lunes, 23 de marzo de 2009

El balón y la vida


No se escribe mucho sobre gimnasios. No debe ser un tema apasionante.
O al menos no debe serlo visto desde el plano literario, porque por el contrario, me consta que la gente suele hablar mucho de sus experiencias en estos locales.
No es extraño pues, que, por ejemplo, un amigo te cuente lo muy atraído que se siente por esa chica de mallas ajustadas que siempre se pone a hacer bicicleta, mira tú que casualidad, dos o tres metros a su izquierda. Y que eso, y el disfrute visual que le proporcionan el resto de las socias apuntadas al curso de Pilates, es lo que le impele a no faltar un solo día a su cita con el, por otra parte, tedioso y extenuante sube y baja de las pesas.
Pero es como una disculpa ya demasiado gastada. ¿No?
¿Tanto le cuesta admitir que quiere quitarse los michelines antes de que llegue el verano?
Habitualmente cuando un hombre - no importa la edad - recurre al gimnasio para tratar de bajar de peso es porque está desesperado… Es, sencillamente, porque salir un par de días a hacer footing ya no le funciona, y asume que ha de marcarse un plan de actividades mucho más espartano.
¿Pero, realmente, puede uno pasar por la agonía del ejercicio y las dietas, y al mismo tiempo llevarlo con la cabeza alta? ¿Es esa la vía, o el camino correcto, para quienes aspiran a lograr su ansiado estado de bienestar personal, y resolver su conflicto de identidad?
Permítaseme que lo dude muy mucho.
Es más, cuando veo las máquinas que empleaba la Santa Inquisición para torturar a sus víctimas, lo primero en llamarme la atención es su indudable parecido, al menos en cuanto a la apariencia externa, con las que hoy en día se ven repartidas por los gimnasios del ancho mundo.
Puede que en el fondo el ser humano necesite de un porcentaje fijo al día, o a la semana, de sufrimiento físico para contrarrestar los padecimientos del alma. No lo sé. Aunque es una posible explicación.
Pero lo cierto es que me cuesta encontrar las razones que justifiquen el éxito de un tan manifiesto, así como voluntario, castigo al organismo. No puedo olvidar, de hecho, que el problema no se reduce únicamente a vivir el día a día permanentemente renqueando, arrastrando a todas partes el malhumor causado por la fatiga, las agujetas, las lesiones… Está también el tiempo que uno pierde y que podría dedicar a otros menesteres (más gratos al espíritu y a las propias carnes, hartas de encajar paliza tras paliza).
Pero, claro, luego vienen de golpe el colesterol, los triglicéridos, y todo ese batallón de enemigos invisibles, que combinados con los que sí lo son, las antiestéticas morcillas y flotadores alrededor de la cintura, se convierten en una pesadilla letal para la salud del propio corazón (ya sea de la glándula en cuanto que tal, como en su acepción más alegórica)
Además, derrotar a esta “armada invencible” no es cosa fácil. Y de ello da buena cuenta el mercado de productos milagrosos y el sinfín de artículos relacionados que ha florecido a su alrededor. Compendiar los millones de inventos chorras que se han comercializado con la excusa de conseguir ese propósito, el de adelgazar sin esfuerzo, o cuando menos con el menor esfuerzo posible, daría para varios tomos de la Encyclopædia Britannica.
Citaré no obstante el último y más osado: El balón intragástrico.
Naturalmente me abstendré de hacerle propaganda gratuita, pero desde luego, la posibilidad de conocer a alguien que lo llevase en sus tripas, es algo que cambiaría de un plumazo mi concepción de la vida, y que, en un sentido más amplio, afectaría a los cimientos morales de lo que es la propia consideración de la materia viva. Para empezar mi fe en el ser humano se desplomaría como un castillo de naipes.
Por otro lado, buscar la definición de la Vida en la Wikipedia, no ayuda mucho a la hora de resolver el dilema hueco que plantea este flatulento artilugio, destinado a saciarnos, de una vez y para siempre, de nuestras más primitivas pulsiones y veleidades opíparas.
Bromas aparte. Yo ante las proximidades veraniegas sigo optando por las mucho más reconfortantes comodidades de una butaca y mi reproductor de dvd’s.
Y como muestra, un botón. Os dejo pues con un fragmento de un peliculón, Heat, en el que curiosamente, hablan de “personas globo”. Y dan también un poco de yuyu, aunque no hasta el punto de producirme una arcada existencial.
Comparten eso sí, su actitud hasta cierto punto autista, y muy condicionada desde luego, por la más que evidente parálisis o rigidez de sus extremidades.

martes, 3 de marzo de 2009

Goodbye maná


Muchas veces me he preguntado por cómo es posible que, con tanto que leo (libros, periódicos, webs de Internet, blogs, e incluso catálogos de jardinería), mis principales fuentes de inspiración sigan siendo la tele y la radio.
Pues sí. Es triste para alguien que se cuadra ante la palabra intelectual, pero no es materia ante la que quepan grandes argumentaciones. Soy una persona eminentemente audiovisual. O si se prefiere, táchese lo de “eminentemente” por “incorregiblemente”.
Me acuerdo además ahora de una frase de Lex Luthor en Superman (película infantil de referencia), en la que decía que mientras que algunos leían “Guerra y paz” y se quedaban en la inopia, otros eran capaces de descifrar los secretos del universo con solo ojear los ingredientes de un chicle en su envoltorio.
Aquello me hizo mucha pupa, pues las veces que me he acantonado con el ansia invasora de las huestes napoleónicas al pie de la obra de Tolstoi, o de otros grandes maestros rusos, enseguida sería que he comenzado a sentir las estrecheces de mi caja craneana, y como mal menor, la hipotermia y los mareos que sobrevienen al hallarse en cumbres para las que, mi entendimiento, no está ni biológica ni evolutivamente adaptado.
Si bien ello no quita para que continúe pensando que con las papeletas de las “chuches” sigo siendo un fiera.
Viene esto a cuento, como decía, de que la inspiración para fraguar este último post, Goodbye maná, la tomé de un reportaje en la televisión que vi hará unas semanas, y que me impresionó vivamente. Sí, de la tele, sí.
Será su poder hipnótico, o las triquiñuelas para captar mi atención de los anuncios de comida para mascotas, qué se yo…
Hablaba dicho reportaje, sin entretenernos más, del desplome que había sufrido en el mundo, pero sobre todo en España, el negocio inmobiliario. Tema recurrente donde los haya, bien conocido de todos y que nos encontramos ya hasta en la sopa.
La novedad, sin embargo, consistía esta vez en mostrar a los protagonistas del drama a cara descubierta, para a continuación proseguir con el relato de sus desvelos, y esfuerzos por mantenerse a flote, en tan difícil coyuntura.
Y ciertamente daba mucha pena el ir contemplando, una detrás de otra, las familias afectadas de semejante ruina, por lo general gente humilde. Todos ellos asfixiados por mensualidades de hipotecas que eran incapaces de satisfacer, y sobre cuyo futuro inmediato pendía la inclemente espada de Damocles del embargo.
No obstante en muchos de estos casos, y en mayor o menor medida, se percibía también ese vicio de la picaresca tan propio de nuestro país, ahora brutalmente reprimido por el devenir de los acontecimientos. Más en concreto, esas reglas de oro del capitalismo, en las que toda esta gente confió cerrilmente, con las miras puestas en convertirse en pequeños inversores, y de ahí dar el salto a grandes especuladores, y que abruptamente habrían dejado de aplicarse en cuanto se rebasó cierta masa crítica.
Después de todo, en el juego de la compraventa, no todos podemos tirar del mismo lado de la cuerda. No todos podemos ser vendedores de algo (la moto) para lo que, por agotamiento de existencias, no haya compradores (los primos del pueblo).
Lo que es más ¿De dónde sacaremos a los pardillos necesarios en esta transacción comercial de alto riesgo, si incluso en el estrato social más bajo ya todo el mundo se tiene por George Soros?
Los conceptos de tontos y listos, pobres y ricos, son a fin de cuentas el resultado de un juego de comparaciones. Si de la noche a la mañana todos nos hacemos ricos, es de cajón que automáticamente deja de tener sentido serlo. Aparte de ser inviable.
¿Quiénes pasarían a ser nuestros sirvientes de implantarse el pelotazo universal y gratuito?
Si nadie le da un palo al agua, a quién se le manda a hacer los recados, quién lava los trapos sucios, quién los plancha…
Es por eso que, un sistema que funciona al son de las desigualdades sociales, necesite reciclarse sin tardanza, volviendo a crearlas ipso facto.
Y en esas estamos.
Adiós pues al dulce sueño de retirarnos a las Bahamas a vivir de las rentas, y a disfrutar sobre la cubierta de un yate de las aguas cristalinas del trópico, donde las aglomeraciones al estilo Benidorm no tienen cabida.
Adiós a ese sueño tan volátil y efímero. Hola pesadilla.

domingo, 22 de febrero de 2009

La luz decadente


La vida se le escapaba amarrado a una mascarilla de oxígeno, precipitándose a un abismo cada vez más negro e insondable, pero, aún en plena depauperación, era capaz de sentir el tenue arrullo de aquella luz auxiliadora. Y de cegarse en su fulgor incandescente.

Quasarts entertainment presents

Une création littéraire de la societé Food and Drugs

La luz decadente (The fading light)

Léela free of charge en Status: Playing a través de este enlace

Disfrútala con inmoderación

domingo, 15 de febrero de 2009

Il giorno dell'amore (due)


No me gusta dedicarle un post a esto de San Valentín, con sus cajas de bombones, sortijas de brillantes, ramos de rosas rojas y demás demostraciones de, las más de las veces, puro convencionalismo y farsa almibarada. Y menos aún en estos tiempos de consumismo pachucho y en los que el merchandising está tan necesitado, valga la expresión, de gestos de ternura y apoyo. Casi era lo más adecuado dejar que se pudriera tirado en una esquina.
No obstante lo voy a hacer, y lo haré por la sencilla razón de que, hacerlo, me parece la mejor receta para eludir el sentimiento de responsabilidad, culpa y superstición que me produciría el no hacerlo. Yo me entiendo.
A ello, pues.
Se ha dicho por activa y por pasiva que Paris es la ciudad de los enamorados, y sin embargo yo tengo mi propia opinión al respecto. Para mi la capital del amor es sin duda Venecia. Un lugar lleno hasta la bandera de obras maestras del arte (estas en su expresión más excelsa), y que, como contrapunto trágico, día sí, día también, sobrevive a la amenaza permanente de verse sumergido en un pantano mugriento y hediondo… ¡Admitámoslo, eso es la cumbre máxima del romanticismo!
Mi opinión, por otra parte, bien pudiera catalogarse de cualificada. No en vano, hablar del amor es relativamente sencillo para un escritor con vocación de poeta, o viceversa, para un poeta con vocación de escritor. Lo realmente complicado es abstenerse de hacerlo. Y es que en cuestiones amorosas, sentimentales y no tan sentimentales, el elemento verdaderamente difícil de manejar es el de la abstinencia.
De hecho, el propio santo elegido para onomástica, San Valentín, ya da una idea muy aproximada de lo que se requiere en este juego de pasiones, que es al fin y al cabo el tira y afloja del amor.
Según parece el individuo este, Valentín para los amigos, era un mártir que aguantó carros y carretas, lo que se dice los brutales tormentos de la época, que no eran precisamente chiquilladas, antes de renegar de su fe. He aquí pues, a mi entender, las dos claves que explicarían el fenómeno amoroso.
Uno, la atracción por lo desconocido, y las necesarias dosis de riesgo que ello comporta, tanto físico como psicológico; y dos, el grado de fidelidad a una situación ideal, o de obcecación, que cada cual elija el término que mejor le parezca, que es lo que, paradójicamente, suele conducir a las relaciones hacia su propia autodestrucción (o situación más comúnmente conocida con el nombre técnico de desengaño).
El amor tiene muchas intensidades diferentes, y, entre lo poco o lo mucho, siempre se halla el gradiente de lo carnal. Digamos que este último aspecto se podría comparar a una intervención quirúrgica, la cual dependiendo del área del cuerpo afectada y el tiempo bajo los efectos de la anestesia, tiene mejor o peor pronóstico.
Si bien, por fortuna, nada en materia de amores es incurable o produce daños irreparables. E incluso es otra más de las tantas y tantas cosas que el dinero puede solventar cómodamente. Abonando la cuota correspondiente, uno puede incluso obtener la anulación de su matrimonio por vía sacra, en lo que podría ser considerada la fórmula más hipócrita de recto proceder jamás concebida.
Pero no seamos negativos. El amor requiere de una gran voluntad de mejora, y optimismo a espuertas.
Hemos pues de dejar a un lado complejos absurdos y ser como San Valentín, “valentines”, y no “cobardines”, y perdón por el chiste fácil.
Toda vida presente sobre la Tierra, al fin y al cabo, es el resultado de un acto de amor y alberga por tanto, una hipoteca de turbio origen y con cláusulas de vencimiento insoslayables. Quiérase o no se quiera, estamos aquí de prestado. Como la ciudad que se hunde lentamente en el fango.
Enhorabuena pues, a aquellos de vosotros que hayáis podido encontrar los caudales entre los forros del colchón. Los que continúen en deuda con la vida, y en números rojos con el amor, ya saben que mientras tanto, no tendrán crédito en ninguna parte, ni disculpa que ofrecer.
Y una última apreciación. Si para ligar mucho se acepta generalmente que hay que ser muy inteligente emocionalmente, ¿qué término se podría aplicar entonces a los que no lo son? ¿Subnormales profundos emocionales? ¿Cabezas de chorlito insensibles? ¿Burros homologados?
Sí, son todos términos muy despectivos para con la condición de los célibes y desparejados, pero no olvidemos tampoco que tanto las ratas como las cucarachas, a juzgar por sus ratios de apareamiento, serían sin ir más lejos, y por esa misma regla de tres, quienes se hallarían en la cúspide absoluta de la Inteligencia Emocional.
Como se puede ver, el que no se consuela es por que no quiere.

sábado, 14 de febrero de 2009

Il giorno dell'amore (uno)


Da comienzo aquí el primer post conmemorativo de la semana romántica en Food and Drugs, dedicacada al San Valentín de 2009.
Nosotros no hacemos negocio de la fecha, pero sí, como no, chanza.
Y para ir abriendo boca, sirva este primer dibujo como advertencia a los que sin tenerse por tortolitos, enamorados, ni nada que se le parezca juegan con fuego, y desafían a la más poderosa y traicionera de las pasiones humanas: L'amour.
Así que por mi parte todo está bien claro.
Mucho cuidadín, y a andar con pies de plomo, que como reza el anuncio de no se qué marca de patatas fritas: Una vez que haces "pop" ya no hay "stop".

domingo, 1 de febrero de 2009

Batalla Judicial


Hay infinidad de películas sobre juicios que son memorables. No sé por qué, pero es un género que tiene algo que lo hace ser tremendamente cautivador.
Quizás sea esa búsqueda desesperada de la verdad, ese intento de reconciliar la realidad con las versiones necesariamente divergentes, más o menos adulteradas en nuestro provecho, que cada uno tenemos de ella.
Sea como fuere, lo cierto es que no es difícil identificarse con los litigantes de las grandes obras maestras del cine (o de la literatura), y meterse en la piel de los personajes, porque a fin de cuentas el que más, el que menos, todos tenemos un caso que defender.
Siempre, claro está, que no vayamos demasiado lejos en nuestra interpretación, y acabemos creyéndonos el fiscal de distrito Jim Garrison (Kevin Costner) en JFK (caso abierto).
Bromas aparte, los grandes procesos de la ficción, y como no, también de la historia, siempre nos han provocado cuando menos la curiosidad. Rodeados, por lo general, de esa aura de magnificencia que los hacen irresistibles al paladar de los estudiosos, pero también a los apetitos de la plebe.
No en vano, gran parte de su poder de seducción tal vez estribe en su simplicidad. En realidad, debajo de toda esa prosopopeya a menudo tan laberíntica, y de su sofisticada terminología, no se oculta sino la eterna pugna entre dos bandos irreconciliablemente enfrentados: El del bien y el del mal.
Y aquí es donde entra en juego la excelsa figura del juez, que es quien habrá de dilucidar a que lado de la sala se encuentran sentados unos y otros.
Así, desde las pequeñas injusticias de cada día, hasta los más grandes y monstruosos crímenes de lesa humanidad, todas requieren un juez y un veredicto, de forma que la historia se pueda seguir escribiendo.
Quepa recordar en este punto, que todos, o casi todos, los dioses de las religiones monoteístas, se reservarían para sí esa prerrogativa final de actuar de jueces supremos. Siendo esto último sin duda, lo que les conferiría su verdadero poder y autoridad, pues de lo contrario no pasarían de ser unos simples espectadores de las refriegas mundanas.
Y esto nos lleva, por analogía inversa, quiérase o no, a esa presunta condición deífica de la que, entre la ciudadanía, suelen gozar los magistrados.
Así, en el subconsciente popular, tanto estos como los médicos, o los pilotos de aeronaves, habrían de ser siempre infalibles, olvidándonos de que en el fondo no dejan de ser otro colectivo profesional más, sujeto a sus correspondientes responsabilidades penales en materia de negligencias y descuidos, y por lo tanto, con sus legítimas reivindicaciones.
No olvidemos que en la reciente convocatoria de huelga del estamento judicial, de la que son sus promotoras las asociaciones de nuestro país, lo que se pone de manifiesto, y lo que a fin de cuentas se sustancia, no es sino esta simple realidad.
Sorprende un poco, eso sí, ver a los jueces de pronto, de la noche a la mañana, convertidos en unos contestatarios, empeñados en hacerse pasar por obreros de una empresa en quiebra, para tomar las calles a golpe de cacerola. No es su estilo, que digamos. Pero a su manera son también trabajadores, y se levantan todos los días a las seis de la mañana para lidiar con antipáticas, y cada vez más abundantes, montañas de papeles. No es pues de extrañar que quieran más manos al chollo, y más jornal al bolso.
La pena es que, como de costumbre, tengamos que ser nosotros, los contribuyentes, los que corramos con los gastos.
Pero yo no voy a abogar a favor ni en contra. Doctores tiene la iglesia.
Allá ellos pues con los argumentos de que dispongan y lo convincentes que resulten.
Además se me ocurre algo mejor.
Que cada cual por sí mismo, y por una vez al menos, se sienta libre de valorar la justeza, o ecuanimidad, de sus demandas.
¿Inocentes o culpables?

viernes, 16 de enero de 2009

Idolos de plastilina


Cuando me enteré de que la niña china que había cantado en la inauguración de las olimpiadas de Pekín era un fraude, no me lo quería creer. Me parecía absurdo e innecesario. De entre más de mil millones de chinos, pensaba, no podía ser tan complicado encontrar a una que cantara bien y fuese agraciada a la vez.
Supuse, en un principio, que la teoría del playback era un bulo que, desde las trincheras occidentales, se había corrido con la intención de empañar la fastuosa ceremonia que había dejado boquiabierto a más de medio mundo.
Era además una maniobra muy burda, que sin duda se dirigiría a atacar a los chinos en donde más les duele, en su mala fama para con las falsificaciones, y en la escasez de niñas fruto de sus nefastas políticas demográficas.
Pues ahí donde lo veis, resultó ser cierta. Y era como si se lo hubieran buscado a caso hecho. ¿Cómo podemos liarla para asegurarnos de que, si esto se descubre, quedaremos a la altura del betún?, debió preguntarse alguien, o eso es lo que la naturaleza de los hechos sugiere.
Y mientras tanto, yo aún sigo sin entender por qué la niña suplantada, la de la voz en off, la original, fue al fin y al cabo descartada. No solo no era un adefesio, sino que su cara era más entrañable. Gozaba de los típicos rasgos orientales y era una representación perfecta del pueblo llano al que tanto apela el comité central del partido comunista chino.
El mundo se habría encariñado con ella, y habría sido una demostración inmejorable de las teorías marxistas de la igualdad de oportunidades, estampadas justo en las narices mismas de las hipócritas sociedades occidentales.
Y sin embargo prefirieron a una de rostro más artificial, más aproximada al ideal de belleza al que religiosamente se adhiere la fábrica de muñecas Mattel.
Fue ridículo. Metieron la pata hasta el fondo. Si bien, es algo que suele ocurrir muy a menudo, cuando queremos pasar por algo que no somos.
De hecho a mí también me ocurre muchas veces cuando me obceco y trato de alcanzar la perfección en mis obras. El resultado es siempre el mismo, papeles emborronados hasta donde alcanza la vista.
Por eso que cuando veo a tantos y tantos jóvenes y adolescentes en You Tube, aireando sus creaciones en una borrosa pantallita de apenas 20 por 10 centímetros, no puedo dejar de preguntarme qué esperan obtener de este medio, Internet, donde dar el cambiazo es todavía más fácil y sin duda mucho más aséptico.
La música es de todas las artes que nosotros, los amateurs, publicamos por Internet, probablemente la más vulnerable. Es tremendamente fácil plagiar o robar directamente una idea feliz de otro. Y la posibilidad de volver a dar con esa, u otra melodía exitosa, es prácticamente la misma para ti que para el “cazatalentos” que te la fusiló.
Yo por eso me alegro de estar negado para la música, y aunque la disfruto como un enano, y me postro ante la maestría de los grandes, y no tan grandes compositores, e incluso de simples arreglistas, el solfeo definitivamente se me atraganta. Corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas, etcétera, etcétera… Para mí eso es chino.

sábado, 3 de enero de 2009

El Fondo de la Cuestión


No sé si estará relacionado o no; será quizás porque tantos bienintencionados deseos de paz, mantecados y polvorones, me han llenado un poco de más el buche, y es sabido que los grandes atracones siempre degeneran en grandes pesadillas, pero hoy sin saber porqué me he puesto de pronto a recordar mis miedos infantiles.
Y la verdad es que echo un poco de menos esa otrora capacidad intrínseca para el susto y la impresionabilidad, aquellas facultades innatas para rumiar el canguelo durante meses, tan características de mi niñez.
Entonces las películas tenían otra clase de impacto sobre mí muy diferente del actual. No sé en que momento empezó en mí el sainete maniaco-artístico de querer imitarlas, y su observación analítica, pero creo que en ese punto algo muy querido, y al mismo tiempo muy odiado, se apagó dentro de mí.
No he olvidado, aún así, los espeluznantes efectos secundarios que las películas de vampiros solían tener en mis terrores nocturnos, engordándolos más y más con cada nueva entrega del género que se cruzaba por delante de mis ojos.
Y me viene precisamente a la memoria una en particular. Una en la que los “buenos”, en una escena final escalofriante, entraban al cementerio y, cripta por cripta, iban levantando las lápidas para asestar estacazos en el corazón a todos y cada uno de sus moradores. Al final, no pasaban uno solo de aquellos blanquecinos fiambres sin dejarlo bien entibado contra el respaldo del féretro, pero, ya fuera de la pantalla, yo siempre me quedaba con la duda de que alguno de ellos, más cuco y más vivillo que el resto, se les hubiera escapado.
Todo eso se diluyó andando el tiempo, y por desgracia preocupaciones de otra calaña, si cabe más hedionda, estreses y fobias variadas, corrieron raudas a ocupar el trono vacante. El fracaso, la fatalidad, el ridículo, los exámenes de septiembre… se convirtieron en los nuevos niños malos del correccional.
Quiero creer que todo esto es ya agua pasada, y que los años han ido echando capa tras capa de sedimentos en esta región pantanosa de mi conciencia, pero sería faltar a la verdad hablar de extinción total. Los miedos infantiles son como las cucarachas. Si te despiertas de noche y vas al baño, existe una probabilidad muy elevada de toparte con alguna. Y puedes matar media docena a escobazos, que siempre habrá nuevas que vengan a reemplazarlas.
De hecho, por todos lados nos siguen inoculando miedos diversos en el torrente sanguíneo, y muchas veces ni nos damos cuenta de cómo influyen en nuestra propia percepción de la realidad. Miedo a las crisis, a los colapsos económicos, al terrorismo y las guerras… A las nuevas enfermedades resultantes de mutaciones virales horripilantes…
Nuestra alma, asediada desde frentes tan diversos, no tiene punto de recogimiento.
Si bien hay una película, que exactamente no recuerdo su título ni protagonistas, que ha atravesado todo este océano de tiempo indeleble, culebreando por entre las sucesivas metamorfosis de mis temores fisiológicos.
La vi siendo un chaval, y estoy seguro de que me seguiría aterrorizando de la misma manera ahora como adulto.
Trataba esta de un submarino alemán, que alcanzado por un torpedo aliado, se iba a pique sin remedio. No eran propiamente los nazis los que se iban al fondo más estremecedor de las tinieblas, no, sino simplemente soldados alemanes derrotados, pobres diablos arrastrados por una suerte esquiva, y a los que implacablemente, el argumento reservaba un desenlace infernal. Así, su envoltura metálica, improvisado ataúd de latón, con cada pie que se hundía, se iba volviendo más y más vulnerable a la presión, y en última instancia ya solo remitía a elegir entre la asfixia por agotamiento del oxígeno interior, o el aplastamiento de la nave al más puro estilo del papel de aluminio.
Como se ve, el horror en su vertiente más opresora… Luego no creo que sean necesarias más explicaciones para justificar su longeva pervivencia entre mis más inveterados recuerdos.
Pero puede que ello se deba también, al hecho de que las profundidades abisales continúan hoy en día siendo una de las últimas fronteras del conocimiento. No en vano, solo cinco países han conseguido enviar sus batiscafos a explorar las fosas del pacífico, y lo mismo se sabe, muy poco en comparación con otras regiones del planeta, acerca de las dorsales oceánicas, alrededor de las cuales gira todo el modelo geológico de placas tectónicas. Están por tanto, muchas de esas incógnitas todavía envueltas en un muy sugerente halo de misterio.
…Que, a propósito, ¡se me olvidaba mencionar otro de los miedos más comunes de la gente! ¡El miedo horrendo a los terremotos! Tampoco es que sea de quitar el sueño, pero curiosamente nadie piensa en que nada parecido pueda sucederle, en su país, en su ciudad, hasta que un buen día la casa comienza a dar brincos.
En cualquier caso, el pasar por estos malos ratos de vez en cuando no es perjudicial en absoluto, e incluso a la larga se revela como algo indispensable para que la vida cobre un sentido y merezca la pena. Sin ellos, la lectura de esta que nos arrojaría un medidor virtual, sería equiparable a la de un encefalograma plano.
Como dice Roy Batty, en Blade Runner, en este video que generosamente patrocinó la "desaparecida" marca de cintas TDK, intentando convencernos de lo importante que es conservar nuestros recuerdos (a ser posible en soporte magnético), y que se coronó en una de las obras maestras del séptimo arte: “Es toda una experiencia vivir con miedo”

Perdón. Este era el video. Un lapsus.

martes, 30 de diciembre de 2008

Feliciano 2009


Feliz año 2009 a todos aquellos que habéis visitado este blog. Espero que haya sido un entretenimiento aceptable y que siga siéndolo en el futuro.
No os deprimais por el 2008. No quiso ser como lo demás, y a fé que lo consiguió.

¡Hasta el año que viene!

lunes, 22 de diciembre de 2008

La tele está pachucha


La televisión no es más que un sustitutivo barato y aséptico de la vida.
Y sin embargo, el que se sienta frente a la pantalla de su receptor, espera obtener de ella justamente aquello que le niega el mundo real: Emoción, diversión, sensaciones fuertes, etc... O sea, una especie de maná psicoterapéutico.
Lamentablemente, y para su desdicha, suele quedarse siempre al final de la programación, y ahí está lo terrible, con el remordimiento por el enorme y valioso tiempo perdido.
Hay pues una relación viciada entre el telespectador y el objeto de su deseo, pero tampoco se diferencia mucho de aquello que observa en su entorno social, en el que, a fuerza de desatenderlo sistemáticamente, carece de opciones para interactuar. En ambos medios, todo lo más que recibe son estímulos huecos, nada más que eso. Y así, por lógica, también se siente cada vez menos tentado a cambiar de actitud.
No es que este, nuestro espécimen, sea tonto, como mucha gente insinúa a menudo. Y desde luego, sabe perfectamente que el noventa por ciento de lo que se emite por la caja tonta es prescindible, e incluso potencialmente dañino para su propio patrimonio intelectual y emocional.
Pero eso a millones y millones de seres anónimos como él, repartidos por todo el orbe, parece darles igual. Y en el fondo hacen como si nada, o lo que es lo mismo, tragan con lo que les echen.
Al fin y al cabo: ¿En qué se diferencia esa actitud de la que por regla general adoptan en el transcurso de su existencia cotidiana?
Su querida televisión es un cementerio de voluntades, un electrodoméstico ideado para congelar su capacidad de reacción y bloquearles el entendimiento, pero para no variar, ellos ni se inmutan. Y bien no lo hacen porque esta, con su disfraz de guirnaldas y exuberante colorido, les ha conseguido embaucar, o sencillamente porque prefieren no hacerlo. Tal es el punto de parálisis al que se han visto abocados.
Afortunadamente hará unos días leí una noticia en un periódico en la que se afirmaba que Internet y sus redes sociales, le estaban ganando la partida a la hasta no hace mucho “genial e incomparable” televisión.
¿Será posible que el profundo aletargamiento de gran parte de nuestra sociedad pudiera estarse revirtiendo? ¿Nos hallaríamos ante el comienzo de una nueva era, en la que la gente optase por participar y contribuir con su propia voz?
¿O es solo que la crisis de creatividad de nuestras cadenas les pasa finalmente factura, y ya ni sus incondicionales son capaces de seguir ingiriendo semejante papilla?
No me importa cual de estas que he citado sea la causa real de su afección, pero si me siento feliz por lo que se intuye ha de ser la solución al problema. Una solución que únicamente pasa por la renovación de los contenidos, la moderación de los usos y volúmenes publicitarios, y la creación de espacios de calidad, más respetuosos con el nivel cultural de la población.
Todo esto sin perjuicio claro está de que haya pequeños momentos de esparcimiento, en los que la tele también pudiera volver la vista atrás y reírse de sí misma. Y que sus freaks y demás miembros de su séquito, personajillos todos de la farándula, con los que tan a gusto se siente, tuvieran al menos una ventana a la que asomarse.
Pero sin hacer de ello, como hasta ahora, su única propuesta de entretenimiento.
Porque es como decirle a una persona medianamente instruida, que su aburrimiento solo se alivia yendo a mirarse a un espejo, y reírse de la cara de idiota que pone el que le contempla desde el otro lado del cristal. La paciencia humana tiene un límite, e incluso las más rígidas y anquilosadas mentalidades parecen de pronto estarlo comprendiendo.
Y aunque no deja de ser una noticia que ha de ponerse en perspectiva, y por tanto una tendencia todavía pendiente de consolidarse, no puedo dejar de alegrarme, ni de sentirme ilusionado.
Los días de esplendor de la chabacanería parecen tocar a su fin.

viernes, 12 de diciembre de 2008

La Navidad se sirve fría


“Navidad, navidad, dulce navidad…” que reza el villancico, atropellando con descarnada frialdad los sentimientos de los diabéticos, para quienes estas fechas, sin duda, deberán estar marcadas en negro en el calendario.
¿Pero, realmente es dulce la Navidad?
Por lo pronto pocos temas concitan opiniones tan radicalmente enfrentadas como este. Y nadie lo diría, pero por extraño que parezca los mensajes de paz, amor y felicidad navideños son pura dinamita en nuestras incómodas y destartaladas conciencias católico-apostólicas.
Para unos, pues, todo esto no es más que una excusa para vender cosas inservibles al por mayor, es decir la orgía por excelencia del marketing y el consumismo, y apenas se diferenciaría de los viejos ritos paganos a los que, un poco de maquillaje por aquí, otro poco por allá, habría venido a sustituir.
Otros, en cambio, se aferran a la letra y el espíritu de su condición presuntamente sagrada, y se juramentan a santificar las fiestas, por mucho que estas de castas y beatas cada año tengan menos.
Pero que nadie piense que son un colectivo en retroceso. De hecho se nutren de otras muchas voluntades asimilables, que, nadie sabe por qué, y estando tan cabalmente desengañados del asunto como los referidos en primer lugar, les siguen en cambio a ellos, cerril y disciplinadamente, la corriente.
Y yo, que siempre juego a ser equilibrista entre los que dicen so y los que arre, nuevamente, preferiría no emitir opinión alguna.
Considero mucho más elegante mantenerme al margen. Además, después de mucho argumentar a favor y en contra, podría llegar a ese punto, en el que sin yo comerlo ni beberlo, me encontraría de pronto integrando ese grupo intermedio anteriormente mencionado: Esto es, los que se dejan llevar al son de las doce uvas entre campanada y campanada. Y eso tal vez me provocase, psicológicamente hablando, un nada recomendable conflicto interno.
Todo ello además, en puertas de un nuevo año que, de momento, todavía se anuncia más crudo que su precedente.

Postdata: Feliz Navidad, amigos.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El paracaídas dorado


Bueno, la gente quiere hacerse rica y no lo disimula. Yo mismo, sin ir más lejos, no tendría inconveniente alguno en mudarme a vivir al depósito del Tío Gilito, y todas las mañanas, darme un refrescante chapuzón entre sus trillones de monedas.
El problema es que la condenada lotería no termina de ser la solución. La de veces que les habré dicho a los niños del colegio de San Ildefonso que cuando saquen la bolita canten mi número y, nada, los muy cabezas huecas siempre lo dicen confundido. Cosas de esta educación ramplona de hoy en día en la que no se repite curso ni adrede.
Y por otras vías… Pues como que no. De hecho hace falta o tener mucho talento o ser muy hijo de la gran p… Y yo ni de lo uno ni de lo otro ando muy sobrado.
No obstante la estrategia esta clara, y, en las últimas fechas, los ejemplos nos llueven del cielo.
Pongamos por caso los tan comentados enriquecimientos relámpago de los ejecutivos de las instituciones financieras que recientemente se declararon en quiebra.
Lo primero es acreditar eso de lo que hablábamos antes, un enorme talento (para los negocios, las ventas, o para lo que sea), y una vez conquistada la plaza, sacar de dentro a la verdadera víbora que uno es, que entonces se echa el plan a rodar.
El procedimiento a seguir sería tan sencillo como hacerle un nuevo contrato blindado a toda la junta directiva, no olvidando que el propio ha de ser el más jugoso, y posteriormente hundir la empresa. Así de fácil.
Y sin más, a cobrar las millonarias indemnizaciones… Tan ricamente.
Es lo que los franceses llaman Le parachute doré (El paracaídas de oro), y al que un tal Alain Souchon le ha dedicado una simpática coplilla verbenera, que por lo visto, entusiasma a nuestros vecinos del otro lado de los pirineos.
¿Para que preocuparse de las miles de familias que se quedarán sin sustento? Tumbado en una playa de las Bahamas, y con varios sirvientes al lado prestos a saciarte todos los antojos, eso es pecata minuta.
Además los males y rasgaduras de la conciencia cicatrizan mucho más pronto de lo que uno se imagina.
Y sin embargo decía San Mateo en los evangelios, muy altisonante: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? Pues parece que en lo que llevamos andado, desde el siglo I hasta aquí, no ha calado muy hondo el mensaje.
Pero como ya decía al principio, la integridad y el recto proceder son un lastre muy pesado. La garantía total de no comerse un rosco.
Aunque no todo en esta vida es el dinero, ciertamente, y muchas veces lo que se paga con el propio sudor, acaba a la postre resultándonos más grato y enriquecedor.
Y hablando del asunto, y como esta vez este blog pone tanto énfasis en el valor tan extraordinario de lo inmaterial, os remito a este video de You Tube que encontré de chiripa, en el que Almudena Cid, la gran gimnasta olímpica española, nos desnuda su alma. Es solo el alma, no os emocionéis.

martes, 18 de noviembre de 2008

Plutonianos


Este dibujo está algo pasado de fecha, lo admito. De hecho hoy el sector inmobiliario, en cuya voracidad estaba basado, ya no es ni la sombra de lo que fue. Tiene, pese a todo, esa cierta candidez de las miradas en retrospectiva.
Recuerdo, al igual, que en aquellos días plácidos, ya lejanos, era noticia de titulares un hecho tan superfluo como la disyuntiva en la UAI (Unión Astronómica Internacional) de si, al hasta entonces planeta Plutón, se le mantendría la susodicha categoría de planeta o se le rebajaría a la de mero asteroide.
Una tontería de lo más pueril cuando le afecta a un pedrusco que flota en mitad de la nada, pero que tranquilamente nos puede amargar un rato largo la existencia, si la china nos cae a cualquiera de nosotros, y, por poner un ejemplo extremo, pasamos, de la noche a la mañana, como el ex-presidente de los EE.UU. George Bush, de ser el hombre más poderoso del mundo, a no más cosa que otro desempleado más.
Lo cual lo liga aún más a la trágica suerte de nuestro destronado astro menor. Aunque, por otra parte, al tratarse del dios mitológico Plutón, del que este último tomó su nombre, amo y señor del inframundo, ya debería tener el cuerpo hecho a esta clase de afrentas.
Claro que, al inefable ex-presi Bush, creo yo, que le va un poco más a juego la analogía con Marte, dios de la guerra.

martes, 11 de noviembre de 2008

Piratería Internacional


Por lo visto, en estas últimas fechas vuelve a haber mar de fondo en torno al cuerno de Africa. Y es que cuando hay cuernos de por medio, por regla general, el lío suele estar garantizado.
Bromas aparte, los piratas somalíes parece ser que vuelven por peteneras, y han demostrado hallarse más activos y mejor preparados de lo que en principio se esperaba, para desgracia de los atuneros vascuences.
De hecho, estos no son, no señor, los pobres inmigrantes de los cayucos y pateras, famélicos y desarrapados, que huyen de la miseria endémica del continente negro, y que es la primera imagen que a uno se le viene a la memoria.
Y tampoco son cuatro alborotadores de barrio, armados con palos y con pinchos, que simplemente se conforman con hacer valer sus preceptos sobre el terreno frente a las industrias pesqueras del ensoberbecido y despilfarrador primer mundo, en un intento de impedir que les usurpen sus riquezas marinas.
Lo que hay montado es todo un operativo mafioso de secuestro y extorsión, que es llevado a cabo por profesionales. Comandos, que al margen de hallarse pertrechados con el material bélico más moderno e intimidatorio, rifles de asalto Kalashnikoff, lanzagranadas, etc…, cuentan con tecnología puntera en cuanto a radares y conexión a satélites, lo cual les permite localizar y disponer de sus presas con precisión telemétrica. Todo pagado a cuenta de los rescates que, con gran dolor de corazón, han de pagar los armadores de los buques capturados.
Pero esta no es la peor piratería a mi juicio. Y que las malandanzas de estos corsarios del Índico se nos acabe repercutiendo sobre el precio de la lata de atún en conserva, tampoco, para ser sinceros, me quita el sueño.
La piratería que a mí me preocupa, y que, en toda discusión con alguno de sus partidarios, me empuja a niveles de ofuscación muy por encima de lo contemplado por la escala de Ritcher, es la que respecta a la sufrida por la propiedad intelectual.
Para mí el que de unos años atrás a esta parte hayan florecido los programas de intercambio de ficheros vía Internet, como el e-Mule, o el Bitorrent, sería lo que en gran medida explicaría el progresivo declive, por no llamarle gangrena, de las industrias del entretenimiento tradicional. Estando aquí, la cinematográfica, a la cabeza de todas en cuanto a perjudicada.
Hoy en día, el querer ver una película en formato de pantalla grande, es ya una quimera de cuya semblanza dan solamente testimonio los libros de historia.
Obras como Siete novias para siete hermanos, Alí Babá y los cuarenta ladrones,101 dálmatas, y así sucesivamente, no tienen cabida, literalmente hablando, en los minúsculos reproductores con los que nos asaltan en las tiendas de electrónica. Solo caben el protagonista, la protagonista, y si se tercia, algún artilugio de placer sexual. ¡Y perdón por la ordinariez, pero es la realidad!
Hemos de salvar a nuestra cultura, y a nuestro arte, de los tentáculos perversos de la piratería. Una piratería de la que todos formamos parte de una manera más o menos inconsciente, más o menos indolente… Y que lejos de reportar un avance, constituye todo un retroceso.
Corrijámonos pues ya mismo, y a partir de ahora, y con solo un pequeño esfuerzo de voluntad al día, lograremos volver a disfrutar de nuestras obras de arte favoritas, en buena compañía y a lo grande. Y sin dejar los sueños nuestros, y los de nuestras generaciones venideras, en las manos del Capitán Garfio.

Dibujo dedicado con cariño a todos los trabajadores y trabajadoras de la industria pesquera y conservera, en las que Galicia y España, son potencias de orden mundial.

Nota: Ha entrado en servicio el blog Status: Playing, que desde ayer le hace la competencia desleal a Food and Drugs. Pero no hay por qué inquietarse… En realidad el primero no es más que una marca blanca del segundo. Un refrito de mala muerte.
Nada… Yo no perdería el tiempo.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Se acabó la magia


Hay veces que uno se siente un poco conejillo de indias. Indefenso y a merced de los experimentos de otros.
Son situaciones desagradables, evidentemente, y uno prefiere pasar página cuanto antes y no pensar más en el tema, pues no se arregla nada por más y más vueltas que se le den.
Otras veces sin embargo es uno mismo el que experimenta con las criaturas que considera inferiores, y no le da mayor importancia. Por que sufran un poquito nada malo les va a suceder, aduce. Al contrario, es sano. Les fortalece el carácter y les ayuda a mantener sus defensas activas. Y por ende no hace falta que se tomen ningún brebaje con fermentos lácticos ni bacilos benignos.
Uno de estos entornos donde se abusa de estos principios es el del mundo laboral. ¡Oh, inmisericorde mundo laboral!
En teoría, siempre en teoría, la brega cotidiana nos hace más fuertes, nos curte (en mil batallas, y en las respectivas madres de esas mil), y nos proporciona una pátina de invulnerabilidad que luego, ya en el exterior, nos convierte en algo semejante a bestias primitivas. Solo es posible abatirnos con balas de un calibre especial: Las capaces de traspasar la gruesa piel de un rinoceronte.
Pero dudo mucho yo de que esto en la práctica sea así. Y que sea más bien que, con cada día que pasa, uno se esté dejando la salud y las ganas de divertirse. Todo ello, envuelto como ya digo, en enaltecedoras proclamas de su bondad e idoneidad. En fin, el discurso oficial.
El caso es que como reza el título, toda esta rutinaria refriega, lo que va minando y mermando más rápidamente es la magia de vivir.
Sí, el curro es el mejor antídoto contra la capacidad de las personas de sorprenderse con las cosas, y la mirada de uno hacia lo que le rodea se vuelve más obtusa y más rácana. Todo tiene que aportarnos un resultado tangible e inmediato…
Y yo no se si estoy muy de acuerdo con eso.
Para mí, la consigna es no perder la ilusión y creer en el enorme poder revitalizante de lo fantasioso.
De manera que lo de se acabó la magia se lo dejaremos a los matrimonios y parejas en vías de ruptura, frase muy típica del gremio, y asimismo a todos los que como ellos se lo hayan buscado, empeñándose en vivir en ese mundo de lidiar todo el rato con la china en el zapato, o con la carnecilla entre el incisivo y el canino. Un mundo cabizbajo e insípido.

martes, 28 de octubre de 2008

La factura energética


Estreno logotipo de mi división de experimentos literarios Quasarts entertainment, y para celebrarlo, me hubiera gustado escribir un pequeño micro relato conmemorativo, pero la falta de tiempo material lo ha imposibilitado. Otra vez será.

En su lugar, habremos de contentarnos con esta entrada a medio camino entre lo tenebroso y lo psicodélico, que en los tiempos que corren, es lo poco de lo que me hallo en condiciones de ofrecer.



La factura energética

Hablamos de chantaje.
Estoy convencido de que hacer deporte me beneficia. Invierto recursos y gasto mucha energía en lo que es una de mis aficiones sacrosantas, el atletismo, pero al mismo tiempo, obtengo de ella unas plusvalías: Salud, bienestar, optimismo, etc.
Sin embargo, últimamente, y con el paso de los años, observo que el ciclo de Carnot de la transformación de la energía arroja en mí valores cada vez más decepcionantes. El rendimiento global, por principio siempre desfavorable, ha experimentado ahora una contracción muy acentuada, lo que me obliga a echar más y más carbón a la caldera para conseguir que el émbolo suba y baje al mismo ritmo, la biela se impulse el mismo número de veces por minuto, y que el tramo de la circunferencia que avanzo en cada ciclo siga siendo 2πr.
Pero el carbón también se acaba, y cada vez va habiendo menos, con lo que en cada palada he de reducir la cantidad para poder alargar la vida útil de la máquina.
Ante lo que trato de jugar con la inercia. Saber envejecer es, no hay duda, saber aprovecharse de las inercias acumuladas durante la juventud.
No obstante, por mucho que se sepa, y se entienda de números, hay una realidad que es clara, el contenido del vagón del carbón, inexorablemente, va disminuyendo con cada kilómetro recorrido, con cada estación que dejamos atrás. Y el mineral de la parte inferior, nada nos garantiza que vaya a ser igual de puro y lustroso, que el que se hallaba a la vista. Tendremos pues que confiar en la honradez de quienes al comienzo del viaje lo cargaron, y en que no haya mucha mezcla de esquistos y materias volátiles.
Porque insisto, más carbón ya no va a haber. Los reyes magos ya no nos traerán ni una sola onza más. Y no por ninguna razón en concreto, a la que se pueda objetar, sino simplemente porque estos dejaron de existir en cuanto dejamos de ser niños, y porque ya tampoco nos podemos portar tan mal como lo hacíamos antes… Ya me entendéis.
Resumiendo, apreciados lectores, vivir es someterse a un chantaje permanente. Estamos diseñados para buscar eficiencias absolutas, y aspirar a rendimientos perfectos del 100%, pero la madre naturaleza que es una bromista, o mejor dicho, una incondicional de las bromas pesadas, lo prohíbe por decreto.
Para ella que el ser humano, que en su seno ha engendrado, pueda, con toda su mediocridad a cuestas, anhelar la perfección, es un tema tabú del que no quiere ni oír hablar.
Le costó hacernos, el mismo trabajo que a una hormiga. De hecho, vistos al microscopio los planos de ambos, el ADN constituyente, apenas se distinguen. Y los materiales empleados (proteínas, aminoácidos y agua) son prácticamente idénticos.
Y sin embargo nos exige resultados, y nos demanda tributos de sangre proporcionalmente comparables a los de los dinosaurios.
Ya es triste. Encima de ser poco más que hormigas, estar condenados a la extinción…
En fin. No vale la pena amargarse con esto, de hecho, todavía hay muchas kilocalorías por quemar y las reservas no se agotarán de hoy para mañana. Además el trayecto no deja de brindarnos a cada curva majestuosas panorámicas.
Quisiera saber yo, eso sí, quien me mandaría aferrarme sentimentalmente a esta vetusta locomotora de vapor, a esta cafetera, que cada vez viaja más despacio, (está comprobado, lo dicen las cifras), pero que en cambio, y aunque parezca hecho adrede para crear confusión, a mí se me antoja cada vez ir más y más deprisa.
Lo dicho, chantaje emocional puro y duro.
Es el precio que hay que pagar para seguir subido al tren del desarrollo insostenible.

viernes, 24 de octubre de 2008

Caza Menor


Hay dos tipos de niños: Los que cuando van al mercadillo con sus papás, y pasan delante del puesto de los pollitos, no paran de llorar hasta que su padre les compra uno, y los que lloran delante del puesto de las escopetas de balines.
Aplicando la lógica, uno podría pensar que la historia acabará con el juguete de los segundos haciendo blanco en el juguete de los primeros. Pero no necesariamente siempre es así.
Por lo general esos pollitos que tanto llanto causaron, y que suscitaron vivas promesas de cuidados y limpieza, suelen morir de inanición y sepultados de mierda, antes de concluir la semana. Ni siquiera tienen el privilegio de recibir el tiro de gracia que acortaría su agonía.
Sin embargo, en ambos casos existe un denominador común, y este es el tremendo desprecio que en nuestra sociedad existe por la vida animal.
Admitamos que los otros seres vivos constituyen nuestra fuente de alimento, pero más allá de lo estrictamente imprescindible… ¿Qué necesidad hay de producirles sufrimientos gratuitos y de todo tipo, en el nombre de las tradiciones y/o los mal llamados deportes de aventura?
Posiblemente sea cierto que el ser humano se encuentre en la cúspide de la cadena trófica, y que evolutivamente hablando seamos el no va más, pero eso no nos da derecho a maltratar a nuestros otros compañeros de viaje.
Ellos también se han ganado el derecho a disfrutar de este hermoso planeta. Quizás tan solo por su multiplicidad de formas y tamaños, de comportamientos y rituales, y de hábitats que pueblan, llenándolos de colorido con su presencia.
Lamentablemente, cada vez parecemos ser menos los que opinamos así, y más los que se llenan de gozo abatiéndolos a perdigonadas.
Para mí la caza se puede envolver en estupendas excusas, y nunca faltará el argumento con el que justificarla, pero alguien que se enaltece de regar de plomo nuestros campos, nuestros humedales y nuestra madre naturaleza, es ante todo un enfermo. O dicho más rápidamente, alguien que se divierte matando.
Por otra parte, pretender curarse los complejos alardeando del número de presas que uno se ha echado al cinto, es un esfuerzo baldío. La grandeza o intrascendencia de las personas se mide enfrentándose a los grandes retos, aquellos que le exigen a uno mirar de cara a sus miedos y pavores, y no, desde luego, vaciándoles los sesos a balinazos a unas pobres pollitos de feria indefensos.

Ya que se menciona en el dibujo, dejo un enlace a la página del Seprona, pero hay cientos de asociaciones y ONG’s muy recomendables, Greenpeace la más famosa, o Adena WWF, para aquellos que se sientan parte indisociable de la naturaleza y orgullosos súbditos del reino animal.

viernes, 17 de octubre de 2008

Creación y Realidad


Nada más lejos de mi intención que meterme ahora por vericuetos que me llevasen a darme de bruces con las teorías de la evolución y sus detractores, y sin embargo, a la vista del título, que eso precisamente parece sugerir, es lo que cualquiera en su sano juicio se esperaría.
No. Esas cuestiones, en condiciones normales, y con el grado suficiente de lucidez mental, no me ocuparían ni un milímetro cúbico de la caja craneana. Digamos, por no enredarme más que lo justo en explicaciones, que en lo que a mí respecta las doy por completamente zanjadas.
Mis inquietudes, afortunadamente, están hechas de otra pasta mucho más mundana.
Además estoy un poco cansado de sacar temas tan sesudos, y que parezca que constantemente trato de sentar cátedra sobre esto y sobre aquello de más allá.
Me resisto a ser tan plasta.
Al escribir esto yo pretendo terciar con otros asuntos bastante más particulares, y que sin embargo, sospecho que muchos otros artistas, y aficionados al arte, han forzosamente de compartir.
Y, así, de entrada, podría comenzar diciendo que el proceso de creación conforma un panorama arduo e ingrato, que es un parto doloroso y lleno de incertidumbres, pero que al final encuentra su recompensa, y no estaría diciendo nada nuevo para la mayoría de los anteriormente aludidos.
Y en cambio, no siempre es así. No necesariamente siempre el acto de crear es una angustiosa persecución en pos de las quintaesencias.
Está también, a veces, eso que llaman inspiración, y que es como un elixir mágico, en virtud del cual, basta con sorber unas pocas moléculas de su composición, apenas sus efluvios, que se reencuentra de pronto uno consigo mismo, ebrio de grandilocuencia.
Si bien, esta es un arma de doble filo, una hipoteca sobre las necesidades vitales del artista, que hoy que la susodicha le ha venido a visitar, tal vez no deseara sus servicios, sino que prefiriera, en lugar de sentarse delante de su escritorio, salir a ver lo que se cuece en la calle de al lado, en la esquina opuesta del mapa, o por esos otros mundos de Dios.
Me pregunto por tanto, al hilo de esto, ¿Se podría provocar la inspiración? ¿Viene llovida del cielo, o es el resultado de una predisposición mental en la que el propio metabolismo juega un papel determinante?
Quiero decir, ¿podríamos recurrir a ella del mismo modo “causa-efecto”, en que una barra de helado del hiper, tamaño familiar, repercute sobre nuestro ánimo maltrecho de los lunes a la tarde…? ¿Y de existir, cual sería este mecanismo?
Yo, por ejemplo, he observado que me encuentro más ágil mentalmente, y que, a medida que lo voy haciendo, me gusta más lo que escribo, cuando el día anterior me he metido entre pecho y espalda alrededor de 10 o 15 kilómetros de carrera continua monte a través, al ritmo lo más frenético e infartado posible, y no cuando la pereza me ha convertido, a lo largo y ancho de las semanas, en su abnegado perrito faldero.
¿Será pues, que con la activación general de mis sistemas cardiovascular y locomotriz, se estaría desatando una reacción en cadena que, desde la primera hasta la última célula de mi cuerpo, madres e hijas, no importa su género, condición o estado civil, todas se verían inmersas, principalmente las neuronas, en un imparable torbellino de ideas?
Hablo de ideas en su génesis más orgánica. Ideas en sus estados embrionarios, fetales y prenatales, todas con sus propios matices y texturas cognitivas, azotadas por la galerna de los impulsos nerviosos y su chisporroteante traca pirotécnica, que las obligarían a abandonar, por la fuerza de los hechos, la placentera comodidad de su limbo amniótico. Y tras de sí, prorrumpiendo a continuación, todo el cúmulo de represiones, prejuicios, libres albedríos y experiencias afines, los cuales convergerían sobre una diminuta porción de consciencia, que a su vez, sería la encargada de coordinar los erráticos y azarosos movimientos de la bestia.
¿Será entonces que existe una íntima conexión, y un hermanamiento de facto, entre el mundo de lo material y el de las ideas, mayor de la que sospechamos, y de lo que a Platón y a Aristóteles les hubiera gustado creer, pues a la sazón se habrían quedado sin motivo para sus célebres disputas… O que sencillamente, tras semejante panzada de correr del día anterior, la atracción gravitatoria de la silla sobre mis posaderas se eleva a valores tan desorbitados, que cualquier disculpa es buena, con tal de no levantarme de ella?
A lo que llego a un callejón sin salida: ¿Cómo saberlo, hallándome, como me hallo, inmerso en la inviolabilidad de mi propia percepción subjetiva?

En fin, nada terrible nos sucederá por que, por una vez, nos quedemos a merced de la entropía del sistema, y de las ambigüedades que, inevitablemente, se derivan de un pensamiento en exceso relajado, y en su vertiente más genuinamente parasimpática.
La creación, a fin de cuentas, y para ser realistas, no es más que el acto voluntarioso, pero irracional donde los haya, de despacharse uno con sus propios demonios. Seres estos, por otra parte, fruto de nuestra invención.
¿Merece entonces la pena este mundo imaginario?
Demasiadas incógnitas para un único tema, a la vez tan volátil y tan claustrofóbico.
Pero, como dice la canción, las respuestas están en el viento.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Nos pilló el Otoño


Sí amigos, aquí está otra vez el otoño.
Mala época del año para hacer bromas.
La estación de por sí ya tiene mala fama, y no es para menos. Las hojas de los árboles se caen, dejándolos desprotegidos y sin dignidad, a merced de los fríos vientos, los días se acortan, y las noches sorprenden a niños y ancianos en los parques, que se ven impelidos a evacuarlos por la fuerza.
La luz natural pasa a convertirse en un bien devaluado y escaso, y en su declinar, pone al borde de la quiebra a nuestro ritual cotidiano de actividades al aire libre.
Salud y entretenimiento, dos grandes componentes de eso tan importante que llamamos el bienestar, o la felicidad, son así, de un plumazo, borradas de la agenda. O como mucho, reducidas a su mínima expresión.
Resumiendo, que todas esas diversiones y ansias de libertad de las que gozábamos, son de golpe y porrazo empujadas a ceder su protagonismo, por las buenas o por las malas, a la pertinaz y antipática rutina.
Y con ella todo pierde en brillantez, y todo se marchita.
El verde bosque que, no ha tanto, veíamos resplandecer orgulloso sobre las lomas de las montañas, y que bañado en luz hervía de vida, yugulado por la neblina, es ahora una sucesión de manchas ocres. Como si la naturaleza también pudiera oxidarse con el paso del tiempo.
O eso acaso dicen los poetas a la hora de componer sus metáforas: Que es el otoño la estación del año que más propiamente se corresponde con la vejez, y que la esperanza no le pertenece.
Así las cosas, y en estas circunstancias, en las que nada invita al optimismo, la opción más sensata parecería ser por tanto la de ausentarse por un tiempo.
Food and Drugs debería pues hacer como los osos e hibernar. Retirarse a una cueva y echarse a dormir, esperando a que de nuevo los ecos de la primavera acudiesen a su encuentro.
¡Pero no!
¡Qué diablos! ¡Pero si el otoño no es tan terrible, sino solo en apariencia!
Debajo de su rostro gris y apesadumbrado bulle un corazón incansable y el espíritu de un gran juerguista.
De hecho, es el mejor colega que uno se puede echar: Promete menos de lo que da y no alardea de sus virtudes.
Entonces ¿qué es lo que estamos esperando? ¡Qué se vayan a paseo los ortodoxos de la lírica! ¡Oídos sordos a los nostálgicos del cuclillo y sus monocordes serenatas campestres!
Hoy por hoy las flores más bellas se cultivan en invernaderos y están disponibles los 365 días del año.
No seamos rehenes de los mitos cosmogónicos que consideraban al sol el centro del universo, amo y señor de todo lo que, en su graciosa bondad, ahora y siempre reverendísimo, se le antojase iluminar.
El centro del universo se halla donde a uno mismo le de por mejor situarlo. Al fin y al cabo todos somos centros de universos ilimitados e inconmensurablemente fértiles.
Démosle entonces al sol unas vacaciones. Que se lleve sus cálidos rayos de oro por algún tiempo a otras latitudes.
No nos pasará nada por seguir nuestro curso entre penumbras. Al fin y al cabo siempre hemos hecho el camino a tientas y a ciegas. Y por otra parte, suele ser a media luz, y en los claroscuros del conocimiento, cuando tienen lugar los descubrimientos más fascinantes.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Esa gran incomprendida


Bueno seamos realistas y admitamos que las conferencias sobre asuntos de ciencias y artes no suelen tener el mismo tirón popular que un partido de fútbol de primera división.
No obstante, muchas veces creo yo que haríamos bien en prestar más atención a lo que esos señores de bata blanca, manos manchadas de tiza y aire aparentemente despistado nos tienen que decir. Posiblemente, nos ahorraríamos muchos sobresaltos.
El colmo, si bien, a mi entender, ha sido cuando a mediados de la pasada semana, y con motivo de la inauguración del nuevo acelerador de partículas en Suiza, aparecieron en los medios alarmas de todo tipo, presuntamente apoyadas en evidencias científicas, que vaticinaban el fin del mundo, y en general una serie de desenlaces cataclísmicos, como que por ejemplo el planeta, y trás de él el universo entero, serían engullidos en cuestión de un abrir y cerrar de ojos por un famélico agujero negro, no dejando rastro a su paso de ni tan siquiera una errática mota de caspa sideral.
Y yo pienso para mis adentros.... Si en efecto tal cosa fuera posible, y ese fuera mi convencimiento, ¿qué ganaría yo pregonándolo a los cuatro vientos, a última hora, y exponiéndome a quedar de tarado e inepto, y más aún de enemigo del progreso, en un ámbito como el científico donde eso se mira tanto?
Pues lo cierto es que hubo quien lo hizo, y mejor no voy a dar nombres porque soy de natural una persona bondadosa y poco amiga de los conflictos, y porque además ya supongo que a estas horas esa gente estará lo bastante arrepentida de haber hecho esas afirmaciones. Como si dijeramos, deseando que se los tragase la tierra (infructuosamente). Pero desde luego que un buen tirón de orejas se lo tendrían bien merecido.
En fin, aquí estamos (menos mal), y si no hemos viajado al centro del planeta, ni todavía a otra dimensión o plano inextricable del futuro espacio-temporal, preocupémonos al menos de no hacerlo tampoco al pasado, a los tiempos del Santo Oficio y, su sempiterno lacayo, el oscurantismo.