de un programa informático que hemos
descargado de la red en nuestro sistema, y que para que funcione correctamente,
y poder empezar a trabajar con él, necesitamos una clave, una contraseña, que
nos permita acceder al menú. Algunos aquí pensarán: La vida misma.
De hecho, esto no es otra cosa que una extrapolación al día
a día del ser humano.
Un ser humano inmerso en su permanente lucha por descifrar
las claves que regulan su entorno, las que le abren las puertas que desea o
necesita franquear, para poder seguir adelante con su proyecto vital.
Pues bien. Si desconocemos esta clave, y nos es perentorio
el obtenerla a toda costa, el único remedio es lanzar el referido ataque de
fuerza bruta.
Mediante este procedimiento toda la potencia operacional del
sistema, y con ella todos sus recursos, son dedicados a alcanzar este objetivo.
No importa el volumen de tiempo y energía que se consuma en el proceso. No
importa que el plan, con su simpleza, con su recurrencia en bucle, arruine
todas las otras potencialidades de que se disponía en el momento en el que se
decidió implementar.
Esta gran campaña militar del intelecto, no es locura
creativa en absoluto, es locura de matar moscas a cañonazos, pero sana al
individuo, o lo que es lo mismo, impide que enferme. Dicho de otro modo, lo
vivifica, como vivifica una buena poda a un árbol que languidece bajo el peso
de todas sus ramas marchitas.
Fuego purificador, o formatear de vez en cuando el disco
duro, léase el de carne y hueso. Elegid la metáfora más de vuestro gusto, pero
la clave que se busca, la tan anhelada contraseña que conduce al siguiente
nivel, yace más allá de la comprensión de un ente inteligente y, por más que
nos repugne la sola idea de condescender en ello, del mantenimiento de un
enfoque racional.
Fuerza bruta, esa es la clave. Temor al palo gordo, a la
gran calamidad, a un infortunio más allá de todo pensamiento sereno. Un algo
tan sumamente horrendo que eclipse a todo lo demás… Y los problemas, esos
pequeños problemillas que te daban tan mala vida, se convierten en un juego de
niños.
sábado, 1 de noviembre de 2014
Pax domesticus
Estamos en una época que no invita al optimismo.
Ser joven en estos tiempos que corren no debe ser cosa
fácil, aun cuando ser joven siempre es más llevadero que ser viejo, eso está
claro.
Por supuesto habrá capas de la población a las que la crisis
apenas les haga cosquillas, pero para todos aquellos jóvenes cuyos padres un
día fueron clase media, esta época de sus vidas debe ser una auténtica pesadilla.
Cuesta de hecho imaginar cual es el efecto que, la merma
cotidiana de la economía paterna, ejerce sobre aquellos que están en edad de
merecer. Yo, personalmente, creo que me volvería loco.
Es, supongo, como estar atado de pies y manos, y con un
esparadrapo en la boca. Oculto en un sótano cuya llave, se ha perdido en una
riña entre los propios secuestradores.
Incapaz de saber cómo, cuando o incluso si vendrá alguien a
rescatarte. Y si no será entonces demasiado tarde como para evitar el
internamiento en un manicomio, o como mal menor, la marginación social,
enganchado de por vida a los locales de la beneficencia.
Y todo ello, sin comerlo ni beberlo. Teóricamente, por culpa
de la generación anterior a la tuya, que quiso apurar todos los cálices habidos
y por haber, en lo que a especulación inmobiliaria (y de toda otra índole) se
refiere.
Tú de hecho, estas en una edad en la que, lo que te pide el
cuerpo, es saltar por todo, no respetar nada, cuestionar hasta el vuelo de una
mosca, y lo que te encuentras es que ese “todo” está de capa caída. No hay nada
que combatir, porque todos tus “enemigos” naturales están en desbandada. Los
padres, la educación, la sanidad…
Aquellos que antes imponían unas normas y te premiaban o
castigaban en función de ellas, son ahora como hojas muertas a las que la
corriente va empujando, de torbellino en torbellino, incapaces ni tan siquiera
de garantizar su propia flotabilidad. Las víctimas de forajidos sin ley,
adscritos al gran latrocino universal, en medio de un pueblo fantasma.
Ciudadanos de bien, de posición acomodada, convertidos de la
noche a la mañana en gente asustadiza y desorientada. Incapaces de aconsejar,
ni de dirigir los pasos de nadie. Reducidos al descrédito absoluto, y
consumidos en la revisión permanente de su sistema de valores. Máxime, cuando
se depende de la pensión de la abuela para pagar la bombona de butano.
Ante esta situación de pánico colectivo, la generación
venidera sólo tiene dos opciones: Dejarse arrastrar por el curso fatídico de
los acontecimientos, y convertirse en náufragos ellos también del sistema, o
por el contrario, crecerse ante la adversidad, acelerando por la vía expeditiva
su proceso de maduración personal. Solo así podrían comenzar cuanto antes a
reclamar su tan necesario e improrrogable liderazgo.
Los jóvenes no pueden permitirse especular con esta
dinámica, en la que sus progenitores se van paulatinamente transformando, de
domadores de fieras, en conejillos de indias, y que es a todas luces suicida.
El mundo, su futuro mundo, pide una revolución a gritos, por
incómoda y anticuada que su sola mención resulte.
No es ya una cuestión de recorte o ausencia de pagas
semanales. La lucha del nuevo siglo, la del triunfo sobre los oligarcas de la
globalización asimétrica, ha de
financiarse desde la propia energía vital.
Ningún remedio es más potente para sanar a una sociedad
enferma, que la renovación de todas sus estructuras empezando por al base, y
ahí es donde los jóvenes, las nuevas generaciones, incontaminadas aún, están
llamados a ejercer su función desinfectante.
Pero claro, a los que se pasan el día soñando con vivir
hipnotizados por la pantallita de un smartphone, a ver cómo les explicas eso…
martes, 6 de mayo de 2014
Her Magic Touch
- 'Oh, Gosh... How I hate this job!'
- 'They get me grabbed by my stuff. That's the point!'
Love heals, they say. But the fact is that hate is truly the only force in nature capable of performing miracles.
Unparalelled on the always misguiding and heartbreaking task of making possible the impossible.
There is, hence, no such thing like 'magic of feelings', but a mere illusion.
Unaffordable reasoning for the animal instincts!!
El amor lo sana todo, que dicen por ahí.
Pero lo cierto es que es el odio la única fuerza de la naturaleza verdaderamente capaz de hacer milagros.
Sin parangón en la siempre ingrata y descorazonadora tarea de hacer posible lo imposible.
Es por tanto que no hay tal "magia de los sentimientos", sino que, más bien, todo se reduce a una mera ilusión.
¡Mucha tela p'a un conejo!
Atención: Dos cosas...
1- Mi inglés está cogido con pinzas. No se recomienda su consumo responsable.
2- Para ver bien los gifs, lo mejor es usar el navegador de Google, Chrome.
sábado, 26 de abril de 2014
viernes, 4 de abril de 2014
Hurto, robo y penalti no pitado
Estábamos tan bien hasta que llegó la crisis… Todos teníamos de todo, y, de lo que nos faltara, era cuestión únicamente de acercarse a un banco y pedir por esa boquita.
Nadie tenía improrrogables necesidades materiales, como mucho, tal vez nuestra mayor tristeza consistiera en que al pedir la luna, esta no se nos concediera, o no al menos inmediatamente, y ordenada en fajos en un maletín.
Desgraciadamente todo esto cambió el día que los oficinistas de Lehman Brothers comenzaron a desfilar como zombies por las calles de la gran manzana, con sus carpetas, archivadores y demás enseres, apretujados en una caja de cartón.
De pronto, el mundo, o mejor dicho, nuestro mundo, aquel occidente próspero y adinerado, había dejado de ser el paraíso del préstamo fácil, y por las cloacas de aquella burda ilusión, comenzaba a subir un tufo insoportable a chanchullos, desfalcos, corruptelas y latrocinios diversos, que cual epidemia medieval de peste negra, se fue extendiendo por toda la población, y diezmando la honorabilidad y pulcritud, tanto de los pequeños como de los grandes, sin importar, sexo, raza o religión.
Un día era un politicucho, que sin ser poco más que un alcalde rural, se había hecho de oro, y al siguiente la ruleta caía en algún que otro destacado personaje de alta cuna y regia condición, cuyo parentesco con infantas o infantes, le había puesto al alcance de la mano el cometer pero que muy lucrativas infamias.
El país, escandalizado, no daba crédito a lo que veía. Aquellos antaño admirados, y tenidos por grandes próceres, se habían convertido en unos bandidos desorejados, impulsores de la monumentalidad en sus obras públicas faraónicas, al mismo tiempo que de la de sus cuentas privadas.
Y al final era todo una cuestión relativa al poder. El poder corrompe, se repetía sin cesar en cada esquina. El que manda, se desmanda.
Pero tal vez, aún sin dejar de ser razonablemente cierto, tan solo se tratara de una simplificación.
Quizás, a mi modo de ver, sea la vida, y no tan solo el poder, la que corrompe. Una vida repleta de insatisfacciones, donde todo hijo de vecino percibe lo que sucede a su alrededor bajo los parámetros autocomplacientes de su propia moral.
El poder, y el no poder, todos en el mismo saco, y ninguno menos ruin.
Envidia e injusticia, devendrían así en conceptos superponibles e interdependientes, ambos emborronados por el ansia de hacerse con lo ajeno, de tener, de poseer, de detentar la propiedad de aquello que brilla y refulge en la órbita del prójimo, y que ciega mi ojo de urraca desesperada de la vida.
Ya no es sólo el poderoso que se vale del cargo para desvalijar las arcas de su encomienda. El ama de casa, recortada cual cupón promocional, el anciano, cuya pensión se ha metamorfoseado en el subsidio de sus hijos desempleados, el adolescente, de cuya paga semanal apenas conserva un vago recuerdo, no pueden por menos que sentirse justificados, ellos también, como Robin Hood, o ya sin tanto glamour, como Sánchez Gordillo, a dejarse arrastrar por los cantos de sirena del bandolerismo y la cleptomanía.
Por tanto, no es solo el gran defraudador de guante blanco el que emponzoña y desvirtúa la sociedad, también está el pequeño hurto en el supermercado, las tres o cuatro latas de mejillones en escabeche que vuelan de la estantería al bolso sin pasar por el lector de códigos de barras. Unos y otros se sirven pues la excusa en bandeja para actuar impunemente. Siendo, por otra parte, la única diferencia, como todo lo demás en la vida, la categoría o el nivel en el que se mueven los perpetradores.
Las cifras que se manejan, si damos crédito a lo afirmado en el programa Equipo de investigación de Antena 3 TV - en cuyo informe se inspira este post - son de órdago.
Y de nuevo, las pérdidas causadas al comerciante, al empresario o al distribuidor de turno, no piense nadie que se las comen con patatas, sino que le son repercutidas al consumidor final mediante lo de siempre, un alza de precios.
Es decir, exactamente lo mismo que venimos observando de banqueros y promotores inmobiliarios, cuyas deudas y agujeros financieros, un año detrás de otro, y así sin solución de continuidad, se apuntalan con impuestos, parches y recortes presupuestarios, a nombre del ya más que harto, indignado y aburrido, ciudadano de a pie. Sin nadie para asistirle, ni para reconfortarle, y menos aún para defenderle.
Los culpables saldrán como lo árbitros comprados, cuando han hecho una gorda, de los terrenos de juego, parapetados bajo los escudos de la policía antidisturbios. Habrá follón durante unos cuantos días en la prensa del ramo, proliferarán los tertulianos vociferantes y maleducados, y eso será todo.
Y así es, estimados lectores, como está montado el invento.
Así que, ya sabéis, si vuestra urraca interior grazna desconsolada… No pidáis la luna. ¡Robadla!
martes, 10 de diciembre de 2013
Espía como puedas
¡Cómo han cambiado las cosas…!
Si a Mata-Hari le hubiera tocado vivir en nuestro tiempo, a buen seguro que estaría sufriendo una terrible crisis de identidad.
Seamos realistas, el espionaje ya no es lo que era. Cuando yo era niño, el oficio de los espías era ante todo una cosa no al alcance de cualquier gañán de barrio.
Había que ser muy valiente, audaz, perspicaz - inteligente a rabiar - y, por qué no decirlo, tener un físico en condiciones. Vamos, que no llegaba con dar el pego.
Ni James Bond, ni las despampanantes agentes dobles venidas del este del telón de acero, eran gente de esa que se cruza uno un lunes cualquiera por la calle. Ser espía era lo máximo.
Pero entonces llega la era de Internet, y todo esto se va a hacer gárgaras.
Ni siquiera el espionaje industrial se salva. Ahora los secretos de estados y multinacionales ya no se filtran por entre los zurcidos de las sábanas de los hoteles de lujo, al abrigo de convenciones y congresos para vip’s de talla mundial.
Ahora, por más triste que parezca, fluyen pirateados por las alcantarillas de Internet.
Se acabaron los romances a orillas del Sena, en los que la osada joven del otro lado de los Urales exponía su vida, y sacrificaba su honra, al servicio de ideales más allá de los egoísmos e individualismos propios, (ideales hoy por hoy, obsoletos, todo hay que decirlo), arrojándose a los brazos de altos oficiales de las SS, la Wehrmacht, o, más adelante, de sus archirivales de la CIA, a los que había que sonsacar los días “d”, las horas “h”, y así un sinfín de datos de enorme valor estratégico, ya fuera la guerra fría, caliente, o salida del microondas, que a veces presenta ambas características.
Pero entonces llega la modernidad, y con ella la administración Obama, y todo aquello se sustituye por un puñado de gafudos imberbes, auxiliados por algún que otro informático calvorotas y barrigón, que se encierran en cuartuchos oscuros y mal ventilados a escudriñar las redes sociales, a pinchar teléfonos via módem y a decodificar interminables documentos y webs sospechosas, en busca de algo medianamente inteligible a lo que hincarle el ratón.
Trabajo penoso y aburrido como pocos, y que a buen seguro alternarán con sus propias descargas personales de música, cine y señoritas con poca ropa. Única forma humanamente viable de sobrevivir al enorme sopor que, ni me lo quiero imaginar, producirá escuchar las conversaciones privadas de la canciller Angela Merkel, o peor aún, de Rajoy.
Porque lo mejor del asunto es que la famosa NSA esa, la agencia de espías en cuestión, también tenía su mirada puesta en los intereses españoles.
¿Sorprendente verdad? España en el candelabro.
Pues para ser sinceros, en un primer momento yo también tuve ese subidón de orgullo de pensar que, nosotros, nuestros asuntillos celtibéricos, pudieran tener algo que excitara la curiosidad de las grandes superpotencias mundiales. Quizás ese punto de picantillo que supone la diferencia entre el ser unos completos mequetrefes, esquinados en el curso de los acontecimientos, o estar cortando el bacalao.
Más tarde, me enteré de que no. Que la razón de espiar a España era mucho más prosaica.
El pozo sin fondo de nuestra crisis, casi ya seña de identidad nacional, y el ser puerta de entrada a Europa del narcotráfico, hacían aconsejable tenernos controlados de reojo, como si fuéramos gentes de mala catadura, de la que es mejor saber por donde anda, para no coincidir en los sitios.
De todas formas, a partir de ahora, y gracias a Snowden, y a Assange - que la embajada londinense de Ecuador lo tenga en su gloria - siempre tendremos la mosca detrás de la oreja al tuitear algo, al dar un “me gusta” en Facebook, o al teclear un post en el propio blog que se meta con algún capitoste importante, como es el caso, o incluso simple correveidile afecto al régimen.
Los mejores agentes de la Mossad, y Scotland Yard, puede que ya estén jubilados, pero esos nerds, esos cerebritos de las telecomunicaciones, de los que hablaba antes, te montan un drone en dos minutos y te lo plantan en la puerta de casa. Es triste admitirlo, pero estamos a merced de los otrora incondicionales del aeromodelismo.
domingo, 3 de noviembre de 2013
Mortal de necesidad
Ha pasado el Halloween y con él, el uno de noviembre, día de todos los santos.
En México (gracias hermanos mexicanos por venir tan a menudo por aquí), las gentes se recogen por fin de los cementerios y regresan a sus hogares. Esta celebración tan enfática de las festividades de ultratumba, de raíces hondamente precolombinas y tan sólo nominalmente reconvertida al cristianismo, nos sorprende todavía un poco por estos lares, donde a la bicha preferimos ni mentarla, y a nuestro parecer por tanto, y desde nuestra perspectiva cultural, no deja de resultarnos algo macabra. Pero lo que es indiscutible es que, el cariño y el respeto por los seres queridos finados, está a años luz del que nosotros profesamos por los nuestros, con los cuales el compromiso es a todos los efectos muy inferior.
Aquí, por norma general, y siempre salvo contadas excepciones, lo que se estila es "El muerto al hoyo y el vivo al bollo" y sanseacabó.
Antaño, bien lo saben nuestras abuelas, el luto duraba meses e incluso años. Bueno, nuestras abuelas ya no saben nada, porque ya hace tiempo que nos dejaron... Pero ahí está la realidad, y si ahora mismo no hubiera escrito esto, probablemente ni me hubiera acordado de ellas.
Triste, muy triste... En fin, queridas abuelas, dondequiera que estéis - y por extensión a todos mis ancestros - que sepáis que os dedico mis dibujos. (A toro pasado no hay quien me supere.)
Pues eso, que cumpliendo la tradición, nos hemos comido los huesitos de santo, y no obstante un año más nos hemos resistido a disfrazarnos de monstruitos. Quizás ya la apariencia normal sea de por sí lo suficientemente tenebrosa y escalofriante, sobre todo a las siete de la mañana, cuando suena el despertador... O bien, que estas costumbres anglosajonas no terminan de calar en lo más intrincado de mis coordenadas mentales, más del terruño y que, como en esas comunidades indígenas a las que antes hacía mención, son netamente deudoras de los espíritus del pasado.
Vamos, que para ponerme 4 trapos raídos y una careta de cartón prefiero esperar al carnaval auténtico, al de aquí de toda la vida. Y donde esté un piliqueiro de Laza, un cigarrón de Verín o un pantalla de Xinzo, que se quite la calabaza seca esa de marras a la que le pintan ojos y boca, o los vivarachos esqueletos de las pesadillas de Tim Burton, cúlmen de los fetichismos de anoréxicas.
Con la Ruperta y el Atilano vamos bien servidos.
¿Que no sabéis quien es el Atilano? Ni falta que os hace.
Ya nos llegará a todos el momento de entendernos con él.
Este, que es muy cuco, sabe bien que al final, con nada más que un poco de paciencia y un toquecito por aquí de fatalidad, y otro por allá de ventoleras destempladas, todo el mundo le acaba abriendo los brazos de par en par.
Nadie como él para ganarse a la gente.
Y eso que es lo único que sabe hacer, pero lo borda.
Que sirvan pues estas fechas, y estas reflexiones - puestos a encontrarles alguna utilidad - como recordatorio de algo muy importante en nuestras vidas, que el tiempo vuela en caída libre, y que el instante tiene la misma fugacidad que las llamaradas del Hindenburg.
Carpe diem.

lunes, 19 de agosto de 2013
Ártico con bañistas
En efecto, amigos, esa es la última y mejor oferta que hoy por hoy se puede encontrar en el panorama inmobiliario planetario.
Un ártico con bañistas, en pleno centro del norte geomagnético, soleado, bien comunicado por el estrecho de Bering con las potencias mercantiles y energéticas del presente siglo, China, Canadá, Alaska, la madre Rusia, Noruega…
Nunca, en sus frías noches de invierno y soledad pudo este ni tan siquiera imaginárselo, y es que en la vida estuvo el polo más cotizado.
De hecho… ¿Quién se puede resistir a semejante casquete?
Pero, nada… Todo escandaliza al que ya de por sí es
susceptible.
¡Qué miedo! ¡El calentamiento global! ¡Nos engullirán los
océanos embravecidos! ¡Nos achicharraremos como pavesas ante un sol de
justicia, como nunca se vio en siglos y siglos de civilización!La tierra se convertirá en una sauna finlandesa. O mejor dicho, en unos baños turcos. Viviremos nuestro día a día cual inocentes reclusos de una prisión anatolia.
Los polos son la elección segura del triunfador de hoy, del
mañana y de siempre… Y no me refiero únicamente a los de Ralph Lauren.
Vosotros ya me entendéis.
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