lunes, 29 de junio de 2009

Exin-Cumpleaños


Llega un momento en esta vida en que, rebasada cierta edad crítica, ya no nos gusta cumplir años. Ya no nos parece divertido, ya no nos ilusionan tanto aquellos regalos de entonces, el cine-exin, el exin-west, el exin-castillos, cuando dependíamos enteramente de la financiación de los “mayores” para satisfacer nuestros caprichos infantiles... Sí, es una fecha incomparable en el calendario, con motivos de sobra para ser recordada con cariño y alegría, pero solo de pensar en que el asilo está un poco más cerca, se le queda a uno cara de exin-momia.
Yo personalmente, hubiera preferido quedarme en los 10 y no pasar de ahí, y si lo sigo haciendo (cumpliendo años) es meramente por prescripción facultativa. Aseguran todos los profesionales de la medicina a los que he consultado que si quiero seguir bien de salud es muy recomendable - más aún, imperativo - el que continúe apagando las velitas con la consabida regularidad anual, y a ser posible, sin excederme con el tamaño de mi porción de tarta.
Afortunadamente, para mi blog, Food and Drugs, la disyuntiva entre que si hay que alegrarse o entristecerse, de si merecía la pena haberse tirado otro año más escribiendo “eso” en Internet o no, y aquí me refiero con “eso”, a ese subproducto reprocesado, básicamente compuesto de lo que se encuentra uno en el recogedor después de pasarle la escoba a la cabeza al final del día: fobias, pataletas retestinadas del curro, amoríos que no dan la talla, le coge aún demasiado pezqueñín.
Y después de todo no es que hayamos hecho gran cosa, pero estoy satisfecho.
Ciertamente un homenaje del estilo de los de Informe Semanal, de esos que a veces hacen que se te salten las lágrimas (que si los exiliados de tal o cual guerra injusta en medio de la selva centroafricana, que si los héroes de tal o cual pueblo que dieron cobijo a perseguidos de las mafias…) estaría muy, pero que muy, re-que-te-bien, pero es evidente que la letra no va con la música.
No se hicieron las margaritas para la boca del cerdo.
Dar las gracias pues, simplemente, como ya hice el año pasado por estas fechas, a mis visitantes regulares, y especialmente a aquellos que más se esforzaron en dar una respuesta coherente a mis desvaríos, por la confianza depositada, y felicitarles también por la fortaleza de ánimo que han demostrado.
Entre nosotros, la lectura es buena, pero no toda.
Por último brindar porque el “nene”, ha superado la barrera fisiológica de los dos añitos, la llamada etapa esfinteriana, y ya no se hace pis y caca en los pañales… ¿O todavía sí?

P.d.: Hablando de aquellos añejos reportajes de Informe semanal… Os recomiendo ver este. Estremecedor.

viernes, 19 de junio de 2009

Impopularidad


Es difícil explicarle a un dromedario que es esto de la impopularidad, o el no tener amigos, o el caerle antipático hasta a los vendedores de crecepelo.
Ellos viven en la soledad del desierto, cargan toda su vida con una repulsiva joroba en la que almacenan grasa (el mismo sebo asqueroso que se ve salir a borbotones en las liposucciones), y los beduinos se aprovechan de ellos sin tapujos (precisamente además, por su capacidad asombrosa, y hasta yo diría que heroica, de aguantar la sed).
Digamos pues que su existencia es definitivamente un insulto para los amantes de la buena vida.
Pero tienen un punto a su favor, y es que jamás han conocido otra cosa, y eso, creedme, es lo que marca la diferencia.
En su fuero interno, y a pesar de su indiscutible laxitud en lo que respecta a la buena presencia, los dromedarios tienen un “algo” que, desde la primera vez que vi a uno en vivo, hizo que me resultaran simpáticos.
Estos bichos, entre oasis y oasis, dan la sensación de pasar olímpicamente de todo, como si lo que sucediera en el mundo exterior no fuera con ellos.
No ven la necesidad en ningún momento de organizarse, de aliarse con el pelirrojo debilucho de la clase, el gafotas empollón y el gordo zampón y patoso, para birlarle la churri al engreído y jactancioso capitán del equipo de fútbol americano; poniendo para ello si es preciso, las aulas y el comedor de la universidad patas arriba.
No, el dromedario sencillamente no cree en los finales felices y no se complica. A fin de cuentas, su destino está sellado de antemano.
Y aquí, enlazo con esa otra cuestión tan escurridiza como es la del porvenir, o de si existe alguna clase de predestinación, o libro de ruta, para nuestras vidas.
¿Está escrito en las estrellas la clase de personas que somos y lo que nos espera?
Yo a veces leo la definición del carácter de los de mi signo zodiacal y se me hiela la sangre. ¿Hay alguna relación entre una cosa y otra?
Cuestiones parapsicológicas aparte, de lo que no me cabe duda es de que tener el futuro en las manos de Aramís Fuster, sería algo que verdaderamente daría mucho yuyu.
Prefiero pues seguir en la inopia, no enterarme de nada de lo que pasa, y proseguir con mi personal e intransferible travesía del desierto. Y virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
Como el dromedario. Con mi joroba a cuestas, pero feliz. O viceversa.
Por cierto, los más observadores habréis notado que he perdido el norte, y más concretamente el contacto con la Tierra. Me he visto pues obligado a sintonizar con Saturno.
En principio creo que allí Food and Drugs tiene unos cuantos menos seguidores, pero tiempo al tiempo… Me he propuesto poner en marcha una campaña promocional ultraagresiva, con gorras, llaveros y hasta globitos si hace falta. ¡Será por dinero!

domingo, 31 de mayo de 2009

La caja "B"


Bueno, todos somos personas adultas, y sabemos perfectamente qué es a lo que se le llama coloquialmente “la caja B”, no hace falta pues recordar que, de un modo u otro, es lo que permite que, mientras que sus empresas se hallan en suspensión de pagos, sus patronos, y en general los magnates que las presiden, puedan seguir pasándose este año el verano a bordo de su lujoso yate como si tal cosa, crisis y otras menudencias aparte.
Yo, en cualquier caso, entiendo poco de finanzas, y cuando me hablan de cajas, se me vienen a la mente las de zapatos, en una desviación de la conducta muy parecida a la de Imelda Marcos (la esposa de aquel patético dictadorcillo filipino), o sin ir más lejos de las de galletas, muy útiles también a la hora de guardar objetos insospechados en rincones prácticamente inaccesibles del trastero.
Aunque más habitualmente, y debido a su contenido original, suelen ser estas últimas las que más atraen mi interés. En este caso quedando mi fuerza de voluntad reducida al mismo plano que el papel de celofán que las envuelve, y siendo una marioneta de mi estómago, al estilo de Triqui, el monstruo glotón de Barrio Sésamo.
Por supuesto en materia de delicias reposteras también existen cajas “B”, pero al igual que en lo que respecta a las versiones cinematográficas de una misma película, una historia de tiros y persecuciones en coche (por ejemplo), el uso de la denominación “B” tiene connotaciones negativas.
Ello no obstante no las desprovee de su enorme utilidad.
Una buena forma de saber cuando estás de más en casa ajena, es decir, cuando tu visita ya excede el tiempo de lo cortésmente aceptable, es acogerse al test galletero.
Sea en desayunos o meriendas, la calidad de las galletas ofrecerá con total fiabilidad una información valiosísima de lo que tus anfitriones esperan de ti. Tal vez estos sean gente de una amabilidad sin par, incapaces de tener un mal gesto, o de descolgarse con una insinuación inoportuna que daría al traste con la amistad. No importa, las galletas tomarán la palabra y hablarán por ellos. Ellas serán su voz en su hora más silenciosa.
No en vano, unas galletas de mala calidad son a veces más eficaces que el repelente para los mosquitos.
De ahí que, cuando el común de los mortales son invitados a palacios y mansiones, a casas suntuosas de gente de posibles, una de las impresiones con las que se van, infaliblemente, suele ser este peculiar fenómeno de la mala calidad de las galletas.
¡No puede ser! Se sorprende la gente con alborozo. Cuchicheando entre sí con gran enjundia y no menor satisfacción. Convencidos de que sus riquezas se han de deber, por lógica aplastante, a la acumulación de recortes y privaciones que llevan a cabo en su dieta alimenticia, de clara inspiración “B”, y de la que las galletas son solo un reflejo.
Los muy ilusos, no comprenden que han sido víctimas de una de las argucias más viejas y más eficaces en el teatro de máscaras de las relaciones humanas.
De hecho, nada produce subconscientemente un rechazo mayor que una golosina insípida.
Es pues un hábito muy común el que nuestros ricachones de hoy, y de toda la vida, tengan siempre a mano una de estas cajas de galletas “B”, pagadas con el dinero de las cajas “B” de sus empresas en bancarrota, y en las que se solían fabricar las cajas de galletas de los dos tipos, “A” y “B”, hasta que las primeras dejaron de ser rentables.
Yo, por lo que a mi respecta, no quiero saber nada de cajas “B”, y no suelo incluirlas en mi lista de la compra.
Ello si bien no es óbice para que critique ese afán de tanta gente por saborear el lado “B” de la vida, y de convertir en catadores de todo lo “B” imaginable a cuantos les rodean, aún cuando sepan, en el fondo de sus conciencias, que ahora ya no se trata de una estrategia social deliberada, sino que simplemente han dejado de producir el modelo "A".

domingo, 24 de mayo de 2009

Post de fábula


Esta es la historia de dos bichejos que moraban en el entorno mixto de una charca y el secarral: Un pejesapo y una lagartija.
Ambos estaban visceralmente enemistados desde tiempos remotos, y, enredados en un enfrentamiento a cara de perro y sin viso alguno de resolverse por las buenas. Una pugna en la que el odio se retroalimentaba, siendo a la vez el producto y el residuo de su propia descomposición.
Pero tenía sin embargo su explicación: Las épocas de bonanza en la casa del pejesapo coincidían sin excepción con las de mayores penurias y escasez en las de la lagartija.
Era un simple cálculo de suma cero con el calendario en la mano. La estación de las lluvias sumía al reptil en el letargo y la depresión, mientras que otorgaba el aliento y la vida a la del anfibio. Y por el contrario, cuando llegaban los calores del simún, cambiaban radicalmente las tornas, yendo a parar el bienestar y la alegría de uno a hallarse en poder del otro.
Ninguno de los dos tenía suficiente cerebro para comprender que se trataba de una dinámica ajena a su voluntad, y en gran parte ese era el problema.
Entender que era una ley natural la que lo había dispuesto así, estaba por completo fuera del alcance de sus primitivos bulbos encefálicos, desprovistos de memoria e inteligencia emocional con sus funciones adaptadas a ese cometido.
En el colmo del sinsentido, pues, mutuamente se culpaban de su infortunio y achacaban a la prosperidad del vecino, con la que invariablemente se solapaba este, las causas de sus miserias. La desconfianza y los malos pensamientos de uno y otro les llevaban pues a creer en una teoría simple de recursos limitados por los que habrían de competir. Por supuesto, sin que ninguno de los dos hubiera antes oído hablar de la destrucción mutua asegurada, o por sus siglas en inglés, MAD (loco).
Y así sin saberlo, ese era su objetivo último, guerrear entre sí hasta el final de sus días, cuidándose bien de infligir en el rival el mayor daño posible.
Todo eso sin embargo cambiaría de sopetón una mañana del recién comenzado estiaje. Un día este en el que el sol se había asomado al horizonte con ánimo combativo, y que se intuía como uno de los peores imaginables para la estabilidad del pejesapo y de su charca, con sus cada vez más exiguas reservas hídricas.
Lógicamente la lagartija bailaba y hacía sonar sus maracas desde lo alto de un promontorio vecino. Para sus intereses aquello era jauja. Es más, nunca antes se había encontrado al pejesapo tan maltrecho, tan abatido, tan próximo a arrojar la toalla.
Y eso no hacía sino que su júbilo se incrementase aún más.

- Qué será de mí, oh-la-la, que me arrastro por el fango de la desesperación – canturreaba la lagartija a pleno pulmón, mofándose sin ningún recato de su renqueante enemigo.
- Infatuada lagartija. Tus esfuerzos serán más pronto o más tarde recompensados, y tu felicidad será completa. Hoy mis fuerzas han tocado fondo y me siento claudicar.
- Por fin. ¡Alabado sea Dios! La de plegarias que le habré elevado al altísimo, con las esperanzas puestas en ver llegado este momento.

La lagartija no cabía en sí de gozo. Saltaba, brincaba y sus cabriolas sobre la roca desnuda y ardiente del arenal subdesértico en el que habitaba, casi se podían contemplar a leguas de distancia.
- Oh lagartija – intervino de nuevo el pejesapo - ¡Qué grande es el odio que te profeso! Si con tus ojos pudieras percibir tan solo una décima parte de lo que yo veo cuando te contemplo, el asco te desquiciaría.
- Estupido anfibio. La falta de agua en la que remojar tu viscoso y verrugoso pellejo, la sequedad en que se ahogan tus tráqueas, te ha privado también de la razón. Y más que nunca en este momento, que estaba llamado a ser el de la lucidez, sigues siendo incapaz de comprender que un ser tan horripilante y vomitivo como tú, jamás podría haberse postulado de rival contra mi, una ágil, esbelta y pizpireta lagartija. Tu vida, el gran despropósito esquizoide de un ser depresivo y reconcomido por los celos, era un atentado contra la lógica de buen pensar y un experimento contranatura.
- Pido al cielo que todos te vean con el asco que a mí me inspiras, execrable alimaña – gritó de nuevo el pejesapo, ahora quebrada aún más si cabe su voz por lo dramático de su situación.
- ¿Asco dices?... Muy de agradecer sería, el que de una vez por todas admitieras tu equivocación, y que reconocieses en mí las infinitas virtudes que me adornan. El cielo me ama. El cielo se recrea en mí. Al cielo le gusto yo.
Y en diciendo esto, que abriría sus patas al azul intenso de la bóveda celestial, para con ello proclamar su definitiva e inapelable victoria, la lagartija no tuvo tiempo de ponerse a cubierto, siendo incapaz de evitar el pico hambriento de una gran sombra alada. Una sombra que no era sino la de un hermoso ibis de blanco plumaje, el cual al pasar por allí en vuelo rasante, decidió convertirla en su desayuno.
Apenas superado el susto, y por extraño que parezca, el espanto y la desolación se adueñarían del pejesapo. Ni una mueca de alegría se asomaría a su rostro. El sol continuaba enviando sus abrasadores rayos desde las alturas, la humedad de la charca se seguía evaporando con el mismo paso lento pero incansable, y a la vez, a su ya de por sí trágico devenir se habría añadido ahora otra carga más: El peso invalidante, e inconmensurable, de la soledad.

lunes, 18 de mayo de 2009

Lobos con piel de camándula


Ya decía Plauto en el 200 A.C. aquello de “Homo homini lupus”, esto es, el hombre es un lobo para el hombre, o lo que es lo mismo, que no hay que complicarse la vida buscando enfermedades raras o sucesos cataclísmicos venidos del hiperespacio, nuestro peor enemigo, la peor amenaza que se cierne sobre nuestro futuro, y el de nuestros hijos y nietos, somos nosotros mismos.
Sí, es así, y es tan evidente que la frase misma se le podría en lugar de a Plauto, el célebre pensador romano, atribuir al mismísimo Pluto, el perro del ratón Mickey. Vamos, que no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de esa realidad.
El hombre (y la mujer, que generalmente es la que anda siempre por detrás pinchando al hombre) es un ser enfermizamente insatisfecho, un agonioso, un engreído mutante de simio, en cuyos 1250 centímetros cúbicos de cerebro presuntamente evolucionado, prevalece paradójicamente la misma idea que en el microscópico de una oruga: Zampárselo todo hasta no dejar nada.
La raza humana ha presumido siempre de ser creadora de belleza, y obras esplendorosas dan fe de ello, como el Taj Mahal, la quinta sinfonía de Beethoven, el Quijote, etcétera, pero también se ha regalado a sí mismo execrables engendros de horror e inmoralidad, como el holocausto nazi o la bomba de Hiroshima (entre otros).
Puestos unos y otros en la balanza se podría decir que hay una ley universal de compensación entre el bien y el mal, que es cosa del yin y el yan, como en el juego de las sombras del Wayang en Indonesia (Ver la película “El año que vivimos peligrosamente”), pero eso sugeriría una vocación de permanencia.
El ser humano no quiere permanecer. Su actitud vital es la de consumirse como un fósforo: Deslumbrante, fugaz, visto y no visto, The fast and the furious.
Y para ello procede por donde mejor y más eficientemente le puede llevar a la consecución de ese fin, el cual es su propia extinción: La degradación progresiva, y acelerada destrucción, de su “bienamada” madre naturaleza.
Destrucción, esa es la palabra correcta. El hombre disfruta destruyendo cien veces más de lo que lo hace creando. Es en esencia un ser destructivo, o para utilizar un término fonéticamente más contundente, un “destructor”.
Este apelativo de “destructores”, acuñado en su día por la tonadillera Rocío Jurado (ver vídeo) es el que mejor nos retrata, el que mejor define y capta nuestra psique.
Un ejemplo claro sería el ya tan manido del castillo de arena en la playa. Encontrárselo y pisotearlo mola más que levantarlo de la nada.
No es ese el único factor que nos empuja a ser tan ruines, evidentemente. Está también la codicia, las ambiciones de toda índole… Pero insisto, la gran debilidad del alma humana se encuentra en esa perversión congénita de su conducta, que es el placer de romper, de hacer añicos, de arramplar con todo.
Eso explica el que día a día nos estemos cargando nuestro planeta, que es nuestro hogar, y que lo estemos transformando, consciente o inconscientemente, en un erial hediondo lleno de basuras. La tala masiva de árboles en el Amazonas, la obsesión por los combustibles fósiles, Chernobyl… El Homo sapiens no conducirá al Homo supersapiens como algunos ingenuamente sostienen. El siguiente paso de la evolución estará ineludiblemente protagonizado por el Homo detritus.
No exagero. Es un hecho fehaciente.
Afortunadamente muchos (y muchas) de nuestra generación han sabido cambiar el chip a tiempo y se esfuerzan por denunciar y, en la medida de lo posible, combatir esta deriva suicida. Pero la última palabra estará como siempre en poder de los gobiernos. Ellos son en definitiva los responsables de hacer de nuestro mundo un lugar cada día más seguro y más habitable. Unos gobiernos indolentes cuya respuesta hasta la fecha ha sido en gran parte la de desentenderse del tema, por más ministerios y consejerías de cartón-piedra que se creen al respecto. Es bueno pues no callarse, y hacérselo notar, no vaya a resultar que sea ya demasiado tarde cuando empiecen, cuando empecemos, a verle las orejas al lobo.
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Camándula: Persona de mala reputación debido a su caradura, y además por ser embustero, bellaco y tragaldabas.

viernes, 15 de mayo de 2009

Gotas


No hace mucho me enteré por un comentario en el blog Más Claro, Agua de la convocatoria de un concurso de relatos hiperbreves.

Yo no soy muy devoto de este género por muchas razones, la principal, que al permitirse únicamente una participación restringida a tan solo 150 carácteres, la cosa, por fuerza, no puede ser demasiado historiada, ni, en el caso de los escritores tipo torero de salón como yo, habrá el hueco suficiente para los gestos de cara a la galería. En segundo lugar, que la probabilidad de incurrir en plagio inconsciente (es decir, de aprovecharte de ideas que lejanamente te suenan de autores infinitamente mejores, o más ingeniosos que tú, o símplemente del compañero del blog vecino) es elevadísima.

En cualquier caso me animé, y os recomiendo a cada uno de vosotros, apreciados lectores, que hagais lo mismo porque es muy entretenido y porque, por otra parte, apenas requiere tiempo. Además es un ejercicio extraordinario para desentumecer las neuronas. Muy recomendable para esos días en los que las ideas brumosas y el teclado no se dirigen la palabra.

Dicho esto, ahí va (parafraseando a Becquer*) como el caballo de copas, mi pequeña, mi minúscula, aportación al universo de la literatura humana (e incluso de la anterior al homo sapiens). Que sepais que lo hago para ganar el premio.
- ¿Pero hay premio?

Gotas
Era solo un chaparrón primaveral, pero las demás gotas siguieron como borregas a aquella otra iluminada. Todas en pos de la estéril tierra prometida.

Más info: Id al sitio http://www.rdeditores.com/

*¿Veis lo que os decía, a propósito del plagio impremeditado?

domingo, 3 de mayo de 2009

Ordenación de los blogs

En las últimas semanas, como algunos habréis notado, la lista de blogs favoritos ha sido dividida en categorías. Ciertamente que se ha hecho un poco a la buena de dios, pero todo sea por la mayor comodidad de mis visitantes, y por supuesto de la mía, ya que soy su más asiduo usuario.
En realidad las tres categorías de blogs: Hermanados, Galaicos y Chachi Pirulis, solo sirven de excusa para los respectivos tres dibujos que las ilustran, y que entiendo que ya venían siendo necesarios, después de haber encadenado una larga hilera de posts sombríos.
Podría haber utilizado otra vara de medir, como por ejemplo, la de la popularidad de los blogs seleccionados, pero me pareció que sería algo impropio al tratarse de una lista de blogs tan heterogénea, muchos de los cuales destacan por una estética cambiante o su cariz contracorriente.
En cuanto a la frecuencia de actualización, la propia herramienta de blogger ya lo da todo hecho. Hasta hace poco era reacio a utilizarla, ya que pensé que al moverme de sitio los blogs, me resultaría incómoda para visitar mis más habituales, pero de un tiempo a esta parte, no sé por qué, algunos ya solo publican con cuentagotas.
En fin, no es una crítica, es un lamento.
Bueno, ahí os van los tres dibujos que espero que al menos aporten algo de colorido a esta luminosa mañana de domingo.




viernes, 24 de abril de 2009

El grifo del crédito


El grifo del crédito está cerrado y las turbinas del mundo no funcionan.
O si lo hacen es a empellones y con desgana.
Y es que todo iba a pedir de boca cuando de pronto, de la noche a la mañana, nos hemos encontrado viviendo dentro un gigantesco castillo de naipes, de ladrillo y hormigón, que se nos viene encima, como si de un seísmo a cámara lenta se tratase.
Un buen día un broker de la bolsa neoyorquina descubrió que tenía un agujero en un bolsillo, y uno detrás de otro, todos los banqueros del orbe globalizado se sumaron a la estampida en busca de aguja e hilo.
Fue entonces cuando todo el mundo empezó a sospechar de todo el mundo, y se arruinó la confianza. Eso que dicen que es imprescindible para los negocios.
Y hoy es el día que ya no se puede uno fiar ni de su propia sombra.
Ese comercial, por ejemplo, que viene a ofrecerte un trato y que te va a estrechar la mano… ¿Cómo sabes tú, a ciencia cierta, que se la ha lavado después de la última visita que hizo a los urinarios? ¿Cómo sabes que no te pegará la gripe porcina, esa pandemia de nuevo cuño todavía en fase de experimentación?
Antes todos soñábamos con nuestro pepino de coche, tropecientos caballos, chalet en la costa, y piscina climatizada en la que poder hacer unos cuantos largos a nuestras anchas. Hoy todo eso es ya humo de pajas. Y aún por ende, hemos de dar gracias (los afortunados que en su día éramos más bien desafortunados), a que no se hayan convertido en nuestra pesadilla.
Recapitulando: El cerdito roto, y enfermo. La cartera con el escudo serigrafiado del Real Madrid borroso y devaluándose jornada tras jornada de liga… Y sobre todo después de esta última, en que lo hace a pasos (o tal vez coces) agigantados (Ver video)
¿Qué nos queda pues? ¿La buena literatura? ¿El buen cine? ¿Internet?
Todo eso está bien pero no soluciona el problema de que los poderes fácticos nos quieren cortar la luz y el agua. Nos quieren convertir en lombrices de tierra. Seres tan especializados en la tarea ímproba de reciclar, que seamos capaces de ingerir nuestros propios detritus. Tierra en vías de descomposición transformada en tierra regulgitada, para que nuestros descendientes no tengan que emigrar a Alfa Centauri, donde según tengo entendido hay un problema grave con el tema de la asimilación de los organismos vivos foráneos.
Como ya habéis comprobado me he permitido trivializar un poquito sobre el asunto. Con muy poco tacto esta vez. Así que si no os ha complacido, arrojadlo a un punto limpio.
O bien, rebatidlo. Enfrentaos a esta visión apocalíptica del futuro, y aferraos con uñas y dientes a una lucha dialéctica en la arena de las teorías conspirativas.
Eso sí, cualquier cosa menos caer en la desesperación y perder los pepeles.
Sí, los pepeles. Lo he escrito adrede. Los pepeles.

jueves, 9 de abril de 2009

Materia Oscura


Una mirada al cielo nocturno, y todas nuestras petulancias y aires de grandeza, quedan al instante reducidos a la nada más absoluta.
Entre los trillones de estrellas, galaxias, quásares, púlsares, y asteroides aún sin clasificar por la NASA, nuestra posición como objetos (hombres y mujeres objeto) estelares es verdaderamente difícil de sostener.
Es además, lecciones de modestia aparte, una buena forma de comprobar lo solos que estamos en el universo. Solos y aislados.
Por otro lado, cualquiera de esos mundos lejanos que vemos, no nos cuenta más que una versión caduca y trasnochada de su historia individual. En realidad, la luz que nos entregan ha viajado leguas y leguas de camino antes de alcanzar nuestras retinas, y lo que se nos presenta no es sino una versión del pasado, a la que habría que descontar todo el tiempo transcurrido entremedias.
Es, desde luego, una perspectiva y una imagen muy estimulante, pero sobre la que cualquier investigación enfocada en términos de tiempo real, tendría poca o ninguna relevancia.
No obstante, la labor del astrónomo es mirar, observar paciente y minuciosamente las crestas y valles de la oscuridad, y, fotón a fotón, átomo por átomo, revelar los misterios del cosmos.
Un voyeurismo este que me recuerda un poco al que, sin pretenderlo conscientemente, nos convierte en víctimas y acusados a nosotros mismos, cuando penetramos en una de las tantas redes sociales que existen vía Internet (Facebook, Blogger, Twitter, Hotmail, etc.).
Pero he aquí que hay más similitudes. Todos - y cuando digo todos, me refiero a todos - cuando colgamos nuestras personalísimas fotos en estos portales, hacemos una estudiada selección previa y muy común, por otra parte, a la del resto de la población flotante. Descartamos aquellas en las que, ahítos de espontaneidad, hemos salido haciendo ciertas muecas que nos desagradaban, y damos vía libre a otras en las que sí, después de sopesarlo mucho, nos vemos más fidedignamente retratados. Lo curioso sin embargo, es que, a los ojos de otros, nos acaben encontrando el parecido más fácilmente en las primeras que en las segundas, de las que suelen decir: “Pues en esa foto no se te reconoce”
Eso sí, lo que sí ya nos iguala definitivamente a ese polvo estelar que oscurece nuestro propio estrellato, y que es, al fin y al cabo, la salsa y el condimento de estas pequeñas guarderías informáticas para adultos con síndrome de Peter Pan, es la manía que todos compartimos, en un porcentaje más o menos amplio, más o menos vergonzante, de publicar esas fotos nuestras que han viajado millones y millones de años-luz, y que traen sobre sus espaldas un cansancio de mil pares de constelaciones.
Es horrible admitirlo, pero somos unos vanidosos crónicos.
Ahora que… ¿No es acaso también una cafrada inmensa poner a las amistades bajo el microscopio? ¿No es, quizás, una bajeza mayor?
Vivimos actualmente en una nebulosa, en la que todo lo previsible se desvanece y oculta a nuestros ojos. En lo económico, en lo cotidiano… Y en la que los fantasmas se nos aparecen por todas las esquinas.
Hemos por tanto de no ahorrarnos ningún esfuerzo, y volcarnos en cuidar y conservar a nuestros amigos y amigas. Aquellos que por fortuna ahí tenemos, reales y virtuales, para no ser materia oscura y así poder seguir considerándonos alguien, y soñando con que nuestras fotos, nuestro lifestyle, servirán de inspiración algún día a las generaciones futuras.
En mi caso, si bien, lo daré todo por bien invertido, si he logrado provocaros con este catártico post algún guiño o sonrisa cómplice. Ya sea hoy, o dentro de muchos eones y eones de tiempo.


Detalle del dibujo: La nebulosa del Águila, y el Monte Saint-Michel. Dos lugares enigmáticos como pocos.

Y una última pregunta abierta... ¿Por qué tanta gente escribe en inglés, el idioma universal, sus cosillas más íntimas? No creo que a los suecos o las rusas les interese, más que a los del terruño (que seguro que pasan olímpicamente), nuestro drama existencial en cuatro actos. Debe ser el efecto ansiolítico del clásico mensaje dentro de la botella.

lunes, 23 de marzo de 2009

El balón y la vida


No se escribe mucho sobre gimnasios. No debe ser un tema apasionante.
O al menos no debe serlo visto desde el plano literario, porque por el contrario, me consta que la gente suele hablar mucho de sus experiencias en estos locales.
No es extraño pues, que, por ejemplo, un amigo te cuente lo muy atraído que se siente por esa chica de mallas ajustadas que siempre se pone a hacer bicicleta, mira tú que casualidad, dos o tres metros a su izquierda. Y que eso, y el disfrute visual que le proporcionan el resto de las socias apuntadas al curso de Pilates, es lo que le impele a no faltar un solo día a su cita con el, por otra parte, tedioso y extenuante sube y baja de las pesas.
Pero es como una disculpa ya demasiado gastada. ¿No?
¿Tanto le cuesta admitir que quiere quitarse los michelines antes de que llegue el verano?
Habitualmente cuando un hombre - no importa la edad - recurre al gimnasio para tratar de bajar de peso es porque está desesperado… Es, sencillamente, porque salir un par de días a hacer footing ya no le funciona, y asume que ha de marcarse un plan de actividades mucho más espartano.
¿Pero, realmente, puede uno pasar por la agonía del ejercicio y las dietas, y al mismo tiempo llevarlo con la cabeza alta? ¿Es esa la vía, o el camino correcto, para quienes aspiran a lograr su ansiado estado de bienestar personal, y resolver su conflicto de identidad?
Permítaseme que lo dude muy mucho.
Es más, cuando veo las máquinas que empleaba la Santa Inquisición para torturar a sus víctimas, lo primero en llamarme la atención es su indudable parecido, al menos en cuanto a la apariencia externa, con las que hoy en día se ven repartidas por los gimnasios del ancho mundo.
Puede que en el fondo el ser humano necesite de un porcentaje fijo al día, o a la semana, de sufrimiento físico para contrarrestar los padecimientos del alma. No lo sé. Aunque es una posible explicación.
Pero lo cierto es que me cuesta encontrar las razones que justifiquen el éxito de un tan manifiesto, así como voluntario, castigo al organismo. No puedo olvidar, de hecho, que el problema no se reduce únicamente a vivir el día a día permanentemente renqueando, arrastrando a todas partes el malhumor causado por la fatiga, las agujetas, las lesiones… Está también el tiempo que uno pierde y que podría dedicar a otros menesteres (más gratos al espíritu y a las propias carnes, hartas de encajar paliza tras paliza).
Pero, claro, luego vienen de golpe el colesterol, los triglicéridos, y todo ese batallón de enemigos invisibles, que combinados con los que sí lo son, las antiestéticas morcillas y flotadores alrededor de la cintura, se convierten en una pesadilla letal para la salud del propio corazón (ya sea de la glándula en cuanto que tal, como en su acepción más alegórica)
Además, derrotar a esta “armada invencible” no es cosa fácil. Y de ello da buena cuenta el mercado de productos milagrosos y el sinfín de artículos relacionados que ha florecido a su alrededor. Compendiar los millones de inventos chorras que se han comercializado con la excusa de conseguir ese propósito, el de adelgazar sin esfuerzo, o cuando menos con el menor esfuerzo posible, daría para varios tomos de la Encyclopædia Britannica.
Citaré no obstante el último y más osado: El balón intragástrico.
Naturalmente me abstendré de hacerle propaganda gratuita, pero desde luego, la posibilidad de conocer a alguien que lo llevase en sus tripas, es algo que cambiaría de un plumazo mi concepción de la vida, y que, en un sentido más amplio, afectaría a los cimientos morales de lo que es la propia consideración de la materia viva. Para empezar mi fe en el ser humano se desplomaría como un castillo de naipes.
Por otro lado, buscar la definición de la Vida en la Wikipedia, no ayuda mucho a la hora de resolver el dilema hueco que plantea este flatulento artilugio, destinado a saciarnos, de una vez y para siempre, de nuestras más primitivas pulsiones y veleidades opíparas.
Bromas aparte. Yo ante las proximidades veraniegas sigo optando por las mucho más reconfortantes comodidades de una butaca y mi reproductor de dvd’s.
Y como muestra, un botón. Os dejo pues con un fragmento de un peliculón, Heat, en el que curiosamente, hablan de “personas globo”. Y dan también un poco de yuyu, aunque no hasta el punto de producirme una arcada existencial.
Comparten eso sí, su actitud hasta cierto punto autista, y muy condicionada desde luego, por la más que evidente parálisis o rigidez de sus extremidades.

martes, 3 de marzo de 2009

Goodbye maná


Muchas veces me he preguntado por cómo es posible que, con tanto que leo (libros, periódicos, webs de Internet, blogs, e incluso catálogos de jardinería), mis principales fuentes de inspiración sigan siendo la tele y la radio.
Pues sí. Es triste para alguien que se cuadra ante la palabra intelectual, pero no es materia ante la que quepan grandes argumentaciones. Soy una persona eminentemente audiovisual. O si se prefiere, táchese lo de “eminentemente” por “incorregiblemente”.
Me acuerdo además ahora de una frase de Lex Luthor en Superman (película infantil de referencia), en la que decía que mientras que algunos leían “Guerra y paz” y se quedaban en la inopia, otros eran capaces de descifrar los secretos del universo con solo ojear los ingredientes de un chicle en su envoltorio.
Aquello me hizo mucha pupa, pues las veces que me he acantonado con el ansia invasora de las huestes napoleónicas al pie de la obra de Tolstoi, o de otros grandes maestros rusos, enseguida sería que he comenzado a sentir las estrecheces de mi caja craneana, y como mal menor, la hipotermia y los mareos que sobrevienen al hallarse en cumbres para las que, mi entendimiento, no está ni biológica ni evolutivamente adaptado.
Si bien ello no quita para que continúe pensando que con las papeletas de las “chuches” sigo siendo un fiera.
Viene esto a cuento, como decía, de que la inspiración para fraguar este último post, Goodbye maná, la tomé de un reportaje en la televisión que vi hará unas semanas, y que me impresionó vivamente. Sí, de la tele, sí.
Será su poder hipnótico, o las triquiñuelas para captar mi atención de los anuncios de comida para mascotas, qué se yo…
Hablaba dicho reportaje, sin entretenernos más, del desplome que había sufrido en el mundo, pero sobre todo en España, el negocio inmobiliario. Tema recurrente donde los haya, bien conocido de todos y que nos encontramos ya hasta en la sopa.
La novedad, sin embargo, consistía esta vez en mostrar a los protagonistas del drama a cara descubierta, para a continuación proseguir con el relato de sus desvelos, y esfuerzos por mantenerse a flote, en tan difícil coyuntura.
Y ciertamente daba mucha pena el ir contemplando, una detrás de otra, las familias afectadas de semejante ruina, por lo general gente humilde. Todos ellos asfixiados por mensualidades de hipotecas que eran incapaces de satisfacer, y sobre cuyo futuro inmediato pendía la inclemente espada de Damocles del embargo.
No obstante en muchos de estos casos, y en mayor o menor medida, se percibía también ese vicio de la picaresca tan propio de nuestro país, ahora brutalmente reprimido por el devenir de los acontecimientos. Más en concreto, esas reglas de oro del capitalismo, en las que toda esta gente confió cerrilmente, con las miras puestas en convertirse en pequeños inversores, y de ahí dar el salto a grandes especuladores, y que abruptamente habrían dejado de aplicarse en cuanto se rebasó cierta masa crítica.
Después de todo, en el juego de la compraventa, no todos podemos tirar del mismo lado de la cuerda. No todos podemos ser vendedores de algo (la moto) para lo que, por agotamiento de existencias, no haya compradores (los primos del pueblo).
Lo que es más ¿De dónde sacaremos a los pardillos necesarios en esta transacción comercial de alto riesgo, si incluso en el estrato social más bajo ya todo el mundo se tiene por George Soros?
Los conceptos de tontos y listos, pobres y ricos, son a fin de cuentas el resultado de un juego de comparaciones. Si de la noche a la mañana todos nos hacemos ricos, es de cajón que automáticamente deja de tener sentido serlo. Aparte de ser inviable.
¿Quiénes pasarían a ser nuestros sirvientes de implantarse el pelotazo universal y gratuito?
Si nadie le da un palo al agua, a quién se le manda a hacer los recados, quién lava los trapos sucios, quién los plancha…
Es por eso que, un sistema que funciona al son de las desigualdades sociales, necesite reciclarse sin tardanza, volviendo a crearlas ipso facto.
Y en esas estamos.
Adiós pues al dulce sueño de retirarnos a las Bahamas a vivir de las rentas, y a disfrutar sobre la cubierta de un yate de las aguas cristalinas del trópico, donde las aglomeraciones al estilo Benidorm no tienen cabida.
Adiós a ese sueño tan volátil y efímero. Hola pesadilla.

domingo, 22 de febrero de 2009

La luz decadente


La vida se le escapaba amarrado a una mascarilla de oxígeno, precipitándose a un abismo cada vez más negro e insondable, pero, aún en plena depauperación, era capaz de sentir el tenue arrullo de aquella luz auxiliadora. Y de cegarse en su fulgor incandescente.

Quasarts entertainment presents

Une création littéraire de la societé Food and Drugs

La luz decadente (The fading light)

Léela free of charge en Status: Playing a través de este enlace

Disfrútala con inmoderación

domingo, 15 de febrero de 2009

Il giorno dell'amore (due)


No me gusta dedicarle un post a esto de San Valentín, con sus cajas de bombones, sortijas de brillantes, ramos de rosas rojas y demás demostraciones de, las más de las veces, puro convencionalismo y farsa almibarada. Y menos aún en estos tiempos de consumismo pachucho y en los que el merchandising está tan necesitado, valga la expresión, de gestos de ternura y apoyo. Casi era lo más adecuado dejar que se pudriera tirado en una esquina.
No obstante lo voy a hacer, y lo haré por la sencilla razón de que, hacerlo, me parece la mejor receta para eludir el sentimiento de responsabilidad, culpa y superstición que me produciría el no hacerlo. Yo me entiendo.
A ello, pues.
Se ha dicho por activa y por pasiva que Paris es la ciudad de los enamorados, y sin embargo yo tengo mi propia opinión al respecto. Para mi la capital del amor es sin duda Venecia. Un lugar lleno hasta la bandera de obras maestras del arte (estas en su expresión más excelsa), y que, como contrapunto trágico, día sí, día también, sobrevive a la amenaza permanente de verse sumergido en un pantano mugriento y hediondo… ¡Admitámoslo, eso es la cumbre máxima del romanticismo!
Mi opinión, por otra parte, bien pudiera catalogarse de cualificada. No en vano, hablar del amor es relativamente sencillo para un escritor con vocación de poeta, o viceversa, para un poeta con vocación de escritor. Lo realmente complicado es abstenerse de hacerlo. Y es que en cuestiones amorosas, sentimentales y no tan sentimentales, el elemento verdaderamente difícil de manejar es el de la abstinencia.
De hecho, el propio santo elegido para onomástica, San Valentín, ya da una idea muy aproximada de lo que se requiere en este juego de pasiones, que es al fin y al cabo el tira y afloja del amor.
Según parece el individuo este, Valentín para los amigos, era un mártir que aguantó carros y carretas, lo que se dice los brutales tormentos de la época, que no eran precisamente chiquilladas, antes de renegar de su fe. He aquí pues, a mi entender, las dos claves que explicarían el fenómeno amoroso.
Uno, la atracción por lo desconocido, y las necesarias dosis de riesgo que ello comporta, tanto físico como psicológico; y dos, el grado de fidelidad a una situación ideal, o de obcecación, que cada cual elija el término que mejor le parezca, que es lo que, paradójicamente, suele conducir a las relaciones hacia su propia autodestrucción (o situación más comúnmente conocida con el nombre técnico de desengaño).
El amor tiene muchas intensidades diferentes, y, entre lo poco o lo mucho, siempre se halla el gradiente de lo carnal. Digamos que este último aspecto se podría comparar a una intervención quirúrgica, la cual dependiendo del área del cuerpo afectada y el tiempo bajo los efectos de la anestesia, tiene mejor o peor pronóstico.
Si bien, por fortuna, nada en materia de amores es incurable o produce daños irreparables. E incluso es otra más de las tantas y tantas cosas que el dinero puede solventar cómodamente. Abonando la cuota correspondiente, uno puede incluso obtener la anulación de su matrimonio por vía sacra, en lo que podría ser considerada la fórmula más hipócrita de recto proceder jamás concebida.
Pero no seamos negativos. El amor requiere de una gran voluntad de mejora, y optimismo a espuertas.
Hemos pues de dejar a un lado complejos absurdos y ser como San Valentín, “valentines”, y no “cobardines”, y perdón por el chiste fácil.
Toda vida presente sobre la Tierra, al fin y al cabo, es el resultado de un acto de amor y alberga por tanto, una hipoteca de turbio origen y con cláusulas de vencimiento insoslayables. Quiérase o no se quiera, estamos aquí de prestado. Como la ciudad que se hunde lentamente en el fango.
Enhorabuena pues, a aquellos de vosotros que hayáis podido encontrar los caudales entre los forros del colchón. Los que continúen en deuda con la vida, y en números rojos con el amor, ya saben que mientras tanto, no tendrán crédito en ninguna parte, ni disculpa que ofrecer.
Y una última apreciación. Si para ligar mucho se acepta generalmente que hay que ser muy inteligente emocionalmente, ¿qué término se podría aplicar entonces a los que no lo son? ¿Subnormales profundos emocionales? ¿Cabezas de chorlito insensibles? ¿Burros homologados?
Sí, son todos términos muy despectivos para con la condición de los célibes y desparejados, pero no olvidemos tampoco que tanto las ratas como las cucarachas, a juzgar por sus ratios de apareamiento, serían sin ir más lejos, y por esa misma regla de tres, quienes se hallarían en la cúspide absoluta de la Inteligencia Emocional.
Como se puede ver, el que no se consuela es por que no quiere.

sábado, 14 de febrero de 2009

Il giorno dell'amore (uno)


Da comienzo aquí el primer post conmemorativo de la semana romántica en Food and Drugs, dedicacada al San Valentín de 2009.
Nosotros no hacemos negocio de la fecha, pero sí, como no, chanza.
Y para ir abriendo boca, sirva este primer dibujo como advertencia a los que sin tenerse por tortolitos, enamorados, ni nada que se le parezca juegan con fuego, y desafían a la más poderosa y traicionera de las pasiones humanas: L'amour.
Así que por mi parte todo está bien claro.
Mucho cuidadín, y a andar con pies de plomo, que como reza el anuncio de no se qué marca de patatas fritas: Una vez que haces "pop" ya no hay "stop".

domingo, 1 de febrero de 2009

Batalla Judicial


Hay infinidad de películas sobre juicios que son memorables. No sé por qué, pero es un género que tiene algo que lo hace ser tremendamente cautivador.
Quizás sea esa búsqueda desesperada de la verdad, ese intento de reconciliar la realidad con las versiones necesariamente divergentes, más o menos adulteradas en nuestro provecho, que cada uno tenemos de ella.
Sea como fuere, lo cierto es que no es difícil identificarse con los litigantes de las grandes obras maestras del cine (o de la literatura), y meterse en la piel de los personajes, porque a fin de cuentas el que más, el que menos, todos tenemos un caso que defender.
Siempre, claro está, que no vayamos demasiado lejos en nuestra interpretación, y acabemos creyéndonos el fiscal de distrito Jim Garrison (Kevin Costner) en JFK (caso abierto).
Bromas aparte, los grandes procesos de la ficción, y como no, también de la historia, siempre nos han provocado cuando menos la curiosidad. Rodeados, por lo general, de esa aura de magnificencia que los hacen irresistibles al paladar de los estudiosos, pero también a los apetitos de la plebe.
No en vano, gran parte de su poder de seducción tal vez estribe en su simplicidad. En realidad, debajo de toda esa prosopopeya a menudo tan laberíntica, y de su sofisticada terminología, no se oculta sino la eterna pugna entre dos bandos irreconciliablemente enfrentados: El del bien y el del mal.
Y aquí es donde entra en juego la excelsa figura del juez, que es quien habrá de dilucidar a que lado de la sala se encuentran sentados unos y otros.
Así, desde las pequeñas injusticias de cada día, hasta los más grandes y monstruosos crímenes de lesa humanidad, todas requieren un juez y un veredicto, de forma que la historia se pueda seguir escribiendo.
Quepa recordar en este punto, que todos, o casi todos, los dioses de las religiones monoteístas, se reservarían para sí esa prerrogativa final de actuar de jueces supremos. Siendo esto último sin duda, lo que les conferiría su verdadero poder y autoridad, pues de lo contrario no pasarían de ser unos simples espectadores de las refriegas mundanas.
Y esto nos lleva, por analogía inversa, quiérase o no, a esa presunta condición deífica de la que, entre la ciudadanía, suelen gozar los magistrados.
Así, en el subconsciente popular, tanto estos como los médicos, o los pilotos de aeronaves, habrían de ser siempre infalibles, olvidándonos de que en el fondo no dejan de ser otro colectivo profesional más, sujeto a sus correspondientes responsabilidades penales en materia de negligencias y descuidos, y por lo tanto, con sus legítimas reivindicaciones.
No olvidemos que en la reciente convocatoria de huelga del estamento judicial, de la que son sus promotoras las asociaciones de nuestro país, lo que se pone de manifiesto, y lo que a fin de cuentas se sustancia, no es sino esta simple realidad.
Sorprende un poco, eso sí, ver a los jueces de pronto, de la noche a la mañana, convertidos en unos contestatarios, empeñados en hacerse pasar por obreros de una empresa en quiebra, para tomar las calles a golpe de cacerola. No es su estilo, que digamos. Pero a su manera son también trabajadores, y se levantan todos los días a las seis de la mañana para lidiar con antipáticas, y cada vez más abundantes, montañas de papeles. No es pues de extrañar que quieran más manos al chollo, y más jornal al bolso.
La pena es que, como de costumbre, tengamos que ser nosotros, los contribuyentes, los que corramos con los gastos.
Pero yo no voy a abogar a favor ni en contra. Doctores tiene la iglesia.
Allá ellos pues con los argumentos de que dispongan y lo convincentes que resulten.
Además se me ocurre algo mejor.
Que cada cual por sí mismo, y por una vez al menos, se sienta libre de valorar la justeza, o ecuanimidad, de sus demandas.
¿Inocentes o culpables?

viernes, 16 de enero de 2009

Idolos de plastilina


Cuando me enteré de que la niña china que había cantado en la inauguración de las olimpiadas de Pekín era un fraude, no me lo quería creer. Me parecía absurdo e innecesario. De entre más de mil millones de chinos, pensaba, no podía ser tan complicado encontrar a una que cantara bien y fuese agraciada a la vez.
Supuse, en un principio, que la teoría del playback era un bulo que, desde las trincheras occidentales, se había corrido con la intención de empañar la fastuosa ceremonia que había dejado boquiabierto a más de medio mundo.
Era además una maniobra muy burda, que sin duda se dirigiría a atacar a los chinos en donde más les duele, en su mala fama para con las falsificaciones, y en la escasez de niñas fruto de sus nefastas políticas demográficas.
Pues ahí donde lo veis, resultó ser cierta. Y era como si se lo hubieran buscado a caso hecho. ¿Cómo podemos liarla para asegurarnos de que, si esto se descubre, quedaremos a la altura del betún?, debió preguntarse alguien, o eso es lo que la naturaleza de los hechos sugiere.
Y mientras tanto, yo aún sigo sin entender por qué la niña suplantada, la de la voz en off, la original, fue al fin y al cabo descartada. No solo no era un adefesio, sino que su cara era más entrañable. Gozaba de los típicos rasgos orientales y era una representación perfecta del pueblo llano al que tanto apela el comité central del partido comunista chino.
El mundo se habría encariñado con ella, y habría sido una demostración inmejorable de las teorías marxistas de la igualdad de oportunidades, estampadas justo en las narices mismas de las hipócritas sociedades occidentales.
Y sin embargo prefirieron a una de rostro más artificial, más aproximada al ideal de belleza al que religiosamente se adhiere la fábrica de muñecas Mattel.
Fue ridículo. Metieron la pata hasta el fondo. Si bien, es algo que suele ocurrir muy a menudo, cuando queremos pasar por algo que no somos.
De hecho a mí también me ocurre muchas veces cuando me obceco y trato de alcanzar la perfección en mis obras. El resultado es siempre el mismo, papeles emborronados hasta donde alcanza la vista.
Por eso que cuando veo a tantos y tantos jóvenes y adolescentes en You Tube, aireando sus creaciones en una borrosa pantallita de apenas 20 por 10 centímetros, no puedo dejar de preguntarme qué esperan obtener de este medio, Internet, donde dar el cambiazo es todavía más fácil y sin duda mucho más aséptico.
La música es de todas las artes que nosotros, los amateurs, publicamos por Internet, probablemente la más vulnerable. Es tremendamente fácil plagiar o robar directamente una idea feliz de otro. Y la posibilidad de volver a dar con esa, u otra melodía exitosa, es prácticamente la misma para ti que para el “cazatalentos” que te la fusiló.
Yo por eso me alegro de estar negado para la música, y aunque la disfruto como un enano, y me postro ante la maestría de los grandes, y no tan grandes compositores, e incluso de simples arreglistas, el solfeo definitivamente se me atraganta. Corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas, etcétera, etcétera… Para mí eso es chino.

sábado, 3 de enero de 2009

El Fondo de la Cuestión


No sé si estará relacionado o no; será quizás porque tantos bienintencionados deseos de paz, mantecados y polvorones, me han llenado un poco de más el buche, y es sabido que los grandes atracones siempre degeneran en grandes pesadillas, pero hoy sin saber porqué me he puesto de pronto a recordar mis miedos infantiles.
Y la verdad es que echo un poco de menos esa otrora capacidad intrínseca para el susto y la impresionabilidad, aquellas facultades innatas para rumiar el canguelo durante meses, tan características de mi niñez.
Entonces las películas tenían otra clase de impacto sobre mí muy diferente del actual. No sé en que momento empezó en mí el sainete maniaco-artístico de querer imitarlas, y su observación analítica, pero creo que en ese punto algo muy querido, y al mismo tiempo muy odiado, se apagó dentro de mí.
No he olvidado, aún así, los espeluznantes efectos secundarios que las películas de vampiros solían tener en mis terrores nocturnos, engordándolos más y más con cada nueva entrega del género que se cruzaba por delante de mis ojos.
Y me viene precisamente a la memoria una en particular. Una en la que los “buenos”, en una escena final escalofriante, entraban al cementerio y, cripta por cripta, iban levantando las lápidas para asestar estacazos en el corazón a todos y cada uno de sus moradores. Al final, no pasaban uno solo de aquellos blanquecinos fiambres sin dejarlo bien entibado contra el respaldo del féretro, pero, ya fuera de la pantalla, yo siempre me quedaba con la duda de que alguno de ellos, más cuco y más vivillo que el resto, se les hubiera escapado.
Todo eso se diluyó andando el tiempo, y por desgracia preocupaciones de otra calaña, si cabe más hedionda, estreses y fobias variadas, corrieron raudas a ocupar el trono vacante. El fracaso, la fatalidad, el ridículo, los exámenes de septiembre… se convirtieron en los nuevos niños malos del correccional.
Quiero creer que todo esto es ya agua pasada, y que los años han ido echando capa tras capa de sedimentos en esta región pantanosa de mi conciencia, pero sería faltar a la verdad hablar de extinción total. Los miedos infantiles son como las cucarachas. Si te despiertas de noche y vas al baño, existe una probabilidad muy elevada de toparte con alguna. Y puedes matar media docena a escobazos, que siempre habrá nuevas que vengan a reemplazarlas.
De hecho, por todos lados nos siguen inoculando miedos diversos en el torrente sanguíneo, y muchas veces ni nos damos cuenta de cómo influyen en nuestra propia percepción de la realidad. Miedo a las crisis, a los colapsos económicos, al terrorismo y las guerras… A las nuevas enfermedades resultantes de mutaciones virales horripilantes…
Nuestra alma, asediada desde frentes tan diversos, no tiene punto de recogimiento.
Si bien hay una película, que exactamente no recuerdo su título ni protagonistas, que ha atravesado todo este océano de tiempo indeleble, culebreando por entre las sucesivas metamorfosis de mis temores fisiológicos.
La vi siendo un chaval, y estoy seguro de que me seguiría aterrorizando de la misma manera ahora como adulto.
Trataba esta de un submarino alemán, que alcanzado por un torpedo aliado, se iba a pique sin remedio. No eran propiamente los nazis los que se iban al fondo más estremecedor de las tinieblas, no, sino simplemente soldados alemanes derrotados, pobres diablos arrastrados por una suerte esquiva, y a los que implacablemente, el argumento reservaba un desenlace infernal. Así, su envoltura metálica, improvisado ataúd de latón, con cada pie que se hundía, se iba volviendo más y más vulnerable a la presión, y en última instancia ya solo remitía a elegir entre la asfixia por agotamiento del oxígeno interior, o el aplastamiento de la nave al más puro estilo del papel de aluminio.
Como se ve, el horror en su vertiente más opresora… Luego no creo que sean necesarias más explicaciones para justificar su longeva pervivencia entre mis más inveterados recuerdos.
Pero puede que ello se deba también, al hecho de que las profundidades abisales continúan hoy en día siendo una de las últimas fronteras del conocimiento. No en vano, solo cinco países han conseguido enviar sus batiscafos a explorar las fosas del pacífico, y lo mismo se sabe, muy poco en comparación con otras regiones del planeta, acerca de las dorsales oceánicas, alrededor de las cuales gira todo el modelo geológico de placas tectónicas. Están por tanto, muchas de esas incógnitas todavía envueltas en un muy sugerente halo de misterio.
…Que, a propósito, ¡se me olvidaba mencionar otro de los miedos más comunes de la gente! ¡El miedo horrendo a los terremotos! Tampoco es que sea de quitar el sueño, pero curiosamente nadie piensa en que nada parecido pueda sucederle, en su país, en su ciudad, hasta que un buen día la casa comienza a dar brincos.
En cualquier caso, el pasar por estos malos ratos de vez en cuando no es perjudicial en absoluto, e incluso a la larga se revela como algo indispensable para que la vida cobre un sentido y merezca la pena. Sin ellos, la lectura de esta que nos arrojaría un medidor virtual, sería equiparable a la de un encefalograma plano.
Como dice Roy Batty, en Blade Runner, en este video que generosamente patrocinó la "desaparecida" marca de cintas TDK, intentando convencernos de lo importante que es conservar nuestros recuerdos (a ser posible en soporte magnético), y que se coronó en una de las obras maestras del séptimo arte: “Es toda una experiencia vivir con miedo”

Perdón. Este era el video. Un lapsus.

martes, 30 de diciembre de 2008

Feliciano 2009


Feliz año 2009 a todos aquellos que habéis visitado este blog. Espero que haya sido un entretenimiento aceptable y que siga siéndolo en el futuro.
No os deprimais por el 2008. No quiso ser como lo demás, y a fé que lo consiguió.

¡Hasta el año que viene!

lunes, 22 de diciembre de 2008

La tele está pachucha


La televisión no es más que un sustitutivo barato y aséptico de la vida.
Y sin embargo, el que se sienta frente a la pantalla de su receptor, espera obtener de ella justamente aquello que le niega el mundo real: Emoción, diversión, sensaciones fuertes, etc... O sea, una especie de maná psicoterapéutico.
Lamentablemente, y para su desdicha, suele quedarse siempre al final de la programación, y ahí está lo terrible, con el remordimiento por el enorme y valioso tiempo perdido.
Hay pues una relación viciada entre el telespectador y el objeto de su deseo, pero tampoco se diferencia mucho de aquello que observa en su entorno social, en el que, a fuerza de desatenderlo sistemáticamente, carece de opciones para interactuar. En ambos medios, todo lo más que recibe son estímulos huecos, nada más que eso. Y así, por lógica, también se siente cada vez menos tentado a cambiar de actitud.
No es que este, nuestro espécimen, sea tonto, como mucha gente insinúa a menudo. Y desde luego, sabe perfectamente que el noventa por ciento de lo que se emite por la caja tonta es prescindible, e incluso potencialmente dañino para su propio patrimonio intelectual y emocional.
Pero eso a millones y millones de seres anónimos como él, repartidos por todo el orbe, parece darles igual. Y en el fondo hacen como si nada, o lo que es lo mismo, tragan con lo que les echen.
Al fin y al cabo: ¿En qué se diferencia esa actitud de la que por regla general adoptan en el transcurso de su existencia cotidiana?
Su querida televisión es un cementerio de voluntades, un electrodoméstico ideado para congelar su capacidad de reacción y bloquearles el entendimiento, pero para no variar, ellos ni se inmutan. Y bien no lo hacen porque esta, con su disfraz de guirnaldas y exuberante colorido, les ha conseguido embaucar, o sencillamente porque prefieren no hacerlo. Tal es el punto de parálisis al que se han visto abocados.
Afortunadamente hará unos días leí una noticia en un periódico en la que se afirmaba que Internet y sus redes sociales, le estaban ganando la partida a la hasta no hace mucho “genial e incomparable” televisión.
¿Será posible que el profundo aletargamiento de gran parte de nuestra sociedad pudiera estarse revirtiendo? ¿Nos hallaríamos ante el comienzo de una nueva era, en la que la gente optase por participar y contribuir con su propia voz?
¿O es solo que la crisis de creatividad de nuestras cadenas les pasa finalmente factura, y ya ni sus incondicionales son capaces de seguir ingiriendo semejante papilla?
No me importa cual de estas que he citado sea la causa real de su afección, pero si me siento feliz por lo que se intuye ha de ser la solución al problema. Una solución que únicamente pasa por la renovación de los contenidos, la moderación de los usos y volúmenes publicitarios, y la creación de espacios de calidad, más respetuosos con el nivel cultural de la población.
Todo esto sin perjuicio claro está de que haya pequeños momentos de esparcimiento, en los que la tele también pudiera volver la vista atrás y reírse de sí misma. Y que sus freaks y demás miembros de su séquito, personajillos todos de la farándula, con los que tan a gusto se siente, tuvieran al menos una ventana a la que asomarse.
Pero sin hacer de ello, como hasta ahora, su única propuesta de entretenimiento.
Porque es como decirle a una persona medianamente instruida, que su aburrimiento solo se alivia yendo a mirarse a un espejo, y reírse de la cara de idiota que pone el que le contempla desde el otro lado del cristal. La paciencia humana tiene un límite, e incluso las más rígidas y anquilosadas mentalidades parecen de pronto estarlo comprendiendo.
Y aunque no deja de ser una noticia que ha de ponerse en perspectiva, y por tanto una tendencia todavía pendiente de consolidarse, no puedo dejar de alegrarme, ni de sentirme ilusionado.
Los días de esplendor de la chabacanería parecen tocar a su fin.

viernes, 12 de diciembre de 2008

La Navidad se sirve fría


“Navidad, navidad, dulce navidad…” que reza el villancico, atropellando con descarnada frialdad los sentimientos de los diabéticos, para quienes estas fechas, sin duda, deberán estar marcadas en negro en el calendario.
¿Pero, realmente es dulce la Navidad?
Por lo pronto pocos temas concitan opiniones tan radicalmente enfrentadas como este. Y nadie lo diría, pero por extraño que parezca los mensajes de paz, amor y felicidad navideños son pura dinamita en nuestras incómodas y destartaladas conciencias católico-apostólicas.
Para unos, pues, todo esto no es más que una excusa para vender cosas inservibles al por mayor, es decir la orgía por excelencia del marketing y el consumismo, y apenas se diferenciaría de los viejos ritos paganos a los que, un poco de maquillaje por aquí, otro poco por allá, habría venido a sustituir.
Otros, en cambio, se aferran a la letra y el espíritu de su condición presuntamente sagrada, y se juramentan a santificar las fiestas, por mucho que estas de castas y beatas cada año tengan menos.
Pero que nadie piense que son un colectivo en retroceso. De hecho se nutren de otras muchas voluntades asimilables, que, nadie sabe por qué, y estando tan cabalmente desengañados del asunto como los referidos en primer lugar, les siguen en cambio a ellos, cerril y disciplinadamente, la corriente.
Y yo, que siempre juego a ser equilibrista entre los que dicen so y los que arre, nuevamente, preferiría no emitir opinión alguna.
Considero mucho más elegante mantenerme al margen. Además, después de mucho argumentar a favor y en contra, podría llegar a ese punto, en el que sin yo comerlo ni beberlo, me encontraría de pronto integrando ese grupo intermedio anteriormente mencionado: Esto es, los que se dejan llevar al son de las doce uvas entre campanada y campanada. Y eso tal vez me provocase, psicológicamente hablando, un nada recomendable conflicto interno.
Todo ello además, en puertas de un nuevo año que, de momento, todavía se anuncia más crudo que su precedente.

Postdata: Feliz Navidad, amigos.