lunes, 15 de noviembre de 2010

Por amor al arte


El dibujo de hoy, cómo algunos habréis ya advertido, es una recreación libre de la celebrada obra del pintor galo de estilo neoclásico Jacques-Louis David, La muerte de Marat, la cual, basada en hechos reales, se convirtió en un referente, nada más ni nada menos, que del agitado periodo de la Revolución Francesa.
Todo un personaje el tal Marat. Os lo digo yo. Conspirador, agitador de masas, delator de contrarrevolucionarios (acusica barrabás, al infierno te irás), pero también ferviente estudioso de la medicina y de la ciencia, lo que por otro lado no le impidió, inclementemente, arrastrar a la guillotina al insigne químico Antoine Lavoisier, autor de la ley de la conservación de la masa.
(Desde luego la suya se conservó después del afeitado - la masa, me refiero, aunque también la ley - por más que en su enunciación definitiva terminara albergando ciertos elementos inconexos.)
Pero olvidémonos por ahora de Lavoisier.
Otra característica de Marat era el padecer una enfermedad de la piel que le obligaba a pasar gran parte del día a remojo - al parecer lo único que le proporcionaba alivio – y por tanto a escribir metido en la bañera.
¿Cuantos de nosotros - eh amigos lectores, y sobre todo blogueros - tan aficionados que somos a darle a la tecla, no nos habremos llevado de vez en cuando el portátil a algún lugar inverosímil, emulando a este señor?
Como veis un individuo bastante pintoresco, del que si queréis saber más, aquí os dejo un enlace directo a la Wikipedia.

Pero, volviendo de las oscuras cavernas del pasado…
Seamos serios, la historia no fue una asignatura en la que, moi [muá:], de crío, particularmente sobresaliera. ¿A qué viene entonces que ahora, ya pasada de largo mi etapa formativa en la ha tiempo difunta EGB (Educación General Básica), me ponga a perorar sobre los temas y lecciones que en su día no me dio la gana de estudiar?
Muy fácil. Principalmente porque ahora ya nadie va a examinarme, (un punto bastante importante), y segundo porque ha tenido que ser a estas alturas - pero así ha sido - cuando he descubierto que el adentrarme por sus túneles y laberintos me resulta una aventura de lo más apasionante, un viaje a lo desconocido del que nunca estoy seguro a donde me va a llevar, y, desde luego ya en ningún caso, un pesado fardo de apuntes y libros que memorizar de pe a pa.
Y es que querámoslo o no, las circunstancias de la vida, (no olvidemos que según Ortega y Gasset estas venían siendo algo así como la mantequilla en la tostada del Yo) importan y mucho, siendo capaces de cambiar por completo nuestras opiniones, nuestras preferencias y hasta el modo de entendernos a nosotros mismos.
No en vano nuestra propia intrahistoria es terriblemente dependiente de ambos factores, en el sentido de que, no hay nada de lo que nos suceda, que podamos sujetar a premisas simples y de fácil manejo. Cómodamente reproducibles en el tiempo.
Igual que el que uno sea asesinado a traición, nada tiene que ver con el hecho de que le guste escribir en sitios raros.
Una cosa esta última que yo, de niño, tenía si bien bastante dificultad en comprender. Porque cuando era pequeño y veía la maravillosa serie de dibujos animados Érase una vez el hombre, esta, la del asesinato de Marat, había sido una de las escenas que más me había impactado. Y por entonces, sin ningún género de dudas, yo asociaba directamente el hecho de que al señor del turbante lo hubieran cosido a cuchilladas, con la manía que este tenía de hacer cosas inadecuadas en lugares que no venían a cuento.
Pasarse todo el día metido en la bañera, sumido en sus disquisiciones, era para mí, condenado como estaba a los cinco minutos del tiempo máximo del agua caliente de la ducha, un pecado y de los gordos.
Con esto pues quiero decir, que, nos guste o no, somos entes en permanente estado de transformación. Para bien o para mal.
Donde dije digo, y donde digo Diego.
Y quizás sea por ello que tratemos de buscar en el arte, tanto en su disfrute como en su elaboración, esa condición de inmutable que como organismos vivos que nacen crecen, se reproducen y mueren, nos está humanamente vedada.
Ni falta que hace, por otra parte, hablar de la obsesión de muchos artistas por alcanzar la inmortalidad a través de sus obras. Algo de lo que no haré escarnio, pero que, no deja de ser un magro consuelo para quienes no han tenido éxito en vida, ya sea justificada o injustificadamente.
Puede también, abundando en el tema, que algunos se hayan suicidado para atraer la atención sobre sus trabajos - no me extrañaría nada – pero me basta recordar a aquel sueco que delante de la tele se comió un pedazo de su propio culo, para demostrar que cierta clase de imbecilidad supina no es privativa de los artistas.
Otras veces, cuando uno se convierte en artista de éxito, y se pone de moda lo que hace, luego, sencillamente, ya no es capaz de regresar a la anónima vida de un don nadie corriente y moliente, y salta por la ventana a la mínima que intuye que todo su mundo de oropeles, su país de las maravillas, no era más que una ilusión.
De hecho en este enlace del blog Carlos Tigre sin tiempo, hay una historia muy trágica al respecto y que lo ilustra bastante bien.
En fin, que se puede entregar una vida al arte, lo mismo que al circo, o a batir records Guiness, y eso no nos garantizará ni un ápice de éxito, ni muchísimo menos de felicidad, pero al menos, tendremos algo con lo que entretenernos durante nuestros ratos de ocio… Algo que de salida a nuestra creatividad.
Que no todo se reduzca en esta vida, a hacer pajaritas de papel en horario de oficina.

martes, 9 de noviembre de 2010

La jungla del bienestar


Uno de los baremos tradicionalmente usados por el populacho para cuantificar la magnitud de las crisis económicas, recesiones y pelotazos cesantes es y ha sido siempre la afluencia de público a bares, restaurantes, discotecas, y en general locales adscritos al vetusto y honorable negocio de la hostelería.
Del análisis de la fauna que los habita, su censo y clasificación, depende pues en gran medida la percepción por parte del ciudadano de a pie, de la erosión que el derrumbe de los mercados financieros, o el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, tiene, o está teniendo, en el entorno más inmediato en el que vive.
Llama por tanto la atención a muchos, el hecho de que a pesar de que en medios informativos de todos los pelajes se coreé a bombo y platillo la magnitud de las cifras de desempleados, o de déficit público, o de recortes en prestaciones sociales – resumiendo, de la macrocrisis económica global – la tapería de la esquina de su barrio se siga poniendo de bote en bote todos los sábados, domingos y fiestas de guardar.
Y entre esos muchos me encuentro yo.
(Yo… sí… Escéptico por naturaleza… La duda cartesiana elevada a su grado supino... Razonador de lo inverosímil, de lo opuesto y de lo peripuesto.)

Porque, siendo como era esta, en principio, una situación excepcional, que si bien dura ya más de dos años, ¿No resulta chocante que la población la haya asumido con tanta pasividad, si no - si se me permite - tan frívola indiferencia?
Ha habido, de hecho, o eso dicen las estadísticas, montones de desahucios, despidos, prejubilaciones, e incluso una huelga general, y nada de ello ha conseguido mermar o atenuar las ganas de juerga de los parroquianos. No hay, por así decirlo, una conciencia colectiva de drama. No se palpa, a mi entender, en la calle. Desde luego si que se estará viviendo en privado, pero… ¿Es posible que los más afectados hayan conseguido metabolizar, sin necesidad de grandes sacrificios, ese eficacísimo tonificador del espíritu que es el “panem et circenses”?

Aunque, después de todo, puede que en realidad no haya tanto de lo que sorprenderse.
Como bien dijo Jordi Pujol, ex presidente de la Generalitat de Cataluña, en una reciente entrevista televisiva, la diferencia de esta crisis con respecto a las otras por las que anteriormente había atravesado España, es que era una crisis de país rico, mientras que las otras lo habían sido de país pobre.
Algo en lo que coincido plenamente.
¿Pero es esto realmente así? ¿Dan las exangües arcas del estado para tanto? ¿No hemos pues de preocuparnos en exceso por la salud de nuestra sociedad del bienestar, si acaso con unos achaques de lo más intrascendente…?
Yo, por mi parte, creo que la bestia de tres cabezas, y que echaba fuego por la boca, parece que empieza a estar un poco más domesticada, pero hay algunos puntos que, no obstante, quisiera matizar:

1. España, y en general el mundo occidental, se está empobreciendo, en términos relativos, como consecuencia de una redistribución de la riqueza hacia las nuevas potencias emergentes.
2. La propia renta interna de los países, se redistribuye a su vez, pero en este caso no de forma homogénea, sino para acrecentar las desigualdades. Esto es, cada vez hay más multimillonarios repartidos por el mundo, pero también más pobres, y muchos de estos donde antes no solía haberlos.
3. La gente no entiende del todo los porqués de los desbarajustes económicos, pero asume las penas y castigos en su condición de fiel lacayo, como expiación de su naturaleza pecadora. Es como se ve, una forma de pensamiento mágico, que enlaza muy directamente con el de las primeras poblaciones de nuestros antecesores del Paleolítico tardío.
4. La China comunista (y de libre mercado), y en particular su política expansionista, amenaza con esquilmar todos los recursos del planeta Tierra, para fabricar con ellos millones y millones de artículos de lo más variopinto, y de dudoso buen gusto, a precio de risa, e inundar los extrarradios del orbe de bazares, tiendas, y restaurantes de todo a cien. Su meta de hecho, es revolucionarnos culturalmente, y que antes de 15 años hayamos abandonado las hamburguesas y la coca-cola, y nuestra dieta se componga de ratas y licor de serpiente.
5. En España no nos gusta, nunca nos ha gustado, trabajar. (Malamente vamos a salir así del bache…Vive dios.) Yo mismo, he hecho un gran esfuerzo a la hora de confeccionar este post, y os diré la verdad, me encuentro un poco pachucho.
Bueno, pachucho tal vez no, pero sí raro. Aunque algo rarito nunca he negado que sí que lo fuera.
Recapitulando. Que las familias españolas, o las latinoamericanas, también muy presentes en este blog, o los moradores de las antípodas, tienen argumentos de peso para preocuparse, al igual que lo hace el ya un poco senil Tarzán y los suyos, como muestra el dibujo. Pero que si prefieren inhibirse, lo comprenderé perfectamente. Porque de agoreros ya está uno hasta la coronilla, y como reza el dicho: Bien predica quien bien vive.
Saludos y hasta el próximo post.

lunes, 1 de noviembre de 2010

El Autoconocimiento, en cómodos plazos


Es un hecho. Ya sean los sabios de la Grecia clásica, o el vidente más cutre y salchichero de cuantos ofrecen consejo espiritual en la sección de anuncios breves de cualquier gacetilla de provincias, todos lo tienen muy claro. El autoconocimiento, esto es, el saber con precisión matemática el pie del que cojea, no el vecino, sino uno mismo, es la clave del buen vivir.
Y a esto, naturalmente, me adhiero yo también, que en un ejercicio de talante populista, daré la razón tanto a tirios como a troyanos. Como veis, aún muy en el fondo de mi ser, si escarbo un poco, todavía puedo encontrar trazas de realidad que me permitan soñar con llegar, algún día, a ser presidente del Gobierno.
Y es que, queridos amigos, de eso es de lo que en definitiva trata el autoconocimiento. De saber hacer encajar, como las piezas de un puzzle, las expectativas vitales de uno, y los medios tangibles, e intangibles, de los que dispone para alcanzarlas.
Esto nos evitará a la postre, las frustraciones, los desengaños, y en general, ese hábito tan común de la especie humana de mear fuera del tiesto.
Pero ¿Cómo se llega al conocimiento profundo de uno mismo? ¿En qué academia o laboratorio se expiden los certificados que dan fe de haber llegado a ese estado privilegiado del alma?
Interesante cuestión.
Tomemos pues aire antes de lanzarnos a por una respuesta.
Y qué mejor que el aire puro y cristalino de la altas montañas para ello. ¿No os parece?
Viajaremos por tanto a los Alpes suizos. Más concretamente a la célebre localidad de Ginebra, donde se halla situado el gran colisionador de hadrones o CERN, que es a día de hoy donde se lleva a cabo el mayor, y más ambicioso, experimento de la historia de la humanidad.
Es evidente que en nuestra búsqueda, hemos decidido no pararnos en barras, y emplear el mejor y más costoso instrumental de cuantos se hallan disponibles.
¿Pero en qué consiste dicho aparatejo? ¿Cómo funciona? ¿Y en qué medida nos afecta a nosotros? ¿Qué enseñanza podemos extraer de un cacharro mastodóntico en el cual se estudian fenómenos de la materia, que de tan infinitesimalmente diminutos se escapan a la vista, y hasta si se me apura, a la razón?
Vayamos por partes. Empezaremos por aclarar a qué juegan, con qué reglas, y con qué intenciones, esos sesudos señores de bata blanca que meten la moneda, nuestra moneda, en esa gigantesca tragaperras, con la esperanza de que en algún momento cante el especial.
Pues como decía el juego va de bolitas. Bolitas como las de un pinball cualquiera, pero tan inimaginablemente pequeñas, que en adelante las llamaremos partículas.
Estas partículas son disparadas, y posteriormente aceleradas, a través un de túnel circular, primero de un tamaño manejable, que les serviría como de pista de calentamiento, para en pasos sucesivos acceder a otro más amplio, y finalmente al ya, de todos conocido, de diámetro kilométrico.
Unos túneles en los que con cada vuelta completa que realizan estas partículas, reciben, como si así dijéramos, la colleja que les propinan unos gigantescos electroimanes y que las impulsan a coger más y más ritmo de competición, hasta casi alcanzar la barrera intraspasable que marca la velocidad de la luz.
Va por tanto la partícula con la lengua fuera, no pensando en otra cosa que en huir del electroimán, obsesionada con desembarazarse de su agresión permanente, pero en realidad volviendo a él cada vez con más y más desoladora asiduidad.
Terrible. ¿No?
Pero en un momento concreto sucede algo maravilloso. Otra partícula, que también corría como alma que lleva el diablo por el interior de ese mismo túnel, pero a la que habían dirigido en sentido opuesto, se cruza de pronto en su camino.
El resultado es un choque de trenes de proporciones cataclísmicas, en el que estas bolitas, las bolitas mágicas, experimentan en sus propias carnes la sensación de ser dummies en manos del destino.
Un choque en el que sus corazones se abren y expulsan al exterior cantidades ingentes de energía, de luz, y de a su vez otras partículas todavía más pequeñas, que servirán para dar a conocer definitivamente sus elementos constitutivos y sus propiedades intrínsecas.
Se sabrá entonces si el bosón de Higgs, esa micropartícula sobre la que, a decir de los científicos, recaen las potestades divinas de atar y desatar en este mundo lo que se atare o desatare en el otro, existe realmente. Responsable última de las fluctuaciones del vacío. O si una vez más, se trata de una construcción mental destinada a idealizar lo desconocido.
Y en esto consiste el experimento. En meterse castañazos de proporciones bíblicas contra otro, u otra, que venía de frente sin saberlo.
Pues de eso último es de lo que versa, amigos míos, ya un poco más eruditos lectores de mi falsamente modesto blog, el autoconocimiento de marras.
Esa es la partitura en la que se halla escrita la música que amenizará, o debiera amenizar, nuestras constreñidas existencias de tres dimensiones espaciales y una temporal.
En absoluto tarea fácil, ni representable en términos de inmediatez, como ha quedado demostrado.
Pues con esta harina tenemos que hacer pan.
Nada de técnicas de relajación, sesiones de yoga, u otras fruslerías acomodaticias.
En efecto. ¿Os creíais que el autoconocimiento se obtenía de devanarse los sesos delante de un espejo? ¿Oyendo músicas chamánicas? ¿O examinándose uno por uno los pelos del sombrajo, en un recuento al estilo de los campos de concentración nazis, para luego llevárselos por delante con una pasada de láser?
El autoconocimiento, y por extensión la felicidad, sólo se logra mediante la interacción con esas otras partículas, a simple vista insignificantes, que viajan en sentido opuesto. Con las que no nos siguen, con las que no nos escapan, y más importante aún, con las que no nos imitan.
Buscad esas partículas y os encontrareis a vosotros mismos.
Un saludo amigos y hasta el próximo post.

Postdata: En mi mejor tradición, os reservo para los más compulsivos consumidores de relatos blogueros, la última creación de la factoría Food & Drugs: El acomodador.
Disponible en Status: Playing, como de costumbre, y accesible únicamente al precio de un salto cuántico de un blog al otro. ¡Que lo disfrutéis!

sábado, 9 de octubre de 2010

Apocalipsis Nao


Hola amigos blogueros (y no tan blogueros).
Esta muy probablemente sea la primera vez en que me he preocupado a conciencia de que uno de mis dibujos diera asco. ¿Curioso, no?
Intencionadamente he buscado provocaros una arcada, y no es que ello diga gran cosa en mi favor, pero lo consideré necesario antes de introduciros en el tema que en esta entrada me propongo tratar. No es, como veréis más adelante, nada personal.
De hecho, los que ya me conocéis desde hace algún tiempo, enseguida reconoceréis los sempiternos tintes ecologistas de mi peculiar discurso lúdico-festivo. ¿Qué aburrimiento, pensaréis - y con razón - los más asiduos?
¡Vuelta la burra al trigo!
Pero es que tengo que insistir. Lo siento mucho, pero no me queda más remedio que seguir haciendo hincapié, una y otra vez - ¡y cuantas hagan falta! - en la necesidad imperiosa de que nos concienciemos con el cuidado del medio ambiente que nos rodea.
Puede que a muchos esta cuestión no os ocupe mucha memoria, ni ram, ni rom, ni de elefante, ni de pez, ni de Africa, ni de una geisha… en vuestros cerebros, y que lo consideréis un incordio, porque al fin y al cabo el cuidado de la naturaleza se reduce a no ensuciarla más de lo estrictamente necesario, y como todos sabemos, ya desde bien pequeños, lo realmente divertido es ensuciar, y que luego limpie mamá.
Pero la madre naturaleza es ya una señora muy mayor, y muy castigada por los años, y no tiene edad para ir agachándose y recogiendo toda la porquería que dejamos tirada a nuestro paso.
Nos comportamos como hijos únicos en un mundo que compartimos con otras 1´75 millones de especies de seres vivos, muchas de las cuales podríamos hacer desaparecer incluso antes de llegar a conocerlas.
¿Y todo por qué?
Porque somos unos egoístas. Sí, unos egoístas. Pero además unos inconscientes. Lo único que en realidad nos preocupa es la satisfacción personal de nuestros instintos más primarios. Alcanzar el grado de embotamiento psicológico suficiente como para no pensar en nada demasiado complicado, y ahí, en ese nirvana prefabricado, dedicarnos a hibernar por el tiempo que nuestra conciencia, en su proceso de deslocalización, considere oportuno. Lo lógico, por otra parte, considerando que no somos otra cosa que los parientes reconcomidos y debiluchos de mandriles, macacos, chimpancés, etc… que un buen día descubrieron el fuego y la rueda y se creyeron los reyes del mambo. Eso sí, sin por ello apear ninguno de sus vicios, bajezas y demás monerías.

Pues sí, amigos, como os iba diciendo, esto lleva muy malas trazas.
La diversión acéfala es hoy en día el gran ideal del mundo libre. Y no es una mala propuesta. El problema es que no es sostenible. Ni ecológicamente hablando, ni de ninguna de las maneras. Lo que es divertido, por reiteración, siempre se acaba transformando en aburrido. Nada hay en ello de novedoso. Pero tiene un coste. Siempre tiene un coste. Y a medida que saciar nuestros apetitos, y dar rienda suelta a nuestros antojos más materialistas, se vuelve más difícil, y por ende más costoso, la factura que se le impone a nuestro planeta engorda.
Reconozcámoslo, la Tierra es un planeta que engulle demasiada comida basura.
Si le analizásemos sus fluidos internos, cual ciclista profesional que se sometiese a unas pruebas de dopaje, encontraríamos tal cantidad de sustancias prohibidas, que, como poco, habría que declarar desiertas todas las futuras ediciones del tour, la vuelta y el giro de Lombardía.
Y sí, sufridos señores (y señoras) lectores de Food and Drugs. No es al azar la analogía con los problemas de la gente obesa.
No lo es ya que a fin de cuentas estos, en último término, siempre acaban degenerando en patologías por falta de higiene. Ya sea por desgana, o por la pura y dura incapacidad de acceder a las partes remotas del propio cuerpo.
Zonas remotas que como no vemos, ni sabemos, ni nos preocupa lo que en ellas se cuece. Sea un sarpullido gigante, o manifestaciones aún más purulentas si cabe, de lo que nuestra indolencia y nuestra desidia hayan dejado que proliferase.
Ved si no, lo sucedido al oeste de Hungría, con el aluvión de la balsa de Alúmina y otros desechos químicos.
El exceso de porquerías es tal, que a nuestra madre Tierra se le abren las costuras, siendo en esta ocasión el resultado muertos, heridos y un rastro de desolación que tardará años, si no siglos, en ser borrado completamente.
Depósitos de muerte y miseria que seguirán aumentando, en tamaño, en número y en toxicidad, cada vez construyéndose más y más, con las dificultades que ello, para su mantenimiento y control, entrañará.
Pero no es el propósito de este blog asustar a nadie. El miedo tiene efectos paralizadores y eso no es lo que se busca. Eco-hipocondriacos hay ya demasiados (tal vez sea yo uno de ellos) y, la verdad sea dicha, no son (no somos) de gran ayuda. Me daría, eso sí, con un canto en los dientes, y por bien satisfecho, con que quienes esto leen - aunque ya me consta que en muchos de ellos eso es así - tuvieran una conciencia activa al respecto.
A fin de cuentas no se apela más que a la sensatez de la gente.
Crear un entorno seguro en el que nosotros, y las generaciones venideras, podamos vivir y disfrutar, pasa hoy en día por aceptar que hay que hacer algo con el tema de los residuos “bomba”, y toda esa contaminación “pirata” que nos acecha en la sombra.
No se trata de menos desarrollo, menos tecnología, menos progreso, sino todo lo contrario, de reenfocar nuestro modelo de crecimiento, optimizándolo aún más si cabe, de modo que incluya una función autolimpiable.
Nosotros debemos poder ser capaces de elegir nuestro futuro, pero para ello es necesario repensarse profundamente nuestras metas, e incluso nuestra misión en la vida.
Hoy por hoy estamos a merced de unos patrones de conducta, que vendrían a ser algo así como un toro mecánico del que ni quisiéramos, ni nos pudiéramos bajar, pero que cada vez gira más, y más rápido, y más bruscamente, y que llevará a corto plazo a que demos con nuestros huesos en el suelo.
No digo que ello sea censurable. ¿Es el modo de pasar el rato que todo el mundo ha elegido?... Perfecto.
Yo lo único que pido, lo único que demando desde esta mi silenciosa tribuna de orador blogopédico, es que alguien ponga colchonetas alrededor. Más que nada, para que nos podamos seguir echando unas risas con esto del meneíllo durante algún tiempo más (sin tener que lamentar nuevos desastres, más desgracias personales, cuantiosas pérdidas irreparables)… Y porque cae de cajón.
De hecho, el título de este post, Apocalipsis Nao, aunque algo sui géneris (como por otra parte casi todo lo que se despacha en este blog), alude directamente a esa manida metáfora de la Tierra como nave que viaja sin rumbo y a la deriva en medio de la inmensidad del universo, pero por otro lado, y de ahí la deliberada similitud fonética con la archiconocida película de Francis Ford Coppola, por reseñar esa obsesión nuestra de invadir a diestro y siniestro, países, territorios, espacios protegidos, sin tener en cuenta las consecuencias de nuestra abusiva ubicuidad. Esa manía de disparar primero y preguntar después.
Habrá a quien todo esto le parezca una broma de mal gusto. Pero, en verdad os digo ( y permitidme que adopte el típico tonillo de las películas de romanos, de cuando los cristianos iban a ser arrojados a los leones, y se ponían a sermonear a todo el que se les pusiera por delante), tal vez no nuestros descendientes, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos… Pero algún día habrá quien eche la vista atrás, y diga, ¿Pero qué basura de ancestros tuvimos? ¡Cuánto marrano! ¡Cuánto puerco!, ¡Cuánto perturbado!... ¡Clúster de meretrices y adoradores del advenimiento de la santa mierda!
¿Y para esto nos trajeron al mundo?
Ellos si que vivirán su existencia como una broma de mal gusto. Demencialmente varados entre la mugre y los detritus, y sin una mísera servilleta de papel con la que secarse las lágrimas.
Nos acusarán de alevosía, de nocturnidad y de mil cosas peores. Y con razón.
No comprenderán esa actitud nuestra de adolescentes artificialmente primaverales, en permanente estado de muerte cerebral, ansiosos por dejar tras de sí la huella indeleble de sus pantagruélicos botellones.
Sí, esa es la cruda realidad. Ese es el valor intrínseco de lo que hemos creado, y que un buen día bautizamos con los pomposos nombres de “civilización”, “cultura”, “revolución industrial”, sin hacernos cargo, ni por un solo momento, del gran número de alfombras que nos harían falta para barrer debajo los subproductos de tanta genialidad.

Iros haciendo a la idea. Los nietos de nuestros nietos, desde la noche de los tiempos, nos odiarán. Que no os engañe reflujo alguno de autoindulgencia. No nos verán con buenos ojos, y no sólo por el hecho de que padecerán conjuntivitis galopantes y crónicas, amén de otras muchas enfermedades cutáneas incurables, ni porque su cielo estará permanentemente encapotado por negros, sucios y pestilentes nubarrones, que será de entre lo malo, lo menos malo, sino porque, por la fuerza del roce y la costumbre, en sus corazones las cucarachas habrán ocupado nuestro lugar, y nosotros el de ellas.
Ese será el futuro. Ese será nuestro legado a la posteridad. Esa será la oscura y putrefacta herencia que dejaremos a los que nos hayan de juzgar, y que lo harán, nos os quepa la menor duda, con todo el peso de la ley.
Un futuro que no será ni la sombra de lo que, en nuestra inocencia de cordero que va al matadero, un pálido y lluvioso día de otoño imaginamos, como no nos empecemos a tomar más en serio nuestro grave, nuestro gravísimo, nuestro dramático, problema de poluciones nocturnas.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ouasis


El escultor tenía el tiempo justo de hacer las modificaciones pertinentes. Luego la sala estaría demasiado concurrida.
La gente importante de su mundillo acudiría al estreno, y seguía sin estar convencido del todo.
Entonces se le acercó un muchacho que deambulaba por allí.
De un instituto, seguramente. Actividades extraescolares.

- ¿Cómo se titula? – le preguntó.
- ¿Eh?
- Que cómo se titula la escultura.
- Ouasis
- ¿Oasis?
- No, oasis, no. Ouasis, con “u”.
- ¿Y por qué Ouasis? ¿Por qué la “u”?
- Mmmm. Y yo que sé. Me pareció que llamándose Oasis, a secas, no tendría suficiente emotividad, suficiente sentimiento. Sería un oasis seco, sin vida. Sin personalidad. “Ouasis” le da más autenticidad. Es más gutural.
- Claro.
- …
- Es una obra inacabada, ¿verdad?
- Evidentemente. Pero sólo le faltan unos retoques.
- ¿Y luego la venderás?
- Naturalmente.
- ¿La venderás por dinero?
- Por supuesto, ja ja. Qué gracia tiene el mocoso. Esa es la idea.
- Una inspiración que ha surgido de tus propias vivencias… Es como si te vendieras a ti mismo.
- Todo el mundo se vende – se lo quitó de encima.
- Claro

La mirada de la criaturita penetraba el acero.

- No son mis vivencias – rectificó - Es una construcción mental, sólo eso.
- ¿Sin más?
- Me estás hinchando las narices, niñato. Vete a otro lado a incordiar.
- No puedo.
- ¿Eh?
- ¿Qué?
- ¿Qué de qué?
- Todo apunta a que hemos entrado en un bucle dialéctico – reflexionó el muchacho.
- ¿Perdona?
- Demasiadas curvas.
- ¿Eh?
- Las curvas… Demasiadas curvas en la escultura. Han debido obligarte a adoptar posturas muy, pero que muy, incómodas.
- ¿Y eso a ti que más te da?
- Has tenido que arrastrarte por el suelo.
- Mira. Lárgate ya, niño repelentito.
- Ojalá pudiera… Pero me he perdido del grupo. Los otros chavales y la profe que venían conmigo en la excursión no sentían el arte en toda su dimensión, y… A la menor oportunidad que han tenido se han escaqueado a la cafetería del edificio.
- Lo que me faltaba, una oveja descarriada.
- Además, yo soy tu público, tu auditorio. Si yo me marcho en este momento, tu obra volverá a ser un cachivache inerte, que es lo que era hasta ahora. No es sino gracias a mí que cobra por fin sus proporciones reales.
- Esta si que es buena…
- Lo demás es sólo mirarse el ombligo.
- ¡Oye!, cuento hasta tres. O te vas de aquí, o llamo al vigilante.
- Como tú quieras. Pero si tu oasis, ouasis, o como se llame, no puede calmar la sed del que vaga perdido por el desierto… Entonces… ¿Cual es su gracia?

El muchacho se giró y sin más desapareció de allí, cual si se hubiera evaporado, sin siquiera darle tiempo al artista a elaborar una respuesta.
Como mucho, de sus labios, que así, con esa forma se quedaron, solo hubiera podido aflorar el sonido de una u.

lunes, 30 de agosto de 2010

El novio magiar


Hola, amigos.
Tengo una mala noticia que comunicaros: Mis vacaciones han terminado. Buaaaaaa.
Si, han terminado, no como el rosario de la aurora, pero… Pero eso ahora es ya lo de menos.
Vuelvo al curro. Vuelvo a tener sentado enfrente a un señor de bigote que me controla, fiscalizando todos y cada uno de mis movimientos. Si pestañeo fuera de tiempo, me saca una tarjeta amarilla, si voy dos veces seguidas a hacer pis, la roja.
Volveré a estar preocupado todo el día de lo que le pueda chivar a los jefes supremos del PCUS, a los ayatolás, a los ulemas, a la curia cardenalicia, a los imanes, a los lomos plateados de la empresa.
Un marrón, ¿Verdad?
Se acabaron las cuchipandas, el pescado frito (las xoubas), los crustáceos y moluscos recién pescados, los helados del chiringuito, los paseos por la orilla del mar avizorando hembras salvajes de la especie Homo sapiens (para mi tesina en la universidad de la vida), los atardeceres con puesta de sol y de luna simultáneas (poesía que no falte), las travesías en piragua a islotes deshabitados (sin famosos)… Se acabó dormir a pierna suelta sin rendir pleitesías al neurasténico del despertador (¡Genocida! ¡Así acabes en la Corte Penal Internacional!)
En fin, que estaba más contento que una Naomi Campbell, a la que le hubieran llevado a casa un puñado de diamantes de regalo, cual promoción de supermercado por una compra superior a 5000 fiambres en la sección de carnicería, pero que nada… Que a todo cerdo le llega su San Martín.
Y en mi caso más, ya que es el patrón de mi ciudad.

Me sentaré de nuevo ante un tribunal que me juzgará culpable de todos mis actos, de palabra, obra y omisión, cual Yor-El en Superman, con la salvedad de que yo me parezco a Marlon Brando casi tanto como a Rin-tin-tin.
Y es que este verano se irá, otro más de tantos, al baúl de los recuerdos directo. (¿No era Julio Iglesias el que cantaba algo parecido, o Dyango?)
Estallará como Krypton, en multitud de pequeños pedacitos que se irán esparciendo de manera aleatoria por el cosmos, y así hasta desaparecer sin dejar rastro en su oscura inmensidad.

Se me acabó el pasimisí, pasimisá, por la puerta de Alcalá.
Y todo porque uno, en realidad, no es más que un gris oficinista, un burócrata de la peor especie, que se le hacen los ojos de gelatina ante un simple anuncio del Aquapark. Ojalá se pudiera, como la abuela del dibujo, tan siquiera aspirar a algo nutritivo de verdad, como controlador aéreo, o protésico dental, o fisioterapeuta (masajista) de la selección española de natación sincronizada.
16.700 euros que cobran al mes los primeros… ¿Qué hacen con tanto dinero?
¿Qué hacen en su curro que los untan de esa manera?
Si aplicamos una simple regla de proporcionalidad, su estrés debería ser entonces equivalente al de 16.7 mileuristas (mileurista arriba, mileurista abajo…)
Como para no santiguarse.
O será que se requieren unas capacidades psico-intelectivas de las que el resto de los mortales adolecemos. La realidad es que, lo que más cerca está mi curro de eso de ser controlador aéreo, es cuando el plato de fabada que me he comido en el almuerzo me sienta mal, y me tengo que pasar toda la tarde controlando - aguantando a pie firme - para que mis tripas no salten por los aires, inmolándose dentro del superpoblado recinto oficinil.

Es la eterna y recurrente tragedia de Sísifo y su condenado pedrusco.
Mis horas, minutos y segundos dejan pues de nuevo de ser suspiros, para transmutarse en eternidades.
Y sin embargo tú seguirás ahí, querido lector de Food & Drugs, metiéndote entre pecho y espalda mis chorradas, por más que luego te tengas que tomar el bicarbonato con cucharadas soperas.
Es gracias a ese apoyo, que me atrevo a recomendaros la lectura de otra de mis creaciones artísticas (¡¿otra?!): El novio magiar, disponible en Status: Playing, al módico precio de un click (o de una clack).
No dejes que una final de la Champions Madrid-Barça, una cita con Mark van der Loo, o un crucero por las Seychelles, te aparten del placer salvaje que sólo proporciona la trepidante literatura blogosférica.
Haz un paréntesis en tu diario discurrir (muchos paréntesis van ya, creo…)
Eso sí, no lo hagas en horas de curro, que el señor de bigote está obsesionado contigo, y podría echar mano de las tarjetas… O del pito (del silbato).

PD: El relato está escrito en castellano en un 90%, otro 5% en gallego (razonablemente inteligible, espero), otro 5% en inglés (pseudosubtitulado), y pequeñas trazas de italiano, húngaro y hasta catalán.
Algún día probaré con el esperanto.
Ánimo valientes. ¡Que lo disfrutéis!

El novio magiar

lunes, 9 de agosto de 2010

Vacaciones de mis entretelas


Sí, amigos, estoy de vacaciones.
¿Tanto se me nota?
Este verano empezó muy caluroso, quizás excesivamente caluroso, con temperaturas máximas que en algunos momentos llegaron a rozar los 40º Celsius, aunque ya parece, que a día de hoy, eso, que era la principal pega, se ha ido suavizando.
Un tipo antojadizo el Celsius este. Tanto él como sus colegas Kelvin y Fahrenheit, son mundialmente conocidos por sus extremismos y repentinos altibajos.
Pero, olvidémonos de ellos. Si los periodos vacacionales son tan especialmente queridos y deseados es, entre otras cosas, porque nos podemos desentender de cierta gente cuya meteorología personal suele ser, y es, pertinazmente borrascosa.
Pero, bueno, como ya digo, este es tiempo de suaves brisas acariciando la piel, el Yodo del mar adhiriéndose a una epidermis bronceada y revitalizada. Nada de pellejos macilentos colgando. Un par de días de playa, y cualquiera pasa de ser doña Rogelia a metamorfosearse en Beyoncé.
Y es que el sol, y más concretamente el sol que relumbra sobre las costas españolas, es mano de santo. ¡Que se lo digan si no a la mujer del presi, a Michelle Obama, tan lustrosa y tan buen color que tiene ya ella de por sí, que no pudo evitar acercarse a la Costa del Sol – justamente – a dejarse irradiar por los benéficos rayos del astro rey!
Alguien le dijo que el crepúsculo, contemplado desde la Alhambra era el más bello del mundo, y ella ni corta, ni perezosa, echó mano de las maletas y el neceser, y se fue para allá a comprobarlo.
Sin embargo, aunque eso puede ser más o menos cierto, nada, creo yo, tiene que envidiar a la puesta de sol que ayer mismo, un servidor, pudo disfrutar, mientras se bañaba a las 21 horas, en mi ya habitual pequeña playa de la ría de Arousa.
Digamos que siendo la hora que era, la misma que puntualmente marcaban las agujas del reloj, apenas se percibía como tal por los sentidos.
Es más, su momento había llegado, pero el disco refulgente, señor y dador de vida, se resistía a ser engullido por las sinuosidades del horizonte, y daba sus últimos coletazos con una fogosidad desconocida. En absoluto era ese redondel anaranjado que se oculta mansamente bajo tierra. Este sol moría matando.
De hecho cuando se consumó su estertor final de luz, lo que vino después no pudo ser sino lo más parecido a un eclipse.
Las penumbras se adueñaron del orbe, como si alguien súbitamente hubiese oprimido un interruptor, y rachas enloquecidas de viento se levantaron de todos los costados, transformando en millones de diminutas escamas sobre la superficie del mar, la hasta entonces cegadora alfombra de lentejuelas sobre la que minutos antes plácidamente se recostaba… Solo faltaban los campesinos chinos de la dinastía Ming, para ponerse a golpear cacerolas y hacer ruido, y así espantar al dragón que se lo estaba comiendo.
Pues eso, que aún a sabiendas de que he agotado ya una de mis tres semanas de asueto, permanezco todavía en ese limbo, en ese líquido amniótico, del que se siente y se cree de una vez por todas reintroducido a su ecosistema natural. Como las águilas imperiales de Rodríguez de la Fuente, haciendo acrobacias por entre el rocaje y los riscos del monte perdido (sí, en verano uno se papa también muchas reposiciones televisivas).
Iluso.
De hecho, no sé por qué, pero ahora me he acordado de aquella película de Audrey Hepburn, en la que hacía de monja en las misiones, y particularmente aquella escena final en la que, desengañada de su vocación, regresaba a la gris y deshumanizada realidad por la puerta de atrás.
No sé, me ha venido a la mente. Ha debido ser un dejá vu de esos. Será mejor que no esté tanto rato fuera de la sombrilla.
Y, bueno, por ahora esto es todo. Ya veremos si hago, o si no, mientras el tiempo y la autoridad competente lo permitan, alguna otra glosa, crónica, alegoría o sainete a mi escaso y valiosísimo tiempo libre. Mucho más codiciado que el coltán de Sierra Leona.
(Dónde va a parar.)

domingo, 25 de julio de 2010

Le temps est venu


Cuando Christophe Mathieu escribió Le temps est venu, 1991, Ed. Girouette, toda una ola de acontecimientos recorría la estepa centroasiática.
La república de Tanatistán, donde se hallaba destinado como reportero de L’observateur impartial, acababa de declarar formalmente su independencia de la extinta Unión Soviética, en medio de un gran caos institucional y frecuentes revueltas callejeras.
Fue entonces cuando tuvo contacto con los horrores de una guerra civil, de cuyos fantasmas ya nunca más pudo desembarazarse. Eso, unido al suicidio en condiciones que nunca se llegaron al esclarecer del todo, de su hermana pequeña Sophie, apenas unos pocos días después de su boda, y con la que se hallaba emocionalmente muy unido, marcó ya definitivamente lo que sería de ahí en adelante la línea central de toda su creación literaria.
Curiosamente Mathieu situó la trama de Le temps est venu (La hora ha llegado), en un pequeño pueblo de la meseta castellana, quizás al pie de las primeras estribaciones de la sierra de Guadarrama, en la provincia de Ávila, donde en su juventud pasó largos periodos estivales, y donde al parecer vivió una etapa pródiga en experiencias y en todo momento trufada de una intensa felicidad.
En palabras de él, lo hizo así “porque necesitaba alejarme de todo lo repugnante y siniestro de lo que mi profesión me había convertido en amanuense, pero no lo conseguí”.
El argumento de la historia, de hecho, en ningún momento alcanza a levantar el vuelo, y pese a que intenta por todos los medios encontrar una luz que le guíe, no abandona las premisas de austeridad formal y catastrofismo vital, que a partir de entonces caracterizarían toda su obra posterior, y que le situarían en la lista de autores malditos de la así llamada Generación grisú.
Con todo Le temps est venu es un canto desinhibido a la lucha por un proyecto de vida, por un sueño en el que la voluntad humana, pese a ser una y otra vez zarandeada, y vapuleada por la cruda realidad, se levanta del suelo cuantas veces sea necesario, para, como dijo Maurice Khorkovian, su amantísimo discípulo, “seguir, desde la nada más absoluta, improvisando escenarios de redención”.
Mathieu murió solo y completamente arruinado en un frenopático de Orán.

Traducción de Ana Cueto-Xino.
Fuente: Gilipedia.

Si deseas leer Le temps est venu, puedes hacerlo en este enlace de Status: Playing.

Aviso importante: Es más larga que un día sin pan.

miércoles, 30 de junio de 2010

La fe de la hemorroísa


Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que los campeonatos de la copa del mundo eran acontecimientos legendarios. No tanto el espectáculo televisivo en que han devenido hoy en día, sino batallas épicas, con una trascendencia memorable en el destino de las naciones.
Afrentas en la forma de penaltis no pitados, goles fantasma, o manos de dioses, eran inmediatamente anotadas en los márgenes de los libros de historia, así como si fuesen el corolario a guerras, genocidios, odios ancestrales y demás.
Pero como ya he dicho, en estos últimos tiempos, esto ha ido quedando un poco deslucido por la absolutamente abrumadora cobertura mediática.
Demasiada atención, excesivos pares de ojos sincronizados, desesperadamente pendientes de cada singular momento de la acción. Una acción, un relámpago, en el cual el globo terráqueo bien pudiera dejar de rotar, en el cual las leyes de la física se curvaran, en el cual el sol pudiera detenerse en su recorrido a lo largo de la bóveda celeste.
Y sólo para poder decir “Yo estaba allí”, “Yo lo presencié”.
Mas eso no termina de ocurrir.

La gente a menudo dice que el fútbol tiene una cierta dosis de inmoralidad por cuanto que obstruye las vías de la inteligencia, actuando a modo de anestesia hacia los problemas de la vida real.
Probablemente la cuestión radique en si esto es bueno o es malo. Y eso, como siempre, pivotará en torno al punto de vista del interesado.
Un punto de vista que, en cualquier caso, únicamente se verá condicionado por algo tan simple como si te gusta el fútbol o no.
Así de sencillo.
¿Disfrutas viendo un puntito redondo y blanquecino moviéndose arriba y abajo, adelante y atrás, no mucho más allá de los límites que un rectángulo verde le impone?
¿Sí?
¡Aleluya!
Tu fe te ha salvado.

domingo, 30 de mayo de 2010

La felicitá perduta


“Un puñetazo en la mesa”
The Mongolia Times

“La cronología de una fatalidad larvada.”
Neanderthal Zeitung

“El autor sienta en el banquillo de los acusados a una sociedad de consumo, cuyo principal artículo de compraventa y desecho, son esas mismas personas en las que basa su sustento.”
Le Sonsonette Quotidien

“Sobre la futilidad del alma, la pérdida de las referencias, y el orden supeditado a una autoestima caduca, como la del que corre como pollo sin cabeza.
La felicitá perduta es un relato amargo sobre la realidad de aquello en lo que se convierte la vida, cuando ante nosotros ya solo quedan las cáscaras por recoger. Cuando aquello de lo que hasta entonces creíamos estar disfrutando, así como si tan sólo de un aperitivo se tratase, se ha volatilizado delante de nuestros ojos.”
Cahiers du Charleston

“Mortal de necesidade”
O Correio da Brincadeira


Quasarts entertainment
presents

In association with Food and Drugs blogs

Una historia de amores turbios, superficiales e irresponsables. De cuando eso que estimamos como real, resulta ser no otra cosa que cartón-piedra. O peor aún, piedra, papel, tijera.



¡No te la pierdas!
¡Disponible ya en Status: Playing!
¡Engatusa a tu ratón para que haga clic aquí!

domingo, 16 de mayo de 2010

Calamidades non stop


El ejército estadounidense ha desembarcado de nuevo en las playas, rememorando su pasado en Normandía. Pero esta vez no es en Europa, ni para luchar contra enemigos de carne y hueso (que no sé si esto se puede aplicar a los nazis, pero en fin…), sino en las costas de la Luisiana, en el propio hall de su casa, y contra un enemigo en principio menos mortífero, pero al que por desgracia no se puede vencer, porque como vulgarmente se suele decir, nos tiene agarrados por donde más duele.

Esto, claro está, nos ha recordado a muchos la catástrofe del Prestige en nuestro propio litoral, y la entonces célebre palabra “chapapote” ha vuelto a ponerse de actualidad.
Una palabra que fue la sensación de aquellos meses. Exportada a toda España y parte del extranjero, como el marisco, el pulpo o los vinos de las Rías Baixas, con igual o parecido éxito.
Lo triste del asunto es que, me barrunto yo, no será el último neologismo que nos tendremos que inventar para definir a esta nuevas calamidades que, evisceradas de nuestro febril progreso tecnológico, amenazan con seguir complicando, y todavía en mucha mayor medida, el futuro del planeta.

Parecía que de hecho, con la crisis de por medio, y otros problemas de más importancia requiriendo toda nuestra atención, nos habíamos olvidado un poco de mirar por la naturaleza. Pero es que en realidad, en el mismo retroceso de la actividad económica, casi se podía entrever el bálsamo de una tregua. Las grúas iban una por una desapareciendo del horizonte de nuestros pueblos y ciudades, dejando de vomitar cemento enfermizamente por todas las esquinas. Los todoterrenos, los 4x4 estilo Hummer y demás compañía, heridos de muerte en su glotonería, se veían obligados a despejar el camino, y como gigantes con pies de barro que eran, añadían su nombre a los de la mítica lista de experimentos fallidos de la ingeniería, tipo Titanic o Hindenburg.
En espera ya tan sólo de fosilizarse plácidamente en salones de museos, o bajo la mirada nostálgica de los coleccionistas de antigüedades, como esqueletos inertes, sin apenas otro sustento que el de las desorbitadas fantasías de ambición y poder, a las que en su día dieron vida, ahora extintas.

Pues sí, amigos. Incluso cuando los reflujos de la codicia humana se hallan en bajamar, también es posible encontrarse con que las aguas vienen negras. La Tierra sigue siendo sometida a perforaciones malsanas y adictivas, en una especie de acupuntura diabólica muy similar en su concepto a la del cenobita sadomasoquista de Hellraiser. Todas ellas en la búsqueda desesperada de un recurso cada vez más escaso. Un recurso este, el petróleo, que, cuando definitivamente se agote, dejará a toda nuestra civilización sin el combustible con el que alimentar sus fuegos fatuos, embarrancada, presa del pánico y de la histeria, en su incorregible ansia por asfaltarse la inteligencia y el buen gusto.
No será entonces el cataclismo que muchos vaticinan, sino tal vez, el esperado momento del reencuentro con nuestra verdadera esencia. La oportunidad de hacer del mundo un lugar mejor adaptado a nuestras necesidades reales. Y acostumbrarnos de nuevo, como los navegantes de antaño, a escoger y enhebrar los vientos favorables. Esos que nos habrán de llevar a buen puerto, aquel de cuya guía cuidaron siempre las estrellas… Tal vez, para cuando seamos capaces de volver a verlas brillar en la oscuridad de la noche.
Pero hasta entonces, aún queda mucha porquería que recoger de las orillas de este sufrido mar que nos rodea, experto en tempestades y naufragios.
Es nuestro sino.

miércoles, 28 de abril de 2010

Agentes infecciosos


Supongo que debe ser algo inevitable el que cada cierto tiempo la licencia del antivirus de mi ordenador expire, y me deje el disco duro con las vergüenzas al aire, expuesto a todas las inmundicias que deambulan por la red.
Debería haberme acostumbrado, pero no es así. La verdad es que cada vez que el trasto se infecta me coge de nuevas, y reacciono como si no supiera ya de sobra que esto está así planeado de antemano. Que la forma de costear los formateados y actualizaciones del software (pirateado) es a base de que se pongan enfermitos los ordenatas del personal, y cubrir los honorarios del especialista (en realidad agentes dobles a sueldo de Bill Gates).
Pero uno es bien pensado por defecto, y no le gusta caer en estos bucles de picaresca de la peor ralea.
Sí, ya lo sé. Mal hecho.
Por supuesto acabo teniendo que pasar por el aro, y llevo el ordenador al técnico, que me cuenta las mil y una por las que ha pasado para salvar esto de aquí, de allá y de acullá, como si él y el cirujano que salvó la vida del torero José Tomás en la más reciente de sus cogidas, fueran en realidad una misma casta de profesionales, cada uno en lo suyo.
Naturalmente, el ordenador es un aparato electrónico, y no necesitó una transfusión de hasta 9 litros de sangre como el diestro, pero, oyendo hablar al susodicho técnico, tal parece como que, si ello fuera preciso, esa hubiera sido su misma línea de actuación.
Afortunadamente, ni yo, ni mi ordenador hemos necesitado, de momento, tener que sacarnos el carnet, previo pago de las tasas estipuladas, de vampiros consumados.
Solo faltaría, máxime después de abonar, one more time, las correspondientes comisiones de ciberseguridad internáutica, nada modestas, y la voluntad.
Y ello por más que para circular por la red la única documentación que se requiera sea el recibo de pagar al proveedor de la conexión. Con sólo esto, uno ya es libre de andar por ahí a salto de mata, pirateando un poco de aquí, otro poco de allá, y no cuidándose demasiado de no ponerlo todo perdido de códigos maliciosos que se han ido contrayendo, por ahí por el mundo adelante, de forma inconsciente y zascandila.
En fin, que, recapitulando: Unos cuantos eurillos del ala que se han esfumado, y lo peor de todo, el engorro de tener que cargar con el paciente (casi, casi con lo que en realidad es simplemente su féretro) hasta el taller de reparaciones, ante la mirada inquisitorial del paisanaje.
Provocando que cualquiera se permita especular con la mucha o poca importancia que le concedo a la salud del (en teoría) más inteligente de mis electrodomésticos. Tal vez incluso, más que a la mía propia.
Y total para que dentro de otros 12 meses se repita la historia.
Pero como reza el dicho: Ya estamos para otra.

lunes, 19 de abril de 2010

Personalidad volcánica


A Europa le ha salido un grano. Y un grano muy purulento.
Desde luego era mucho pedir que, con semejante nombrecito, Eyjafjalla, el interfecto no tuviera una personalidad volcánica.
¡Menuda la que ha liado!
No negaré ahora que un servidor es (de aquella manera) ecologista, pero tampoco abundaré en eso tan manido, y falaz, de que la Tierra responde a nuestros malos tratos desmadrándose.
Aún así, por esta vez, parece haber dejado bastante claro, que nuestro modo de vida – el del estrés y las prisas, amén de otras muchas incontinencias – le importa cuatro pimientos.
Sea como fuere, las compañías aéreas parecen estar ya un poco hartas de tanto esparaván, y sobre todo de aguantarle los malos humos a este lomo plateado de los puntos calientes tectónicos, y que no van a consentir por mucho tiempo más el que se les suba a las barbas alegremente.
¡A ver qué va a ser esto!
Estos islandeses medio arruinados que quieren entrar a formar parte ahora de la UE, haciéndose notar y poniéndolo todo patas arriba… Con el personal revolucionado… ¿De qué van ellos y su volcancito?
A ver si se enteran ya, de una vez por todas, que vienen al club principalmente en condición de invitados, y que nada les librará, por el momento, de seguir encajando goleadas a cargo de “la roja” en las fases clasificatorias de los mundiales.
¿Qué se habían creído?

Eso sí, por lo pronto, lo único que se puede echar a volar por el espacio aéreo comunitario, es la imaginación.

sábado, 17 de abril de 2010

Fobias y filias


Cuando era pequeño, mis padres me decían que si un extraño venía hacia mí con un caramelo en la mano, y en actitud obsequiosa, debía inmediatamente elevar mi estado de alerta a def con dos, y salir de allí pitando.
Esas eran las órdenes, y se cumplían a rajatabla.
Por lo visto a aquel caramelo, tan inocente en su apariencia externa, ese sujeto vil y ladino podría haberle inoculado con una jeringuilla droga en cantidad suficiente, como para crearme una grave dependencia, de por vida, de esa perniciosísima y muy costosa sustancia.
Claro que, ahora que lo pienso fríamente, nada hubiera cambiado, pues ¿qué niño a esas edades no tiene a todas horas “mono” de golosinas?
Lo cierto, es que estos temores, imbuidos en nuestras cabecitas de tiernos infantes, transcurridos los años, nos resultan ya del todo inservibles. El paso del tiempo, y la experiencia adquirida, van educando nuestros miedos más comunes hasta convertirlos en eficaces herramientas de subsistencia. Es decir, aprendemos a reconocer aquello de lo que debemos razonablemente sentir aprensión, y a evitarlo en la medida de lo posible.
Ya no necesitamos consignas venidas de afuera, hemos implementado nuestro propio sistema de respuesta coordinada ante las emergencias.
Sin embargo este es un proceso imperfecto, y al igual que la cadena de ADN comete errores al duplicarse, toda función biológica es tremendamente susceptible de pifiarla.
De hecho, las fobias, es decir, los temores postizos que por una razón o por otra se han quedado a vivir en nuestras mentes, cual okupas, no son sino los materiales de derribo que quedaron sin recoger de aquellos otros miedos utilitarios de la infancia.
Se podría decir, que de niños nos acostumbramos a traficar y consumir “mieditis”, y que como adultos, seguimos siendo incapaces de prescindir de ella.
Toda fobia además lleva aparejada una filia. El que sufre de claustrofobia, por ejemplo, amará la libertad y los espacios abiertos, y viceversa, al que le gusta encerrarse todo el día en un cuartucho casi sin oxígeno ni luz, el simple hecho de salir a la calle le sumirá en el pánico.
Pero estos son casos de libro. Evidentemente hay situaciones mucho más sutiles.
Un tipo perfeccionista como yo, terriblemente afectado por este mal que suele cebarse con los mediocres, sentirá un inmenso pavor a meter la pata, y sobre todo a meterla en público.
Nada de lo que se cueza o guise en mi cerebro podrá ser amargo al paladar del emperador, so pena de coser a latigazos al cocinero.
Yo habría sido muy infeliz de haber nacido en Corea del Norte, porque allí el derecho a salirse por la tangente parece estar muy - pero que muy - restringido. De hecho, aquí os dejo el enlace a un vídeo para que os hagáis una idea de lo que hablo.
Pero tengo muchas otras fobias y temores estúpidos, que sin embargo no son capaces de compensar mis desbocadas filias y adicciones. Tengo superávit de serotonina, y eso es un problema. Todo ello fruto de una mala organización.
Necesito pues poner orden en mis pensamientos, de natural anárquicos y errabundos, y una solución eficaz podría ser contratar un viaje (¿de placer?) a Corea del Norte, para someterme al certero cincel de los mandamases.
Volvería de allí sin fobias, filias, ni subidones de egolatría. Un hombre hecho y derecho. Con la mente fría y despejada. Más aún, con ella completamente en blanco. Los ojos vidriosos, y babeando cual perro pauloviano, pero tieso como una vara.
Eso sí, presto a transformarme en un abnegado saltimbanqui a una sola voz de mis superiores.
No en vano, nada hace más por la propia regulación intestinal, que una inyección de galones y gorras de plato, por vía rectal.


P.D.: Y, por favor, no olvidéis que este blog es apolítico, (además de apolíneo), no vaya a ser que algún nostálgico de los tiempos de la Unión soviética se mosquee con mis pitorreos para con el colectivismo a machamartillo. Recordad que Deng Xiaoping, otro oriental con mucho talante de ordeno y mando, dijo aquello de “enriquecerse es glorioso”, y era comunista como el que más.

lunes, 29 de marzo de 2010

Leyendas Arturianas


Hubo un tiempo en que el conocimiento del mundo sólo tenía un propósito: Servir a Dios.
Un tiempo en que el hombre y su sometimiento a las leyes de la naturaleza, estaba regido por su propio temor a lo desconocido. Un tiempo, en definitiva, donde los acontecimientos de la vida, ignorados e incomprensibles, abrían un enorme abanico de posibilidades a las supersticiones, a las mitologías, a la magia.
Cuando me propuse abordar este tema de las leyendas del medievo, una duda me asaltó. ¿Seré capaz de extraerle algún provecho humorístico a una época de la historia que vivía obsesionada, tal que si ese fuese su deseo último, con el advenimiento del fin del mundo? ¿Una época que “ora et labora” vivía bajo el yugo asfixiante de la cruz y de la espada?
Ardua tarea.

No obstante, lo primero que pensé cuando releí el título de esta entrada, ya me tranquilizó a ese respecto.
Un pensamiento este, que fue no sino fruto de una interpretación literalmente viciada.
En lugar de “Leyendas Arturianas” (de la época del rey Arturo, se entiende, en la Inglaterra medieval), mi cerebro prefirió no aventurarse tan lejos, e interesadamente tomó la primera r por una s, componiéndoselas como de Leyendas Asturianas, de las Asturias del verde noroeste ibérico. Todo ello en un rapto fugaz del intelecto.
Posiblemente sea más cómodo pensar en Fernando Alonso, ese piloto ovetense de Fórmula 1 que realiza gestas victoriosas sobre su montura de cuatro ruedas, y que son glosadas de forma casi unánime en los medios de comunicación de nuestro país, o, desde una perspectiva todavía más doméstica si cabe, en la fabada, la sidra o ese anís de la Asturiana, asimismo de resonancias legendarias, y a cuyas cualidades también podemos conferir propiedades mágicas.
Por desgracia una vez superado el malentendido, o más bien, la querencia natural hacia el desatino que impone la pereza, ya sea para bien o para mal, nos vemos obligados a rectificar la senda trazada. Un andar descuidado en el que, como ya se ha visto, uno mismo se puede extraviar, a poco que se lo pida la desgana, el tedio, o la escasez de horas de sueño.

Lo cual, sin embargo nos devuelve al mismo punto en el cual, sólo un par de párrafos más arriba, ya nos habíamos quedado atascados.
Retornamos pues a la pregunta de antes: ¿Se le puede sacar algún jugo, por la vía de lo hilarante a un mundo de misterio, de leyendas, de magos y brujas, de batracios, que no son tales, sino seres encantados bajo cuya apariencia subsiste un príncipe azul, y con cuyo encantamiento han de malvivir en espera del beso reparador de una bella princesa? ¿Se puede uno cachondear de un hombrecillo sin oficio ni beneficio, de un auténtico paria, que viola la lógica aplastante de su fatal destino, descuajando una espada de una piedra, rompiendo un pertinaz y ancestral hechizo, y convirtiéndose por medio de ello en rey?
¡Esta es una historia que el alma humana absorbe por todos los poros de su piel con pasión y apetito arrebatadores! ¡Es el tránsito directo, por el camino más corto, de la miseria hacia la gloria! ¡El non plus ultra del pelotazo!
No puedo por tanto sino considerarlo como un truco vil, es decir, una más de las muchas trampas que acechan al intelecto en los relatos de las grandes proezas.
Muy típico, por otra parte, de nuestra condición, de exagerar los propios logros personales, los méritos contraídos, y toda la épica que los envuelve. De como en el juego del parchís, comer una y contar veinte.
Un campo este de la novelación de la realidad donde todo es posible, y que es una práctica que sigue vigente hoy en día, gozando de una salud inmejorable, por lo que muy raramente llegará en algún momento a extinguirse.
Y es que nadie está libre de haber atildado su singular e incomparable odisea íntima.
Todos hemos soñado con ser Ricardo Corazón de León, y resueltamente nos hemos transmutado en trovadores de sus/nuestras innumerables hazañas, absolutamente todas ellas memorables, en las cruzadas contra Saladino, para admiración y disfrute de nuestro rendido auditorio.
Pero dejando de lado lo que de inventado tengamos cada uno:
¿Se puede vivir en paz con la propia conciencia despreciando toda creencia en lo sobrenatural?
¿Podemos querernos a nosotros mismos aceptando que nuestra dotación en cuanto a bellezas, talentos, riquezas u honores, es muy inferior a lo que recomiendan los más reputados cuentos de hadas?
En fin, preguntas que no es sano hacerse, y menos aún contestarse.
Los cuentos, las leyendas y las rimas solo son herramientas de la mente para aliviar aquellos instintos, inconfesables en su mayor parte, que se encontraran entumecidos, o atrofiados por la reiteración de insatisfacciones.
Uno, a través de la identificación con el protagonista, se expurga por un momento de sus limitaciones y cortapisas vitales.
Evacua sus calamidades y reveses, y mira hacia otro lado.
No importa cuanto tenga la leyenda de disparatada, de absurda, de moralmente reprobable. De cínica.
Al fin y al cabo sólo se trata de pasar de siervo a rey, por arte de birlibirloque, con la afrenta que ello representa para con la justicia terrenal y lo insolidario que resulta.
Y eso por no hablar de aquel caldero lleno de monedas de oro, el cual hipotéticamente se hallaría enterrado allí donde el arco iris entrecruzara su curvatura con la de la madre Tierra. Nuevamente un caso flagrante de codicia desmedida, recompensada.
Historias que fomentan las pretensiones fatuas.
Algo apenas desligado, por mostrar un ejemplo sangrante, del encabezonamiento de entonces en la búsqueda de la piedra filosofal. Para desconsuelo y abandono de un estudio y una ciencia más edificantes.
Todos estos, cuentos increíbles, desde luego, y si se me apura, no surgidos de la rumorología popular, sino probablemente mistificados adrede. Burdas alegorías de un universo fantasmagórico que, por si no fuera bastante con lo ya expuesto, alcanzan su culmen en la referida al elixir de la eterna juventud.
Aquí, el afán de hacer lo blanco, negro, llevado a su paroxismo.
En cualquier caso, las gentes de aquella época, confío yo, no debieron ser tan tontas, ni tan crédulas. Quiero pensar que se debieron parecer más a nosotros. Más prácticos en cuanto a sus expectativas, no tan ingenuos, desengañados de curanderos y astrólogos.
Y todo ello, por más que nunca dispusieran de la opción de rebatir, con los hechos, y apoyados en la fuerza y en la certeza que brinda el conocimiento, a tanto embaucador, a tanto rufián, a tanta majadería.

P.D.: Por si acaso, para una mejor comprensión de la mentalidad imperante en la época, recomiendo visitar este enlace de la Wikipedia dedicado al cuadro de Hyeronimus Bosch (El Bosco). El carro de Heno.
Si bien lo contrario, mantener una percepción fantasiosa, como en Excalibur, sea probablemente más goloso. :-)

lunes, 15 de marzo de 2010

España, parada y fonda


En efecto, una vez más, la entrada que cuelgo en este, mi personalísimo blog, va a tratar sobre la crisis económica. Me repito más que la cebolla, ¿verdad?
Y en realidad, he de decir que cada vez se me hace más cuesta arriba escribir sobre la materia. Yo, que como otros muchos pardillos creíamos que esto solo iba durar unos pocos meses, si acaso un añito…
Y es que, aunque tal vez nunca lo llegara a mencionar de palabra, pues como que esa era mi esperanza. Una esperanza bienintencionada y bienhechora, como las de todos esos otros ingenuos, que se levantaron una mañana a coro con el eslogan del esto-lo-arreglamos-entre-todos. Un eslogan a modo de sustitución de todos sus otros muchos mantras personales e intransferibles, tales como de-hoy-no-pasa-que-me-suban-el-sueldo, o hoy-la-rubia-de-la-minifalda-se-me-arroja-en-los-brazos.
Ciertamente, todo un sacrificio renunciar a esas otras jaculatorias.
Pero manuales de autoayuda, proyectos mesiánicos y macedonia de frutas aparte, la cruda realidad con la que nos enfrentamos todos los días, es con la de que desgraciadamente la cosa no va a mejor.
Nuestra economía nacional recula, se hace la remolona y suelta coces a la menor intentona de ponerla a tratamiento. De hecho los indicadores con los que los telediarios y periódicos nos sobresaltan a cada momento, no pueden ser más malencarados.
Y entre todos ellos destaca uno: El paro.
Sí, el paro, la más terrible de las pesadillas con las que un honrado padre de familia, y madre, han de lidiar en esta su hora de máxima incertidumbre.
De hecho, si hubiera lugar para un quinto jinete del Apocalipsis, además de la muerte, el hambre, la guerra y la peste - este, el paro - se las ingeniaría para, sea como fuere, reducir el número total de efectivos a tres y dejar a uno en la calle.
Un problema gordo este del paro. O flaco, según se mire (si lo miran las vacas).

Lógicamente, cualquier persona de bien que lea esto pensará, ¿Quién será el meluzo este que se pone a hacer bromas con cosas tan serias? ¿Por qué no mete sus cataplines en el microondas, lo cuelga en YouTube, y así se asegura las carcajadas de todos los que pinchen en su ventanita?
Pues para que lo sepáis, si me río es para no llorar. En mi familia, las regulaciones de empleo han pasado a ser el pan nuestro de cada día. Y en lo que a mi respecta, mi antaño llevadero y desahogado trabajo de oficina, se ha transformado en un infierno multitarea a medio camino entre cirujano cardiovascular, por el estrés, y mamporrero de cuadras, por la entrega absoluta e incondicional.
Así puestos, que no os extrañe nada que el hecho de que cuatro don nadies de corte burgués y acomodado, se jacten de arreglar los desmanes financieros del mundo capitalista con sus varitas mágicas de playmobil, sea algo que me toque mucho la moral.
Me gustaría verlos en mi pellejo cuando termino la jornada laboral. Que interiorizaran, esa sensación de zozobra, de intenso vacío espiritual, pareja a la inutilidad del esfuerzo, y solo asimilable a la sobrevenida flacidez en las alzas de los zapatos de Sarkozy, ahora que la Carla Bruni le pone la cornamenta con un cantante jovenzuelo y guaperillas.
Pero, asuntos de alcoba a un lado, haríamos mejor en no mirar, y menos aún si se trata de establecer comparaciones, a nuestros vecinos de más allá de los Pirineos.
No en vano vuelven a resonar las voces críticas de estos para con nosotros, muchos de los cuales ya no se cortan en decir que, junto con Grecia y Portugal, haríamos mejor en ir buscándonos nuevos amigos.
Y mientras nuestro tejido industrial hace aguas, y lo poco que queda del sector de la construcción se termina de ir a pique, vayámonos entretanto apuntando a los nuevos cursos que surjan de camarero y sirvienta por correspondencia. Porque, como en tiempos del generalísimo, antes de lo que nos imaginamos, nos veremos obligados a echar mano del turismo como último recurso.
La rancia respuesta de un país desfondado, que en estos años de chanchullos y rapiña en sesión continua, ha dilapidado su patrimonio natural y paisajístico, como pocos otros en el mundo.

Sea pues lo que haya de ser. Y si hay que aguantar un año más de palos en el lomo, adelante. Pero, por favor, que no vengan cuatro colegialas progres y sus papis famosos, a decirme con una sonrisa de oreja a oreja, que han encontrado la solución definitiva para el problema de la bancarrota mundial, el de crisis inmobiliaria, o el de las hemorroides.



P.D.: Este detalle del dibujo va dedicado con cariño a mi amiga Fiebre, que recientemente me ha invitado a participar en su blog VIP. ¡Qué Dios nos coja confesados!
Y, por cierto, no he podido evitar acordarme de la anécdota de la televisión sueca la noche del 23-F, quienes llamando a sus colegas de la primera cadena española, preguntaban qué hacía un torero entrando armado con una pistola en el congreso de los diputados!!!!
Si es que el nuestro es, y será siempre, un país de pandereta.
No le deis más vueltas.
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Este blog, como no podía ser de otro modo, se suma al homenaje de la blogosfera hacia la “alargada” figura del escritor vallisoletano Miguel Delibes.

domingo, 7 de marzo de 2010

Fachebook Corporation


Mira tú por donde, que quería hoy yo hablar un poco (bueno, un poco…) del Facebook.
Se me ha metido entre los cuernos.
¡Qué cosa más tonta el Facebook!
Pues ahí donde lo veis, rondará ya los 500 millones de usuarios en todo el mundo.
500 millones de corderillos, entre los que se cuenta un servidor.
No es pues un tema de esos sobre los que, como otras veces, pueda pasar de puntillas y con grandes rodeos. Esta vez soy consciente de que voy a herir sensibilidades. Muchas sensibilidades.
Pues bien, deseoso de comenzar llamándole a las cosas por su nombre, sucede por contra que hasta ahora no me he tropezado todavía con una definición del Facebook que me convenza – la de la Wikipedia me parece demasiado insulsa - de manera que he optado por elaborar una artesanalmente.
Facebook: Diálogo de besugos monodireccional para neuronas ociosas.
No me negaréis que, si acaso no en demasía descriptiva, sí es en cambio, cuando menos, mucho más rimbombante.
Pero ¿Qué es en realidad esta web de redes sociales, que ha conseguido atrapar y almacenar en sus cámaras frigoríficas a tantas y tan diferentes especies de humanos, midiéndose sus capturas por toneladas?
Yo, me lo vais a permitir, barajo varias teorías. Todas ellas, si bien, marcadas por un denominador común, el anhelo omnipresente de satisfacer “el ansia de afectos”.
Teorías, o postulados, que iremos abordando de uno en uno, para una mejor comprensión de sus muchas y muy variopintas implicaciones.

Primero. El deseo de acumular amistades como provisión para tiempos de escasez (el que tiene un amigo, tiene un tesoro), y convertir el propio perfil de usuario, por más que sólo sea de manera virtual, en el Fort Knox del buen rollito.

Segundo. Estar al día de todos los chismes relativos a familiares, conocidos y demás personal de a pie. No es sencillo, pues por lo general uno sólo menciona aquello que considera que puede optimizar su imagen “living Las Vegas”, pero no obstante, las formas revelan mucho más de lo que la gente se imagina acerca de su estado de ánimo, y sobre todo, de sus expectativas vitales. De hecho, esa es una información muy útil, que alegremente se regala a los cerebros grises de la mercadotecnia cibernética.

Tercero. Reabrir viejas heridas del pasado.
De hecho Facebook, constituye una gran segunda oportunidad para que, la gente que trata de reencontrarse con esa niña o niño que le gustaba de pequeño/a, se tope de buena mañana con que está casado/a, tiene hijos, una hipoteca, y vive en las quimbambas, o que, aún peor, se ha quedado para vestir santos. Vamos, hablando en plata, que era la más guapa (o guapo) del colegio, pero que los años le han caído encima como losas, y solo está esperando, como una mina antipersona, a que alguien le ponga la pierna encima para saltar con él (o ella) en pedazos.
Seré sincero, Facebook me produjo repugnancia desde el primer día en que puse mis pies en él, pero creé mi perfil, porque como bien dice Suntz-Zu, en “El arte de la guerra”, a los amigos hay que mantenerlos siempre bien cerca, pero a los enemigos todavía más.
Por otra parte, yo también tengo un nódulo activo (y para mi desgracia inoperable) de borreguismo, alojado en algún rincón remoto y baldío del cerebro.
De hecho suelo visitar el susodicho portal con bastante frecuencia, y siempre que lo hago, la misma pregunta acude presta a mi mente: ¿Y qué me importa a mi lo que le gusta a Zutanito, o a Perenganito, a quienes conocí de refilón en mi época de cazador-recolector, y que ahora me cuentan su vida a modo de revista “superpop”?
Además un porcentaje significativo de mis contactos son familiares, pertenecientes mayoritariamente, eso sí, a las sensibilidades del espectro político más escoradas hacia el tardofranquismo (ignoro aún si se trata de alguna clase de conjura o plan deliberado).
Pero supongamos que mañana me fugara con una orca asesina del acuario en plan “Liberad a Willy”… Y que les sirviera el chismorreo en bandeja de plata, ¿Opinarían? ¿Les gustaría mi estado? ¿Me darían un toque?
Incluyamos pues al hilo de esta reflexión un último, pero no por ello de menor importancia, apartado.

Cuarto. Ligar.
El que no haya tratado nunca de utilizar el ordenador, y más en concreto su conexión a Internet, como vehículo propagandístico de sus pulsiones erótico-festivas, que tire la primera piedra.
En este punto, como no, hay voces discrepantes. Unos lo consideran una pérdida de tiempo sin aliciente alguno, algo así como ver los toros desde la barrera, y otros lo contemplan sin embargo como el último clavo ardiendo al que agarrarse, el cual dicho sea de paso, tiene la nada desdeñable virtud de ser un clavo que no quema, e incluso en absoluto caliente.
Afortunadamente, todo el mundo es libre de optar por una o por otra de las posturas, y de hacer sus escarceos online, bajo su sola y exclusiva responsabilidad.
Allá pues cada cual con sus aficiones solitarias.
No en vano, como dice el refrán, el que busca, encuentra. Y, por lo mismo, ya se sabe que donde menos se espera, salta la liebre.

Y entre pitos y flautas, casi hemos destripado al “fachebook” de marras.
¿Qué para qué sirve? Dejémoslo en un entretenimiento más. Como visitar y participar en cualquier otro foro de Internet, pero en el que uno siempre está expuesto a la mirada crítica, sin ir más lejos, de quienes mejor le conocen, y, en menor medida tal vez, a fantasmas orwellianos de esos que tanto le rejuvenecen el ánimo, cual vampiro incapaz ya de verse reflejado en las miradas ajenas, y más pendientes de las intimidades del prójimo, a gentes de la prosopopeya de Mercedes Milá.
Resumiendo, que el fachebook tiene lo suyo de engañabobos.
Posiblemente se podrá considerar una habitación con vistas al infantilismo de propios y extraños, e incluso la hoja parroquial en la que se detallan los pormenores de innumerables adolescencias cicatrizadas en falso, convertidas, de la noche a la mañana, en ectoplasmas que purgan sus penas por los áridos páramos del ciberespacio, pero, sinceramente, encuentro bastante difícil el que, como gran foro de intercambios personales, puede dar mucho más de sí.
Nada de lucrativas oportunidades, redadas de cazatalentos, ni repentinos saltos a la fama.
Mal que le pese a alguno, los brindis al sol de tus allegados, tecleados entre bostezo y bostezo, no salvarán los balances trimestrales de la firma de modelos Acme, ni las cuentas de resultados de la Tyrrel corporation (“más humanos que los humanos”).
Y desde luego, tampoco va ningún genio de la informática, ningún hacker a sueldo de la CIA, o del FBI, a robarnos el alma contenida en los videos ni en las fotos que “posteamos”, como inocentemente creería un guerrero masai, o un aborigen micronesio del siglo pasado.
Aparte del hecho de que ya resuenan voces apocalípticas que anuncian la llegada del fin de esta, su época, y con ella la condenación de aquellas almas viciosas, henchidas de vanidad, que no fueron capaces de resistirse a los cantos de sirena del autobombo.
Pero nada nuevo hay bajo el sol. Nos hallamos, de hecho, una vez más ante la eterna teoría de la discoteca de moda.
Esa que es frecuentada al principio por la gente más “cool” y “fashion”, pero que en cuanto que se corre la voz, y prende el ancestral boca a boca, se ve abocada a una lenta y terrible enajenación.
Digamos que es entonces cuando las hordas del paisanaje acuden en masa, y acto seguido acontece la catástrofe, el fuego de la sabana, con la subsiguiente desbandada de depredadores y presas.
Lo que en la jerga del negocio más comúnmente se denomina como morir de éxito.

Pues nada, y con esto y un bizcocho… Creo yo que ya está todo dicho.
Espero no haber faltado el respeto a nadie, y menos que a nadie, a mí mismo… Que con la venia del respetable, seguiré tomando parte en esa charlotada.

domingo, 7 de febrero de 2010

Minuto de Gloria


Según me han comentado últimamente, no a través de un teclado, sino de palabra, hay algo de lo que este blog carece (entre otras muchas cosas), y ese algo es lo que daríamos en llamar una “línea editorial”.
Ciertamente es un defecto grave, sobre todo cuando se quiere alcanzar una masa crítica y/o fidelizar a un público de estamento mediano/alto. Yo, personalmente, no me doy cuenta de que esto suceda, porque en realidad a lo que me dedico es simplemente a verter opiniones, por muy cascabeleras que sean, y no me ando preocupando de si anteayer dije lo contrario, o de si repetí la expresión “equis” tantas veces, de forma que vaya ya camino de convertirse en muletilla.
Bien. Dicho esto, aclararé en primer término, que no es cierto que Fulandrú (como le llama mi madre al blog) sea un batiburrillo de frases y párrafos, a cada cual más inconexo, en los que lo que prima es la verborrea, y que bajo su apariencia repensada y erudita se oculte una inteligencia con menos resuello que la espuma de la gaseosa.
Segundo, el que algunos posts sean más sensibles que otros, más considerados, más ciudadanos responsables, etc… se debe única y exclusivamente a la disponibilidad de liquidez inspiradora, y no como otros prefieren creer, a que los altibajos de mi estado de ánimo hagan tambalearse los sólidos cimientos de mi discurso.
No obstante he de reconocer en que hay temas en los que el grado de tolerancia es amplio. No se trata de demostrar ser capaz de defender una cosa y la contraria, ambas de manera creíble. Para eso ya están los políticos. Si bien, a veces, y eso nadie me lo podrá negar, la propia opinión resueltamente cambia, o se modula, en función de a quien va dirigida, y del efecto que pueda producir en nuestro auditorio.
Todos practicamos la ventriloquia y somos un poco veletas cuando arrecia la tramontana.
Y todos, eso sí, guardamos al menos para nosotros temas, temillas o temazos para con los cuales sí nos permitimos ser inflexibles, intolerantes y cabestros, a machamartillo y a jornada completa.
Uno de estos, en mi caso, es el del respeto al medio ambiente.
En efecto, si hay algo que no soporto, es el ritmo de destrucción de la naturaleza al que se ha apuntado la civilización actual. Y me enfurruncho todavía más, cuando contempló paripés como el de la convención de Copenhague, donde todas las partes implicadas acudieron en plan reservón, y más pendientes de no perder cuota para sus malos humos, que de atajar su insidioso problema de gases.
Evidentemente, yo no voy a meterme en el banquete de gala de los reyes y jefes de estado de medio mundo, a hacer bufonadas para que la crème de la crème se fije en mí, y diga, ¡Oh, nuestra conciencia, pobrecita, nos habíamos olvidado de invitarla… Decirle a Fermín que mire a ver si ha sobrado algo de caviar y se lo hacéis mandar a la suite “Alcatraz” del Hilton! Creo que no se consigue nada ni con eso, ni poniéndose todo quisque en bolas a retozar los unos con los otros, embadurnados en salsa de tomate, para denunciar las salvajadas que se cometen con los cachorros de foca.
Mientras la defensa de nuestro patrimonio común, que son los ecosistemas vivos a los que tan estrechamente estamos ligados, siga llevándose a cabo de la misma guisa que las novatadas de un colegio mayor, nuestras posibilidades de frenar la conversión del planeta en una barriada sucia y mugrienta del sistema solar, no pasarán del suspenso.
Por desgracia, además, ahora parece ser que le toca también su turno a la Luna, y que a alguien se le ha ocurrido que, como emplazamiento para futuros cementerios nucleares, no tiene precio… (¿Qué le dan de comer a esa gente?)
No, si a la postre, parecerá que vale más dejarse llevar por el cinismo al uso.
A fin de cuentas, la Tierra ha existido durante millones de años. ¿Para qué nos vamos a preocupar de paranoias catastrofistas? En cinco milenios que llevamos aquí no se puede ir todo al garete, porque sí, de un plumazo. Aparte de que sólo hemos contaminado realmente en estos dos últimos siglos, y que los efectos son tan pequeños, que al menos hasta que pasen un par de décadas no se apreciarán sus consecuencias. Además - ¡qué rayos! - la vida son cuatro días, y ni siquiera nos dejan disfrutar de una hora de tranquilidad… ¡Aprovechemos nuestro minuto de gloria!