sábado, 20 de agosto de 2011

Tentar a la suerte


Hubo un tiempo en que ver ganar a algún español en alguna disciplina deportiva era tan raro como encontrarse a un barrendero en la revista Forbes.
Épocas en las que el orgullo patrio malamente podía sacar pecho al respecto, y en las que la búsqueda de figuras a quienes encomendar la salvación de la honrilla, requería el bucear en las clasificaciones más allá de los puestos décimo y sucesivos.
Tarea sobrehumana, que más que serle asignada a los profesionales del periodismo, casi pedía ser considerada misión del SETI.
No en vano, para que sonara el “Chinda” (o también conocido en otros ámbitos como “Marcha Real”), sin que llevase aparejado mensajes navideños, o ceremoniosos discursos de soporífera marroquinería verbal, era precisa la intermediación de alguna que otra instancia ultramundana. Y siempre con el riesgo asociado, inevitable, por más que se pusiese el grito en el cielo, de que algún coro de angelotes culés lo abucheara.

Pero un buen día todo esto dio un giro radical y el milagro de los panes y los peces se asomó a la hasta entonces magra cosecha de éxitos del deporte nacional.
Unos dirán que fue el plan ADO, y los millones invertidos en los centros de alto rendimiento, todo ello con motivo de las olimpiadas de Barcelona, mientras que otros simplemente han preferido atribuírselo a la subida del nivel de vida de la ciudadanía, cual si fuese lo uno consecuencia indisociable de lo otro.
Y lo cierto es que ambas corrientes de opinión, muy posiblemente, tengan su buena parte de razón.
Fue tal vez entonces que los políticos descubrieron el tremendo potencial del deporte como medio de aparecer en público en actitud rampante, fotografiándose al lado de los héroes e ídolos, los nuevos conquistadores de El Dorado, a los que las masas parecían venerar.
Las partidas presupuestarias se inflaron, con el beneplácito general, y todos nos aficionamos a ver lucirse a los nuestros en lo más alto del podium. Allá por el ancho mundo, desde el cabo de Hornos hasta las islas Aleutianas, pasando por las altiplanicies del Indukush, siempre había un oriundo de la piel de toro disputándole los laureles a algún que otro yanqui, franchute, a la pérfida Albión, o tanto da, al malencarado guiri de turno.
Así, hasta que de pronto, los títulos, campeonatos, grandes premios y demás torneos en liza, comenzaron a no caber en los armarios. Los tours, winbledons, roland garros, mundiales de balonmano, baloncesto, waterpolo, e incluso el, siempre reducido al rol de comparsa, atletismo femenino, se sumaban al flujo incesante de medallas y trofeos. Los fabricantes de peanas y vitrinas, entretanto, frotándose las manos. Con la pica permanentemente puesta en Flandes.

Nuestros compatriotas se subían a lo más alto del cajón, y los locutores enloquecían cantando sus gestas. Atrás quedaban las voces pesimistas que una y otra vez despedían a nuestros combinados nacionales con sus lánguidos responsos, mezcla de ancestrales complejos de inferioridad y machadiana nostalgia de inflorescencias pasadas.
Las pinturas negras de Goya habían dejado paso a la jovialidad y desenfado de los monigotes de Mariscal. Ganar ya no era materia de épicos ensayos periodísticos, más apropiados para las derrotas en el último suspiro y de penalti injusto, sino cuestión susceptible de ventilarse con un titular a pie de página. Nadal ha vuelto a adjudicarse el Masters. Contador destroza de nuevo a sus rivales en el Peyresourde. Quinto título europeo de la temporada para el Colchones La Jijonenca… Por poner un ejemplo.
Tal era la cosa, que los ensoberbecidos jerarcas del deporte, secretarios de estado y hasta presidentes de clubs, aún siendo más que clubs, ya no se conformaban con sus en absoluto modestos despachos y tribunas. Aspiraban a cargos políticos de relumbrón, los grandes horizontes les tentaban. Pasar a la posteridad como padres fundadores de nuevas patrias y nuevos ciclos históricos, estaba ahí, a tiro de piedra. Sus citas dejarían de ser portada del Marca, para pasar a inscribirse con letras de oro en el frontispicio de la Academia Universal del Saber Absoluto.
Y no debería sorprendernos que al final las tornas hubieran tomado este camino. El mismísimo Führer sabía lo que se hacía, el importante paso que daba, cuando organizó las olimpiadas de 1936 de Berlín por todo lo alto, sin escatimar en pañolería y guirnaldas, miles y miles de metros cuadrados de tela lustrosamente decorada con la cruz gamada. Por más que luego, un tal Jesse Owens, de aspecto general poco afín al estándar preestablecido de la raza superior, se acabase llevando el gato al agua, y poniendo de los nervios al del bigotito.
Es pues, por tanto, que sobraban precedentes en la historia de los cuales sacar una conclusión reveladora y así, poder estar sobre aviso. Pero el ser humano es un espécimen tozudo, abonado a tropezar con la misma piedra una y cuantas veces hagan falta. Negado a la hora de advertir los peligros que se le ciernen, máxime cuando se le presentan envueltos en papel de regalo y espolvoreados con purpurina.

El tamaño de la burbuja era tal que, espoleada por el estallido violento de su equivalente inmobiliaria, pedía ya a gritos saltar por los aires.
Demasiado ladrillo, y demasiados triunfos que asimilar para un país que, no hace tanto, mojaba el pan en la sombra de los huevos fritos. No nos podíamos permitir tanto fasto, y tanto descorchar botellas de Moet y Chandon, y lo sabíamos, pero el crudo retorno a la jarra de tinto con gaseosa, se nos antojaba demasiada penitencia.
Tuvieron pues que ser los franceses - nuestros viejos amigos del alma, los franceses - los que hartos ya de tanta rojigualda y tanto toro de Osborne dando colorido a los Campos Eliseos, cual si de la Maestranza en plena feria de Abril se tratara, se decidieran por fin a destapar el pastel.
Un pequeño puñado de picogramos de clembuterol en la sangre del escalador y contrarrelojista de Pinto, se convertía así en la primera vía de agua en el casco del, hasta entonces, insumergible Titanic.
La armada invencible comenzaba ya a percibir, para su desazón, un incómodo vientecillo de poniente soplar con insistencia en las jarcias de sotavento.
Así las cosas, alguien en las más altas esferas del poder, intuyó que el castillo de naipes se podía venir abajo y dio la voz de alarma.
Era necesario practicar una cura de urgencia para detener aquella incipiente gangrena, y la única solución viable parecía ser la de una amputación local y controlada. Se hacía preciso pues un acto de purificación en el ara de los sacrificios.
Y dado que hasta el último mono, masajistas y utileros, estaba pringado por aquella pestilencia, la cuestión era dilucidar donde y cómo meter el bisturí de forma que el daño fuera menor.
Se reducía todo pues a una decisión sobre qué o quién podría ser o no considerado un órgano vital dentro del gran cuerpo enfermo del deporte español.
Pero nadie quería ser el miembro sajado, y sin embargo, Marta Domínguez, la tantas veces encumbrada depositaria del tesón y el coraje numantinos, había ya sido la elegida para el martirio de la cruz. Su expiación, lejos de ser voluntaria, podría aún así salvar de las llamas del Averno al resto de pecadores.
Pero la brava palentina, fiel a su estilo, se resistía a morir sin ofrecer lucha. Sabía que estaba siendo cabeza de turco, y no dudó en soltarse de la lengua.
Detrás de ella había una red muy extensa. Muchos, demasiados implicados, en una trama de la cual no se veía principio ni fin.
Y tirando del hilo, se sacaba el ovillo. Un ovillo que, fácilmente, pudiera habernos obligado a devolverle al señor Blatter, con o sin el certificado de adquisición todavía en garantía, la copa mundial de la FIFA.
Fue entonces que todo el proceso misteriosamente se ralentizó, se embarulló, y finalmente entró en una vía muerta.
Desde el mismo lugar en que se prendió la llama de lo que, se pensaba sólo sería la cremación de tres o cuatro ninots, con la fallera mayor abandonada al escarnio público, saltó el dispositivo antiincendios. Y con las mismas, alguien (de los de dentro) corrió extintor en mano a sofocar un fuego que, de dejarlo a su aire, amenazaba con convertirse en cataclismo planetario.
El prestigio del deporte hispánico, y el buen nombre en general de nuestra patria, bien podrían haberse transfigurado en la Roma de Nerón.
A lo cual, el dignatario en cuestión, la deidad del mechero en una mano y el extintor en la otra - otro señor X más que añadir a la lista - resolvió otorgar un indulto general, y que todos fueran felices y comieran perdices, o en su defecto, faisanes. Limpios de mácula y de conciencia, por el expeditivo método del tirón de cadena.

Si bien a partir de entonces ya nada volvió a ser igual. Donde antes nuestros bravos guerreros ganaban sin oposición, ahora la pelea se evidenciaba más tosca y farragosa. Incomprensiblemente las pelotas se iban fuera donde antes caían dentro, y las rampas alpinas antaño repletas de orgullosos aficionados se transformaban en escenario, otra vez, de épicos dramas abocados al ceño fruncido, la lágrima y el quejío.
El duende, el embrujo, se había evaporado. La España victoriosa, en la que nunca se ponía el Sol, desandaba una vez más su camino de gloria, y enfilaba las turbulentas aguas de los mares del olvido, en cuyas profundidades abisales, y con cuya fauna mitológica, habíamos perdido ya la costumbre de relacionarnos.
Y la cosa, al igual que la crisis económica, seguirá aún, por algún tiempo, sin haber tocado fondo. Que será en Londres 2012 cuando se pueda comprobar más fehacientemente la anemia de resultados, y sobre todo de valores, en la que nuestro país se ha quedado instalado. Anemia, deportivamente hablando, y por qué no decirlo, en todos los demás órdenes de la vida.
Dicen por ahí, que lo peor que le puede pasar a un tonto no es jamás haber tenido éxito, sino haberlo tenido alguna vez.
Y no quiero con ello afirmar que seamos tontos, ni nada que se le parezca, pero que nuestro porvenir esté, hoy por hoy, en manos de la ruleta de los mercados, dice bastante poco de nuestro carácter, en conjunto, como nación.
Tierra de ociosos, de flojos, de bandoleros, de charlatanes, de profesionales del timo y de la chapuza.

Ahora que se nos ha caído la careta, con nuestra generación de reemplazo de algarada en algarada, polarizada en extremo y peligrosamente pasada de revoluciones, absurdamente sobrepreparada para un mundo donde el que no corre, vuela… ¡¡Ay, virgencita, ¿cuál es la suerte que nos espera?!!

Ilustración: El primo de Zumosol del Pulpo Paul devorando a sus padres.

domingo, 7 de agosto de 2011

Un mundo de color de rosa


Verdaderamente, mucho ha cambiado el papel de la mujer en la sociedad a lo largo de estos últimos años.
De hecho aún parece que fuera ayer cuando echaban por la televisión aquellos anuncios de electrodomésticos y detergentes, en los que las amas de casa rivalizaban entre sí por la blancura de la ropa o la exquisitez de un sofrito de alubias. Unas amas de casa, las de entonces, cuyo desempeño en la vida parecía estar unívocamente enfocado a la satisfacción de sus maridos.
No es que yo sea feminista, ni muchísimo menos. Uno tiene de hecho sus genes celtíberos en perfecto estado de uso, y ni es posible a estas alturas de la ciencia médica contemplar su extirpación, ni, para qué nos vamos a engañar, tampoco es que haya muchas ganas de hacerlo.
No obstante, es de ley reconocer que, aunque en este último cuarto de siglo se ha avanzado mucho, todavía no se les ha hecho justicia a las mujeres en lo que a sus talentos y capacidades se refiere, y que por tanto aún queda mucho camino por recorrer.

La consideración que la mujer ha tenido a lo largo de la historia ha sido, prácticamente sin excepción, la de un ser inferior. Muchas veces canjeable por vacas, cabras, ovejas, camellos, esto en función del valor que se le quisiera dar, y, por supuesto, sin apartarse nunca del dominio de las especies domesticadas por el hombre.
El número por ejemplo de mujeres ilustres de la Grecia clásica es desalentador, y tres cuartos de lo mismo se podría decir a propósito del Imperio romano. Dos intervalos del pasado a los que se suele glosar como precursores de lo que es nuestra cultura actual.
Es triste reconocerlo, pero aquellos sabios, a los que con el paso de los siglos casi se ha llegado a deificar, apenas daban oportunidades a sus hijas de seguir sus pasos. En sus templos y universidades, estas cumplirían como mucho con sus tradicionales faenas. Nada de grandes filósofas o astrónomas, ni matemáticas, ni oradoras. Fregar y barrer.
Y es que en el fondo, no importa el siglo en que vivamos, el que una hembra de la especie Homo Sapiens, ejercite sus neuronas, nunca ha estado bien visto. Es algo que se relaciona con el abandono de su misión primordial, la maternidad, y por tanto con una desviación del carácter.
Y desde luego, rara vez es la vez que la mujer ha podido liberarse del yugo machista, sin ser descalificada o castigada. Relegada a una posición secundaria por decreto divino. Una inferioridad sobre la que hasta algunos eruditos de la época llegaron a teorizar, como si en el fondo hubiese una base lógica en la que apoyarse.
Esforzándose siempre el hombre por hacer de su compañera un sucedáneo de sí mismo, una versión adaptada a las necesidades del momento, poco menos que su edición de bolsillo.
Y es que, se mire por donde se mire, al hombre siempre le ha gustado situarse un peldaño por encima de la mujer.
Echando mano, como de costumbre, de cualquier argumentación, unas más peregrinas que otras, con tal de justificarlo.
Que, por cierto, esto me trae a la memoria, a aquellas criaturas bidimensionales en las que Carl Sagan se apoyaba para explicar la existencia de una hipotética cuarta dimensión. La dificultad que para nosotros supone comprender la naturaleza de una dimensión superior, apenas se diferenciaría de la de esos seres bidimensionales, ideados por él, para con respecto a la tercera. Meros objetos planos, provistos únicamente de largo y ancho, para los que la altura sería poco más o menos que una ilusión sobrenatural.
Criaturas circulares, cuadradas, triangulares, rectangulares que entraban y salían de recintos cerrados en medio de un universo plano, y que sí, también se relacionaban con otras criaturas tridimensionales, pero, naturalmente, sin jamás llegar a percibir en ellas esta cualidad. Eternamente sometidas a tan desventajosa, y frustrante, disparidad.
Eso sí, paralelismos al margen, lo que está claro es que para el hombre la mujer es un ser tridimensional cuando le conviene.
No hay más que verlas trabajando como mulas, y encima cargadas de críos, en cualquier país de esos, infestados de moscas, y en los que todavía se come con los dedos, mientras que sus maridos, grandes eminencias locales, deliberan en las plazas del poblado sobre lo inspirado de tal o cual versículo sagrado.
Es casi una regla de oro de la geografía mundial. Imprescindible para ubicar correctamente el subdesarrollo, la desnutrición, el atraso, las enfermedades contagiosas, el SIDA, el analfabetismo, la corrupción, el fanatismo religioso, la destrucción salvaje del medio natural o las guerras.
De todas formas, pensar que no existe un correlato aproximado con lo que sucede en nuestras sociedades occidentales, sería pecar de optimistas en exceso.
Porque puede que sea cierto que muchas mujeres han sido promocionadas a cargos relevantes a lo largo de las últimas dos décadas, por lo menos en lo que concierne a nuestro país, pero dichas atribuciones nunca han dejado de ser más aparentes que reales.
Los verdaderos resortes del poder, tanto del poder económico, como militar, judicial o de los medios de comunicación, siguen estando a buen recaudo bajo las garras del gran lomo plateado de las cumbres neblinosas.
Propiedad inalienable del eterno macho alfa, dominador y paternalista, que en pleno mediodía del movimiento feminista ha preferido guarecerse bajo las sombras, en espera de ocasión más propicia para abalanzarse sobre sus presas.
Quizás la única conquista tangible haya sido, si bien, esta de obligarle a retirarse un poco a un segundo plano de la escena pública, y fundamentalmente a reprimir su voraz apetito, disimulándolo con gran pesar y acopio de determinación.
O al menos, así es hasta que salta a la palestra algún DSK, il Cavaliere, o regidor vallisoletano, cuando no porriñés, y reivindica para el género masculino, hijo de la luz y de la razón, su papel central, el de toda la vida, en el libre manejo de las personas y los bienes. Así como, por descontado, todas las demás prebendas patriarcales con que el omnisciente, el unigénito, el inefable de turno, varón él también, tuvo a bien, allá por los días felices del paraíso, otorgarle en usufructo.
¿Y total para qué? Para a fuerza de más y más conflictos bélicos, sobreexplotación de recursos, urbanismo descontrolado, fugas radiactivas, accidentes medioambientales y vertido de residuos tóxicos, dejar el mundo hecho una leonera.
La ley del más fuerte, del más grande, del más multimillonario, nos lleva derechitos al basurero. Supongo que ya es tiempo de dirigirle la mirada a otra manera de hacer las cosas.

sábado, 30 de julio de 2011

La publi y sus tejemanejes

Últimamente se oye decir por ahí que la gente está regresando de internet a la televisión, y a fe que debe ser cierto.
Debe ser cierto al menos a juzgar por el número de visitas que registra este, mi humilde blog, que no es que nunca fuera gran cosa, pero que, con las estadísticas en la mano, cabe decir que ha sufrido un descenso acusado de un tiempo a esta parte. Y no hablo de semanas, sino más exactamente de meses o incluso años.
Hay desde luego una tendencia, y yo mismo, que cada vez publico menos, y me intereso menos por lo que publican otros colegas blogueros, salvo un selecto puñado que considero oligoelementos indispensables en mi dieta, no hago sino corroborarlo con la práctica.
No en vano recuerdo pocas veces en que consagrara entera la tarde de un domingo a ver íntegramente la programación emitida por ese trasto previsible, simplón, y zalamero, que es la tele.
No os voy a engañar, yo soy una persona tremendamente propensa al aburrimiento. De hecho, mi ritmo de vida es generalmente laxo y más bien marcadamente rutinario, por lo que, suelo estar, día sí, día también, abonado al tedio.
Incluso ahora, que ya estamos en verano, y las actividades al aire libre me deberían servir para sacudirme ese lastre, no deja de ser habitual el que me siente en un sillón a contemplarme las palmas de las manos, y más concretamente las yemas de los dedos, lo que no deja de ser un eufemismo para referirme al noble vicio de hurgarme las narices.
Y no es que me vaya a morir de eso - ya sería grave la cosa - aparte de que seguramente es algo que “desestresa” un montón… Pero que vamos, que no es plan.
En cualquier caso, cuando uno está que se le caen las cuatro paredes encima, montárselo con el más barato de los alucinógenos, la caja tonta, es de una cobardía y una cutrez imperdonables. Por más que sea triste admitirlo.
Eso sí, lo que no voy a negar es que sirve para estar en contacto, aunque sea un poco de aquella manera, con esa otra parte, que también existe, de nuestra sociedad, a la que las cuitas de los blogueros, y en general los librepensadores de la red, ni les van, ni les vienen, cuando no directamente les repatean.
Saber lo que pasa por la cabeza de esa gente es útil, pues constituyen un elevado porcentaje de la población de nuestras ciudades y pueblos. Pero además es que no resulta difícil de investigar, porque salvo contadas excepciones, lo que pasa por sus cabezas suele coincidir con la imagen de sí mismos que las pequeña pantalla les ofrece, y que como en los espejos, está vuelta del revés.
Yo mismo me he estado viendo, especularmente reflejado, en esos personajes prototípicos con los que tan machaconamente nos bombardean las cadenas de televisión gratuitas, sobre todo a través de los anuncios.
Sí, los anuncios de la tele son la mejor forma de psicoanalizarse a uno mismo. De ver lo maleables que son nuestros propios deseos y anhelos, y lo fácil que se nos puede llevar al huerto con tan sólo tocar las teclas adecuadas.
La fórmula, no en vano, mediante la cual consiguen que uno razone en clave de “debo tener eso” en lugar de “me gustaría tener eso” no deja de maravillarme por cuanto tiene de sencillo, amén de eficaz.
No me cuesta entender de hecho que si esos actores y actrices, que nos desvelan sus gustos y preferencias por tal o cual producto, son jóvenes y guapos, de carácter amigable y ligeramente achispado, tal que si vivieran en un permanente estado de euforia autocontrolada, nos veamos tentados a imitarlos, a ser como ellos en todo aquello que nos sea posible. Tanto da que ello implique un desembolso pecuniario, y que su efecto pueda ser o no, más bien decepcionante. Lo que importa es, que uno mismo, pueda reconocerse en el personaje. Y así comportarse como cada cual, en su fuero interno, considera que le corresponde. Lo demás, si se ajusta o no a la realidad… Eso ya es harina de otro costal.
Y digo esto porque creo haber llegado ya a mi límite de comprensión, y solicito ayuda internacional urgente, para ser capaz de asimilar lo último de lo que he sido testigo en materia de spots publicitarios.
Se trata en este caso de una crema rejuvenecedora, cuyo principio activo es - sí, yo tampoco salía de mi asombro - la baba de caracol.
Y no es por ofender a nadie, pero aquel o aquella que esté dispuesto, no ya a apoquinar una cierta cantidad de dinero para adquirir un artículo innecesario, o directamente inútil, tan sólo seducido por los cantos de sirenas de unas sonrisas y cuerpos inmaculados, sino a embadurnarse el careto con las babas de un caracol, esas mismas de las que se vale para arrastrase por el suelo, me parece a mí que tiene que estar muy, pero que muy, mal de la azotea.
Ha de estar muy desesperado, o si no, ser lo suficientemente necio como para que lo hayan conseguido embutir, sin darse cuenta, en la concha misma del cefalópodo.
Siempre naturalmente considerando el problema desde la suposición de que la mencionada crema no tuviera algún que otro efecto secundario, y que en abusando de ella, hasta te pudieran salir cuernos.
En fin, que no salgo de mi asombro.
Decididamente, ser un consumista hecho y derecho es lo que tiene. No se restringe ya únicamente a renunciar a todo espíritu crítico, sino que uno ha de buscar transformarse por completo, y por la fuerza de los hechos, en el perfecto baboso.

miércoles, 15 de junio de 2011

Examen de Conciencia

* Europaaaa!!! Hemos arribado a Europa!!

Llegó el verano y los acampados de la Puerta del Sol decidieron por fin dar carpetazo a su polifónico grito en el desierto.
¿Se me intuye cierta quina hacia estos muchachos?
En absoluto. Yo también fui estudiante, y llegados los apuros de finales de mayo y principios de junio también buscaba mis excusas, para los más que previsibles batacazos académicos, hasta debajo de las piedras.
Eso sí, yo nunca me las di de revolucionario del mayo francés, ni traté de salvar a la democracia de sí misma, pues en mi época, sencillamente, esto no se estilaba. Además siempre había alguna afección broncoespasmódica mal curada que reincidía, o un profe que me tuviera manía, o el manido recurso a mis trastornos psicoafectivos, que mejor que ningún otro podían hacerme el trabajo sucio.

Ha dado para muy poco la cosa, se lamentarán quienes se implicaron de lleno con esta revolución de cartulinas pintarrajeadas. Y a los que el primer mandoble de porra les habrá dejado con el culo al aire.
Demasiadas ideas y poco lomo para aguantar palos.
¿No queríais ser héroes revolucionarios? – demandarán entonces a toda aquella prole carnavalera, promoción de perroflautas cum laude, que entre soflama y soflama, bailaban la conga del canuto, jóvenes y viejos mezclados, como en las bodas gitanas - ¿Dónde están los valientes de Túnez, Siria, Yemen, o Egipto, en este sucedáneo de plaza Tahrir (Tararí que te ví)?
¿Qué demonios nos proponíamos con esta verbena, que les pusimos en bandeja la victoria en las elecciones a los del dóberman?

Y así ha sido una vez más. La vida sigue, el mundo gira y el sol seguirá saliendo por Antequera para unos pocos privilegiados, como cada mañana desde ya hace algún tiempo…
No me malinterpretéis. Todos tenemos una conciencia a la que escuchar, pero que ella también, habla únicamente a favor, y en función de sus intereses particulares, es una verdad como un templo.
Todos nos creemos muy buenos y muy limpios de las máculas y la hediondez que tan a menudo solemos identificar en derredor nuestra. Vemos la lista de Schindler, por ejemplo, y sin pestañear, nos felicitamos para nuestro fuero interno, de que éste (Oskar) hubiera actuado como nosotros lo hubiéramos hecho de estar en su lugar.
Es un vicio. Ser autocomplacientes y pensar mal de los demás por sistema, es peor que la ludopatía. Con la notable diferencia respecto a esta última, de que rara es la vez que uno NO acierta.

Pero volvamos a las luchas de nuestra juventud, a la que sin duda se valora más en otras latitudes que aquí.
Podría yo estar errado (con hache y sin ella) en todo lo dicho anteriormente… ¿Sí o no?
A fin de cuentas, ¿Cuándo, en nuestros más fantasiosos sueños húmedos, nos hubiéramos imaginado que Alemania regulgitaría nuestros pepinos de invernadero y, en cambio, se pirraría por nuestros recién horneados ingenieros?
Así las cosas, se hace muy cuesta arriba el emitir una opinión, con la absoluta certeza de no estar diciendo una burrada.
Desgraciadamente, mi cerebro es un mundo abisal, con mucha presión y poca luz.
Creedme, a veces quiero pensar y busco una dirección, o un criterio, por modestos que sean, y me encuentro con que lo poco que amaso se me escurre entre las manos como arena de playa.
Por otra parte tengo el baldón terrible de mi conciencia, a la que quiera o no, antes de sentarme a escribir, siempre he de escuchar. Es como un casero al que le debiera varias mensualidades. O un amigo interesado que tan pronto me regala el oído como me retira la palabra. Y así, como comprenderéis, es muy difícil mantener un discurso, y por tanto, no merece la pena decir nada.
En boca cerrada no entran moscas, que diría cualquier sofista de taberna.
Leo por ahí, además, y por si con lo anteriormente expresado no fuera suficiente para declarar un mutis general e indefinido, que a uno lo pueden meter entre rejas por las opiniones que vierta en su blog.
Esto es como decir, en otras palabras, que este pedacito minúsculo de ciberespacio que consideramos tan sacrosanto e inexpugnable como las cuatro paredes de nuestro domicilio, en realidad no lo es.
Ya no se podrá afirmar de Pepito Pérez que es un caraculo al que le huele mal el aliento. Ni se podrá criticar al gobierno de este, o de cualquier otro país en situación de coma inducido irreversible.
Los blogs ya sólo servirán para tirar piedras contra el propio tejado, consiguiendo eso sí, que los contadores de visitas se pongan de banderitas como los mítines del PP castellano-manchego.
De esta forma uno podrá contar la historia de sus dramas personales, ponerles mayúsculas y minúsculas, una cucharadita de azúcar aquí, una garrafa entera de hiel allá, pero no podrá ejercer la libertad de expresión, y reclamar cuando menos, un poquito de por favor con el tema de los residuos nucleares, las condiciones de pobreza en el tercer mundo, a los que encima exportamos nuestras basuras tóxicas en régimen de separación de bienes, o, por qué no decirlo una vez más, el endiosamiento de los “mercados” de los coj…

Y con esta amargura os dejo, sabedor una vez más de que mis palabras caerán en saco roto, derrotadas y humilladas por el poder absoluto de las porras y los perros, y la eficacia de tan refinada como añeja técnica de persuasión.
Puede que yo no le levantara jamás la mano a los maderos, eso es cierto - no tengo las agallas que se requieren - pero tampoco les ando llenando su página web de fantasmitas del comecocos y me cuelgo la subsiguiente medalla. Algo que vendría siendo, en términos comparativos, como ponerle un petardo a la máquina de los cafés de la comisaría.
Algo de vergüenza me queda en este acomodaticio cuerpo mío que dios me ha dado.
Terminado, he pues, este examen mío de conciencia, en el que no creo haber respondido satisfactoriamente a nada de lo que se me preguntaba.
Tal vez sólo me haya servido para practicar eso que es lo que mejor se me da… Echar balones fuera.
Sea como sea, aquí os lo entrego para que me lo corrijáis.

sábado, 21 de mayo de 2011

La democracia de la real gana


Todo el mundo habla de lo mismo. Del fenómeno Democracia Real Ya. Estamos inmersos en plena vorágine de las elecciones municipales del 2011 y la juventud ha explotado. Ha dicho “basta ya de palabrería barata, y mensajes huecos, vamos a hacernos oír”. Y yo, como no quiero ser menos, daré también mi punto de vista.
El mío, por supuesto, a contracorriente y en contravención, de todo cuanto pueda haber expresado con anterioridad en otros blogs amigos, por medio de mis, no siempre, acendrados comentarios.

Empecemos, pues, diciendo que la verdadera razón que ha movilizado a los jóvenes en este repentino y sorpresivo seísmo político, es, y sólo puede ser entendida de esta manera, un conglomerado, una miríada , un cóctel de motivos de los cuales, unos más serios, otros más frusleros, pasaré a enunciar a continuación.

1: Afrancesamiento.
El abuelito franchute, que escribe un libro titulado ¡Indignaos! (Indignez-vous!), y la gente ilustrada y revolucionaria de este santo país que hasta entonces vivía en el más placentero de los letargos, de golpe y porrazo se levanta de un salto del sofá, hace la PlayStation a un lado, apaga el Gran Hermano, y se lanza en pelotón a la rue, en pos de les Champs Élysées.

2: Mimetismo morisco.
Las primaveras revolucionarias del norte de África, y en general del mundo árabe, han finalmente alcanzado a la que durante ochocientos años, que se dice pronto, no fue sino otra provincia más del califato de turno. En este caso Al-ándalus, la joya de la corona musulmana. Y en esto, nuestro código genético, deudor en gran mediada de aquellos pueblos que entonces nos invadieron y dominaron, ha jugado un papel clave, marcando la pauta de una actuación estimulada por el mero parentesco racial.

3: Extrañamiento del botellón
Acampar en plena Puerta del Sol de Madrid, así como en otros puntos de la geografía española, cuyo denominador común suele ser el casco viejo de las ciudades, es, no me cabe la menor duda, un guiño a lo que será, de ahora en adelante, la extinción masiva del rampante modo de vida noctámbulo de la mayoría de los jóvenes españoles. Lo que han hecho no es sino concentrar las antiguas fiestas de los jueves, los viernes e incluso los sábados universitarios, en una sola convocatoria, a la vez mastodóndica y fractal, a modo de megalómano sepelio.
Es este un botellón abstemio, en el que en lugar de pelear cuatro amiguetes por decir la parida más graciosa, son miles los que se afanan, y luchan, por decir la verdad más entristecedora.

4: Evisceración político-purulenta.
La gente ha contemplado como en Andalucía y Valencia van a volver a ganar aquellos que hicieron las cafradas más gordas, caciquil y delictivamente hablando, y, como es lógico, no se encuentran las carnes de la desesperación.
Se preguntan, y con razón, si esto de votar sirve para algo que no sea para enriquecer a unos cuantos espabiladillos, los mismos de siempre.

5: La elección de lo menos malo.
Motiva poco acudir a elegir entre lo que es malo y lo que es peor. Y sobre todo después de que se hayan pasado dos semanas llenándole a uno la cabeza de palabras y discursos bienintencionados, pomposos, rimbombantes y de resonancias jotaefekianas.
Es la vieja paradoja de aquel al que le preguntan:

- ¿Qué vino le gusta a usted?
Y responde.
- A mí, el Oporto a temperatura ambiente y servido en copa de licor.
- ¡Ah! ¡¿Tinto, eh?!. Pues aquí tiene un pack de seis tetra bricks de Don Simón. Cójalo por el asa, y écheselo a la espalda.

Se da el caso además de que derechas e izquierdas, que han gravitado programática e incluso ideológicamente hacia el centro, hasta casi devenir en agujero negro, muchas veces ocupando terrenos que no les son propios, resultan hoy por hoy casi indistinguibles la una de la otra.
Fuera de lo que son las guerras por la presencia o retirada de crucifijos en las aulas, casamientos o no de personas del mismo sexo, y similares rebatiñas, sus enfrentamientos se remiten a la descalificación personal del adversario, y a la denuncia de los sempiternos chanchullos en las asignaciones presupuestarias
Así, cuando gobierna la derecha, lo hace mirando a izquierdas, con el propósito de echar las redes también en sus caladeros, y después de dar por seguros los suyos. Y otro tanto parecido hacen sus iguales de la izquierda.
Con lo que al desorientado e indeciso ciudadano sólo le queda la opción de, si se identifica más con los que prefieren ser cola de león, y echar a la urna una papeleta azul, o con los que se ven más a gusto como cabeza de razón, y depositar la papeleta roja.

Sea como sea, y después de este manual abreviado para interpretar la política en clave de chirigota, yo, que tengo tanto de ratón de laboratorio, como de león de circo - así como de perro verde - me aprestaré a endomingar mi papeleta con ese último color.
Una papeleta reverdecedora, quiero creer, a la cual acompañaré en ese viaje iniciático y al mismo tiempo fatídico, al que se someterá durante su primer, y último día, de colegio electoral.

Y de regalo, un último arrebato de lirismo democrático.

La voz del voto silente
(Poesía de elaboración propia.)

Que hablen esos votos voladores,
Que eleven al cielo su característico gorjeo.
Nada hay más funesto
Que el trinar de los pájaros de mal agüero.
Que lance su canto al viento,
El que de mayor quiera comer huevos.
Y que tampoco se abstenga de hacerlo,
Vive el cielo,
Quien en verdad tenga alas de vencejo.

El que canta, su mal espanta – refranero popular.

domingo, 24 de abril de 2011

Muermo infernal


Es la Semana Santa una fecha clave en el calendario religioso, muy distinto este, desde luego, de los que cuelgan de las paredes de un taller de reparación de vehículos a motor, pero calendario al fin y al cabo, con sus lunaciones, sus domingos, y sus fiestas de guardar.
Tiempo, en todo el orbe cristiano, para la celebración y el enaltecimiento de los valores que le han permitido, a lo largo ya de más de dos milenios, procesionar por estos mundos de Dios con paso firme e indesmayable. Derechamente encarrilado, a pesar de sus renglones torcidos.
Vaya por delante, en cualquier caso, que este es un blog laico, y, por tanto, no tengo intención alguna de entrar en los detalles de por qué esto es así, o por qué no.
Más contrariamente, mi propósito es el de analizar a fondo el cómo esta semana, que en mi caso se dedica única y exclusivamente al uso y disfrute del tiempo de asueto que, desde las instancias del poder, y por parte de quienes mueven los hilos, se me ha asignado, influye en mi psicología más ulterior.

Es pues que, por de pronto, y a pesar de disponer al fin de amplias reservas de tiempo libre, del que sufro gran escasez durante todo el resto del año, he de confesar que mi primera reacción es de decepción.
Me encuentro, para mi desasosiego, con que esas vacaciones que un servidor esperaba como agua de mayo para, entre otras cosas, poner al día sus compras, frecuentar establecimientos públicos y desarrollar actividades de ocio mundanal, solo dan para escoger entre dos opciones bien delimitadas: Una, o quedarse en casa aburrido como una mona, engulliendo más y más bytes de música, cine, y demás entretenimiento enlatado, pues comercios, supermercados e instalaciones deportivas han cerrado, o meterse en un avión en dirección hacia la otra punta del globo, con el suntuario dispendio que ello comporta, y la escasa gracia del programa ofertado. Por lo general, hotel cutre, con playa y discoteca integradas en el combo, y a la sazón, como atractivo principal, hacer colas en monumentos que perderán, de una vez y para siempre, todo su halo de misterio y fascinación.

Me hallo pues entre dos aguas, y es en este estado de cosas que, mi peor pesadilla, el aburrimiento, hace acto de aparición.
Un aburrimiento al cual yo considero la chispa incendiaria de todos los males del mundo. No en vano, si existiera el infierno, este sería el gran parque temático del tedio.
Lo soso, lo repetitivo, lo machacón estaría allí expuesto como en un decimonónico museo, lúgubre y polvoriento.
Un lugar que la gente sólo visitaría por obligación, como es el caso, o en castigo por su mal comportamiento.
No obstante, este es únicamente mi parecer. Como siempre, desprovisto de picante y tan absurdo como la cerveza sin alcohol.
Hay quien, más convencional, y también más convencidamente, piensa que el infierno ha de ser un lugar terrible en el que se infligen torturas infinitas a las almas condenadas, y quien por el contrario opina que hacerse amigo de Lucifer, y que te invite a su afterhours, el Calavera’s club, donde en buena lid no habrá sitio para recatos ni mojigaterías, es la mejor de las propuestas a corto y largo plazo.
Pura especulación, en cualquier caso. Futuribles sin grandes posibilidades de concretarse.

Yo personalmente, y volviendo a lo de antes, considero que el estarse aburriendo es ya de por sí un anticipo de lo que será el más allá, nada prometedor, y por tanto, trato como puedo de sacudirme el muermo.
Pero no es tarea fácil. Más aún, se entra en un círculo vicioso en el que uno, como en las arenas movedizas, más se hunde, en tanto en cuanto que más se esfuerza por salir.
Pero hay salvación. Y esta se obtiene por medio del arrepentimiento.
Para empezar, pues, me arrepiento de haberme fijado unas expectativas tan altas de lo que iba a ser para mí esta semana santa.
Soñaba con descansar un poco y divertirme un mucho, y al final ni lo uno, ni lo otro.
Francamente, el no saber qué hacer de uno mismo, es lo más agotador que existe.
¿Es o no es verdad?
Y es que, se mire por donde se mire, encadenar lo que en la práctica vienen siendo tres domingos seguidos en una misma semana es desesperante.
Sinceramente, prefiero que en lo sucesivo, y en lo tocante a calendarios, en lugar de venir tan abundantemente surtidos de domingos, cobren más protagonismo las domingas, como en los de los rudos y grasientos talleres mecánicos.
El lunes vuelvo a la rutina. Bendita rutina.

domingo, 10 de abril de 2011

Guerra justa


«La guerra es una actriz que envejece: cada vez más peligrosa, cada vez menos fotogénica» (Robert Capa)

¡Ah, que iluso, que romanticote de pacotilla, era el señor Capa! La guerra, su guerra, de la que tantas obras de arte se llevó bajo el brazo, siempre cámara en ristre, flirteando con la metralla de trinchera en trinchera, nunca fue nada de lo que pretenciosamente insinúa en su frasecita, si acaso, únicamente a los ojos de quien pudiera contemplarla a distancia, estampada en papel, en la portada de un periódico o de una revista, o en la pared de un museo, con la barriga bien llena de canapés y los radiadores de la calefacción a pleno rendimiento. De hecho, si lo que él entiende por fotogénico - que en este caso equivaldría a poder recrearse en la desolación, en el morbo, y en la casquería - es algo que en su día consideró ya marchito, yo me permito abiertamente el lujo de contradecirle. La guerra goza de una salud inmejorable, y ni siquiera necesita recurrir a las clínicas de cirugía estética, ni maquillar sus muchos siglos de zascandileo impenitente por estos andurriales. Sigue teniendo galanes a lo largo y ancho del mundo, dispuestos a todo con tal de obtener sus gracias y favores, y retratistas a patadas que la inmortalicen.

Ha nacido incluso en los últimos tiempos un concepto nuevo, capaz de darle mayor realce y actualidad. El concepto de guerra justa.

Claro que yo diría que muy nuevo no es. Si acaso, como todo en ella, retocado.

Y si no, no hay más que recurrir a los libros de historia para ver que la adjetivación de las contiendas bélicas suele ser siempre harto complaciente: Guerra santa, guerra de liberación, guerra de la independencia… E incluso poética: Operación libertad duradera, amanecer de la odisea, etc…

Y es que la guerra goza mucho de que la adulen. Hay mucho en juego, y ella no entregará su virtud, esto es, los réditos por la venta de armas y municiones, así como los contratos de reconstrucción, al primero que llegue.

¡Derroquemos tiranos! ¡Muerte al infiel!

Importa poco el pretexto a esa bestia ansiosa por atracarse en las carnicerías de la sinrazón humana.

¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia! – se ha llegado a decir, en pleno despiporre castrense.

Y eso que de un tiempo a esta parte hay a quien le ha dado por verle su cara amable, y su enorme potencial benefactor a largo plazo.

Como si después de todo, pese a su voraz y desmedido apetito por la sangre recién descorchada, le cupiera un trasfondo de conciencia. Pero en todo caso, sea o no sea así, es mejor no ofenderla.

Todo lo contrario, si se puede ha de celebrársele su indiscutible sentido de la oportunidad.

De hecho, muchas veces se ha dicho que en ocasiones anteriores las crisis económicas se resolvieron montando guerras. Esto es una realidad. Destruir y reconstruir. Volver a empezar de cero. Arrojar a una pira funeraria el pasado, y renovarse de arriba abajo, mediante la deífica intermediación del fuego purificador. Y por el camino, las cunetas sembradas de cadáveres, que como abono natural van de miedo.

Y es que no hay otra salida al problema.

En un mundo globalizado que trabaja y se esfuerza obstinadamente por homogeneizar los estándares de desarrollo, y mejorar sus condiciones de vida, las guerras actúan como contrapeso, y son el revulsivo ideal, inmejorable catalizador de las desigualdades, permitiendo que nunca deje de haber dos polos opuestos, el de los que lo tienen todo y el de los que lo han perdido todo, entre los que fluya la corriente dinamizadora.

Voilá la fuente del eterno beneficio inmoderado.

Es, en resumidas cuentas, el único medio por el que estas - las guerras y sus muñidores – nos puedan devolver algún día a la senda del tan imprescindible, del tan necesario, del tan sacrosanto, crecimiento económico.

O dicho de otra forma, el regreso al balsámico redil de la usura institucionalizada, al ir y venir enfermizo de capitales, a las pirámides financieras, al yo te compro y tú te vendes…

¿Hace o no toda esta rapiña al progreso de la humanidad?... Eso ya es otra historia.

Y puesto que, como ya se ha visto, conflictos armados, bandas terroristas, conflagraciones civiles y levantamientos militares hay para dar y tomar, pero los momentos de paz y sosiego escasean, aquí os dejo, para vuestro fructífero disfrute y sin par esparcimiento, un nuevo relato artesanalmente elaborado por mí. “Antes me cortaba un brazo”, disponible, como ya viene siendo la costumbre, en Status: Playing, el blog de los muy blogueros.

Podéis ir en paz.

martes, 22 de marzo de 2011

Sayonara mundo cruel


Miedo, culpa y morbo, en dosis nada recomendables.

Hacer mofa de las desgracias ajenas es, desde luego, una actitud repugnante. En cualquier caso es una forma muy válida de expurgar los propios miedos. Máxime si como en este caso, las imágenes y las historias de las que hemos sido testigos, han conseguido, como pocas otras, ponernos los pelos de punta.
Yo, personalmente, he de confesar que he vivido estos diez días tras el terremoto, tsunami y accidente nuclear de Japón, que casi parece una promoción tres por uno de Bricotienda, preguntándome a mí mismo qué haría si, de pronto, a la tierra le diese por ponerse a bailar breakdance bajo mis pies, si a las aguas les entrase un apetito desmedido por adueñarse, mediante posesión diabólica, de mi coche, de mi casa, o de mi persona, o, todavía peor, si a alguna central nuclear de por ahí al lado, presa de un súbito retortijón, se le soltasen las tripas.
Y la conclusión a la que he llegado no es nada halagüeña. Es más, si tuviera que confeccionar una escala inspirada en la de Richter, acerca de cómo nos afectaría a nosotros un terremoto, y el nivel de protección con el que contamos, con Japón en el 10, y Haití en el 0, dudo mucho de que ni tan siquiera nos acercásemos al aprobado.

Destrucción y caos contemplados desde todos los ángulos (casi como en los Sanfermines)

Posiblemente, vosotros como yo, estéis a estas alturas ya un poco empachados de los vídeos del tsunami. Esos en los que las aguas del pacífico se dan el gran banquete con los bienes muebles e inmuebles de los habitantes de varios pueblos costeros, no dejando más que lodo y escombros a su paso. Por eso he decidido no enlazaros a ninguno.
Hay sin embargo otro, en el que se veía a los rascacielos de Tokio, auténticos mamotretos de acero y cemento, cimbrearse como ramitas de chopo mecidas por una leve brisa primaveral, que me los ha puesto en la garganta, y que no sé si encontraré por Internet, pero que en cuanto lo tenga, sí que os pondré el enlace. (Aquí)
Ciertamente esas imágenes dan la medida de la magnitud del suceso, y al mismo tiempo, de la capacidad de la ingeniería nipona.

Suena egoísta, pero Japón es el mejor sitio para que pasen estas cosas.

El japonés es de hecho un pueblo que destaca por su sentido del orden, y su dominio de la inteligencia práctica. Y en ello tal vez tenga mucho que ver esta lucha permanente en la que se ha visto inmerso, desde los albores de la civilización, contra las desobedientes y caprichosas fuerzas de la naturaleza.
Tal vez, el Kaizen, la mejora continua, filosofía de la que yo soy ferviente adepto, se originase en esa sensación permanente de no haber hecho lo suficiente, de no tener nunca el toro cogido por los cuernos, en lo que a su relación con el entorno se refiere.
Es de hecho, una fórmula tremendamente optimista, pese a que a veces pueda parecer justamente lo contrario, pues permite reponerse de cualquier revés, de cualquier situación traumática, con la misma naturalidad con la que esta tuvo lugar. Se acepta simplemente que la tragedia es posible, que el fracaso, el “soportar lo insoportable”, como dijo en su día el emperador Hirohito, cabe dentro de la ecuación, pero que la superación de la misma, y el ennoblecimiento del espíritu que conlleva, no sólo es capaz de enjugarla enseguida, sino incluso de sacarle provecho.
No me cabe duda, por tanto, de que a diferencia de Haití, y bien que lo siento por ellos, Japón conseguirá extraer de esta catástrofe nuevas lecciones para seguir prosperando, y para seguir dándonos sopa con ondas, tecnológicamente y, hasta me atrevería a decir que científicamente, al resto del mundo.

Cómo no, mis condolencias y respetos para con los dibujantes, artistas y blogueros japoneses.

No en vano, nuestra infancia, mi infancia, estuvo en gran parte influenciada por las creaciones japonesas: Marco, Heidi, Vicky el vikingo, Comando G, la abeja Maya, etc…
Y aunque ni Godzilla, ni Pokemon, ni el manga en general, han sido nunca santo de mi devoción, sí les reconozco el impacto que han tenido en la cultura universal.
No sé si recordaréis de hecho a aquellos siniestros personajes de Mazinger Z, el doctor Infierno, el barón Ashler y sus brutos mecánicos, que bien podrían haber estampado su rúbrica, de haberse tornado en reales, en los acontecimientos desastrosos de los reactores nucleares de Fukushima.
Bien que se echa de menos que las vasijas que contienen todo ese material radiactivo, ahora en plena ebullición, cual cazo de leche hirviendo, estuvieran recubiertas de aquella milagrosa aleación, el Japanium, de la que estaban construidos tanto el mítico Mazinger, como Afrodita A, aquel singular robot hembra que en lugar de ponerse implantes mamarios, se desprendía de ellos en la forma de proyectiles misilísticos.

Donativos (uséase, rascarse el bolsillo) para las víctimas.

Este es quizás el último punto que quisiera tratar. Evidentemente todo el mundo sabe que Japón es un país rico, y que no necesita tan desesperadamente la ayuda como en su día Haití, pero, en cualquier caso, toda aportación, aún cuando sea simbólica, serviría para mostrar nuestro afecto y solidaridad, en estos terribles momentos, a nuestros vecinos de la otra punta del globo. Un globo quebradizo, inestable y traicionero que, en su loca exhibición de mal genio, los ha zarandeado y arrastrado, literalmente, por el barro. Y ello aún cuando sólo actúe como apoyo moral, o cómo recordatorio para su propio gobierno de que, sean cuales sean las urgencias económicas del país, la prioridad absoluta debe ser el auxilio de sus conciudadanos.
Algo que también podría ser tenido un poco más en cuenta por estos lares, no es por nada….
El caso es que, como hemos comprobado, el mundo puede ser un lugar cruel, algo que sin falta nos recuerdan los suicidas al despedirse de él, pero nosotros no podemos permitírnoslo. Nuestra relación con la naturaleza, y sobre todo con la naturaleza humana, aún pueden ser mejoradas. Es solo cuestión de aplicar sin complejos el Kaizen.

domingo, 13 de marzo de 2011

364 días por delante


Hace como una semana volvió a ser el día internacional de la mujer, y yo, que andaba un poco remolón a la hora de postear algo por aquí, me dije a mi “pispo”, ¡Pues, mira tú, ya tengo tema!
Voy a hacer un homenaje a esas sufridas hembras nuestras a los que los hombres tanto les hacemos la vida imposible.
Y en un principio pensé en elegir un tono machista y abiertamente frentista, para que luego los lectores que me conocen en persona no me vengan con la cantinela de qué hipócrita… cuanto cinismo… menudo demagogo… qué queda-bien… Cómo les das jabón a las internautas, que no pueden ver como en materia de tareas domésticas no le das un palo al agua…
Pero el tema es que hay que reconocer que no es justo que las mujeres tengan solamente un día del año para ellas, pues eso implica que los 364 restantes pueden perfectamente seguir como hasta ahora, es decir, bajo el control absoluto del macho ibérico.
Ante todo, hay que ser justo.
Dicho esto, a mi lo de la igualdad me trae al fresco, pues lo que en realidad quieren las feministas más radicales es mandar y ser presidentas de esto y portavoces de aquello otro, y yo ya hace mucho tiempo que tengo asumida mi total sumisión a los dictados del bando femenino.
Que se peleen, que se saquen los ojos, con esos otros especimenes del mismo o del género opuesto, obsesionados con llevar la voz cantante, y a mí que me dejen tranquilo. Yo pagaré religiosamente mis tributos de fiel vasallo, sin sentimentalismos. Seguiré acatando mi condición de gris contribuyente.
Así hasta que a alguna mujer policía se le ocurra apalearme, o lanzarme un escupitajo al careto, como ocurrió con Mohamed Bouaziz y se me desaten las furias revolucionarias.
Pero mientras eso no suceda, os dejaré con mi última creación cuentística, La caja tonta, legible únicamente en Status: Playing, en la que una vez más desarrollo en profundidad mis teorías peregrinas acerca de la vida, el amor, la soledad, las relaciones de pareja y muchas otras cuestiones semejantes, unas veces agridulces, y otras saladas como perros, que espero que al menos os ayuden a combatir el aburrimiento.

Un beso muy grande a todas mis lectoras, que son unos soles.
Y los lectores que no se celen, que un día pasa pronto, hombre!

martes, 8 de febrero de 2011

La libertad guiando al pueblo


Egipto ruge, Túnez toma aliento tras la refriega, y el resto del mundo árabe observa cauteloso, con un pie dentro y otro fuera, de eso que en occidente pomposamente llamamos democracia. Tenga el desenlace que tenga esta historia (historia pura y de manantial, de la de antes), por vez primera en siglos, y aunque sólo sea por unas pocas semanas, nuestros vecinos de la otra orilla del Mediterráneo respiran vientos de libertad.
¡Tres hurras por los moros!
Ahhh, la libertad. ¡Qué bella palabra! ¡Cuánto se nos llena la boca a la gente a la hora de pronunciarla! ¡Qué sobreexplotada está la pobre!
Una cosa sí es cierta. Quien de verdad quiera conocer su significado ha de viajar estos días a la tierra de los faraones, y darse un paseo por sus calles y plazas abarrotadas de gente corriente, ciudadanos de a pie, súbitamente tornados en revolucionarios. Unos por valentía, otros por desesperación… ¿Importa realmente el motivo?

El caso es que a este lado de la verja melillense, Europa finis terrae, parece como que con nosotros la cosa no va. Que todo está bien, mientras no nos toquen el bolsillo. Lo de siempre.
Más claro que nadie lo dijo en su cuenta de twitter David Bisbal. "Nunca se han visto las pirámides de Egipto tan poco transitadas, ojalá que pronto se acabe la revuelta" escribió el cantante almeriense en su ordenata, mientras chateaba con sus fans.
Ni se imaginaba entonces la que se le venía encima.
Todos aquellos que no le perdonan su pasado de triunfito se le echaron a la yugular, interpretando, y si hace falta, hasta tergiversando, el significado de sus palabras, para criticarlo y en definitiva ponerlo a pan pedir. Y todo por algo en suma tan habitual entre nosotros, amigos blogueros, como es ponernos a opinar de lo primero que se nos viene al melón.
¡Lo que son las meteduras de pata de los famosos!
Y sin embargo la frasecita, describe con cuatro palabras, y a la perfección, el sentir general al respecto, de nuestro país. De hecho, como comunicado oficial a nivel institucional puede que no tuviera mucho futuro – seguramente - pero para filtración de Wikileaks era oro molido.
La realidad sigue siendo en todo caso, que el tirano de Mubarak, el “rais”, a esta hora de hoy, sigue aún sin apearse de la poltrona. Trapicheando de aquí y de allá influencias con sus aliados occidentales e Israel, en un esfuerzo patético por evitar el desahucio.
Dicen las malas lenguas que todos estos sátrapas norteafricanos, y del medio oriente, son nuestra salvaguarda contra las furias desatadas del islamismo, que dejarlos caer no resolvería el problema endémico de miseria y subdesarrollo de la zona, que enseguida, como en los tebeos de Iznogud, se erigiría otro califa en lugar del califa, y que por tanto nos convienen más estos, que son califas amigos. Amigos subvencionados, eso sí.
¿Por qué te quiero Andrés? Por el interés.

En fin. Yo, como Bisbal, abogo desde aquí por el fin de las revueltas, pero no de cualquier manera. La democracia ha de universalizarse y a ello hemos de contribuir todos los que nos jactamos de ser sus ubérrimos defensores. De nada valen las medias tintas.
Hay que posicionarse claramente a favor de los que, no hace tanto, no éramos sino nosotros mismos en la lucha desigual por nuestros derechos.
A fin de cuentas todo comenzó por la brutal represión a un pobre vendedor ambulante de frutas y verduras. Un don nadie, un pobre diablo sin más posesiones que el suelo que pisaba y poco más, un auténtico superviviente del día a día que ya, a partir de ahí, no supo nada mejor que hacer con su vida que quemarse a lo bonzo.
Nada podía sospechar él que su sacrificio devendría en lo que hoy es considerada la revolución árabe, un poco tomando prestadas ciertas analogías de la revolución francesa del siglo XVIII, excluyendo si bien, de momento, la guillotina.
Con todo, se ve que pierde algo de fuelle a medida que pasan los días y los tiranos, caso de Gadaffi, o del propio Mubarak, hacen un lifting a sus regímenes, no muy diferente al previamente practicado en sus propios rostros, por similares cirujanos occidentales.
No en vano esta es una técnica rejuvenecedora que entre esta gente, tan crápula y vanidosa, caso igualmente de Berlusconi, viene encontrando de un tiempo a esta parte a su público más fiel, y de hecho goza de una excepcional acogida.
Aunque no siempre da los resultados deseados, esa es la verdad.
Por lo pronto, y por si las moscas, Ben Alí, y su mujer Leila, apodada la “regenta”, harto conocida por su adicción a las compras (principalmente de artículos de lujo), huyeron de Túnez a las primeras de cambio con una tonelada y media de oro en las alforjas.
No es que Hosni Mubarak no se pueda llevar consigo esa cantidad, si acaso el triple, pero se ve que su problema es en este caso la adicción al poder. Ese irresistible gusanillo que hace de los mandamases mundiales unos auténticos toxicómanos, irrecuperables para la sociedad, en cuanto que pisan un palacio presidencial.
Una enfermedad que ineluctablemente va acompañada de sordera para con las reclamaciones del pueblo. O si no, ¿cómo es entonces posible que Hosni no oiga a sus súbditos en masa, exigiéndole la dimisión? ¿O será que él interpreta que, más bien, le están cantando aquello de… Bulería, bulería, más te quiero cada día…?
De nuevo, qué tendrá la fama, que lo trastoca todo.

P.D.: Aquí os dejo un enlace a la banda sonora de El príncipe de Egipto. Más que nada por si queréis oír buena música, y, a mayores, ver buenos dibujos. Aunque también podéis escuchar a Bisbal, la voz del pueblo.

P.D.2: En prevención de malinterpretaciones habidas y por haber, que sepáis que Bisbal es medio paisano mío, y que si me meto con él, es desde el afecto y el abuso de confianza. Así que no os cebéis demasiado con el chaval, que es buena gente, y además tiene muchas amigas, con derecho a roce, en sus redes de internet. Ya me entendéis.

domingo, 30 de enero de 2011

En edad de merecer

Señores, esto se veía venir.
Y es que la vejez ya no es lo que era.
¿Les parece a ustedes normal que una actriz veterana como Helen Mirren, que en sus tiempos mozos pasaba por sosa, secundaria y absolutamente prescindible, luzca ahora chic y glamourosa, ametralladora en ristre, como protagonista en su nueva película RED, e incluso se haya atrevido a posar desnuda para la revista New York magazine?
¿O que el tenor Plácido Domingo, a sus setenta años recién cumplidos, siga poniendo en pie a su público, y batiendo records de aplausos, tanto dentro como fuera de unos teatros abarrotados y enfervorecidos?
Pues lo es.
En realidad los hechos hablan por sí solos. Y, efectivamente, esa es la misma conclusión a la que llegaría cualquiera, tanto más cuanto que es obvia. Porque, admitámoslo de una ver por todas, ser joven ya no es condición sine qua non, para triunfar.
No en vano, no hay más que asistir, lo mismo da en calidad de participante que de espectador, a una carrera pedestre popular – una de las muchas que se celebran por todo el orbe planetario - para toparse con que no son pocos los abueletes que, en mallas o pantalón corto, se codean con chicos jóvenes, en apariencia más atléticos y más vigorosos, y hasta les disputan el orden de llegada a la meta.
Por poner otro ejemplo, más cercano a nosotros, amigos internautas, ¿Habéis entrado alguna vez en un blog de algún “mayor”, y no os habéis quedado sorprendidos de la lucidez y la pasión con la que escribe?
¿Acaso no es increíble la independencia, el optimismo y la capacidad de iniciativa, de una gran parte de esa tercera edad, que sigue en la brecha pese a los muchos inviernos que llevan sobre sus espaldas, por oposición al nihilismo existencial de la juventud actual, aborregada, dimitida, y en permanente estado carencial?
Porque, seamos realistas, solo hace falta hacer una visita a Facebook, para comprobar que el tramo de edades comprendido entre los quince y los cuarenta años, adolece de una falta total y absoluta de profundidad, de calado, de metros de eslora.
Los jóvenes de hoy día no concretan, juegan al ratón y al gato con la sociedad, en un intento desesperado por llevar el tipo de vida que ellos, en su lógica de hedonistas de baja gama, depararían a sus mascotas. O lo que es lo mismo, contar con todas sus necesidades fisiológicas cubiertas, y, a partir de ahí, pasarse el resto del tiempo dormitando en un cestito de mimbre.
Sus publicaciones en las redes sociales, de hecho, son como millones de mensajes publicitarios de autobombo, atomizados e inconexos, que, en conjunto, acaban resumiéndose en un gran muermo colectivo, lleno de colorines y lucecitas hipnóticas, que no dice nada, y que sin embargo lo dice todo.
En ningún momento buscando otra cosa que esa pasada de mano por el lomo, del amigo amo, que les reconforte en su domesticado rol.
Comodidades, sumisión y entretenimiento gratuito, por más que esto signifique su propia depauperación, son sus únicas pretensiones.
Atontarse ante la visión del remolino en el río, que gira sobre sí mismo sin dejarse arrastrar, pero que en realidad va a morir a la orilla, es lo único que tienen por toda vocación. Resignarse al “cada loco con su tema”, su mantra.
Algo para lo que, ineludiblemente, han de perderse en la vorágine de lo virtualmente diverso, y, como quien huye de toda noción de realidad, diluirse en tan insustancial caldibache.
Una actitud de cese de actividad, esta, hacia la que nuestros “mayores”, en cambio, han optado por posicionarse en las antípodas.
Precisamente viniendo a ser aquellos que en teoría cuentan con menos energías, capacidades o motivaciones, quienes demuestren mayor apetito por la vida. Algo que llama la atención por cuanto tiene de paradójico e inaudito.
Con todo, aunque a alguien todo esto aún le pueda sorprender, la mayor parte de la gente hace ya tiempo que convive con ello con naturalidad.
Los mayores, como insinuaba no hace mucho la portada de un semanario de tirada nacional, ya no renuncian a nada. Para ellos, ya no hay tabúes ni obstáculos insuperables. Ni psicológicos, ni fisiológicos.
Más aún, un señor de 75 años se sienta a aprender informática, idiomas, a bailar merengue, o a tocar la flauta, y ya nadie se rasga las vestiduras. Atrás quedan pues los fascículos de jardinería, las sopas de ajo, y los soldaditos de plomo.
Y no son excepciones, está sucediendo por todas partes, y va a más. Esta generación crepuscular de nuestros días ha encontrado el placer de vivir en no dejar de aprender cosas nuevas todos los días, en levantarle diques y murallas a la decrepitud, y eso es sencillamente algo digno de admiración.

Pero como todo, la eclosión de esta tercera edad bon vivant, y su consolidación como parte integrante, y dinamizadora, de la sociedad, ha suscitado una reflexión y al mismo tiempo un replanteamiento del fenómeno en su conjunto.

De hecho, empresas, gobiernos e instituciones, se ha dado cuenta del enorme potencial desaprovechado.
Ante la deserción en masa de los jóvenes, aburguesados y narcisistas, recuperemos a estos briosos luchadores de antaño, se han debido decir. Reciclémoslos hasta allá donde nos sea posible.
Pero la pregunta es ¿No será también esta generación, que nos lo dio todo, en alguna medida culpable del desastre? ¿No creó ella a su antojo y conveniencia a estas mascotas que se ven ahora incapaces de reemplazarles?
Se ha legislado pues sobre la evidencia de que a los sesenta y siete años, hoy por hoy, una persona pueda seguir, y deba seguir, siendo útil a la economía de un país. Pero… ¿Y dentro de 35 años?
¿Serán sus vástagos, esos mismos que a día de hoy no encuentran forma “humana” de incorporarse al mercado laboral, capaces de sostener el envite?
El tiempo (de cotización) lo dirá.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Fin de año divino de la muerte


Es la misma historia de siempre. El año, como suele venir sucediendo de un tiempo a esta parte, se nos ha vuelto a quedar como un pajarito.
Naturaleza débil esta, la de los años. Al poco que cogen algo de frío se nos van, visto y no visto, a ese sitio del que nadie vuelve.
Claro que, nada hay en ello de antinatural, hasta el más pintado sabe que estos, los años, pese a ir cargados de meses, de estaciones alegres y joviales como la primavera o el verano, nunca fueron concebidos con la intención de durar. Son como los juguetes de un niño. Una vez abierta la caja que les sirve de envoltorio, lo mismo da lo que lleven dentro, toda la ilusión se desvanece.
Quizás sea por eso que, a esta última noche del año que expira, o si se prefiere, primera del año entrante, se le conceda este estatus especial.
Sea cual sea la explicación, lo cierto es que la madrugada del uno de enero todo ha de ser superlativo, y por qué no decirlo, también exasperántemente cursi y relamido. Es como si el cuento de la Cenicienta, en un esfuerzo desesperado por adaptarse al cambio, se reinventara a sí mismo, sin reparar demasiado en sus efectos secundarios. Todo ello engarzado en una tradición de nuevo cuño, deudora en gran medida del Carnaval, y a la que – esa es la sensación que yo tengo – poco serio se puede oponer, sin caer en su remolino de pasiones terrenales. Una moda o costumbre que, por otra parte, ha hecho fortuna en tanto en cuanto que los cultos religiosos han ido cediendo terreno, como no podía ser de otra forma, a los cultos paganos.
Así las peluquerías de señoras, con la proximidad de las campanadas, se convierten en centros de experimentación artística y sociocultural, que nada tienen que envidiar ni a Miquel Barceló ni a la Bauhaus berlinesa en sus momentos álgidos. El trabajo de estas profesionales se desarrolla, además, en unas condiciones en absoluto propicias a las musas. Más aún, a contra reloj y en medio de la histeria que caracteriza a los acontecimientos de masas. Sujetas a los caprichos de clientas a las que, una vez finalizada la obra, todo parecido de sus rostros con la realidad, podría ser interpretado como una ofensa gravísima.
Es en cualquier caso un comportamiento absolutamente inherente a la condición humana. Pocos de hecho son los que en tan señalada fecha no se dejan llevar por esa tentación ilusoria de soñar, por improbable que ello resulte, con un cambio a mejor.
¿Y si el 2011 es el año en el que suena la flauta?
La esperanza de hecho es, si no el que más, uno de los bienes no tangibles más profusamente involucrados en las transacciones afectivas de esa noche, la más larga del año. Una esperanza simbolizada preferentemente en las doce uvas de la suerte.
Uvas estas de las que, en todo caso, con o sin pepitas, peladas o no, una vez atravesada la crítica confluencia del esófago y la traquea, y ya felizmente encarriladas camino del estómago, poco bueno más se puede esperar.
Es como si una vez engullidas, sus presuntos poderes mágicos se diluyesen en los jugos gástricos. Digeridos como vulgares moléculas orgánicas de las de a diario. Fructosa, glucosa, riboflavinas, transaminasas y zarandajas de esas, que más conocidas son por las preocupaciones que acarrean, que por sus supuestas bondades.
Con todo, queda al menos esa sensación de haber hecho todo lo que estaba en nuestras manos, por recibir al nuevo año en la mejor de las disposiciones. Preparados y perfectamente bien pertrechados para sufrir sus rabietas y calentones sin despeinarnos. Pacientemente esperando a que el ambiente se enfríe de nuevo, y que su mala salud de hierro se lo vuelva a llevar por delante.
Pacientemente esperando - otra vez, otro año más - a tener la excusa de festejar algo por todo lo alto.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Locura Navideña Transitoria


Empecemos por decirnos las verdades. Aquellos que reniegan de la Navidad, cual Mister Scrooge, y que afirman odiarla con todas sus fuerzas, es porque antes, en un tiempo remoto y pretérito, la amaron apasionadamente y a calzón quitado, sin recato ni censuras, apurándola hasta los posos.
Sí, no es infrecuente que un amor despendolado se transforme, merced a un brutal desengaño, en un odio visceral y engangrenado. Más aún, yo diría que es el pan nuestro de cada día.
Con todo, y después de haber dicho lo dicho, no sería justo que yo me situase por encima de fieles e infieles, en una atalaya moral, desde la cual arrojar mis juicios sobre el resto del orbe mundial, cual ollas de aceite hirviendo.
Porque sí, amigos míos, yo también fui una víctima de la Navidad. Comprobar que los reyes magos eran mis padres, y que por tanto, en virtud de sus limitaciones pecuniarias, jamás podrían traerme todos los scalextrix, todos los airgamboys, todos los exin-castillos, todos los Super-humores, y todos los balones de reglamento que había en mi cartera de pedidos, supuso una enorme frustración. Vamos, que si no la mayor, de entre las más grandes.
Si bien, y pese a que ha transcurrido tiempo suficiente ya desde que recibí la fatal noticia, de sobra para haberlo asumido, yo, en mi empecinamiento vital, todavía sigo creyendo en ellos, y todas las noches a esa creencia me sigo encomendando cuando les solicito que alguna Navidad, aunque solo sea una, me dejen debajo de la almohada un yate parecido al de Roman Abramovich.
Es posible que muchos os riáis de alguien que, con su edad, todavía se habla con los monarcas de Oriente, alguien que, para ser más exactos, llama a su línea novecientos y les cuenta entre excitado y contrito sus penurias existenciales. Pero es que en el fondo, he de admitir que estos señores, sus altezas de las mil y una noches, han cumplido con lo que se les encargaba. De hecho, ahí está el yate, debajo de la almohada, y ahí seguirá, con toda probabilidad, por los siglos de los siglos, amén.

Naturalmente, como habéis podido comprobar tras leer estas líneas, yo no odio la Navidad, ni muchísimo menos. Es más, siendo, como soy, un eterno escritor en ciernes, no puedo por menos sino admirar la bella factura de un cuento que está bien contado. Yo, como tantos otros que tenemos el vicio de sentarnos a teclear en un ordenador cuando estamos aburridos, sabemos de buena tinta lo mucho que eso cuesta. Es por tanto casi una obligación, el tener un reconocimiento para con su autor o autores, sea o no esta una obra coral, que en cualquier caso no está sujeta a derechos relativos a la propiedad intelectual, pues como los anuncios de colonia, fue ideada para vender embelesadoras fragancias.

Otra de las complicaciones que estas fiestas suelen llevar aparejadas son las temidas, y temibles, reuniones familiares. Encontrarse de pronto encarcelado en torno a una mesa con gran parte de sus genes, o cuando menos de una muestra representativa, expuestos a un escrutinio directo y desapasionado, sume muchas veces a uno en la desolación más absoluta.
Pero hemos de ser realistas. Lo que uno tiene delante no son sino los mismos ingredientes de los que se halla compuesto, si acaso mezclados de una manera un poco diferente y con el adorno de una ramita de perejil. Si estos son unos zafios, unos fantasmas, unos patanes, unos impresentables, unos plastas o unos amargados, la seguridad de que uno mismo también lo pueda ser adquiere proporciones cósmicas. O eso, o que nuestras madres hubieran mantenido en el pasado una relación con el butanero más allá de la simple y sana camaradería. Lo que tampoco es en absoluto deseable.

En cualquier caso, ya provenga nuestra sangre del palacio de Buckhingham, o del pozo del tío Raimundo, está el prurito que todos albergamos dentro de nuestro ser más rancio, en unos más desarrollado que en otros, de llegar a convertirnos algún día en los pares de Belén Esteban, o sea de ganar dinero sin darle un palo al agua. En este caso por medio del único pelotazo considerado santo y cabal en la sociedad de nuestros días, a través del Gordo de navidad.
Es lógico pues que para muchos, saber que sus ilusiones habrán de demorarse un año más, condicione muy mucho su percepción del asunto, y hasta dé al traste con toda la gana de festejos y alharacas.

Unas fiestas cuyo efecto más pernicioso, no lo olvidemos, es lo mucho que tiran del bolsillo. Ni que decir tiene pues que entre los detractores más recalcitrantes de la Navidad ocupan un lugar preeminente los tacaños. En efecto, la racanería y las compras navideñas se llevan a matar.
Muchos de estos, de hecho, son los niños que en el pasado recibían con júbilo y entusiasmo sus regalos, que sin embargo no han terminado de encajar que, con los años, los términos se han invertido, y que ahora son ellos los que han de aportar la financiación de la broma.

Pero no vamos a meter a todo el mundo en el mismo saco, pues es cierto que si todo es una gran mentira, únicamente concebida con la finalidad de elevar el consumismo al grado de religión, aquellos que no comulgan con ruedas de molino, están en su perfecto derecho de sentirse burlados y estafados, y de propagarlo a los cuatro vientos. No obstante, para estos, generalmente espíritus libres y que no renuncian a su visión romántica de la vida, recordarles que no todo está perdido. Que aún hay una oportunidad de chinchar al malo de la película, y de plantarse, contra todo pronóstico, en el mismísimo final feliz.
No tienen más que echar la vista a su alrededor, para comprobar que, la posibilidad de convertir a la Navidad en algo real, existe. De hecho, millones de personas en el mundo, la mayor parte de ellas niños, pasarán estos días en el más absoluto olvido y abandono, sin nadie que se moleste en ni tan siquiera regalarles un muñeco de trapo. Como veis, recuperar la ilusión de antaño, requiere tan solo de un pequeño esfuerzo.
Yo, por mi parte ya lo he hecho, comprando el bolígrafo solidario que anuncia Iniesta por la tele, y con el que he escrito parte de este texto.
Claro que a mi me lo ha colado, no porque un servidor sea mejor ni peor persona, sino por el simple hecho de haber colado el gol de la final del mundial. Para qué nos vamos a engañar.
Voy ahora a dármelas de altruista y benefactor, al estilo magnate podrido de millones, cuando la realidad es que he actuado por puro borreguismo.

Pero volvamos al tema y terminemos diciendo, ya por último, que si estas fechas levantan sarpullidos por alguna razón concreta, por encima de todas las demás, es por esa costumbre malsana de marcarse objetivos y hacerse propósitos de año nuevo que, con el paso de los meses, y salvo raras excepciones, suelen convertirse en pesados fardos con los que cargar, cual costaleros de semana santa, y de los que, en verdad, todo intento de expiación se acaba haciendo insuficiente.

Pero nuevamente, y pues este post podría pecar en exceso de beato y meapilas, me atreveré a animaros a que tampoco renunciéis a ello.
Si vuestra idea para el 2011 es beneficiaros a la vecinita del quinto, o al uniformado que monta guardia a las puertas del palacio de Justicia, o desvalijar la caja fuerte de la empresa y largaros, en régimen de indefinidos, a las Bahamas... ¡Adelante!
Pensad en la huelga de los controladores aéreos, y jugad vuestras bazas sin complejos de ninguna clase. No dudéis de que si lo dejáis correr, luego puede ser demasiado tarde. ¿A ver por qué van a ser ellos los únicos en este país que vivan del chantaje?
No en vano, el otro día en un pueblo de la provincia de Ourense - o no me acuerdo si en la de Pontevedra - los operarios del matadero municipal anunciaron una huelga parecida, con el sacrificio de los pavos de Navidad como arma negociadora, y no les debió ir tan mal.
A fin de cuentas, el ejemplo a seguir esta claro, y el mensaje ha calado.

Y así hemos llegado al final del post, y del 2010. Desearos por fin a todos los asiduos de este blog: Merce, Arancha, Nefertiti, Lola (Fiebre), Ester, Eva, Natalí, Chinaski, Jimmy, Álvaro, Juanjo, Tomás, Genín, Eric, Lagarto, Miguel, Tordón, y todos cuantos me honráis con vuestra amistad ciberespacial de una forma más ocasional - que espero así no dejarme a nadie en el tintero – un espléndido año 2011, y que paséis una agradable Navidad en compañía de vuestros seres queridos. Deseo que hago extensible a todos los autores de los otros blogs por los que también suelo pulular.

Zampémonos los turrones tranquilamente y olvidémonos por un tiempo de los problemas. La navidad, no es una imposición cerrada y excluyente, sino que por el contrario, es una experiencia voluntaria y tiene hueco de sobra para acogernos a todos. Y al que opine lo contrario le invito a que vea este videoclip, del año de la pera, de Bony M. Así se convencerá de que las peculiaridades del gusto en el vestir, la polémica sobre los idiomas vernáculos, las orientaciones sexuales difusas y multicolores, y el espíritu navideño, aunque parezca mentira, se pueden compatibilizar perfectamente.

¡¡¡Feliz Navidad!!!

martes, 7 de diciembre de 2010

Colapso Joviano


Hola amigos lectores.
Se que me estoy volviendo algo perezoso y que no me he tomado esta vez tampoco la molestia de traducir mis viñetas - de sus idiomas extraterrestes en la versión original - al castellano.
Comprendo, por supuesto, que no todos tenéis porque conocer esas lenguas de otros mundos. No todos tuvisteis la academia como yo, a dos portales de vuestra casa.
En fin, para que no protestéis, os dejaré el cuento al que sirve de pretexto, este sí, con métrica y gramática cervantina full edition. Para que no se diga.

Con todos ustedes:


Colapso Joviano.

Sipi amaba a su novia Nopi, y tenía desde luego la firme intención de casarse con ella, y poder por fin reproducirse por esporas como la gente normal, formar una familia, y en fin, todas esas cosas…
Pero los tiempos no estaban como para andarse con algarabías ni festejos.
La situación económica del planeta Ups era francamente mala, y el temor a peder su puesto de trabajo en la churrería de alta densidad molecular era permanente. Digamos que su suerte pendía de un hilo.
No era pues el momento de plantearse una boda, con todos los gastos que ello acarrearía.
Pero cómo explicárselo a la dulce e inocente Nopi, apenas una tierna muchacha que no entendía de balances macroeconómicos, y a la que los continuos retrasos y aplazamientos sólo inspiraban desconfianza y recelo.
Ella bajo ningún concepto quería correr la suerte de su prima Mimi a la que su prometido Piriqui la había abandonado a los pies mismos del altar, con toda la parentela vestida de gala, y esperando impacientes para sacarles muchas fotos y videos domésticos, bailando el vals por bulerías e hincándole el cuchillo a la tarta nupcial.
Despejar todos esos fantasmas de la mente de Nopi, era la dura faena de todos los días de Sipi. Convencerla de que no había nada que temer. Que él estaba limpio de sospecha.

- Princesita – le dijo una noche a la luz de los astros errantes y otros cuerpos de órbitas irregulares en trayectoria de colisión – Tú sabes que eres para mí lo más importante del universo.
- Lo sé.
- Entonces… ¿Por qué dudas de mi palabra?
- Porque sólo son eso, palabras. Y las palabras se las lleva el viento.
- Sé que quieres que lo hagamos, amor mío, que nos casemos… Pero de hacerlo ahora no funcionaría. Estamos en el ojo del huracán y los especuladores cosmogónico-librecambistas, por absurdo que pueda sonarte, parecen haberse conjurado para acabar conmigo, y por ende con lo nuestro.
- Excusas. Siempre excusas.
- No son excusas, princesita, es la realidad. Y sabes que lucho con todas mis fuerzas todos los días para cambiarla.
- No es suficiente. Tengo ya tres años jovianos y si sigo dilatando el momento, se me pasará el arroz.
- No dramatices Nopi, por favor. Por esto ya hemos pasado antes y no conduce a nada bueno.
- Te quiero Sipi, eres el alienígena de mi vida, mi media galaxia espiral… Pero has de saber que también tengo otros pretendientes. Pretendientes que no se andarían por las ramas en este asunto al poco que se les diera la más mínima oportunidad.
- ¡No!… No, Nopi. No te tolero que me chantajees con eso. Vete con ellos… Con ese que es dueño de la cadena de analgésicos basura, Happy Píldora… Si es eso lo que en el fondo deseas.

Nopi se fue a una esquina y rompió a llorar. Salió al balcón y contempló las luces titilantes de la ciudad brillar en la lejanía. El mundo no se detenía. Aún más, parecía ajeno a sus cuitas. Sipi podría estar perfectamente utilizándola, contándole una batallita para ganar tiempo. Sus intenciones para con ella eran todo un misterio que solo se disiparía en el momento de la firma ante el juez. Momento que cada vez se le antojaba más incierto.
Todo era tan confuso, y el panorama tan sombrío…
Entonces Sipi salió él también afuera y la rodeó con sus brazos.

- Cielito, ¿Cómo puedes dudar de que seas mi chica? La una y única.
- Aquí y ahora – respondió Nopi - bajo la pálida luz del crepúsculo, mi corazón te cree, pero las diástoles y sístoles que lo animan se me alborotan en tu ausencia. Con la oscuridad de la noche, las aguas se retiran y ponen al descubierto los escollos de la bajamar y los esqueletos de los sueños naufragados. No lo puedo disimular. En lo más profundo de mí ser la desazón y sus premuras son, con cada día que pasa, más y más manifiestas.
- ¡Tonterías!
- No son tonterías. Mi vida se aboca a una encrucijada. Esto es como un angustioso reparto de víveres, en el que una se hallase haciendo cola, al final de todo, mientras contempla como se agotan las existencias.
- No podemos. Sin las imprescindibles seguridades monetarias el fracaso estaría garantizado. Sería como empezar la casa por el tejado.
- Vivamos como nuestros ancestros, con la luz de las Perseidas por único techo. Ellos nunca fueron rehenes de las comodidades de esta sociedad nuestra enferma.
- No, Nopi. No sabes de lo que hablas.
- Sí, lo sé Sipi. Y ya no hay lugar para las medias tintas. Habla ahora o calla para siempre.
- Esta bien, Nopi. Tú lo has querido. De nada sirve ocultarlo por más tiempo. Quitémonos las caretas… Me gustan las mujeres.
- Aaaaaah. No. No es cierto. Me pones a prueba.
- Sí, lo es. Lo siento.
- Pero ¿Las mujeres? ¿Las hembras del ser humano? ¿Me estás diciendo que le he entregado mis mejores lunas a un zoófilo intergaláctico? ¿Cómo he podido ser tan imbécil?
- No, princesita. Yo soy el único culpable.
- No me vuelvas a llamar así o te corto el pistilo. Te juro que te lo corto.
- ¿Qué otra cosa podía hacer? Yo también soy una víctima de la hipocresía de este cosmos esquizofrénico.
- Tú lo que eres es un depravado. Un marrano. Un monstruo.
- De acuerdo, tienes derecho a estar enojada. Me obsesioné con la Ufología, y llegó un momento en que no supe desconectar. Esa afición ha arruinado mi vida, pero odiaría que hubiera arruinado también lo nuestro.
- ¿Lo nuestro? Por mi te puedes ir a freír churros.
- Sí, churros… Ya… Esa es la única certeza que se me permite en este mundo de egoísmos y amores interesados.
- Te está bien por mentiroso. Por jugar con los sentimientos de las personas.
- Yo nunca quise hacerte daño. En cuanto comprendí que tenía un problema traté de hablarlo contigo. Pero lo pasábamos tan bien juntos… Eras tan feliz. Todo lo que yo decía o proponía era recibido con entusiasmo… Tenía tanto miedo a estropearlo, como en efecto así ha sucedido. Tú me sacaste de la irrelevancia absoluta. Y ahora me devuelves a ella.
- Has de pagar.
- ¿Pagar?… ¿Pagar por seguir queriéndote, aunque sea de esta manera más madura y menos fantasiosa? ¿Por no haber dejado de amarte, aún habiendo quedado involuntariamente atrapado en esta sucia y humillante trampa del destino?
- El amor verdadero es incompatible con el vicio.
- ¿Ni aún con la promesa de buscar una curación?
- Lo siento, Sipi, pero el alienígena que me quiera habrá de ser capaz de entregarse al ciento por ciento. Sin zonas oscuras. Yo no puedo compartir mi lecho con alguien que sueñe todas las noches con abducir a una hembra humana. No puedo.
- Nunca conseguiré curarme sin tu ayuda, Nopi. Te necesito.
- No. No me necesitas a mí. En realidad solo Dios sabe quien puede ayudarte… ¡Hembras humanas! ¿Cómo has podido caer tan bajo, Sipi? ¿Cómo nos has hecho esto? Te odio… Te odiaré toda mi vida.

Nopi entró en la casa, recogió sus llaves y su comunicador portátil y se dirigió hacia la salida, donde le esperaba su teletransportador automático.

- ¿A dónde vas Nopi? ¡No me abandones!
- Adios, Sipi. Fue bonito mientras duró.

Nopi activó su teletransportador, como de costumbre, pero algo falló en el mecanismo de encendido, y este se volvió inmanejable.

- Noooopi. Noooopiiii. Noooooooo.

Después de dar varias vueltas de campana en la atmósfera, envuelto en llamas, acabó estrellándose contra una de las charcas de aguas termales poco profundas, que, en su mayor parte, constituían la pantanosa superficie de aquel lúgubre y traicionero planeta.
Planeta vivo y al mismo tiempo letal, el tal Ups.
Hogar, por demás, de tantos y tantos otros dramas individuales, esparcidos por la vasta curvatura de su inmensidad sideral.